Hermanos,
me da mucha alegría comprobar que la devoción
a la Santísima Virgen María de Guadalupe que
está siempre viva. Deja en cada uno de nosotros el
impulso sobrenatural para actuar como miembros de la gran
familia de Dios, y seguramente también ustedes al ver
en este Santuario a tantos hermanos que expresan de diversas
formas su cariño a la Santísima Virgen de Guadalupe.
Es como una reunión de familia, que cuando los hijos
reconocen que la vida los separa, y vuelven a encontrarse
junto a sus hermanos. Por eso éste día estamos
aquí, nos sentimos unidos y nos reconocemos todos con
un afecto común.
Hermanos, bien sabemos todos que la Virgen María edifica
continuamente a la Iglesia, la mueve y la mantiene firme,
pero sería muy difícil tener una auténtica
devoción a la Virgen de Guadalupe y nos sentimos más
unidos a los demás que también son miembros
del cuerpo místico de Jesús. Al reconocernos
parte de la Iglesia e invitar a nuestros hermanos en la fe,
descubrimos con mayor profundidad la fraternidad que nos une
a todos los Benedictinos, no solo de México, si no
del mundo entero.
Hermanos en esta peregrinación de la UBC a este Santuario
de Nuestra Señora de Guadalupe tenemos la ocasión
de reflexionar y meditar sobre la realidad del cariño
de cada uno de nosotros a la Madre de Jesús. Yo creo
que ese cariño es una correspondencia de amor y una
muestra de gratitud filial, porque Santa María de Guadalupe
está muy unidad a esa manifestación máxima
del cuerpo de Dios: la Encarnación del verbo en Dios
que es su infinito amor, que se vuelve hombre con nosotros
y cargó con nuestras miserias y pecados, y la Virgen
María, fiel a la misión divina por la que fue
creada se ha esforzado y empeñado continuamente al
servicio de cada uno de nosotros, llamados todos a ser hermanos
de su Hijo Jesús. La Madre de Dios en también
la Madre de los Hombres.
Hermanos: la Virgen María quiere que nos unamos y
acerquemos a ella con confianza, que apelemos a su maternidad
pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre. La
Virgen María es una Madre que no se hace del rogar,
que incluso se adelanta a nuestras súplicas, porque
reconoce nuestras necesidades y viene pronto en nuestra ayuda,
demostrando con sus obras que se acuerda constantemente de
sus hijos.
Cada uno de nosotros al recordar nuestra propia vida y ver
como en ella se manifiesta la misericordia de Dios, podemos
descubrir muchos motivos para sentirnos de un modo muy especial
como hijos de la Virgen María. Pero aquí también,
hermanos no podemos tratar filialmente a la Virgen María
y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios
problemas, no se puede tratar a la Santísima Virgen
María y seguir pidiéndole egoístamente
por nuestros problemas personales.
La Virgen María nos lleva a Jesús que es el
primogénito entre nuestros hermanos. Por eso conocer
a Jesús es darnos cuenta de que nuestra vida no puede
vivirse con otro sentido, que con el sentido de entregarnos
al servicio de los hermanos. Y comunicarnos de la mano de
la Santísima Virgen. Ella hará que nos sintamos
como hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos
de ese Dios del que ella es Hija, Esposa y Madre.
Los problemas de nuestros hermanos y de la fraternidad debe
encontrarse en lo más profundo de nuestro ser, de manera
que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre
de Jesús, que lo crió, educó y lo acompaño
durante su vida entera y que ahora está junto a Él,
nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro
lado, y se hace presente en nuestras necesidades de nuestros
hermanos.
Por eso en ésta celebración Eucarística
a la que hemos venido como peregrinos de la UBC, pedimos la
gracia de tratar a la Madre de Dios, que es también
nuestra Madre, tratarla como se trata a una persona viva:
porque ella no ha triunfado a la muerte, sino que está
en el cuerpo y alma, junto a Dios Padre, junto a su Hijo y
junto al Espíritu Santo.