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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión del VI Congreso Mariano, en la Basílica de Guadalupe.

17 de mayo de 2008

Mis amados hermanos y hermanas, nos encontramos celebrando gozosamente nuestra fe. El acto más grande y sublime que tenemos los cristianos, en la casita de nuestra Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe.

Ella continúa caminado con nosotros y hoy que arrancamos con este VI Congreso meditando, reflexionando, sobre Santa María de Guadalupe, esperanza de la familia. Y hoy que recibimos a esta numerosa familia Estrada, de peregrinos. A la familia Sierra Carbajo, que su niño hace su Primera Comunión. A la familia de hermanos indígenas purépechas que están aquí presentes y que están viviendo como la Virgencita desde aquí extiende sus brazos para estar con ellos, animarlos, alentarnos en la construcción de esta escuela, que como fruto de estos congresos estamos ya terminando en este mes de mayo.

Quiero recordar las palabras que un día dijera nuestra Niña a nuestro querido santo indígena san Juan Diego Cuauhtlatoatzin: “Porque en verdad yo me honro en ser Madre compasiva de todos ustedes, tuya y de todas las gentes que en esta tierra están en uno y de todas las demás variadas estirpes, linajes de hombres, mis amadores los que a mí aclamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión”. Profundiza sobre este versículo el Padre José Luis Guerrero diciéndonos: para gentes con tanta hambre de Dios como fueron nuestros antepasados indios no había nada más bello que oír. Que la Madre de Dios se honraba siendo Madre suya y de todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno y de los más variados linajes de hombres.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, también veamos que eso implicaba una inmediata y dura exigencia; la de aceptar como hermanos, no sólo a los que estaban en esta tierra de la Anáhuac, de este lado del Continente Europeo, sino a todo los demás variados linajes de hombres. En esta tierra siempre había habido luchas, siempre habían estado tribus contra tribus, los purépechas por cierto nunca se dejaron vencer por los aztecas, nunca. Ahora, miren, nuestros abuelos indios se enteraban de que tenían una Madre común, que para Ella, nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe, por tanto toda la tierra era su casa y por consiguiente Ella quien la gobernaba y todos ellos, incluyendo a nuestros abuelos españoles, eran sus hijos y por tanto hermanos entre sí.

Mis amados hermanos y hermanas, con esto Santa María de Guadalupe no hace sino repetir lo que su Hijo pidió en su oración sacerdotal, la víspera de su pasión y de su muerte. “Padre que sean uno como lo somos nosotros”. Palabras que son resumen de toda obra y de todo el mensaje del Señor Jesús, de este arraigadísimo Dios por quien se vive a quien nos trajo esta Niña Santa María de Guadalupe. Por otra parte, también, ese mismo era el ideal de nuestros abuelos indios de que todos,  aún los enemigos son parte de un conjunto que debe protegerse, son parte de un conjunto que debe resguardarse y era también su idea de familia, su idea de familia decen calli, toda la casa, toda la casa. Pues, todo el que está en la casa de mi Madre es automáticamente mi familia y por eso aquí todos nos sentimos hermanos. Desde el encumbrado político, verdad, que bien aquí a pedirle a la Señora que lo favorezca hasta nuestro hermano indígena que no habla castilla. Todos nos sentimos hermanos, todos nos sentimos familia porque todos contemplamos en esta dulce Señora al que es amor, al que es ternura, al que es compasión, al que de verdad nos une y nos integra.

Recuerdo una expresión bellísima del Papa Juan Pablo II al iniciar su pontificado, nos decía: “El hombre no puede vivir sin amor”. Y comentaba que sin amor una persona se vuelve incomprensible, sin amor una persona lleva una vida sin sentido, absurda, agresiva, negativa porque la comprensión, el amor y el sentido de la vida nos vienen precisamente revelado por el Amor, con mayúscula, el amor de Dios. Este amor llena de sentido la vida familiar, este amor llena de sentido la convivencia familiar, este amor es el que nos trajo nuestra Niña hace 477 años.

