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Homilía
pronunciada por Mons. Salvador Martínez Pérez,
en la peregrinación de la Diócesis de Huejutla, a la Basílica de Guadalupe.

15 de abril de 2007

Al encontramos, una vez más, reunidos a las plantas de Nuestra amantísima. Madre Santa María de Guadalupe, saludo con afecto de padre y pastor a las comunidades de nuestra amada Diócesis de Huejutla, representadas aquí en las personas de los peregrinos: laicos, religiosas, seminaristas y Presbíteros. Que la Virgen de Guadalupe nos acoja en sus manos y nos alcance de parte de Dios las bendiciones y gracias que nuestra comunidad diocesana necesita.

En este segundo domingo de Pascua la lectura de la Misa nos hablan de la presencia de Jesús Resucitado en medio de su Iglesia: como El mismo lo prometió al retomar a su Padre/no nos dejó huérfanos: la Iglesia vive la seguridad y la alegría de que Jesús está con Ella todos los día, hasta el final de los tiempos (Mt. 28, 20). Esta fue la fe de la primitiva comunidad cristiana, a la que los apóstoles conducían predicándole la Palabra de Cristo y realizando prodigios y señales milagrosas, como nos lo recuerdan las lecturas de los Hechos de los Apóstoles y del. Apocalipsis, que acabamos de escuchar.

Y es que Cristo nuestro salvador quiso encomendar a los apóstoles, y solamente a ellos, el cuidado de su Iglesia. Así fue desde el principio, así sigue y seguirá siendo hasta el 1m del mundo, actuando ahora los mismos apóstoles a través de la personas del Papa y los Obispos, que son sus sucesores, y de los sacerdotes colaboradores suyos.

La misión, pues, que los apóstoles recibieron de Cristo fue la de hacerlo presente por medio de nosotros en medio de su Palabra y la fuerza de su Espíritu que nos une con Dios. Todo esto se realiza en la Iglesia a través de la celebración de los sacramentos. De hecho en el Evangelio de hoy, San Juan nos recuerda que el mismo día de la resurrección Jesús se presentó, lleno de vida en medio de los apóstoles, que todavía se encontraban impresionados y menos de miedo por la muerte de su maestro. Ante todo, Jesús les comunica su paz y transforma su temor en Alegría.

Pero en ese momento el Señor no estaba pensando solamente en sus apóstoles sino en toda su Iglesia, en nosotros que formamos parte de ella. Recordemos que Jesús acaba de resucitar: Jesús está radiante de vida y de felicidad y quiere compartir esa vida y esa felicidad con todos sus fieles. Con su resurrección el Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt. 28, 18). Y ese poder es precisamente, a favor de la Iglesia. Por eso, infundiendo en los apóstoles el don del Espíritu Santo, les dice: "como el Padre me ha enviado, así también los envío YO...A los que les perdonen sus pecados, les quedarán perdonados; y al los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. "

En una ocasión, durante su vida mortal, Jesús fue cuestionado por haber perdonado los pecados a un paralítico: ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Le reprochaban sus adversarios. Jesús, entonces, curando al enfermo, les demostró que Él verdaderamente tenía ese poder (Lc. 5, 21, 24). Ahora, resucitado, comunica esa misma potestad a los apóstoles.

Pero, el transmitir el poder de perdonar los pecados a los apóstoles/nos hace recordar en este momento nuestra condición de pecadores. En efecto, el cristiano mientras peregrina sobre la tierra hacia su destino eterno puede luchar por ser un santo sirviendo fielmente a Dios, o pude convertirse en un pecador que se aleja radicalmente de su creador y redentor. En este mismo sentido, cuando examinamos a fondo nuestro interior comprobamos la marcada inclinación que nos lleva al mal y, de hecho, nos sentimos rodeados y anegados por muchos males inmorales.

Esto es lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se nos presenta como una lucha continúa entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Pero en esta lucha que hemos de sostener diariamente, no estamos solos, el Señor vino en persona para libramos de los males inmorales y vigorizarnos interiormente a fin de no ser víctimas del pecado.

