Hermanos y hermanas, se nos ha hecho
ya familiar la palabra homilía, esa palabra quiere decir; conversación
familiar, porque cuando el sacerdote principal en una celebración
tiene, como decimos; que hacer la homilía; lo que tiene que realizar
es una conversación familiar con toda la asamblea de fe que está
participando en la Santa Eucaristía. Pero con tal de que esta
conversación parta de la Palabra de Dios, con tal de que esta
conversación sea un compartir a la Palabra de Dios.
Pues más que nunca, hermanas hermanos, quisiera yo la asistencia
del Señor para que esta sea una conversación con toda la diócesis
aquí presente, con los presbíteros que concelebran aquí conmigo
y con todos ustedes hermanas y hermanos, provenientes de las distintas
comunidades parroquiales de la arquidiócesis.
Y refiriéndome a la Palabra de Dios,
quisiera hacer mías esas mismas palabras tan acertadas como que
son del mismo apóstol Pablo cuando se refiere hoy a sus fieles,
cuando les hace recomendaciones particulares, cuando nos invita
al ejercicio de las virtudes cristianas empezando por la humildad
y cuando termina refiriéndose a nombres concretos, a Marcos cuya
memoria celebra hoy la Iglesia en todo el mundo, porque hoy es
san Marcos Evangelista. Eso mismo que acabamos de escuchar del
apóstol Pablo es lo que yo quisiera decirles a todos ustedes.
Pero sobre todo las palabras de Jesús, las dijo cuando estaba
por subir al Padre de donde vino, cuando había construido su obra
redentora, pasando por su vida, por su pasión, por su muerte y
por su resurrección.
Muerte y resurrección que precisamente estamos celebrando llenos
de alegría en este tiempo pascual, porque a esa muerte y a esa
resurrección debemos ser este pueblo santo, heredero de las promesas
trasladado de sus tinieblas a su luz admirable.
Pues, cuando Jesús terminó su obra, su misión por la que fue enviado
por el Padre, fue cuando dijo esas palabras, que la Iglesia ha
recibido y ha guardado celosamente en su corazón para darles realización
a lo largo de los siglos y que seguirá realizando hasta que Cristo
vuelva al final de los tiempos. ¿Cuáles son esas palabras? “Vayan
por todo el mundo y lleven el Evangelio”, anuncien el Evangelio.
El Evangelio que es en realidad una persona, es como si Cristo
nos dijera hablen de una persona, ¿de quién?, de mí, decía Jesús.
Lleven mi doctrina, mi persona, mi ejemplo, mi vida a todas las
naciones.
En todos los tiempos, en todos los
lugares, en todas las culturas, porque el que crea y me acepte
como su salvador está salvado. Así como lamentablemente el que
me rechace a sabiendas, está rechazado por el Padre definitivamente.
Esa es la misión concentrada en unas cuentas palabras que la Iglesia
de todos los tiempos y de todos los lugares y consiguientemente
nuestra iglesia de Xalapa ha recibido de Cristo nuestro Señor.
Esa iglesia nuestra que fue fundada en 1864 y que ha peregrinado
en medio de muchas vicisitudes. Como hago decirles a ustedes con
las palabras de san Agustín, que ha peregrinado en medio de las
consolaciones de Dios y de las tribulaciones del mundo. Pero esa
iglesia de Xalapa que en su peregrinación siempre ha sido fiel
a su Señor, siempre sea mantenido como heredera de la fe que le
dejaron sus padres y como transmisora de esta misma fe, que es
Jesucristo, el Señor a las nuevas generaciones como se van presentando.
Y al decir esto, hermanas y hermanos,
no idealizo, se que somos una Iglesia pecadora, se que continuamente
estamos necesitados de purificación, pero se también que básicamente
esta Iglesia se ha mantenido fiel al mandato de Jesús, de llevar
su nombre a todas las naciones.
Porque esta iglesia que en 1864 nació
como una sola, cubriendo casi todo el Estado de Veracruz, se ha
preocupado de ir atendiendo cada vez con más profundidad y con
más densidad a ese pueblo de Dios que peregrina desde el Estado
de Veracruz. Y como un signo de lo que estoy diciendo esa iglesia
que comenzó siendo una, ahora está dividida en ocho, porque en
estado de Veracruz hay actualmente ocho obispados entre los cuales,
la iglesia más antigua, la hermana mayor es precisamente nuestra
Arquidiócesis de Xalapa. Esta multiplicación de iglesias particulares
es un signo evidente, claro, de que hemos estado viviendo aún
en medio de nuestras tibiezas y de nuestros tropiezos, que humildemente
confesamos ante Dios. Sin embargo que hemos estado cumpliendo
esa misión para dar a conocer la persona del Señor Jesús, sintiéndonos
cada vez más honrados de esa misión; esplendida, bella, extraordinaria
que el Señor Jesús puso en manos de sus primeros apóstoles y en
sus manos de todos aquellos que habrían de seguirle.
