Querido pueblo de Dios, hermanas y
hermanos que peregrinan en nuestra muy amada Diócesis de Ecatepec
y que viven en el corazón de su obispo y no pagan renta.
Amadísimos seminaristas en quienes tenemos puesta nuestra pupila
en dos sentidos, son la pupila de la diócesis, pero están también
en la pupila del obispo, echándoles ojo para que vivan la vocación
a la que han sido llamados y amados por su obispo. Queridos hermanos
presbíteros, sin cuya colaboración seria imposible para mí cumplir
el trabajo ministerial. El Santo Padre me ha encomendado como
cabeza de la Diócesis de Ecatepec.
Yo quiero invitarlos a todos ustedes
a que se unan en una oración especial el día de hoy a la Morenita
de Guadalupe. Y comenzaré yo diciendo lo siguiente: Morenita del Tepeyac, Madre de todos
los mexicanos que quisiste que aquí cerca donde naciera el indio
Juan Diego, hoy elevado a los altares como santo, en la Diócesis
de Ecatepec desde el pueblo de Tulpetlac y toda nuestra Diócesis
te queremos pedir y dar gracias.
Te queremos dar gracias por la fiesta
que acabamos de cumplir de doce años, doce años en los tu Hijo
el Señor permitió a tu servidor ordenar a doce nuevos sacerdotes,
como fruto de la intensa labor que el presbiterio todo ha hecho
en favor de la evangelización en la diócesis nuestra.
Gracias por estos nuevos doce sacerdotes que están aquí en medio
de nosotros, cuya vista a mí me provoca hasta lágrimas, me llama
la atención, porque saben que amándolos me hacen feliz estando
aquí ya convertidos en mis nuevos colaboradores presbíteros en
el segundo grado.
Doy gracias por eso Madre, te doy gracias
por que nos has permitido trabajar de lleno en la Diócesis de
Ecatepec, porque nos has dado esperanza, porque eres la Madre
de la Esperanza, porque nos ayudas a forjar nuevos cristianos,
cada día algunos más comprometidos con Dios y te pedimos que nos
ayudes para tocar el corazón de cada uno de nuestros hermanos
que todavía lo necesitan para que verdaderamente vuelvan su corazón
a Cristo y empecemos a amar y vivir en plenitud el mandamiento
más grande del Señor que es: Amarlos los unos a los otros.
Queridos padres colaboradores míos,
hoy leía yo precisamente en la Liturgia de las Horas una frase
que les quiero repetir: empéñense todos los días en consolidar
la vocación a la que fueron llamados; empéñense todos los días
en ser sacerdotes imágenes vivas del Cristo vivo que llega al
corazón de todos aquellos que se acercan a ustedes buscando ayuda,
compasión, cariño, servicio.
Recordemos fundamentalmente nuestro
ser servidores del Señor en el pueblo. San Juan Crisóstomo decía:
de qué nos sirve ser servidores si levantar grandes columnas y
tener grandes vasijas de oro para servir al Señor, si la vasija
de oro verdadero que el es hombre y la mujer que se nos encarga,
no somos capaces de darles el vaso de agua que necesitan o el
amor, o el consejo que están esperando en nosotros.
Por eso los invito a consolidar esa
vocación a la que fueron llamados, la vocación del amor, de la
enseñanza, la vocación de guías de nuestro pueblo por el camino
de la santidad. Puedo decirles a mis hermanos seminaristas,
a estos que han recibido la sotana y a todos los demás que hoy
cantan para nosotros y otros que no cantan porque Dios no les
dio ese don, pero que hacen muchas otras cosas.
Los invito a irse dando cuenta, ha
reflexionar profundamente a que camino van a entrar, por donde
van a caminar y a recordar siempre que si van a servir a Dios,
a Dios se le sirve con excelencia. Esto lo repito también para nuestros
hermanos religiosos y religiosas que recuerden la necesidad de
servir a Dios con excelencia y de dar testimonio auténtico.
Nuestro pueblo tiene muchas carencias,
nosotros sufrimos diversos flagelos a todos los niveles de nuestra
sociedad. Sufrimos el flagelo de la injusticia donde pocos tienen
mucho y muchos no tienen nada. Donde vemos que hay miseria en
medio de nosotros. Nosotros que no aspiramos a ser ricos, pero
si aspiramos a tener una pobreza digna de los hijos de Dios.
