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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXVIII Domingo Ordinario.

12 de octubre de 2008

XXXII Aniversario de la Dedicación de la Nueva Basílica de
Nuestra Señora de Guadalupe y Traslado del Sagrado Original



CONDICIONES PARA HABITAR EN  LA CASA DEL SEÑOR.

Hermanos: demos gracias a Dios, nuestro Padre, por su bondad para con nosotros. La gratitud es una virtud que mueve los resortes interiores del ser humano ennobleciendo sus actitudes más determinantes ante Dios y ante los hombres. Por eso no debemos dejar de agradecer a Dios y actuar en consecuencia, pues no es la obligación por sí misma o el deber por el deber lo que deba mover nuestras relaciones con Dios, sino el amor y la gratitud ante todo.

Por agradecimiento es como hemos de cumplir la voluntad de Dios sobre nuestra vida. Pues cumplir por conveniencia, aunque la motivación fuera nuestra propia salvación, o por temor, no es para nada la manera más adecuada, toda vez que es superficial y tan frágil como efímera.

Para pertenecer al Reino de Dios, y permanecer en él, la mejor manera de hacerlo es correspondiendo al amor de Dios. Esto es gratitud que nos lleva a hacer lo que a Él le agrada. Es la única condición como el vestido de bodas que exige el rey de las bodas de su hijo a los invitados de última hora.

Hay en las lecturas de hoy, mis hermanos, dos mensajes importantes: el de la salvación universal y el de las condiciones para pertenecer al Reino de Dios. El primero se simboliza en el banquete de bodas, mientras el segundo está alegorizado en el vestido requerido para asistir a aquellas. Tratemos, mis hermanos, de comprender ambos mensajes a partir de la reflexión sobre las lecturas que contienen la palabra de Dios.

En la primera lectura, el profeta Isaías, nos presenta en el centro de su pequeño apocalipsis una visión de la salvación universal, de la que Israel debía ser instrumento, mediante el signo del banquete al que son convidados todos los pueblos de la tierra. Este signo del banquete, en el ámbito religioso del Antiguo Testamento, significa la amistad, la protección divina, junto con la felicidad celestial. Esta comunión con Dios se expresa primero, en sentido positivo indicando la abundancia de comida y vinos exquisitos, pero sobre todo, en el hecho de que Él se dará a conocer a todos. En segundo lugar, en sentido negativo, se expresa con la supresión de la muerte para siempre, así como del sufrimiento y la deshonra de su pueblo. Pero es muy importante señalar que todo eso tendrá su fundamento en que los congregados conocerán verdaderamente al Señor Dios. Esta congregación de todos los hombres y mujeres es anuncio de la Iglesia que tiene su origen en Cristo.

San Mateo, por su parte, nos transmite la parábola de Jesús con la que describe un aspecto del Reino de Dios. Con la participación en el banquete se inicia la era mesiánica del Reino. Una vez más, Jesús, se refiere a los judíos en la imagen de los primeros invitados que rechazan la oportunidad de participar en el banquete. El rey, que representa a Dios, el padre de Jesucristo no quiere ver una fiesta frustrada o desairada. Los invitados inicialmente no pueden tener más fuerza que Él. Ellos se lo pierden por atender sus propios intereses. DE todos modos se dará la fiesta; con ellos o si ellos. Por eso invita a entrar al banquete-reino a todos: buenos y malos. Como ya lo hemos visto, hermanos, una vez más, Jesús alude a otro pueblo que, concretamente, es la Iglesia, nuevo pueblo. Pero es muy conveniente señalar que la Iglesia no es el Reino, sino el inicio y signo temporal del ingreso a él. Y para pertenecer inicialmente al Reino es muy importante hacerlo de una manera digna, lo cual significa Jesús con el vestido propio del banquete de bodas.

Hermanos, con el signo del vestido adecuado a la fiesta, Jesús nos está indicando una vez más que la pertenencia al Reino, si bien es gratuita, implica una exigencia o un compromiso. Quien acepta el Reino por medio de la adhesión a Cristo en la fe, se compromete a vivir como quien está en la fiesta del Reino.

Mis hermanos, la Iglesia nos es un club exclusivo de personas con derechos adquiridos. En ella entran todos los que están dispuestos (imagen del vestido) a corresponder a la gracia de Dios por la que expresa su misericordia con todos y cada uno de nosotros: buenos y malos. Y éste es uno de tantos significados de la celebración eucarística. En efecto, mis hermanos, en la Santa Misa celebramos permanentemente la fiesta de la salvación a la que Dios convoca para celebrar las bodas de su Hijo con la humanidad entera por su muerte y su resurrección. En cada Eucaristía, ojalá vayamos haciéndonos más dignos de participar en el Banquete celestial, o mejor dicho, vayamos dejando que Él nos haga dignos de estar en su presencia (cf. plegaria eucarística II), no sólo en cada Eucaristía, sino toda nuestra vida como lo expresa el salmo responsorial de este día: habitaré por siempre en la casa del Señor. No olvidemos la proyección que ha de tener la eucaristía dominical en la vida: conservar el vestido de bodas todos los días, es decir que nos revistamos de justicia y de amor al prójimo, en primer lugar, en obediencia permanente al Padre, tal como nos lo enseña Jesús. Que nuestro vestido, es decir, nuestras obras, nos den a conocer como discípulos de Jesús: como cristianos en fiesta permanente (Juan Mateos).

Quiera nuestra Muchachita y Celestial Señora, la siempre Virgen María de Guadalupe, ayudarnos con su intercesión para que seamos, como Iglesia y como individuos, cada vez más dignos del llamado que Dios nos ha hecho en su Hijo.

Amén.

 
 
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