Pues, en esa iglesia de Xalapa actual,
hermanas y hermanos, vive circunstancias muy especiales que quiero
compartir con ustedes pero a los pies de la Madre para que Ella
siga realizando en esta nueva etapa que va a comenzar nuestra
iglesia las palabras que un día dijo a san Juan Diego: ¡No te
acongojes, no te turbes! ¿Qué a caso no estoy yo aquí que soy
tu Madre? ¿A qué me estoy refiero?, ¿por qué estoy mencionando
hablar de estas nuevas circunstancias a los pies de María de Guadalupe,
bajo su mirada maternal y amorosa? Porque me despido, hermanos,
y al mismo tiempo recibo a un hermano mío entrañable que ha de
continuar esta obra. Me despido con un gran gozo, no sin sentimientos,
pero con un gran gozo, ¿por qué? Porque el Señor se ha portado
grande conmigo.
Cuando empecé hace ya 36 años como obispo, sentía yo que aquellas
palabras del Salmo cuando iban, iban llorando y sintiendo el peso
de la responsabilidad para regar la semilla, pero cuando vuelven,
vuelven cantado alegres porque sus manos no son capaces de abrazas
las gavillas. Ese es mi caso hermanas y hermanos, tengo la sensación
de que el Señor se ha portado grande conmigo.
Ustedes habrán leído en los papeles
oficiales y en muchos otros estas palabras raras “Virtus in
infirmitate” son palabras que yo escogí cuando empecé a ser
obispo, porque sentí yo que sintetizaban perfectamente todo lo
que yo albergaba en mi corazón en esa ocasión; ¿qué quieren decir
esas palabras? Son nada menos que del apóstol Pablo y quieren
decir la fuerza de Dios. Virtus quiere decir la fuerza
de Dios se manifiesta con toda claridad a nuestro favor y para
nuestra salvación en la debilidad humana. In infirmitate
en la debilidad humana. Porque cuando el Señor me llamó por boca
de Pablo VI de santa memoria, sentí precisamente que se me llamaba
a una misión que superaba mis capacidades. Pero que entraba yo
totalmente lleno de confianza porque era el Señor el que me entregaba
esa misión.
Y ahora, después de tantos años puedo
decirles y compartir con ustedes, hermanos, que el Señor no me
ha fallado nunca, porque siempre ha manifestado su fuerza salvadora
a través de mis múltiples limitaciones y por eso estoy alegre.
Porque siento, no por mis realizaciones, sino por la presencia
de Cristo el Señor que los brazos no me son suficientes para abrazar
las gavillas. Esas gavillas son todos ustedes que están aquí presentes
hoy en la casa de Nuestra Madre y que están representando a muchos
otros que tuvieron que quedarse por múltiples razones, entre otras
cosas por su pobreza.
Por eso el Señor se ha comportado grande
conmigo y estoy alegre yo les pido, hermanas y hermanos, que me
acompañen en esta sensación de alegría. No me atrevo a decirle
al Señor; ¿cómo va ser? Como el decía en la cruz: “Todo está consumado,
todo está cumplido”, ¿cómo puedo decir eso? Pero si puedo decirle;
Señor hice lo que puede. Hice lo que pude y con tu fuerza se pudieron
hacer muchas cosas.
Acompáñenme, pues hermanos, a decirle
esto a nuestro Señor, pero por medio del corazón amoroso de María
de Guadalupe. Pero junto con eso, también tienen que acompañarme
para decirle al Señor: Señor perdona, perdóname porque muchísimas
veces no supe estar a la altura de esta misión grandiosa que Tú
me confiaste. Perdóname Señor te lo digo con toda verdad, necesito
tu perdón, pero también te lo digo con toda paz, sin complejos
de culpa, porque se que eres mi Hermano mayor, mi Redentor y que
juntamente contigo Señor Jesús, puedo decirle, al que está más
arriba: Padre perdóname y dame el poder seguir adelante sirviendo,
según mis fuerzas a tu Iglesia de la que me siento orgulloso de
servir y a la que me siento orgulloso de pertenecer.
Eso es en relación al que se va, pero
también, hermanas y hermanos, en este foro privilegiado que tengo
enfrente, en toda la amadísima Arquidiócesis de Xalapa que tengo
enfrente, quisiera decirles también; vamos a recibir al que viene
a Mons. Hipólito Reyes, hasta ahora Obispo de Orizaba. Lo vamos
a recibir con una gran fe, con una gran ilusión, con un espíritu
de colaboración, para que entregándole yo la estafeta, él la reciba
y siga adelante corriendo la carrera del Señor hasta llegar a
la meta. Meta que nunca vendrá, hasta que el Señor vuelva.
