Muy queridos hermanos y hermanas:
Cada año acudimos con fe, con devoción a este encuentro con
nuestra Madre y Señora de Guadalupe para pedirle su intersección y nos
conceda crecer, madurar y profundizar en nuestra fe, una fe que tiene
que ser viva, una fe que tiene que ser participativa, una fe que nos
lleve a vivir la comunión entre nosotros mismos como iglesia católica,
pero que también nos lleve a buscar la comunión con aquellos que no
profesan nuestra misma fe, pero que de alguna manera buscan a Dios,
buscan la verdad y la verdad absoluta es Dios.
Entonces nosotros como iglesia tenemos que buscar esa comunión
hacia dentro de nosotros mismos pero también hacia fuera, buscar también
como le hemos pedido hoy a nuestro Padre Dios buscar el progreso de
nuestra patria por caminos de justicia y de paz creo que esa es una
tarea muy importante, una tarea que no podemos descuidar en este momento
recuerdo cuando el Papa Juan Pablo II aquí en esta Basílica 1999 nos
entrego el documento de la iglesia en América.
Nosotros hemos reflexionado algunos puntos en nuestras asambleas
diocesanas de pastoral, algunos también lo han reflexionado en sus
parroquias, pero a lo que quiero referirme específicamente es cuando
el Papa nos hablo de la tarea, de la misión de los laicos como la
tarea más importante de los laicos esta fuera de la iglesia, esta
en la transformación de las realidades temporales, nosotros como
iglesia católica nos preocupamos por el progreso, queremos el progreso,
queremos la fraternidad, queremos que todos los seres humanos podamos
llevar una vida digna, entonces habrá que transformar el mundo de
la económica, de la política, de la cultura, en una palabra todo lo
social, ¿Por qué?, porque Dios nos confió la creación entera, la puso
en nuestras manos, crezcan, multiplíquense y sometan la tierra, transfórmela,
háganla más digna de vivir, descubran todo lo que hay en ella, pero
siempre buscando el bien del hombre, el bien de la humanidad.
Y nosotros como creyentes pues tenemos que participar en las
obras buenas, en las iniciativas que van surgiendo en todos esos campos
en que se desenvuelve el ser humano, para que de veras vayamos haciendo
realidad que Dios quiere para cada uno de nosotros, que seamos uno
en Hijo, que seamos uno en Cristo.
Ciertamente y hoy nos toca vivir tiempos muy especiales, tiempos
en los que a veces los seres humanos nos ocupamos de todo lo que tenemos
que hacer fuera de la iglesia y nos olvidamos de Dios, nos olvidamos
de que hay una vocación común a estar definitivamente en la casa de
nuestro Padre Dios y para lograrlo tenemos que trabajar y esforzarnos,
pero no descuidando nuestra relación con Dios.
Porque a veces parecería que nos movemos o dentro o fuera
de la iglesia, pero no unimos nuestra fe, hay un divorcio entre fe
y vida, separamos las actividades normales y no le damos ese sello
de la fe, que estamos trabajando, que estamos luchando, que nos estamos
esforzando por un mundo mejor, por una sociedad mejor, pero porque
creemos en Dios, porque estamos unidos a él, porque lo necesitamos
para ser como lo expresamos aquí los obispos del Episcopado Mexicano
en el programa 96-2000.
Queremos una patria más justa, más humana, más fraterna y más
solidaria, pero cuanto tenemos todavía por hacer, nosotros mismos
hemos expresado en la diócesis como queremos pasar de ser una iglesia
que vive, que disfruta los sacramentos, de una iglesia de grupos y
movimientos, pasar a ser una iglesia de ministerios y servicios, como
nos relato hoy el Evangelio a la Santísima Virgen, como sabiendo ya
que va a ser la Madre de Dios, va y se pone al servicio de su prima
Isabel que va a dar a luz y como en ese encuentro de aquellas mujeres
brota esa alabanza de Isabel a María “dichosa tú que has creído” como
la fe siempre se tiene que reflejar y manifestar en el servicio a
los demás, el servicio que nosotros como iglesia católica tenemos
que prestar al mundo es el Evangelio, tenemos que dar al mundo a Cristo,
hacerlo presente en nuestra realidades y en la vida cotidiana para
que Cristo nos ayude a transformar lo que tenemos que cambiar que
Cristo nos impulse a humanizar nuestra realidad, nuestro mundo, nuestra
sociedad.
Sabemos que hay dos raíces muy profundas en el corazón de México
el amor a Cristo Rey y el amor a la Virgen de Guadalupe no podemos
separar esos amores, sino unirlos y apoyados en esa relación amorosa,
en esa confianza como hijos de María, como hermanos de Jesús, con
la fuerza del Espíritu Santo vayamos esforzándonos por darle vida
al Evangelio, vayamos esforzándonos para que nuestra Diócesis de Ciudad
Madera vaya cambiando más cada vez no solo con el trabajo de los consagrados
y las consagradas, de los sacerdotes, sino fundamentalmente con el
trabajo de ustedes los laicos, son nuestra gran fuerza, son muy valiosos
y ustedes tienen esa tarea especial, esa misión de transformar el
mundo, transformar la sociedad con la fuerza del Evangelio. Pues pidamos
la intercesión de nuestra Señora.
Pedimos por la salud, pedimos de ahora en adelante y fortalecidos
por esta fe por este encuentro que tenemos tan especial anualmente
a esta Basílica de Guadalupe, que ese encuentro nos lleve a ser cada
día mejores hijos de Dios, mejores hermanos.