| Hermanos peregrinos de Michoacán y
Guanajuato, en nombre de la Arquidiócesis de Morelia, ustedes
ha venido caminando hasta este Santuario de Santa María de Guadalupe.
En su casita nos sentimos contentos al contemplar su bendita
imagen, vale la pena el sacrificio, la fatiga del camino, el dejar
unos días a la familia y los trabajos habituales. La experiencia
de la peregrinación y el estar aquí en el Tepeyac es una gracia
y una bendición para cada uno de ustedes.
Han tenido la oportunidad de alimentar
y de fortalecer su fe con la Palabra de Dios que se les ha ofrecido
en cada jornada. La Virgen María es un ejemplo para nosotros de
cómo hemos de escuchar, meditar y asimilar la Palabra de Dios.
Su corazón sencillo y atento guardaba cuidadosamente lo que recibió
como herencia de sus antepasados. Ella sabía de memoria los salmos,
conocía los escritos de la ley y los profetas, aguardaba el cumplimiento
de las promesas, pero sobretodo, en el silencio de su casita de
Nazaret, acogió el mensaje que le transmitió el arcángel Gabriel
y respondió con plena libertad a lo que Dios le proponía, en su
seno purísimo. La Palabra eterna de Dios se hizo hombre, el Verbo
se encarnó. Y desde que el Niño Jesús empezó a pronunciar las
primeras palabras, Ella, su Madre las iba recogiendo con cariño
y respeto.
El Evangelio nos dice: “Que a veces
no alcanzaba a entender María algunas respuestas sorprendentes
de Jesús, pero que sí las guardaba en su corazón”. Por eso,
podemos decir que María fue la primera discípula, quien más estaba
dispuesta a escuchar y a poner en práctica las enseñanzas de Jesús
Maestro. Así vemos como realiza en su vida el programa de las
Buenaventurazas, Ella es la pobre de espíritu, la limpia de corazón,
la mujer llena de mansedumbre, la que buscaba la paz y anhelaba
la justicia, la que derramó lágrimas por causa del Reino.
Venir, pues, a contemplar a la Morenita
en esta su casa del Tepeyac es la ocasión para que nosotros la
imitemos en el amor a la Palabra de Dios, que leamos y meditemos
el Evangelio y la Biblia sólo así seremos verdaderos discípulos
de Jesús, sólo así madurará nuestra fe y podremos dar testimonio
ante el mundo, en nuestra casa, en la familia, en el grupo de
amigos, hemos de acostumbrarnos a leer y meditar los libros sagrados.
Pero junto con este alimento de la fe, que es la Palabra de Dios,
Jesús nos ofrece el banquete de su cuerpo santísimo en la Eucaristía.
Todos los grupos y regiones han tenido
también la gran oportunidad de participar cada día de la peregrinación
en la Santa Misa, muchos se han reconciliado mediante el Sacramento
de la Penitencia y hoy mismo se disponen a recibir la Sagrada
Comunión en esta misa. Es el Hijo Santísimo de la Virgen María,
verdadero Dios y verdadero hombre pan bajado del cielo, quien
viene a nosotros en la apariencia de pan en la hostia consagrada.
Juan Pablo II nos enseñó a llamarle
a la Virgen con el título de Mujer Eucarística, Ella dio
a luz al Niño Jesús en Belén, Belén significa la casa del pan,
Ella fue quien por la fe vivió la comunión más íntima con Cristo,
lo acompañó en la cruz cuando se entregó por nosotros derramando
su sangre y podemos suponer que con otras mujeres acompañó a los
apóstoles que estaban con Jesús en la Última Cena. Con cuanta
devoción recibiría después de la Resurrección de su Hijo la Sagrada
Comunión de manos de los apóstoles respondiendo: “Amén”,
con la misma fe, con la misma fe con la que respondió el fiat:
“Hágase, cúmplanse en mí, según tu Palabra”. Siempre que
celebramos la Santa Misa, la invocamos a Ella y a los Santos que
ya participan del banquete del cielo.
Queridos hermanos, la peregrinación
es para nosotros una oportunidad de acrecentar nuestro amor y
devoción a Jesús sacramentado. La misa dominical más que una obligación
pesada ha de ser el momento gozoso en que aprovechamos con alegría
y gusto ese maravilloso encuentro del Señor, realmente presente
en el altar.
El año próximo Morelia será la sede
del Congreso Eucarístico Nacional, a principios de mayo, de toda
la patria llegarán delegados a una fiesta grande la fe, desde
ahora preparémonos nosotros aquí, pidiendo a la Madre de Jesús;
nos conceda ser una arquidiócesis verdaderamente eucarística,
que nuestras parroquias y nuestras familias vivan de la Eucaristía,
que los sacerdotes hagamos que la misa sea nuestra vida y nuestra
vida sea una misa prolongada, como decía san Alberto Hurtado,
recientemente canonizado.
En tercer lugar quisiera señalar otro
elemento valioso de la peregrinación además del encuentro con
Cristo en su Palabra y en la Eucaristía, ustedes han convivido
durante estos días en un ambiente fraterno que tiene que ayudarles
a descubrir también la presencia escondida de Jesús en la persona
del hermano. Necesitamos grande fe para venerar al Señor Dios
en la hostia consagrada, pero se requiere una fe más grande todavía
para saber que mi prójimo es también un sacramento de Cristo,
de modo que yo me de cuenta que lo que yo le haga a mí hermano,
se lo hago al mismo Cristo a pesar de los defectos, de las miserias,
de los mismos pecados que tenga cualquier ser humano, merece mi
respeto.
La caridad cristiana, no es, pues, fruto de la simpatía humana,
no es selectiva, brota de la fe y se ha de practicar principalmente
con los que menos valen a los ojos del mundo. Jesús se identifica
con los pequeños y los pobres. Pensemos, también, en el hermoso
ejemplo que nos da Santa María de Guadalupe al elegir a san Juan
Diego que confesaba su pequeñez, diciendo: “Soy tabla, soy
cola, valgo poca cosa”, contemplemos con gratitud la imagen
de la Morenita, Mujer mestiza que no se avergüenza de hablar la
lengua del indio. María nos enseña la preocupación por el pobre,
por el enfermo, en la visitación a santa Isabel se muestra servicial,
en el Magnificat expresa como Dios quiere un mundo en el
que reine la justicia.
Hermanos, por ser peregrinos tiene
que cambiar nuestra manera de relacionarnos con los que nos rodean,
como dice Jesús: “En esto conocerán que son mis discípulos,
si se aman como Yo los he amado”.
Termino, hermanos, esta sencilla reflexión
invitándolos a agradecer a nuestro Señor, por medio de María la
grandeza de su amor, a suplicar continuamente ante la Reina de
México que el Señor salve a nuestra patria y conserve nuestra
fe y a ofrecer sinceramente nuestro sincero propósito de llevar
una vida nueva, iluminados por la Palabra Divina, sostenidos por
el pan de los fuertes y animados por una caridad sincera.
Amén. |
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