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Homilía
pronunciada por Mons.
Onésimo Cepeda Silva, Obispo de la Diócesis de Ecatepec, en ocasión a su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

1 de septiembre de 2007

Querido pueblo de Dios, hermanas y hermanos que peregrinan en nuestra muy amada Diócesis de Ecatepec y que viven en el corazón de su obispo y no pagan renta.

Amadísimos seminaristas en quienes tenemos puesta nuestra pupila en dos sentidos, son la pupila de la diócesis, pero están también en la pupila del obispo, echándoles ojo para que vivan la vocación a la que han sido llamados y amados por su obispo. Queridos hermanos presbíteros, sin cuya colaboración seria imposible para mí cumplir el trabajo ministerial. El Santo Padre me ha encomendado como cabeza de la Diócesis de Ecatepec.

Yo quiero invitarlos a todos ustedes a que se unan en una oración especial el día de hoy a la Morenita de Guadalupe. Y comenzaré yo diciendo lo siguiente: Morenita del Tepeyac, Madre de todos los mexicanos que quisiste que aquí cerca donde naciera el indio Juan Diego, hoy elevado a los altares como santo, en la Diócesis de Ecatepec desde el pueblo de Tulpetlac y toda nuestra Diócesis te queremos pedir y dar gracias.

Te queremos dar gracias por la fiesta que acabamos de cumplir de doce años, doce años en los tu Hijo el Señor permitió a tu servidor ordenar a doce nuevos sacerdotes, como fruto de la intensa labor que el presbiterio todo ha hecho en favor de la evangelización en la diócesis nuestra.

Gracias por estos nuevos doce sacerdotes que están aquí en medio de nosotros, cuya vista a mí me provoca hasta lágrimas, me llama la atención, porque saben que amándolos me hacen feliz estando aquí ya convertidos en mis nuevos colaboradores presbíteros en el segundo grado.

Doy gracias por eso Madre, te doy gracias por que nos has permitido trabajar de lleno en la Diócesis de Ecatepec, porque nos has dado esperanza, porque eres la Madre de la Esperanza, porque nos ayudas a forjar nuevos cristianos, cada día algunos más comprometidos con Dios y te pedimos que nos ayudes para tocar el corazón de cada uno de nuestros hermanos que todavía lo necesitan para que verdaderamente vuelvan su corazón a Cristo y empecemos a amar y vivir en plenitud el mandamiento más grande del Señor que es: Amarlos los unos a los otros. Queridos padres colaboradores míos, hoy leía yo precisamente en la Liturgia de las Horas una frase que les quiero repetir: empéñense todos los días en consolidar la vocación a la que fueron llamados; empéñense todos los días en ser sacerdotes imágenes vivas del Cristo vivo que llega al corazón de todos aquellos que se acercan a ustedes buscando ayuda, compasión, cariño, servicio.

Recordemos fundamentalmente nuestro ser servidores del Señor en el pueblo. San Juan Crisóstomo decía: de qué nos sirve ser servidores si levantar grandes columnas y tener grandes vasijas de oro para servir al Señor, si la vasija de oro verdadero que el es hombre y la mujer que se nos encarga, no somos capaces de darles el vaso de agua que necesitan o el amor, o el consejo que están esperando en nosotros.

Por eso los invito a consolidar esa vocación a la que fueron llamados, la vocación del amor, de la enseñanza, la vocación de guías de nuestro pueblo por el camino de la santidad. Puedo decirles a mis hermanos seminaristas, a estos que han recibido la sotana y a todos los demás que hoy cantan para nosotros y otros que no cantan porque Dios no les dio ese don, pero que hacen muchas otras cosas.

Los invito a irse dando cuenta, ha reflexionar profundamente a que camino van a entrar, por donde van a caminar y a recordar siempre que si van a servir a Dios, a Dios se le sirve con excelencia. Esto lo repito también para nuestros hermanos religiosos y religiosas que recuerden la necesidad de servir a Dios con excelencia y de dar testimonio auténtico.

Nuestro pueblo tiene muchas carencias, nosotros sufrimos diversos flagelos a todos los niveles de nuestra sociedad. Sufrimos el flagelo de la injusticia donde pocos tienen mucho y muchos no tienen nada. Donde vemos que hay miseria en medio de nosotros. Nosotros que no aspiramos a ser ricos, pero si aspiramos a tener una pobreza digna de los hijos de Dios.

