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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada p
or el Emmo. Sr Card. Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, durante la misa solemne en conmemoración del V Aniversario de la Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

31 de julio de 2007
12:00 hrs

Muy queridos hermanos y hermanas, hemos escuchado como Jesús explota en este himno de júbilo: Te doy gracias Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y has queridos revelarlas a la  gente sencilla; sí, Padre porque así te ha parecido bien. Eso mismo venimos a hacer nosotros este día en esta casita del Tepeyac: alabar y glorificar a Dios nuestro Padre en este quinto aniversario de la canonización de san Juan Diego. Gracias padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos; y has querido revelarlas a la gente sencilla.

Explotamos también en este himno de alegría porque vemos multitudes y multitudes, indígenas y mestizos continuamente contemplando este ayate de san Juan Diego. Y Ahí descubren sin grandes explicaciones, los misterios del Reino. Ahí contemplan como Dios nos ha amado, que nos ha enviado a su Hijo por medio de Santa María, permaneciendo virgen ella está embarazada. Viene a traernos a su hijo Jesucristo, este misterio de la cercanía de Dios con nosotros, lo descubrimos de inmediato contemplando este maravilloso ayate. Ahí vemos la bondad y el amor de Dios, en ese rostro moreno, descubrimos ese rostro maternal de Dios.  Ahí vemos, en ese ayate, ese misterio de que lo que aparece contradictorio e irreconciliable, desunido, ahí se nos manifiesta con grande unidad: el Sol y la Luna. Pero no solamente contemplando el ayate de Juan Diego, sino escuchando las narraciones más antiguas del Acontecimiento Guadalupano, escuchando las tradiciones que todavía viven en nuestros pueblos, nos damos cuenta de que lo que viene a hacer Santa María es  manifestarnos el Evangelio, esas narraciones tienen sabor de Evangelio. Acabamos de escuchar: vengan a mí todos ustedes los que se sientan cansados y agobiados que yo los aliviaré.  Y escuchamos de Santa María de Guadalupe; ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Todas estas narraciones antiguas, esa tradición que vive todavía en nuestros pueblos indígenas, tienen sabor de Evangelio, de buena nueva. Cuando parece que ya no hay esperanza aparece un nuevo sol en el seno de Santa María de Guadalupe y por eso de su cuerpo salen esos rayos, porque ahí está el verdadero sol de justicia, Cristo Jesús.

Este día alabamos y glorificamos a Dios nuestro Padre porque quiso escoger a Juan Diego, indio humilde y sencillo no porque le faltarán títulos de nobleza, sino porque él quiso obedecer ese consejo que escuchábamos, ya desde el Antiguo Testamento, a los que se hacen humildes, a los que se rebajan, Dios los prefiere, Dios los elige. Y quiso elegir a san Juan Diego para ser como un puente, como el inicio de un nuevo pueblo. Cuando dos pueblos estaban enfrentados irreconciliables entre sí, con culturas distintas y religiones diversas.  Juan Diego es un símbolo de esa unidad, ahí descubrimos los misterios del Reino, ese misterio de Dios que es uno, pero uno en la gran diversidad, y no puede concebirse mayor diversidad que la que se daba en esos momentos entre un pueblo oprimido y un pueblo vencedor, viene  este símbolo de la unidad. Juan Diego muestra ese Dios uno y al mismo tiempo a ese Dios diverso.

Alabamos y glorificamos a Dios nuestro padre en este día porque nos pone como modelo de santidad a san Juan Diego, auténticamente indígena, con todas las virtudes propias de los pueblos indígenas, pero también con la novedad de las virtudes cristianas, que nacieron y se desarrollaron por la predicación del Evangelio. San Juan Diego supo aceptar esa novedad y para nosotros es símbolo de esa unidad, de esa santidad de Dios, son los misterios del Reino que se nos revelan a través de este indio, humilde y sencillo, Juan Diego. En la beatificación de san Juan Diego, S.S. Juan Pablo II nos hablaba de cómo esos grandes personajes de la Biblia son de alguna manera representación de todo el pueblo elegido por Dios, así es también Juan Diego para nosotros; representante, sí, del mundo indígena pero también del mundo mestizo, que supo abrirse al Evangelio a la novedad de la predicación y así nace la Iglesia, esa iglesia que nace y se edifica por la Palabra. Él acudía constantemente a oír la predicación,  a aprender el catecismo de aquellos frailes que venían con la Buena Nueva del Evangelio.

San Juan Diego, al mismo tiempo representa esa Iglesia que va naciendo en nuestro continente, esa Iglesia que se edifica no solamente con la Palabra, sino que se edifica entorno al obispo. Obediente a la Señora, va a ver al obispo, no sin grandes dificultades y hace la voluntad del obispo. Es esa Iglesia que se edifica y que existe sólo entorno al obispo, porque donde no hay obispo no puede haber Iglesia.  Esa Iglesia que nace, sí, de la palabra entorno al obispo, pero que se alimenta continuamente de los sacramentos señales de la presencia del Salvador. Ese  indio humilde y sencillo continuamente se alimentaba de los sacramentos de la Iglesia, de la Reconciliación y la Eucaristía y se gloriaba del Bautismo que había recibido de parte de los frailes.

Este día alabamos y glorificamos a Dios porque ahí está naciendo nuestra Iglesia, la Iglesia de este continente llamada en estos momentos a una nueva evangelización, a permanecer continuamente en la misión, en el anuncio del Evangelio y sobretodo que llama a sus laicos a ser esa presencia del Evangelio en este mundo tan cambiante, con nuevas culturas, con situación totalmente inéditas, ahí es donde llama el Señor a muchos de nuestros laicos para que como Juan Diego sean testigos del Evangelio. Juan Diego, que jamás se separaba de la oración; es más, que continuamente estaba en la contemplación. Esas narraciones antiguas nos revelan, un indígena con gran capacidad de contemplar los misterios del Reino y él se retira aquí, a unos cuantos pasos, a esa Capilla de Indios y ahí permanece contemplando a la Señora y al mismo tiempo anunciando el Evangelio, la Buena Nueva que él ha recibido no la guarda para sí, la comunica a todos aquellos que quieran escucharla. Juan Diego, modelo del laico evangelizador, que no solamente vive de la oración, sino que se va trasformando, va cambiando su vida. Vemos como Juan Diego tiene que dejar muchas cosas lícitas, totalmente aceptables para el cristiano, pero él se siente llamado a dedicarse al Evangelio en forma total; y deja su tierra, deja su parentela, para permanecer, sí, en la contemplación, pero para estar anunciando  continuamente esa Buena Nueva  que él había recibido de parte de la Señora del Cielo.

Hermanos, unámonos a Jesucristo a través de esta Eucaristía y así como Él lo hacía, así hagámoslo nosotros ahora: ¡Gracias Señor, del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y has queridos revelarlas a las gentes sencillas, así te pareció bien! ¡Gracias Padre!

 
 
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