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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Guillermo López Soto, Obispo de la Diócesis de Cuauhtémoc-Madera, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

27 de enero de 2012       

Muy queridos hermanos y hermanas, hermanos en el sacerdocio ministerial, hermanos y hermanas en el sacerdocio bautismal. Nos hemos reconocido a partir del Concilio Vaticano II como un pueblo, un pueblo que camina, un pueblo que se va formando teniendo como base la Alianza con Dios, una alianza perfecta, una alianza definitiva que el Padre Dios ha hecho con la humanidad por medio de su Hijo Jesucristo.

Hace apenas unos cuantos años se nos dijo en Brasil como el pueblo latinoamericano, los pueblos que habitamos América, tenemos un rico potencial de santidad. Y ese rico potencial está muy arraigado en la devoción que en América tenemos a nuestra Madre, a María Santísima, a María de Guadalupe. Para nosotros, especialmente en México, esa devoción filial, esa confianza honda, profunda, hace que tengamos una fe y un sentido de la transcendencia.

Creemos en Dios, pero tenemos que continuar profundizando en nuestra fe, irla purificando de lo que no nos ayuda, para construir la sociedad que queremos, que nos hace falta no sólo en México, sino en muchos países del mundo. Una sociedad, más humana, más fraterna, más justa, más solidaria. Y tenemos, pues, ese potencial, esa riqueza para irnos construyendo como nación e irnos construyendo como pueblo, como Iglesia, como pueblo de Dios.

Y hemos escuchado, hoy, en el Libro del Eclesiástico como hay una invitación a buscar no sólo la sabiduría humana, sino la sabiduría de lo alto, la sabiduría divina, esa sabiduría que no defrauda, esa sabiduría que nos ayuda a crecer como hermanos. Y de ahí la invitación: vengan a mí, nunca vamos a profundizar suficientemente en el misterio de Dios, siempre nos quedará muy grande, porque nosotros somos creaturas, somos limitados. Esto quiere decir que en el proceso de nuestra vida tenemos que ir conociendo cada vez más nuestra fe, disfrutarla, proyectarla, compartirla con muchos, quizás familiares nuestros que ya no comparten nuestra misma fe, o los que todavía no conocen a Cristo. Nos decían los obispos que participaron en Brasil: hay que buscar el encuentro con Cristo, hay que llamar a nuestros hermanos y hermanas, para que se re-encanten en la fe, para que vuelvan a tomar el encanto de nuestra fe católica, un patrimonio hondo y profundo de los pueblos de América.

La liturgia aplica ese trozo del Libro del Eclesiástico a María, porque ella quiso en su advocación de María de Guadalupe quedarse con nosotros, quedarse en esta nación, en este país, para ayudarnos a crecer, para ayudarnos a ir caminando hacia el encuentro de su Hijo. Por eso ella es la modelo en cuanto a nuestras tareas, en cuanto a nuestros trabajos de evangelización.

Ella nos trae a su Hijo; nosotros también tenemos que llevar a su Hijo, a Jesucristo al encuentro con otros hermanos nuestros, para que el Reino de Dios, que se deposita de una manera pequeña en cada uno de nosotros vaya creciendo, vaya madurando y vaya dando frutos de eternidad, frutos de salvación.

Ella, queridos hermanos y hermanas, quiso presentarse aquí en nosotros como lo que es: yo soy la verdadera Madre de Dios, por quien se vive. Qué importante es ir descubriendo que vivimos por Dios y estamos en las manos de Dios. Somos su proyecto, cada uno de nosotros, cada ser humano es un proyecto de Dios en este mundo.

La vida nos viene de Él y tenemos que apreciarla, valorarla, respetarla y cuidarla. No únicamente nosotros, sino en la sociedad. Por ahí tenemos también, queridos hermanos y hermanas, mucho camino que recorrer.

La Carta a los Gálatas nos hace ver hoy como llega un momento en la historia, un momento en que está a punto la humanidad para que el Padre Dios nos envié a su Hijo. Y de una manera muy sencilla, nos hace ver san Pablo, como llegada la plenitud de los tiempos Dios envía a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para rescatarnos, para elevarnos, para hacer lo que santísima Virgen, nuestra Madre y Señora de Guadalupe hizo aquí en México, ayudarnos a entender que tenemos una dignidad como seres humanos. Como lo hizo con san Juan Diego al elegirlo, como mensajero para el proyecto que tenía para nosotros, que le construyéramos un templo para mostrarnos su amor, su auxilio, su protección, su consuelo. Y san Pablo nos hace ver lo mismo, como Dios nos hace hijos, nos libra de la ley, nos libra de la esclavitud del pecado. Pero al hacernos hijos, nos dice san Pablo, nos hace herederos de la gloria y nos da su Espíritu para que como hijos podamos dirigirnos a Él como Padre, por el Espíritu que habita en nosotros ya desde el bautismo podemos llamar cada uno de nosotros, cada ser humano Padre a Dios.

