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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el P. David Enrique, en la peregrinación de la Unión Benedictina Cisterciense (UBC)
a la Basílica de Guadalupe.

5 de mayo de 2006

Hermanos, me da mucha alegría comprobar que la devoción a la Santísima Virgen María de Guadalupe que está siempre viva. Deja en cada uno de nosotros el impulso sobrenatural para actuar como miembros de la gran familia de Dios, y seguramente también ustedes al ver en este Santuario a tantos hermanos que expresan de diversas formas su cariño a la Santísima Virgen de Guadalupe. Es como una reunión de familia, que cuando los hijos reconocen que la vida los separa, y vuelven a encontrarse junto a sus hermanos. Por eso éste día estamos aquí, nos sentimos unidos y nos reconocemos todos con un afecto común.

Hermanos, bien sabemos todos que la Virgen María edifica continuamente a la Iglesia, la mueve y la mantiene firme, pero sería muy difícil tener una auténtica devoción a la Virgen de Guadalupe y nos sentimos más unidos a los demás que también son miembros del cuerpo místico de Jesús. Al reconocernos parte de la Iglesia e invitar a nuestros hermanos en la fe, descubrimos con mayor profundidad la fraternidad que nos une a todos los Benedictinos, no solo de México, si no del mundo entero.

Hermanos en esta peregrinación de la UBC a este Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe tenemos la ocasión de reflexionar y meditar sobre la realidad del cariño de cada uno de nosotros a la Madre de Jesús. Yo creo que ese cariño es una correspondencia de amor y una muestra de gratitud filial, porque Santa María de Guadalupe está muy unidad a esa manifestación máxima del cuerpo de Dios: la Encarnación del verbo en Dios que es su infinito amor, que se vuelve hombre con nosotros y cargó con nuestras miserias y pecados, y la Virgen María, fiel a la misión divina por la que fue creada se ha esforzado y empeñado continuamente al servicio de cada uno de nosotros, llamados todos a ser hermanos de su Hijo Jesús. La Madre de Dios en también la Madre de los Hombres.

Hermanos: la Virgen María quiere que nos unamos y acerquemos a ella con confianza, que apelemos a su maternidad pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre. La Virgen María es una Madre que no se hace del rogar, que incluso se adelanta a nuestras súplicas, porque reconoce nuestras necesidades y viene pronto en nuestra ayuda, demostrando con sus obras que se acuerda constantemente de sus hijos.

Cada uno de nosotros al recordar nuestra propia vida y ver como en ella se manifiesta la misericordia de Dios, podemos descubrir muchos motivos para sentirnos de un modo muy especial como hijos de la Virgen María. Pero aquí también, hermanos no podemos tratar filialmente a la Virgen María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas, no se puede tratar a la Santísima Virgen María y seguir pidiéndole egoístamente por nuestros problemas personales.

La Virgen María nos lleva a Jesús que es el primogénito entre nuestros hermanos. Por eso conocer a Jesús es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido, que con el sentido de entregarnos al servicio de los hermanos. Y comunicarnos de la mano de la Santísima Virgen. Ella hará que nos sintamos como hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos de ese Dios del que ella es Hija, Esposa y Madre.

Los problemas de nuestros hermanos y de la fraternidad debe encontrarse en lo más profundo de nuestro ser, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, educó y lo acompaño durante su vida entera y que ahora está junto a Él, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, y se hace presente en nuestras necesidades de nuestros hermanos.

Por eso en ésta celebración Eucarística a la que hemos venido como peregrinos de la UBC, pedimos la gracia de tratar a la Madre de Dios, que es también nuestra Madre, tratarla como se trata a una persona viva: porque ella no ha triunfado a la muerte, sino que está en el cuerpo y alma, junto a Dios Padre, junto a su Hijo y junto al Espíritu Santo.

 
 
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