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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de la Arquidiócesis de Morelia, en la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

11 de octubre de 2007

Palabras de bienvenida de Mons. Diego Monroy Ponce

Hermanos peregrinos de Michoacán y Guanajuato, en nombre de la Arquidiócesis de Morelia, ustedes ha venido caminando hasta este Santuario de Santa María de Guadalupe.  En su casita nos sentimos contentos al contemplar su bendita imagen, vale la pena el sacrificio, la fatiga del camino, el dejar unos días a la familia y los trabajos habituales. La experiencia de la peregrinación y el estar aquí en el Tepeyac es una gracia y una bendición para cada uno de ustedes.

Han tenido la oportunidad de alimentar y de fortalecer su fe con la Palabra de Dios que se les ha ofrecido en cada jornada. La Virgen María es un ejemplo para nosotros de cómo hemos de escuchar, meditar y asimilar la Palabra de Dios.

Su corazón sencillo y atento guardaba cuidadosamente lo que recibió como herencia de sus antepasados. Ella sabía de memoria los salmos, conocía los escritos de la ley y los profetas, aguardaba el cumplimiento de las promesas, pero sobretodo, en el silencio de su casita de Nazaret, acogió el mensaje que le transmitió el arcángel Gabriel y respondió con plena libertad a lo que Dios le proponía, en su seno purísimo. La Palabra eterna de Dios se hizo hombre, el Verbo se encarnó. Y desde que el Niño Jesús empezó a pronunciar las primeras palabras, Ella, su Madre las iba recogiendo con cariño y respeto.

El Evangelio nos dice: “Que a veces no alcanzaba a entender María algunas respuestas sorprendentes de Jesús, pero que sí las guardaba en su corazón”. Por eso, podemos decir que María fue la primera discípula, quien más estaba dispuesta a escuchar y a poner en práctica las enseñanzas de Jesús Maestro. Así vemos como realiza en su vida el programa de las Buenaventurazas, Ella es la pobre de espíritu, la limpia de corazón, la mujer llena de mansedumbre, la que buscaba la paz y anhelaba la justicia, la que derramó lágrimas por causa del Reino.

Venir, pues, a contemplar a la Morenita en esta su casa del Tepeyac es la ocasión  para que nosotros la imitemos en el amor a la Palabra de Dios, que leamos y meditemos el Evangelio y la Biblia sólo así seremos verdaderos discípulos de Jesús, sólo así madurará nuestra fe y podremos dar testimonio ante el mundo, en nuestra casa, en la familia, en el grupo de amigos, hemos de acostumbrarnos a leer y meditar los libros sagrados. Pero junto con este alimento de la fe, que es la Palabra de Dios, Jesús nos ofrece el banquete de su cuerpo santísimo en la Eucaristía.

Todos los grupos y regiones han tenido también la gran oportunidad de participar cada día de la peregrinación en la Santa Misa, muchos se han reconciliado mediante el Sacramento de la Penitencia y hoy mismo se disponen a recibir la Sagrada Comunión en esta misa. Es el Hijo Santísimo de la Virgen María, verdadero Dios y verdadero hombre pan bajado del cielo, quien viene a nosotros en la apariencia de pan en la hostia consagrada.

Juan Pablo II nos enseñó a llamarle a la Virgen con el título de Mujer Eucarística, Ella dio a luz al Niño Jesús en Belén, Belén significa la casa del pan, Ella fue quien por la fe vivió la comunión más íntima con Cristo, lo acompañó en la cruz cuando se entregó por nosotros derramando su sangre y podemos suponer que con otras mujeres acompañó a los apóstoles que estaban con Jesús en la Última Cena. Con cuanta devoción recibiría después de la Resurrección de su Hijo la Sagrada Comunión de manos de los apóstoles respondiendo: “Amén”, con la misma fe, con la misma fe con la que respondió el fiat: “Hágase, cúmplanse en mí, según tu Palabra”. Siempre que celebramos la Santa Misa, la invocamos a Ella y a los Santos que ya participan del banquete del cielo.

Queridos hermanos, la peregrinación es para nosotros una oportunidad de acrecentar nuestro amor y devoción a Jesús sacramentado. La misa dominical más que una obligación pesada ha de ser el momento gozoso en que aprovechamos con alegría y gusto ese maravilloso encuentro del Señor, realmente presente en el altar.

El año próximo Morelia será la sede del Congreso Eucarístico Nacional, a principios de mayo, de toda la patria llegarán delegados a una fiesta grande la fe, desde ahora preparémonos nosotros aquí, pidiendo a la Madre de Jesús; nos conceda ser una arquidiócesis verdaderamente eucarística, que nuestras parroquias y nuestras familias vivan de la Eucaristía, que los sacerdotes hagamos que la misa sea nuestra vida y nuestra vida sea una misa prolongada, como decía san Alberto Hurtado, recientemente canonizado.

En tercer lugar quisiera señalar otro elemento valioso de la peregrinación además del encuentro con Cristo en su Palabra y en la Eucaristía, ustedes han convivido durante estos días en un ambiente fraterno que tiene que ayudarles a descubrir también la presencia escondida de Jesús en la persona del hermano. Necesitamos grande fe para venerar al Señor Dios en la hostia consagrada, pero se requiere una fe más grande todavía para saber que mi prójimo es también un sacramento de Cristo, de modo que yo me de cuenta que lo que yo le haga a mí hermano, se lo hago al mismo Cristo a pesar de los defectos, de las miserias, de los mismos pecados que tenga cualquier ser humano, merece mi respeto.

La caridad cristiana, no es, pues, fruto de la simpatía humana, no es selectiva, brota de la fe y se ha de practicar principalmente con los que menos valen a los ojos del mundo. Jesús se identifica con los pequeños y los pobres. Pensemos, también, en el hermoso ejemplo que nos da Santa María de Guadalupe al elegir a san Juan Diego que confesaba su pequeñez, diciendo: “Soy tabla, soy cola, valgo poca cosa”, contemplemos con gratitud la imagen de la Morenita, Mujer mestiza que no se avergüenza de hablar la lengua del indio. María nos enseña la preocupación por el pobre, por el enfermo, en la visitación a santa Isabel se muestra servicial, en el Magnificat expresa como Dios quiere un mundo en el que reine la justicia.

Hermanos, por ser peregrinos tiene que cambiar nuestra manera de relacionarnos con los que nos rodean, como dice Jesús: “En esto conocerán que son mis discípulos, si se aman como Yo los he amado”.

Termino, hermanos, esta sencilla reflexión invitándolos a agradecer a nuestro Señor, por medio de María la grandeza de su amor, a suplicar continuamente ante la Reina de México que el Señor salve a nuestra patria y conserve nuestra fe y a ofrecer sinceramente nuestro sincero propósito de llevar una vida nueva, iluminados por la Palabra Divina, sostenidos por el pan de los fuertes y animados por una caridad sincera.

Amén.

 
 
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