Mis amados hermanos, ¿por qué somos felices? ¿sabemos realmente cuando somos más felices? Hagámonos esta pregunta esta mañana. Esta mañana en la que el Señor Jesús les da una probadita a sus discípulos de que significa vivir unidos a Él y serle fieles, la transfiguración. Miren, la felicidad humana guarda una relación profunda con ese amor familiar que se engendra, que crece y se desarrolla cuando Cristo está presente, sólo cuando Cristo está presente. Miren, la familia se engendra, crece y se desarrolla y es que, mis hermanos, créanme a la persona humana para alcanzar la felicidad no le basta cualquier amor, no, necesita del amor verdadero que es el revelado, que es el manifestado, que es el engendrado precisamente por nuestro Señor Jesucristo. Que es el amor que corresponde a la verdad del ser, del hombre y de su vocación.

Todos ustedes los matrimonios cristianos, seguramente lo experimenta la familia Estrada, la familia Sierra Carbajo, las familias que están esta mañana congregadas y reunidas. Todos los matrimonios que con su amor esposal se entregan y se comprometen de por vida están creando el habitad necesario y natural para acoger la vida. Por eso les decía al principio de la Santa Misa, me da muchísimo gusto que cada día sean más y más las familias que de manera organizada vienen a la casita de aquella que es la Madre de todos Santa María de Guadalupe.

Bienaventurada la familia formada por el matrimonio cristiano de un hombre y una mujer, y no con esos disparates, matrimonios de hombre con hombre y mujer con mujer, son disparates eso no está de acuerdo a los planes de Dios.

Bienaventurada la familia formada por el matrimonio cristiano de un hombre y una mujer que con sus hijos descubren que la familia es la escuela más rica del humanismo y que es decisiva para la educación integral de todos los hombres desde el inicio mismo de la vida.

Bienaventurada la familia que asume con gozo el reto de transmitir la fe a sus hijos haciendo verdad lo que es la familia cristiana, iglesia domestica, nos dice el Magisterio de la Iglesia, iglesia domestica.

 
Bienaventurada la familia que crece y se desarrolla desde la estabilidad y fidelidad de por vida de un matrimonio y que sabe que tiene que historificar, también, la fidelidad de Dios. Para mi es emocionante cuando celebró las Bodas de Oro matrimonial de unos esposos. El otro día celebré 65 años de vida matrimonial de unos esposos, es emocionante porque están historificando, ahí, los esposos la fidelidad de Dios. ¿Y por qué han aguantado tanto? 65 años de matrimonio, cuando hoy con la mayor sinvergüenza se cansan y se descansan, los jóvenes, 54% de los matrimonios jóvenes a los 5 años se separan qué terrible es esto, qué terrible.

Bienaventurada la familia que reconoce, que asume y vive los valores perennes y reconocidos por la ley natural, deberes de los padres para con los hijos al engendrarlos, las virtudes, paterno filiales de sacrificio y gratitud al servicio del bien común de la familia.

Mis amados hermanos y hermanas, que nos quede bien clarito, bien clarito, cuando Cristo es el centro de la familia, la familia refleja de verdad lo que es esta familia trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que vamos a meditar y a contemplar el día de mañana en la celebración de la Santísima Trinidad. Mis hermanos, sólo desde Jesucristo que nos revela, nos manifiesta y nos entrega lo que es el auténtico amor, la familia podrá crecer sana y salva.

Miren, que hermoso hoy en el Evangelio Jesús transfigurándose, Jesús conocía el corazón de los discípulos y sabía sus dudas y sus decepciones crecientes; ahora estaba apunto de dar un paso más. Necesitaba una nueva experiencia que fijase su sensibilidad y su mirada hacia lo que estaba viviendo. Y sube al monte, al Monte Tabor y subir al Monte Tabor era subir a un lugar donde el pasado y el presente ya no serían una historia incomprensible sino luminosa necesitaban esta experiencia, puesto que los discípulos se encontraban sumidos en un mar de dudas y de tristezas, pero también lo necesitaba Jesús, también humanamente necesitaba el consuelo y la confirmación de que el camino emprendido era, a pesar de todo, un camino de vida. “Este es mi Hijo muy amado escúchenlo, atiéndalo”.

