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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. José Antonio Fernández Hurtado, Obispo de la Diócesis de Tuxtepec, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Tuxtepec, Oaxaca a la Basílica de Guadalupe.

23 de mayo de 2006

Apreciado Sr. Obispo emérito José de Jesús Castillo Rentería, queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos.

Hoy nos encontramos radiantes de felicidad al llegar a este recinto sagrado, a la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe y celebrar la Eucaristía, conmemorando la vigésima séptima peregrinación de nuestra Iglesia Particular de Tuxtepec, Oaxaca.

Hemos llegado de las distintas parroquias y decanatos de nuestra hermosa Diócesis de Tuxtepec, de los decanatos Norte, Centro, La Asunción, Chinanteco y Mazateco, a todos nosotros peregrinos, nos une el amor a nuestra Madre la Virgen de Guadalupe, y el deseo de querer colaborar con su Hijo Jesucristo en la construcción de una sociedad más humana, justa y fraterna.

Estamos aquí con sencillez, para manifestarle a nuestra madre la morenita del Tepeyac.

El gran cariño que le tenemos, para darle las gracias por su presencia amorosa, por el gran apoyo que sentimos de ella en nuestras vidas, en la vida de nuestras comunidades y de nuestro México, a la vez, pedirle aliento y fortaleza para continuar caminando con alegría y esperanza.

Hemos venido con mucha fe a la casa de nuestra Madre para estar con ella, para escucharla y platicarle acerca de nuestra vida, con sus alegrías y tristezas, logros y fracasos, salud y enfermedad.

Queremos conversar con ella de tantas cosas, pedirle por la salud de algún familiar o amigo; tal vez de la situación económica tan difícil por las que atraviesan nuestras familias y comunidades.

La preocupación que tenemos por los hermanos y hermanas migrantes que han salido a ciudades dentro del País o a los Estados Unidos de Norteamérica.

En busca de dinero para sacar adelante a sus familias, y que muchas veces tienen el peligro de no conservar su familia e ir perdiendo la fe sus costumbres y tradiciones; de los problemas familiares.

La violencia intrafamiliar, la falta de amor y diálogo entre los esposos que repercute en la educación de los hijos; las adicciones que van aumentando como el alcoholismo y la drogadicción...

La falta de empleo, de educación, de vivienda, de salud... en fin, son tanta cosas que traemos en nuestro corazón, pero tengamos la seguridad que ella nos escucha con mucha atención y cariño, y nos bendice porque nos ama ¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre?

El Evangelio que acaba de ser proclamado nos presenta la figura excelsa de María, el porque de su grandeza y lo fundamental de su misión.

María lleva ya en su seno al Hijo de Dios. Su misión es comunicarlo. Por eso va presurosa a casa de Isabel.

Al llegar María y saludar a su prima, ésta queda llena del Espíritu Santo, reconoce a María y su misión:

"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?".

Reconoce igualmente la cooperación de María a esa magna obra: "Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor y María prorrumpe en el canto maravilloso "Mi alma glorifica al Señor... porque puso los ojos en la humildad de su esclava".

Esto mismo es lo que celebramos hoy: Hace 475 años, María cumplió en nosotros su papel de Madre, de portadora de Cristo.

Cuando estaba naciendo nuestra raza, nuestra nacionalidad, viene a darnos a su Hijo, que quería nacer en nuestra tierra.

Ella nos sigue diciendo, como a San Juan Diego: "Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Ella nos sigue pidiendo que nuestro cristianismo sea una realidad viva y efectiva, no sólo una herencia o tradición.

Que conozcamos más a Cristo. Que lo sigamos siéndole fieles. Que lo anunciemos, siendo perseverantes en nuestro compromiso cristiano.

Que construyamos el Reino de Dios con bases de justicia, de honradez, de ética y de trabajo. 

Hoy la Virgen de Guadalupe, nuestra madre, nos invita a que regresemos a nuestras casas, a nuestras parroquias, a nuestros decanatos, a nuestra Diócesis, fortalecidos y animados, con nuevos y renovados bríos, con nuevas esperanzas e ilusiones de ser mejores personas y mejores cristianos.

En esta ocasión privilegiada que nos reunimos en torno a la Mesa del Señor como Iglesia Diocesana, quiero invitarles a que participen en cada una de sus parroquias en la etapa de preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se realizará durante el mes de Mayo de 2007.

En Aparecida, en Brasil, y que lleva como título "Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en él tengan vida" "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6).

Esta etapa de preparación de la V Conferencia, que nos une a Jesús y nos envía, quiere ser el primer paso de un proceso de vivificación y conversión, de comunión fraterna y de un vigoroso despertar misionero en cada una de las diócesis de América Latina.

También los exhorto queridos hermanos y hermanas, que ante la proximidad de las elecciones del 2 de Julio, en que se elegirán Presidente (a) de la República, Diputados (as) y Senadores (as), se conozcan sus propuestas.

Y se vote para elegir autoridades cuya acción "esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común".

Les invito a que organicemos en la Diócesis campañas de oración por México y sus gobernantes, para que la fe y la confianza en la Providencia divina, nos conduzcan a la serenidad, la reflexión y al voto razonado y crítico.

Queridos hermanos y hermanas, que esta gratificante visita a la Casa de nuestra Madre del Tepeyac, nos fortalezca y nos ayude a seguir caminando juntos, para seguir con entusiasmo y nuevo ardor, colaborando en la construcción del Reino de Dios. Así sea.

 
 
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