Con la venida de Jesucristo nuestro salvador llena de amor y misericordia, los cristianos hemos recibido el gran regalo que necesitábamos para ser verdaderamente dichosos: el tener la seguridad de que Dios perdona nuestros pecados por el ministerio de los hombres. Además, poniendo este poder en manos de los apóstoles, Jesús nos facilita el camino para lograr este perdón: este perdón se halla a nuestro alcance en el sacramento de la reconciliación o confesión que puede conferimos cualquier Obispo o Sacerdote. El Sacramento de la Reconciliación, es un regalo pascual de Jesús a su Iglesia. Para quien verdaderamente se da cuenta del peso de sus pecados, para quien sabe perfectamente que con sus propias fuerzas humanas no puede liberarse de esa carga, el sacramento de la reconciliación es un alivio espiritual, una fuente de alegría, una liberación, cuya única explicación se encuentra en el amor infinito con que nuestro Padre Dios nos ama a cada uno de sus hijos.

Queridos hermanos y hermanas: es necesario que nos sintamos aludidos por este Evangelio, por esta Buena Noticia que Jesús nos acaba de anunciar: Él la dirige a cada uno de nosotros de manera personal. El conoce quiénes somos, cual es nuestra historia, cuáles son las cargas que venimos llevando sobre nuestra conciencia quizá desde hace muchos años. No sigamos pensando que el sacramento de la Reconciliación es un tormento; no lo sigamos viendo como algo que vamos a dejar para cuando no haya más remedio: para el momento de nuestra muerte. El Señor nos llama hoya acoger su misericordia a volver sinceramente arrepentidos, como el Hijo pródigo a su casa que es nuestra casa, que es a donde pertenecemos por derecho, porque somos hijos de Dios.

La Pascua de Cristo es vida es gozo pleno, y Cristo la pone a nuestro alcance en su Iglesia. ¿Qué caso tiene vivir tristes, agobiados por la carga del pecado (Heb. 12, 1); enemistados con Dios, con nuestro prójimo y con nosotros mismos si, por su sangre derramada Jesucristo nos ofrece amorosamente su perdón? ¿Qué sentido tiene estar posponiendo indefinidamente el remedio a nuestros males, con el riesgo, incluso, de que cuando por fin lo busquemos ya no esté a nuestro alcance?

Nuestra misma vida como pueblo de Dios, como Diócesis de Huejutla, no tiene sentido si es el pecado, y no la gracia de Dios lo que habita en nuestros corazones. Por eso, para que nuestra religiosidad sea vida y no simple desahogo sentimental, para que nuestra pastoral sea obra de salvación y no únicamente actividad organizada, para que nuestra vida familiar y cívica, para que nuestro trabajo sean verdaderamente una colaboración a la construcción del Reino de Dios, necesitamos acercamos a los dispensadores de los misterios de Dios, para que ellos nos comuniquen el perdón divino que Cristo los hizo capaces de conceder.

Todo lo anterior, nos compromete seriamente a los sacerdotes, servidores de ustedes. Nos interpela a comprometemos en el crecimiento de su vida cristiana, a preparamos adecuadamente para el ministerio de la Reconciliación que Dios nos ha confiado (2 Cor. 5, 18) a promover en las Parroquias y en los diversos grupos y movimientos eclesiales la recepción del Sacramento de la Reconciliación; a estar siempre dispuestos a escuchar a los fieles en la confesión y, finalmente, a ser nosotros mismos personas convertidas y sacramentalmente reconciliadas, a fin de que, viviendo personalmente la experiencia de la misericordia y el perdón de Dios, podamos ofrecerlo más eficazmente a nuestros hermanos en la fe. Que Santa María de Guadalupe, nuestra dulce morenita del Tepeyac nos ayude a hacer todo esto una feliz realidad. AMEN.

 
 
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