Somos un pueblo de fe, y como pueblo
de fe, hubiéramos recibido con un corazón de hijos y de hermanos
a cualquiera que el Santo Padre hubiera designado como el nuevo
Arzobispo de Xalapa. Lo digo porque sé que así sería, lo hubiéramos
recibido, quien fuera, con una gran fe.
Pero, en este caso, todavía lo recibimos con una mayor alegría,
porque es alguien que sale de nuestra casa y vuelve a su casa,
porque es alguien que se formó en nuestro seminario, que fue compañero
de muchos sacerdotes aquí presentes conmigo, en esa tarea bellísima
e incomparable de participar en el sacerdocio ministerial de Cristo.
Y porque también ha sido durante 7 años compañero mío en el episcopado,
ese es Mons. Hipólito. Por eso también por tantas razones los
invito a que el próximo 19 de junio lo recibamos con un corazón
lleno de alegría y con un corazón filial, al mismo tiempo que
fraternal, porque con espíritu de fe; podemos decir con palabras
de la Escritura: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Aquí a los pies de María Santísima
les hago esta petición de hermano, vamos a recibirlo con una gran
alegría. Pero que esa alegría del momento se prolongue en una
colaboración incondicional en participar juntamente con él, según
las distintas vocaciones a la vida cristiana que están aquí representadas
le brindemos toda nuestra colaboración.
Para que así crezcamos como una iglesia adulta, como una iglesia
que ha llegado a la mayoría de edad, como una iglesia que ya no
se resigna a recibirlo todo, sino que siente el compromiso que
difundir lo que gratuitamente hemos recibido, también con la misma
largueza con la que nuestros padres en la fe nos fueron llevando
de la mano hasta esta edad adulta de Cristo Jesús. Esa es mi petición,
hermanas y hermanos.
Hace un momento mencionaba yo el lema
“Virtus in infirmitate” la fuerza de Dios resplandece en la debilidad
humana. Les quisiera yo mencionar el lema que mi sucesor y de
mi hermano muy querido Mons. Hipólito Reyes; hace alusión al Espíritu
Santo. El quiso poner los principios de su episcopado bajo la
mirada poderosa de Aquel que es Señor y dador de vida, el Espíritu
Santo. Por eso estamos alegres, porque que mejor encomienda que
poner esta iglesia en manos del Espíritu Santo. Del que es vida,
del que colma a su iglesia con sus dones para que pueda tener
claro el camino y para que pueda gozar de toda la fuerza para
recorrerlo. Vamos estar en estos tiempos que comenzaremos pronto,
vamos a estar también en manos del Espíritu Santo.
Porque así como el Padre envió a su Hijo para la salvación de
nosotros, todos, así Cristo el Señor nos mando su Espíritu para
la fortificación interior, para la santificación de toda su Iglesia.
Permítanme decirlo así; quedamos en buenas manos, ¿en qué manos?
En las del Espíritu Santo, porque así campea en el escudo de Mons.
Hipólito Reyes este lema, su encomienda al Espíritu Santo: “El
Espíritu del Señor que está sobre mí” palabras que Cristo dijo
de sí mismo, en la sinagoga de Nazaret. “El Espíritu del Señor
está sobre mí” pues está sobre todos nosotros que somos de Cristo,
que por el bautismo estamos identificados con Él. Y está en una
forma especial en aquel que será dentro de muy pocos días nuestro
Padre en Cristo. Y por eso estamos alegres, y por eso presentamos
nuestra alegría, también por esta razón y la ponemos a los pies
de María Santísima.
Pero también por Mons. Hipólito Reyes
pedimos su intercesión. Claro que él lo sabrá hacer personalmente,
pero nosotros llenos de cariño y de reconocimiento, porque ha
puesto su persona a nuestro servicio le decimos a María Santísima:
Señor bendice a nuestro nuevo pastor, asístelo para que el Espíritu
Santo descienda sobre él, lo consagre en una forma nueva y lo
envíe para seguir adelante la tarea de la iglesia de llevar el
nombre de Jesús a todas partes para que a nadie le falte los medios
para llegar a poder ver a Jesús.
A quien hoy vemos y contemplamos bajo los velos de fe, pero llegar
a verlo cara a cara. Como el himno famoso de Tomás de Aquino:
Señor Jesús a quien hoy veo detrás de los velos borrosos de la
fe. Señor Jesús concédeme algún día verte cara a cara, una vez
que han sido recorridos los velos de la fe.
Eso le pedimos a María Santísima intercesora
para nuestro hermanos Hipólito y para todos aquellos que vamos
hacer el pueblo al que nuestro Señor pone para que él le sirva
en su tarea apostólica.
Así sea. |
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