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Homilía
pronunciada por
Mons. Juan Guillermo López, Obispo de Ciudad Madera en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Ciudad Madera a la Basílica de Guadalupe.

27 de enero de 2006


M
uy queridos hermanos y hermanas:
Cada año acudimos con fe, con devoción a este encuentro con nuestra Madre y Señora de Guadalupe para pedirle su intersección y nos conceda crecer, madurar y profundizar en nuestra fe, una fe que tiene que ser viva, una fe que tiene que ser participativa, una fe que nos lleve a vivir la comunión entre nosotros mismos como iglesia católica, pero que también nos lleve a buscar la comunión con aquellos que no profesan nuestra misma fe, pero que de alguna manera buscan a Dios, buscan la verdad y la verdad absoluta es Dios.

Entonces nosotros como iglesia tenemos que buscar esa comunión hacia dentro de nosotros mismos pero también hacia fuera, buscar también como le hemos pedido hoy a nuestro Padre Dios buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz creo que esa es una tarea muy importante, una tarea que no podemos descuidar en este momento recuerdo cuando el Papa Juan Pablo II aquí en esta Basílica 1999 nos entrego el documento de la iglesia en América.

Nosotros hemos reflexionado algunos puntos en nuestras asambleas diocesanas de pastoral, algunos también lo han reflexionado en sus parroquias, pero a lo que quiero referirme específicamente es cuando el Papa nos hablo de la tarea, de la misión de los laicos como la tarea más importante de los laicos esta fuera de la iglesia, esta en la transformación de las  realidades temporales, nosotros como iglesia católica nos preocupamos por el progreso, queremos el progreso, queremos la fraternidad, queremos que todos los seres humanos podamos llevar una vida digna, entonces habrá que transformar el mundo de la económica, de la política, de la cultura, en una palabra todo lo social, ¿Por qué?, porque Dios nos confió la creación entera, la puso en nuestras manos, crezcan, multiplíquense y sometan la tierra, transfórmela, háganla más digna de vivir, descubran todo lo que hay en ella, pero siempre buscando el bien del hombre, el bien de la humanidad.

Y nosotros como creyentes pues tenemos que participar en las obras buenas, en las iniciativas que van surgiendo en todos esos campos en que se desenvuelve el ser humano, para que de veras vayamos haciendo realidad que Dios quiere para cada uno de nosotros, que seamos uno en Hijo, que seamos uno en Cristo.

Ciertamente y hoy nos toca vivir tiempos muy especiales, tiempos en los que a veces los seres humanos nos ocupamos de todo lo que tenemos que hacer fuera de la iglesia y nos olvidamos de Dios, nos olvidamos de que hay una vocación común a estar definitivamente en la casa de nuestro Padre Dios y para lograrlo tenemos que trabajar y esforzarnos, pero no descuidando nuestra relación con Dios.

Porque a veces parecería que nos  movemos o dentro o fuera de la iglesia, pero no unimos nuestra fe, hay un divorcio entre fe y vida, separamos las actividades normales y no le damos ese sello de la fe, que estamos trabajando, que estamos luchando, que nos estamos esforzando por un mundo mejor, por una sociedad mejor, pero porque creemos en Dios, porque estamos unidos a él, porque lo necesitamos para ser como lo expresamos aquí los obispos del Episcopado Mexicano en el programa 96-2000.

Queremos una patria más justa, más humana, más fraterna y más solidaria, pero cuanto tenemos todavía por hacer, nosotros mismos hemos expresado en la diócesis como queremos pasar de ser una iglesia que vive, que disfruta los sacramentos, de una iglesia de grupos y movimientos, pasar a ser una iglesia de ministerios y servicios, como nos relato hoy el Evangelio a la Santísima Virgen, como sabiendo ya que va a ser la Madre de Dios, va y se pone al servicio de su prima Isabel que va a dar a luz y como en ese encuentro de aquellas mujeres brota esa alabanza de Isabel a María “dichosa tú que has creído” como la fe siempre se tiene que reflejar y manifestar en el servicio a los demás, el servicio que nosotros como iglesia católica tenemos que prestar al mundo es el Evangelio, tenemos que dar al mundo a Cristo, hacerlo presente en nuestra realidades y en la vida cotidiana para que Cristo nos ayude a transformar lo que tenemos que cambiar que Cristo nos impulse a humanizar nuestra realidad, nuestro mundo, nuestra sociedad.

Sabemos que hay dos raíces muy profundas en el corazón de México el amor a Cristo Rey y el amor a la Virgen de Guadalupe no podemos separar esos amores, sino unirlos y apoyados en esa relación amorosa, en esa confianza como hijos de María, como hermanos de Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo vayamos esforzándonos por darle vida al Evangelio, vayamos esforzándonos para que nuestra Diócesis de Ciudad Madera vaya cambiando más cada vez no solo con el trabajo de los consagrados y las consagradas, de los sacerdotes, sino fundamentalmente con el trabajo de ustedes los laicos, son nuestra gran fuerza, son muy valiosos y ustedes tienen esa tarea especial, esa misión de transformar el mundo, transformar la sociedad con la fuerza del Evangelio. Pues pidamos la intercesión de nuestra Señora.

Pedimos por la salud, pedimos de ahora en adelante y fortalecidos por esta fe por este encuentro que tenemos tan especial anualmente a esta Basílica de Guadalupe, que ese encuentro nos lleve a ser cada día mejores hijos de Dios, mejores hermanos.

 
 
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