Muy queridos hermanos sacerdotes, hermanos y hermanas de la
vida consagrada, hermanos y hermanas laicos, y en forma muy
especial un saludo al seminario.
Qué bueno que nos hayamos, queridos hermanos, a los pies
de Nuestra Madre, de la Señora de México, la Gran Mujer que
ha orientado, ha caminado con el pueblo mexicano durante estos
cuatrocientos setenta y cinco años, donde ha prodigado su amor,
nos ha educado en la fe, nos ha impulsado a vivir la caridad,
y como le pedimos también en la oración, sabemos que ella va
intercediendo por esta nación, por este pueblo, para que camine
por los senderos de la justicia y de la paz.
Por eso hoy, queridos hermanos, también nosotros venimos como
pueblo humilde y sencillo a tributarle nuestro cariño, nuestro
amor, ella es nuestra Madre, lo sabemos perfectamente. Venimos
de tierra caliente, tierras guerrerenses para tributarle a
Nuestra Madre el amor que ella se merece. Si hemos recibido
el amor, la protección y el cuidado de ella, a nosotros también
como hijos nos corresponde venir a darle culto y sobre todo
a darle gracias por el amor que nos brinda, por que ella siempre
intercede ante su mismo Hijo Jesucristo para protección, para
que nos de su gracia y amor.
Queridos hermanos, es conveniente que en esta mañana, que venimos
a darle gracias a Nuestra Señora, meditemos en el gran papel
que ella va realizado en su maternidad, sabemos perfectamente
que es la Madre del verdadero Dios por quien se vive. Es la
Madre que viene también ha traernos al mismo Hijo Jesucristo,
pero es la Madre también que viene a decirnos: que ella nos
cuida que estamos bajo su regazo y cuidado. Es conveniente
que nosotros como hombres y mujeres de fe reconozcamos y aceptemos
esa maternidad de María, por un lado que nos brinda a su Hijo
Jesucristo y por otro lado nos cuida y protege.
También ella no solamente es nuestra Madre, es modelo, el
cual estamos llamados a imitar, ella nos enseña ante todo
como ser discípulos y misioneros de Jesucristo, el discípulo
es ante todo el que ha sido llamado, esta es una característica
especial e importante.
El discípulo de Jesús es llamado por el mismo Jesús, es elegido
por el mismo Dios y nosotros somos ese pueblo elegido por
el Señor para poder seguirle, escucharle e imitarle, por eso
nosotros debemos ir tomando conciencia de esta elección: No
son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido
para que vayan y den fruto abundante.
Esta conciencia de que partimos del mismo querer de Dios, no
somos nosotros los que hemos decidido simplemente elegirle
y seguirle, Él es el que nos ha llamado conociendo ante todo
nuestra realidad, nuestra condición de pecadores, venimos
a pedirle y a suplicarle ante todo, que estando a sus pies
podamos nosotros también como discípulos escucha, aprender
de Él, como vivir en la vida, según el proyecto del Padre.
Es fundamental, mis queridos hermanos, que en el mismo discipulado
que nosotros tenemos que ir viviendo día con día, vayamos
en esa actitud y conciencia de ser llamados, en esa actitud
abierta del escucha, pero también en la misma fidelidad del
seguimiento.
El discípulo es el que ama a Jesús, el que vive como Jesús
y el que pasa o camina por el sendero de la misma cruz, Él
mismo no dijo: todo aquel que quiera ser mi discípulo,
tome su cruz y me siga.
María entonces, nos enseña a ser los discípulos del maestro,
ella es la primera discípulo, ella fue elegida para llevar
una vocación singular espacialísima, ella nos enseña como
podemos nosotros responder a la escucha de la palabra, también
nos enseña como se responde a la invitación del Padre con
una prontitud y entrega total, ella va también amando a Jesús,
no solamente como su hijo, sino ante todo como su Dios, su
Señor y va aprendiendo.
Como lo dice el Evangelio de San Lucas que iba guardando todas
esas cosas en su corazón para ir profundizando ante todo en
este misterio amoroso del querer del Padre.
Pero también, queridos hermanos, ella también nos enseña a
hacer misioneros, portadores. El discípulo es el que aprende
del maestro, quiere vivir como el Maestro y por nuestra propia
vocación estamos llamados a configurarnos como el Maestro,
ser por lo tanto el misionero es el que porta al Maestro,
el misionero es el portador de Dios.
Así como María, ella vino a traernos a su mismo Hijo
Jesucristo, lo vemos en sus entrañas, ella es la misionera,
la que ha venido a evangelizar nuestros pueblos, culturas,
a los hombres de todos los tiempos de aquí de nuestro México
y en una forma especial, de América Latina.
Ella es la misionera también del Padre, nos ha dado a su mismo
hijo Jesucristo, si el misionero es el portador de Dios, es
el mismo testimonio vivo, hay una interrelación muy profunda
entre ser discípulo y misionero, esta interrelación no la
hace ver San Juan, ya que nos dice en su carta: lo que
hemos visto, oído, palpado y vivido, eso es lo que ahora se
los transmitimos, eso es ser misionero, el que ha sido
discípulo de Jesús y ha vivido con Jesús, ha sido fiel a su
misma enseñanza, ha aprendido a ser Jesús, como dice Pablo:
vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí.
Él mismo también ante la misma urgencia y experiencia del amor
del Padre manifestado en su mismo Hijo Jesucristo en ese amor
de predilección que le da también a Pablo, Él mismo dice:
hay de mí, sino evangelizare. Porque parte también de la misma
experiencia que ha vivido y es Jesús el primer misionero del
Padre.
María es la misionera que nos ha traído aquí a México a su
mismo Hijo Jesucristo y nosotros tenemos que ir aprendiendo
de ella, a portar a Dios en nuestro corazón, ser también testigos
de la esperanza, de la fe, del amor, a llevar en nuestra vida
la misma muerte y resurrección de Cristo para ser testigos
y presencia del amor en medio del mundo.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy que venimos de esta
tierra caliente, la Diócesis de Cuidad Altamirano a los pies
de nuestra Madre, contemplémosla como Madre y Señora Nuestra,
como modelo a seguir y sobre todo pidámosle que nos conceda
la gracia de imitarla, de amar profundamente a su Hijo Jesucristo,
de ser fiel a su enseñanza, de ser portadores del mismo Dios,
por eso, queridos hermanos, hoy no pueden regresar a sus casas
vacíos, sordos, desamparados; hoy regresan a su casa no solamente
con el amor de María, su protección y su cuidado, sino ante
todo regresan portando a Dios, son mensajeros, son discípulos
del hijo amado, pero también misioneros del Padre.
Portan en su corazón a Dios, llévenlo a sus tierras, hogares,
a sus seres queridos y manifiéstenles ante todo que el amor
de Dios siempre está con ellos, que nunca los abandona y que
Santa María de Guadalupe.
Pido al Señor que bendiga este presbiterio, que está pronto
a recibir a su nuevo obispo, Dios mediante, si así lo quiere
él, en un mes se de a conocer el nuevo obispo de la Diócesis
de Ciudad Altamirano, que esta desiosa de tener nuevo obispo,
como lo tuvo con Don Giles, como lo tiene ahora con Don Carlos,
Raúl y los demás obispos que le han precedido, pido a Dios
que los bendiga, proteja, que los llene de su gracia y amor.