Trabajemos pues en consonancia para que todos juntos con solidaridad y subsidiaridad con esos dos principios de la iglesia, que es ayudar al que no tiene y enseñar a que tenga el que debe trabajar, podamos nosotros salir de nuestra miseria, y entrar a nuestra pobreza y crecer de ahí en adelante, para cada vez tener un México más igualitario, un México que tenga igualdad de oportunidades para todos que no lo existe todavía.

Un México donde todos y cada uno de nosotros podamos elevar nuestra voz y ser escuchados ahí donde hay muchos sobre todo de nuestra diócesis que no tiene voz, porque la voz solamente se apaga y no se escucha. Necesitamos que esa justicia realmente viva en medio de nosotros.

Estamos flagelados por la criminalidad, por la delincuencia organizada, por el narcomenudeo que tiende arrebatar a nuestros hijos a Cristo para convertirlos en pobres miserables adictos de las drogas, y padres de familia, sacerdotes, religiosos y todos nosotros, jóvenes también tenemos que luchar contra ese flagelo y cooperar en todas las obras que pudiera hacer el gobierno para acabar con ese flagelo del narcomenudeo.

Estamos viendo que existe también en medio de nosotros una profunda necesidad de educación que llegue a todos, que se imparta pareja, de una educación donde los hombres de los pueblos y de la ciudad puedan tener las mismas oportunidades, porque puedan llegar hacia ellos las mismas condiciones de las escuelas ricas y esto se puede lograr en México.

Y de hecho hay programas previstos para que se logren y uno los invita a los grandes, a los secretarios de Estado a todos, a que realmente pongan en práctica esos programas que nos han prometido, no sólo eso, nosotros necesitamos vivir en la unidad. Me acuerdo hace muchos años había un slogan que usaban mucho los comunistas y decían: “Un pueblo unido jamás será vencido”. No necesitamos ser comunistas para unirnos, un pueblo unido, una Iglesia unida jamás será vencida.

Nos tenemos que unir para analizar los problemas de nuestra nación y buscar sobre todo el bien de México, para mí se me hacer altamente ridículo que cada uno esté luchando por su partido, por su posición, por el bien particular de cada uno, en lugar de estar luchando por hacer de México, el México que puede ser el México de Cristo, el México de igualdad de oportunidades, el México de la justicia, el México de la verdad. No podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo discutiendo y denigrándonos, como se hace muchas veces en los distintos partidos, tenemos que vivir unidos.

Somos diferentes, pensamos distinto; admito que se piense distinto, pero después tenemos que escoger cada uno de nosotros el bien de todos y ceder en nuestras posiciones para que sea el bien de México el que prevalezca contra el bien de cualquier persona o de cualquier sociedad.

Somos nosotros los que estamos en juego, en nuestra vida y la vida de nuestros hijos los que harán que el día de mañana todos podamos crecer en igualdad y mejor. Todos podemos sentir cada vez más ese amor del Señor que nos lleve a compartir y a trabajar juntos en beneficio de todos.

Por eso Madre venimos a ti, a elevar nuestra plegaria a pedirte ayúdanos, mete sentido común en la cabeza de nuestros representantes, ayuda a cada uno de nosotros también a tener el sentido común de buscar el bien, para todos, no el bien mío, sino el bien de todos y eso es lo que necesita México, el México de hoy y por eso todos ustedes vienen aquí confiados con esperanza, y la esperanza la ponemos en la Virgen María y la ponemos en Cristo que es el único que puede transformarlos corazones a través de la luz del Espíritu Santo que tiene que llegar a iluminar a todos cristianos y aún a los no cristianos.

Hermanos, hagamos nuestra plegaria profunda, hagamos verdaderamente en nuestros corazones el altar del Espíritu que nos lleve constantemente a ver a los demás y a descubrirlos como hermanos y a caminar juntos en este peregrinar que tenemos que llegar hasta el cielo.

Que Dios nos dé la fuerza para lograrlo y a todos ustedes y a mí también, la entereza para luchar hasta que se consiga tener aquí, desde la Basílica de Guadalupe, desde donde la Madre de México quiso que México fuera uno sólo, el México de Cristo.

 
 
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