Muy estimados sacerdotes que han querido
darse cita esta mañana en la gran Basílica de Guadalupe, muy estimadas
religiosas, muy estimados feligreses, fieles peregrinos que ya
sea a pie, en bicicleta, en camión, antorchas han querido estar
con nosotros, esta mañana.
Yo quiero hacerles una llamada muy fuerte en este sentido: todos venimos
deseosos de llegar a este santuario, de encontrarnos con la morenita
del Tepeyac, como le llamaba el Papa Juan Pablo II; y vamos a
pasar y seguramente todos tenemos ansias, deseos de pasar por
debajo de la Virgen para contemplar su imagen. Pero no termina
todo con la contemplación de la imagen. Más aún al llegar acá
nos quedamos en este amplío espacio para celebrar la Eucaristía
y esta acción ya nos está diciendo a todos, como testimonio, que
la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe no termina en ella.
No venimos aquí para honrar a la Virgen de Guadalupe, sólo a
Ella; porque María nos ha traído a Jesucristo, al Redentor y Salvador,
y es Ella quien nos ofrece a su Hijo en la celebración eucarística.
Por eso que bello, que hermoso; que mientras el corazón nos impulsa
a ver a la Madre nos encontramos con Ella y con su Hijo en esta
Eucaristía.
El Papa Benedicto XVI, a quien ya debemos
de amar profundamente, y lo digo porque todavía hay algunos que
no olvidan a Juan Pablo II, ¡Y no lo olviden! Nos ha dejado un
testimonio inigualable; pero tiene sucesor y el sucesor es Benedicto
XVI, él en una carta de exhortación dedicada a la Eucaristía dice
que la Virgen María está presente en cada celebración eucarística,
porque si lo estuvo en el momento de la cruz acogiendo a su Hijo,
lo está en cada celebración eucarística; no lo está como su Hijo
pero está cerca y por lo tanto, aunque aquí estamos en este momento,
convocados por Jesús para encontrarnos con Él, aquí está también
la Virgen María, en toda celebración, pero especialmente en un
lugar donde Ella quiso quedarse para siempre con nosotros.
Los obispos latinoamericanos, el mes
de mayo que nos reunimos, al principio con el Papa Benedicto XVI,
escribimos un documento, ya aprobado por el Santo Padre, en donde
hablando de las diversas presencias de Jesucristo, a quien tenemos
que encontrar, nos pone primero la Iglesia, segundo la Palabra
de Dios, tercer lugar nos pone la Eucaristía, principalmente y
más adelante dice: la Piedad Popular.
Esta piedad que ustedes están no sólo
expresando sino viviendo, al vivir ustedes esta piedad como pueblo
al mismo tiempo, están dando testimonio de su deseo de encontrar
a Jesús. Si bien es cierto que nos encontramos en la comunidad,
también nos encontramos con Jesucristo leyendo la Palabra de Dios,
nos encontramos con Cristo de una manera única en la Eucaristía,
también hay un encuentro con Jesucristo cuando mediante estas
manifestaciones expresamos nuestra fe. Y tenemos una frase, que
la tomamos del Papa Benedicto XVI: en la Piedad Popular ahí está
el corazón de la fe del pueblo latinoamericano. En esta piedad,
en estas manifestaciones se encuentra el corazón de la fe del
pueblo latinoamericano. Estamos, pues, frente un acto de fe que
es el corazón, lo que le da vida al pueblo católico latinoamericano.
Y Dios quiera que esto nunca se pierda. No voy a tocar el tema de la primera
lectura que es muy importante, pues nos recuerda como Dios se
apiada de todos y que si nosotros nos apiadamos de cosas insignificantes,
como por un animalito, por la tierra; Dios se compadece mucho
más por su pueblo pecador y por eso lo acoge y lo perdona. Pero
yo quiero que nos llevemos el mensaje del Evangelio: Es Jesús
quien enseña a orar.
Miren el Papa Benedicto XVI, que es
un hombre brillante, muy inteligente, no solamente nos ha escrito
una encíclica de manera oficial, sino nos ha dejado un libro muy
bello llamado Jesús de Nazaret, donde va analizando, contemplando,
meditando algunas de las escenas de Jesús, obviamente en el Nuevo
Testamento de los Evangelios y hay una parte dedicada a la oración
y centrada en el Padre Nuestro y ¿qué nos dice el Papa Benedicto
XVI sobre la oración? Primero que es un don. Que así como para
creer en Él, es necesario recibir el don, por el cual el Padre
nos atrae para encontrarlo, para unirnos, así también, el dice
el Papa Benedicto XVI, la oración es un don, es un regalo. No
se aprende con la sola razón, no se compra la oración. La oración
se aprende, pero se aprende porque Dios nos la regala. Ora, sabe
orar quien ha recibido de Jesús la gracia de poder hacerlo. Y
esto es lo que hemos visto en el Evangelio: los apóstoles le dicen;
a Jesús que les enseñe. Habrán visto muchas veces a Jesús orando
y sin embargo, aunque en alguna ocasión hayan repetido los salmos
del Antiguo Testamento ellos encuentran un nuevo modo de rezar
de Jesucristo y por eso le dicen: “Señor, enséñanos a orar”. La
Oración es un don, es un regalo y sólo Dios, en la persona de
Cristo nos enseña como orar. Y dice el Papa que, aunque la oración
del Padre Nuestro, en cada una de las versiones, (san Mateo, san
Lucas) una es más larga, otra es más breve, el corazón del Padre
Nuestro, es que Jesús nos ha enseñado que en la oración nos dirigimos
a un papá. Que Dios es papá y que con esa confianza con que le
hablamos a nuestro padre y con esa misma y más tenemos que hablarle
a Dios nuestro padre. Pero esto es posible cuando tenemos el don
de la fe y el don de podernos dirigir al Señor.
La
Virgen María recibió este don, recibió
este regalo de la oración y se convierte también en maestra, el
día que se encuentra con santa Isabel y ésta le llena de piropos,
de flores; María inmediatamente termina cantando el Magnificat:
“engrandece mi alma al Señor”. Estas notas sólo pudieron salir
de una gracia puesta en el corazón de la Santísima Virgen María.
Bueno, nosotros ya llegamos, estamos
ante los pies de la Santísima Virgen María, Ella nos está ofreciendo
como alimento a su propio Hijo Jesucristo, hoy Jesucristo nos
pide que aprendamos a orar, pero que se lo pidamos, llevémonos
esta convicción; la oración es una gracia, es un don, hay que
pedirlo con humildad, porque muchas veces la gente dice: “Padre
yo no se orar, quiero empezar a orar y me distraigo, me pongo
a orar y solamente pido cosas, no se alabar al Señor”. Y hoy Jesús
nos dice que lo primero que tienes que pedir es que sea Yo el
que te enseñe a orar, porque la oración es un don, es una gracia.
Vamos a continuar con la oración más
grande que Jesús nos ha dejado, que es la oración Eucarística,
pero llevemos esta convicción, este mensaje desde el corazón de
María que también se convierte en maestra de oración, como nos
enseñó el Papa Juan Pablo II, nosotros nos vamos también con esta
convicción, este deseo, este compromiso de pedirle a Jesús; que
siempre nos enseñe a orar, porque sin oración nos asfixiamos,
sin oración no tiene sentido nuestra vida, sólo con la oración
y la fuerza de la oración podemos incluso transformar nuestra
vida, la de nuestra familia y la del mundo entero.
¡Felicidades, hermanos, que María nos
enseñe a orar! |
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