Entonces todo esto, queridos hermanos y hermanas, es como la historia, nuestra historia, la historia de la salvación. La historia en que Dios se hace presente en nosotros, en nuestras vidas para elevarnos, para ayudarnos a entender que tenemos una dignidad como personas, como hijos de Dios y para ir estrechado lazos de fraternidad que es, en otras palabras, vivir el mandamiento del amor, vivir el encuentro con Jesucristo; como el encuentro entre nosotros mismos, para ir creando esa familia, esa comunidad de vida, esa comunidad de amor, esa comunidad de servicio, que necesita nuestro mundo.

Y vemos como María, nuestra Madre, lo escuchamos hoy en el Evangelio, a pesar de que ya le ha sido notificado que va a ser la Madre del único y verdadero Dios, sencillamente se pone al servicio de su prima Isabel, para estar con ella en los últimos meses de embarazo.

Nosotros, queridos hermanos y hermanas, hemos optado en la diócesis por ser una diócesis servidora, una diócesis que está al servicio, por eso tenemos que ir multiplicando en todas las diócesis en las parroquias, los ministerios y servicios. ¿Para qué? para que demos los servicios, que tenemos que dar. El mejor servicio que como Iglesia podemos dar al mundo es el Evangelio, es hacer presente a Jesucristo, es ayudar a que no continuemos perdiendo el sentido de la transparencia en la humanidad, a que no sigamos por caminos que no nos conducen a ninguna parte. Que si tenemos problemas, pues, tratemos de enfrentarlos con el diálogo, con la inteligencia, tratemos de hacer frente a los retos que nos plantea el mundo de hoy, pero desde nuestra fe católica.

Demos, pues, queridos hermanos y hermanas, ¡Gracias a Dios por todo lo que durante un año hemos recibido de parte de Él!

¡Gracias, muchas bendiciones, a través de María, nuestra Madre!

¡Gracias a la intercesión de muchos santos a quienes veneramos!

Agradecer todo lo bueno que viene de Dios y encomendarnos, encomendar a nuestra diócesis a la intercesión de María de Guadalupe, para que nos conceda lo que necesitamos.

Les acabo de decir el día 6, que dentro de la celebración de los 50 años de inicio del Concilio Vaticano II y de los 25 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia, vamos hacer un año vocacional. Necesitamos vocaciones, no sólo para la Vida Sacerdotal, sino también para la Vida Consagrada. Necesitamos vocaciones laicales, también, que sean animadores de la dispersión de las comunidades que tenemos en la diócesis.

Cuando de Gobernación nos pidieron, hace algunos años, decir cuántas comunidades había me di cuenta que son 567 comunidades las que hay en la diócesis, unas grandes y otras pequeñas. Pero son 567 comunidades y a veces, nos lo recordaba el Papa Pablo VI, el sacerdote no se hace presente en muchas comunidades, pero a veces llega un catequista, llega un celebrador de la Palabra y la fe, como en el Vaticano en cierta ocasión la fe se conservó durante 100 años sin la presencia de los sacerdotes por la presencia de los catequistas que había ahí. Entonces, cómo es valioso que la fe esté presente no únicamente a través del Ministerio Sacerdotal, sino también a través de ministerio del servicio de los consagrados, de las consagradas, de los laicos.

Que Dios nos bendiga con abundantes vocaciones porque estamos en misión. Una misión permanente, nuestro objetivo es primero ser cada uno de nosotros discípulos misioneros de Jesucristo, para después hacer que otros también sean discípulos y misioneros de Jesucristo, para gloria de nuestro Padre Dios.

Muchos de nosotros hemos perdido seres queridos durante el año que transcurrió. Aquí está mi general García Vega perdió a su papá, no puedo decir de todos, a mi me tocó perder una hermana, pero ya en este año, hace unos días. Y vamos a confiarle a Dios en esta Santa Misa todo lo que traemos dentro de nosotros y de los encargos, pídanle a la Virgen por esto, por el otro. Seamos mensajeros de esa oración, que nos han pedido otros que no han podido participar en esta peregrinación y que todos los esfuerzos que han hecho muchos de ustedes, para estar aquí hoy a lo pies de María, para acogernos a su cariño, a su amor, a su auxilio, a su protección, nos haga crecer como hermanos, en cada una de las parroquias, en cada una de las comunidades. Que nosotros tratemos de ser mejores personas y nos hagamos el bien unos a otros para que no sólo nos llamemos hermanos, sino que lo seamos de verdad.

 
 
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