Muy queridos hermanos
y hermanas, hemos escuchado como Jesús explota en este himno
de júbilo: Te doy gracias Señor del Cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos
y has queridos revelarlas a la gente sencilla; sí, Padre
porque así te ha parecido bien. Eso mismo venimos a hacer
nosotros este día en esta casita del Tepeyac: alabar y glorificar
a Dios nuestro Padre en este quinto aniversario de la canonización
de san Juan Diego. Gracias padre porque has ocultado estas
cosas a los sabios y entendidos; y has querido revelarlas
a la gente sencilla.
Explotamos también en este himno de alegría porque vemos multitudes
y multitudes, indígenas y mestizos continuamente contemplando
este ayate de san Juan Diego. Y Ahí descubren sin grandes
explicaciones, los misterios del Reino. Ahí contemplan como
Dios nos ha amado, que nos ha enviado a su Hijo por medio
de Santa María, permaneciendo virgen ella está embarazada.
Viene a traernos a su hijo Jesucristo, este misterio de la
cercanía de Dios con nosotros, lo descubrimos de inmediato
contemplando este maravilloso ayate. Ahí vemos la bondad y
el amor de Dios, en ese rostro moreno, descubrimos ese rostro
maternal de Dios. Ahí vemos, en ese ayate, ese misterio de
que lo que aparece contradictorio e irreconciliable, desunido,
ahí se nos manifiesta con grande unidad: el Sol y la Luna. Pero no solamente contemplando el ayate de Juan Diego, sino
escuchando las narraciones más antiguas del Acontecimiento
Guadalupano, escuchando las tradiciones que todavía viven
en nuestros pueblos, nos damos cuenta de que lo que viene
a hacer Santa María es manifestarnos el Evangelio, esas narraciones
tienen sabor de Evangelio. Acabamos de escuchar: vengan
a mí todos ustedes los que se sientan cansados y agobiados
que yo los aliviaré. Y escuchamos de Santa María de Guadalupe;
¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Todas estas narraciones antiguas, esa tradición que vive todavía
en nuestros pueblos indígenas, tienen sabor de Evangelio,
de buena nueva. Cuando parece que ya no hay esperanza aparece
un nuevo sol en el seno de Santa María de Guadalupe y por
eso de su cuerpo salen esos rayos, porque ahí está el verdadero
sol de justicia, Cristo Jesús.
Este día alabamos y glorificamos a Dios nuestro Padre porque
quiso escoger a Juan Diego, indio humilde y sencillo no porque
le faltarán títulos de nobleza, sino porque él quiso obedecer
ese consejo que escuchábamos, ya desde el Antiguo Testamento,
a los que se hacen humildes, a los que se rebajan, Dios los
prefiere, Dios los elige. Y quiso elegir a san Juan Diego
para ser como un puente, como el inicio de un nuevo pueblo.
Cuando dos pueblos estaban enfrentados irreconciliables entre
sí, con culturas distintas y religiones diversas. Juan Diego
es un símbolo de esa unidad, ahí descubrimos los misterios
del Reino, ese misterio de Dios que es uno, pero uno en la
gran diversidad, y no puede concebirse mayor diversidad que
la que se daba en esos momentos entre un pueblo oprimido y
un pueblo vencedor, viene este símbolo de la unidad. Juan
Diego muestra ese Dios uno y al mismo tiempo a ese Dios diverso.
Alabamos y glorificamos a Dios nuestro padre en este día porque
nos pone como modelo de santidad a san Juan Diego, auténticamente
indígena, con todas las virtudes propias de los pueblos indígenas,
pero también con la novedad de las virtudes cristianas, que
nacieron y se desarrollaron por la predicación del Evangelio.
San Juan Diego supo aceptar esa novedad y para nosotros es
símbolo de esa unidad, de esa santidad de Dios, son los misterios
del Reino que se nos revelan a través de este indio, humilde
y sencillo, Juan Diego. En la beatificación de san Juan Diego, S.S. Juan Pablo II nos
hablaba de cómo esos grandes personajes de la Biblia son de
alguna manera representación de todo el pueblo elegido por
Dios, así es también Juan Diego para nosotros; representante,
sí, del mundo indígena pero también del mundo mestizo, que
supo abrirse al Evangelio a la novedad de la predicación y
así nace la Iglesia, esa iglesia que nace y se edifica por
la Palabra. Él acudía constantemente a oír la predicación,
a aprender el catecismo de aquellos frailes que venían con
la Buena Nueva del Evangelio.
San Juan Diego, al mismo tiempo representa esa Iglesia que
va naciendo en nuestro continente, esa Iglesia que se edifica
no solamente con la Palabra, sino que se edifica entorno al
obispo. Obediente a la Señora, va a ver al obispo, no sin
grandes dificultades y hace la voluntad del obispo. Es esa
Iglesia que se edifica y que existe sólo entorno al obispo,
porque donde no hay obispo no puede haber Iglesia. Esa Iglesia
que nace, sí, de la palabra entorno al obispo, pero que se
alimenta continuamente de los sacramentos señales de la presencia
del Salvador. Ese indio humilde y sencillo continuamente
se alimentaba de los sacramentos de la Iglesia, de la Reconciliación
y la Eucaristía y se gloriaba del Bautismo que había recibido
de parte de los frailes.
Este día alabamos y glorificamos a Dios porque ahí está naciendo
nuestra Iglesia, la Iglesia de este continente llamada en
estos momentos a una nueva evangelización, a permanecer continuamente
en la misión, en el anuncio del Evangelio y sobretodo que
llama a sus laicos a ser esa presencia del Evangelio en este
mundo tan cambiante, con nuevas culturas, con situación totalmente
inéditas, ahí es donde llama el Señor a muchos de nuestros
laicos para que como Juan Diego sean testigos del Evangelio.
Juan Diego, que jamás se separaba de la oración; es más, que
continuamente estaba en la contemplación. Esas narraciones
antiguas nos revelan, un indígena con gran capacidad de contemplar
los misterios del Reino y él se retira aquí, a unos cuantos
pasos, a esa Capilla de Indios y ahí permanece contemplando
a la Señora y al mismo tiempo anunciando el Evangelio, la
Buena Nueva que él ha recibido no la guarda para sí, la comunica
a todos aquellos que quieran escucharla. Juan Diego, modelo
del laico evangelizador, que no solamente vive de la oración,
sino que se va trasformando, va cambiando su vida. Vemos como
Juan Diego tiene que dejar muchas cosas lícitas, totalmente
aceptables para el cristiano, pero él se siente llamado a
dedicarse al Evangelio en forma total; y deja su tierra, deja
su parentela, para permanecer, sí, en la contemplación, pero
para estar anunciando continuamente esa Buena Nueva que
él había recibido de parte de la Señora del Cielo.
Hermanos, unámonos a Jesucristo a través de esta Eucaristía
y así como Él lo hacía, así hagámoslo nosotros ahora: ¡Gracias
Señor, del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas
cosas a los sabios y entendidos y has queridos revelarlas
a las gentes sencillas, así te pareció bien! ¡Gracias Padre!