Amados hermanos y hermanas, también nosotros podemos hacer de alguna manera esta experiencia del Tabor, de sentido que Dios ilumina nuestras vidas, una experiencia del Tabor en la familia. A veces nos sentimos cansados y abatidos pensamos quizá que nuestra vida no lleva a ninguna parte, que no tiene sentido o que se nos va sin cumplir lo que habíamos esperado de ella o que no vale la pena ser fieles en el matrimonio o con la responsabilidad de padre, de madre. Entonces, necesitamos que Dios nos tome de la mano y nos lleve a ver su rostro resplandeciente en los rostros de la vida, en los rostros de la vida. La historia de Moisés y Elías es la historia de los que nos han precedido en el camino de la fe, en el camino de la esperanza. Historia de gozo, historia de íntimo convencimiento, experiencia espiritual de paz y de serenidad en el silencio de nuestro corazón, en aquel rato de oración, en aquel retiro espiritual, en aquel encuentro conyugal, matrimonial, en aquella tarde de soledad, incluso mis hermanos, en medio de la noche quizá de insomnio, que sé yo. Entonces tenemos más necesidad de orar, entonces tenemos más necesidad de acudir al Señor, Señor nuestra familia se está deshaciendo, se está desintegrando. Las ayudas humanas muchas veces no nos sirven, si no acudimos al que nos hizo. Dios te puede cambiar, sólo Él puede cambiar tu familia porque Dios es un misterio más íntimo, es una familia. Una sola palabra suya te puede transformar, un breve encuentro con Él te puede transfigurar. Puede ser en la oración o en la Celebración Eucarística participada en familia o en el trabajo, en dolor, en el servicio, en la cercanía y escucha del hermano, en la empatía con el pobre y el que sufre, en el fruto conseguido, en el conjunto de pequeñas circunstancias casi milagrosas.

Dios, mis hermanos, convenzámonos desde Él y sobretodo en familia, está cerca de nosotros. Es un Dios con nosotros y es un Dios en nosotros que se llama Espíritu Santo. Dios cerca de ti, Dios te cuida y te regala, Dios te consuela y te da fuerza, meditemos en esto mis hermanos. Todos los sacramentos son momentos de transfiguración. El primero el Bautismo, primera experiencia de Dios con nosotros, pero siempre la Santa Eucaristía, la Santa Misa, donde el pan y el vino, cuerpo y sangre del Señor deben ser experiencia de transfiguración, que nos devuelva la vida de cada día un poco más transfigurados, es decir, siendo nosotros mismos, diríamos una imagen, un icono cada vez más nítido de la vida de Dios en nosotros. (Vean que guapo viene hoy Oscar, muy elegante, blanco todo él. Porque hoy el Señor lo transfigura cuando reciba la Sagrada Comunión, la Sagrada Eucaristía).

Mis hermanos, pidámosle al Señor que nos transfigure, también, nuestras miradas para saber mirar a los demás con la mirada de Dios, que transfigure las miradas de nuestras familias para mirar a las familias con la mirada de Dios y así descubrir en ellas y en ellos al mismo Jesús que camina junto a nosotros para hacernos caminar siempre hacía delante.

Ojala que de verdad la Santa Misa, la Santa Eucaristía sea para nosotros un Tabor privilegiado. Celebramos en ella la entrega del Hijo amado y la glorificación de amor resucitado, pero, también, nuestra entrega y nuestra resurrección. La Eucaristía nos llena del Espíritu vivificante de Cristo. La Eucaristía alimenta nuestra fe, alimenta nuestra confianza, nuestra capacidad de amar. La Eucaristía, mis hermanos, en una palabra nos adelanta al cielo.

Que nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe, Mujer Eucarística nos lleve cada día a vivir más intensamente la Santa Eucaristía.

Que así sea.

 
 
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