Trabajemos pues en consonancia para que todos juntos con solidaridad
y subsidiaridad con esos dos principios de la iglesia, que es
ayudar al que no tiene y enseñar a que tenga el que debe trabajar,
podamos nosotros salir de nuestra miseria, y entrar a nuestra
pobreza y crecer de ahí en adelante, para cada vez tener un México
más igualitario, un México que tenga igualdad de oportunidades
para todos que no lo existe todavía.
Un México donde todos y cada uno de
nosotros podamos elevar nuestra voz y ser escuchados ahí donde
hay muchos sobre todo de nuestra diócesis que no tiene voz, porque
la voz solamente se apaga y no se escucha. Necesitamos que esa
justicia realmente viva en medio de nosotros.
Estamos flagelados por la criminalidad,
por la delincuencia organizada, por el narcomenudeo que tiende
arrebatar a nuestros hijos a Cristo para convertirlos en pobres
miserables adictos de las drogas, y padres de familia, sacerdotes,
religiosos y todos nosotros, jóvenes también tenemos que luchar
contra ese flagelo y cooperar en todas las obras que pudiera hacer
el gobierno para acabar con ese flagelo del narcomenudeo.
Estamos viendo que existe también en
medio de nosotros una profunda necesidad de educación que llegue
a todos, que se imparta pareja, de una educación donde los hombres
de los pueblos y de la ciudad puedan tener las mismas oportunidades,
porque puedan llegar hacia ellos las mismas condiciones de las
escuelas ricas y esto se puede lograr en México.
Y de hecho hay programas previstos
para que se logren y uno los invita a los grandes, a los secretarios
de Estado a todos, a que realmente pongan en práctica esos programas
que nos han prometido, no sólo eso, nosotros necesitamos vivir
en la unidad. Me acuerdo hace muchos años había un slogan que
usaban mucho los comunistas y decían: “Un pueblo unido jamás será
vencido”. No necesitamos ser comunistas para unirnos, un pueblo
unido, una Iglesia unida jamás será vencida.
Nos tenemos que unir para analizar
los problemas de nuestra nación y buscar sobre todo el bien de
México, para mí se me hacer altamente ridículo que cada uno esté
luchando por su partido, por su posición, por el bien particular
de cada uno, en lugar de estar luchando por hacer de México, el
México que puede ser el México de Cristo, el México de igualdad
de oportunidades, el México de la justicia, el México de la verdad.
No podemos permitirnos el lujo de perder
el tiempo discutiendo y denigrándonos, como se hace muchas veces
en los distintos partidos, tenemos que vivir unidos.
Somos diferentes, pensamos distinto; admito que se piense distinto,
pero después tenemos que escoger cada uno de nosotros el bien
de todos y ceder en nuestras posiciones para que sea el bien de
México el que prevalezca contra el bien de cualquier persona o
de cualquier sociedad.
Somos nosotros los que estamos en juego, en nuestra vida y la
vida de nuestros hijos los que harán que el día de mañana todos
podamos crecer en igualdad y mejor. Todos podemos sentir cada
vez más ese amor del Señor que nos lleve a compartir y a trabajar
juntos en beneficio de todos.
Por eso Madre venimos a ti, a elevar
nuestra plegaria a pedirte ayúdanos, mete sentido común en la
cabeza de nuestros representantes, ayuda a cada uno de nosotros
también a tener el sentido común de buscar el bien, para todos,
no el bien mío, sino el bien de todos y eso es lo que necesita
México, el México de hoy y por eso todos ustedes vienen aquí confiados
con esperanza, y la esperanza la ponemos en la Virgen María y
la ponemos en Cristo que es el único que puede transformarlos
corazones a través de la luz del Espíritu Santo que tiene que
llegar a iluminar a todos cristianos y aún a los no cristianos.
Hermanos, hagamos nuestra plegaria profunda, hagamos verdaderamente
en nuestros corazones el altar del Espíritu que nos lleve constantemente
a ver a los demás y a descubrirlos como hermanos y a caminar juntos
en este peregrinar que tenemos que llegar hasta el cielo.
Que Dios nos dé la fuerza para lograrlo
y a todos ustedes y a mí también, la entereza para luchar hasta
que se consiga tener aquí, desde la Basílica de Guadalupe, desde
donde la Madre de México quiso que México fuera uno sólo, el México
de Cristo. |
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