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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de Ramos.

16 de marzo de 2008

¡PUERTAS, ÁBRANSE DE PAR EN PAR; VA A ENTRAR EL REY DE LA GLORIA!

Acabamos de revivir la pasión de Jesús, según la historia que nos ha dejado san Mateo, procuremos que nos se nos resbale, abramos el odio y el corazón tal y como nos lo ha aconsejado la primera lectura. También, a cada uno de nosotros el Espíritu del Señor nos ha hablado al oído, meditemos, pensemos: ¿qué nos está diciendo? ¡Puertas, ábranse de par en par; agrándense portones eternos, porque va a entrar el Rey de la gloria! (Sal 24, 7.9).

Mis amados hermanos y hermanas: así canta hoy toda la Iglesia, así hemos cantado y recibido al Señor que entró en procesión al Templo. Con aclamaciones y felicitaciones. Estamos entrando también nosotros con el Salvador a la Semana Santa, a la Semana Mayor, a la Semana Grande. Que recuerda actualizando su obra redentora. Es importante, mis amados hermanos y hermanas, que no nos quedemos, esta semana, sólo en la exterioridad de los signos doloristas, sentimentales y mucho menos folklóricos de las representaciones de la pasión. Muchas veces esas representaciones no producen un efecto diferente de lo que produce la tragedia representada en el teatro: sólo catarsis o proyección de "nuestros dramas interiores y de situaciones sociales" (Javier Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria, Verbo Divino, 77).

Mis hermanos y hermanas muy queridos, al iniciar la Semana Mayor, entremos con Jesús en el drama humano-divino en el que se conjugan, precisamente, estos dos extremos: el pecado y la salvación. Contemplemos la fidelidad misericordiosa de Dios que, asumiendo al hombre, tal como es, en la persona de su Hijo, es decir, con todo y su pecado, lo dignifica con el perdón y la gracia que lo salva, lo acerca definitivamente a Él, para liberarlo de sus pecados, para sanarlo radicalmente, para hacerlo plenamente feliz. A esto vino Jesús, mis amados hermanos y hermanas, el Cristo, al mundo. A eso entró a Jerusalén y se ha quedado en medio de nosotros.

No tiene sentido, entonces, mis hermanos y hermanas, que nos detengamos en la compasión, sino en la gratitud y en la adoración. Porque Cristo en su pasión y en su cruz, pero, también, en su resurrección, asume nuestras frustraciones; asume nuestras esperanzas; asume nuestras ilusiones; nuestras mentiras y nuestra lucha por la verdad y la paz; nuestro desprecio por la vida y la justicia con la entrega generosa de nuestra fe y nuestro amor.

Es ahí, mis amados hermanos y hermanas, es ahí en su cruz y su la resurrección donde nos crucificamos también nosotros, nos crucificamos con Él, junto con nuestros vicios y con nuestro deseos de ser virtuosos; deseos puestos por Él en el fondo de nuestro ser y que no dejamos aflorar. Esta semana, mis hermanos y hermanas, es la oportunidad de experimentar vivamente nuestra miseria, es una semana, para experimentar vivamente nuestros pecados, transformados por la gracia redentora del Señor a causa de salvación para la vida eterna.

Es, después de todo, mis amados hermanos, lo que celebramos cada misa durante todo el año, particularmente en los domingos especialmente.

Quiera nuestra Muchachita y Dulce Señora refugio de pecadores y quien contempla misericordiosamente nuestras miserias acompañarnos en el camino de la cruz hasta la gloria de la resurrección de su Hijo. Amén.

 
 
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