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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Viernes Santo.

21 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas, ni el día de hoy ni mañana, sábado santo, tenemos la celebración de la Eucaristía. La Iglesia está en actitud de fervorosa espera de la Resurrección de su Señor. Lo anhela en silencio y contempla su presencia a través de su ausencia física. Como se espera al Amado. Nos queda como alimento su palabra, su Testamento, sus últimas palabras de la Cena de despedida.

Centramos nuestra mirada y toda nuestra atención en la Cruz en la que han triunfado el amor sobre el odio, la verdad sobre la mentira, la justicia sobre el pecado, la humildad servicial sobre la arrogante soberbia; en fin, en la Cruz ha triunfado la vida sobre la muerte, misterio que celebraremos más intensamente en el ambiente de contemplación propio de la vigilia pascual, mañana sábado.

Cristo subió a la cruz y todos cosimos en ella nuestros pecados. Seguimos necesitando la cruz, porque seguimos pecando. ¡Qué realidad más sucia, qué peso más infamante!

Pero Jesús, con lágrimas y sangre, está lavando el pecado –bastaría una gota–: con su dolor y su amor está redimiendo el mundo. ¡Oh feliz culpa!   

Desde la cruz Jesús no tiene más que palabras de súplica, de perdón y de regalo.

Pero todo es misterio. El pecado hace sufrir a Cristo. Terrible es la cruz. El pecado ilumina, por contraste, el corazón de Cristo. Un abismo llama a otro abismo.  Al abismo de la miseria humana responde el abismo de la misericordia divina.  ¡Oh feliz pecado que nos mereció tal redentor!

Nuestro pecado hace brillar la cruz.  El crucificado terminará siendo el exaltado. Exaltado en la cruz porque en ella venció al pecado. Iluminado en la cruz, porque en ella se manifestó el amor más grande. Glorificado en la cruz, porque en ella Cristo aprendió a sufrir, a confiar, a perdonar.  La cruz ya no es horrorosa, aunque sigue siendo un grito contra la injusticia y la crueldad.

Junto a la cruz nos sentimos radicalmente perdonados. Nosotros hemos puesto el pecado en la cruz y Cristo nos ha purificado con su sangre.

No resuelvas más tu historia pecadora, no cultives complejos de culpabilidad. Estás perdonado, para siempre perdonado. Basta que confíes y te abras a la misericordia. Desde tu pecado repetido, canta la grandeza de su amor.

No peques más, pero si pecas, confía más; si pecas, ama más. 

Mis amados hermanos y hermanas ¡Perdón! no es tiempo ahora de hablar, sino de contemplar. Busquemos espiritualmente un rinconcito en el Calvario, donde nos ha llevado el evangelista San Juan.

Somos pocos los que nos encontramos… del lado de Jesús. Son más los que quieren su muerte, y muchos más aún los que se lo miran todo con indiferencia.

Acompañamos –y nos acompañan– a su Madre y a María la de Cleofás, a Juan, a María Magdalena… Un poco más allá, los otros dos crucificados. Aún más allá los discípulos, alejados: José de Arimatea, Nicodemo… Queremos ser como ellos: discípulos fieles de Jesús, cada uno a su manera, en la hora del fracaso, cuando nadie le cree, cuando su cuerpo es un cuerpo torturado ante el cual se ocultan los rostros.

Ahora vemos, sin necesidad de exegetas, qué nos quería decir  en el sermón de la montaña. Nos precede en el camino de las bienaventuranzas. ¿Quién más pobre, quién con más pena, quien más humilde y humillado que este crucificado? En la cruz no sólo ha perdido la vida. También ha perdido el honor: rey de los judíos, reza el título… Sediento de justicia, prácticamente de la compasión como alternativa a la violencia, corazón limpio anhelante de paz... ha muerto en el intento. Han ganado quienes lo perseguían y propalaban contra él toda clase de calumnias.

Pero no todo es oscuridad: ya apunta la luz de la resurrección. Estamos sólo a tres días de ese gran momento: “… yo reconstruiré este templo”.  Entonces resplandecerán en él y en sus miembros las segundas partes de las Bienaventuranzas: la tierra prometida será suya y será nuestra, será y seremos comparecidos y saciados, verá y veremos a Dios, poseerá y poseeremos definitivamente el Reino.

La contemplación de Jesús en su pasión, en el sentido de la acción de padecer, nos lleva a descubrir la otra acepción de la palabra pasión: inclinación viva, vehemente, violenta de ánimo… La pasión física del cuerpo de Jesús nos lleva a descubrir la pasión de amor de su corazón. Nos ha amado sin límite: en él nos hace visible, cercano, palpable, el amor de Dios. En definitiva… se trata de amar, y esto está fuera de cálculos, de convenciones, de teorías. Ojalá que la celebración de este Viernes Santo nos descentrase de nuestro yo y de sus mil caras y colocase nuestra vida en la línea del amor.

Aprendamos con Jesús, hermanos, en la escuela de la Cruz a vivir la vida dándola en el servicio, especialmente a los que más nos necesitan. No tengamos miedo de perder la vida, pues perdiéndola por el Evangelio, es decir, por Cristo, es como la adquirimos para siempre (cf. Jn 12,25).

Hoy, la adoración de la Cruz y la participación en la Eucaristía tendrán esta profunda unidad: comulgar en Cristo significará sentirnos identificados con Aquel que se da para ser vida y alimento para los demás.  No es ya el recuerdo de un hecho histórico lejano. También, hoy, Cristo sufre y muere en tantos hermanos nuestros de todas las partes del mundo, victimas del hambre, de la violencia y de la injustica. Nosotros, con El, estamos dispuestos a hacer crecer el árbol de la esperanza, del consuelo, de la solidaridad, el árbol que conduce a la vida por siempre. Amén.

 
 
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