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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Manuel Mancilla, Obispo de la Diócesis de Ciudad Obregón, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

14 de julio de 2007

Ciertamente “Dios cuidará de ustedes”. Con estas palabras, queridos hermanos, de aquel gran Patriarca José, que abría aprendido de su padre, la presencia de Dios en medio de ellos.

Quisiera iniciar; la reflexión, la homilía, que con ocasión de esta peregrinación de la Diócesis de Ciudad Obregón celebramos en presencia de la Santísima Virgen María, gravémonos este mensaje: “Todo Él, toda Palabra de Dios instruye, toda Palabra de Dios es salvación, toda Palabra de Dios es sabiduría” Pero he citado estas palabras, porque quedan muy bien con los anhelos que nosotros venimos a poner a los pies de la Santísima Virgen María. Ciertamente, “Dios cuidará de ustedes”.

¿Cómo necesitamos la protección de Dios?, ¿cómo necesitamos sentir la fuerza de Dios, la presencia morosa de Dios, la cercanía misericordiosa de Dios en nuestras vidas? Ciertamente, Dios ha cuidado de nosotros. Y en este texto del Génesis que hemos escuchado, ya las últimas palabras de este gran Dios escrito, ¿cómo nos ayudan a entender el misterio de la vida?, ¿cómo nos cae bien reflexionar en la historia de los patriarcas?

La historia de quienes fundaron al pueblo de Dios: Abran, Isaac, Jacob, José, Judán, Efraín, Manases. Cómo nos hace bien recoger la fuerza viva de los comienzos del pueblo de Dios. Yo pienso que tratando de sintetizar esa enseñanza se nos da una luz, para afianzar la persona, valorar la familia y el concepto, la experiencia del pueblo de Dios.

La persona, la familia, el pueblo son una sola realidad, si ustedes quieren, gradualmente construida por Dios, pero en su providencia; cómo es importante que nosotros recojamos y valoremos la santidad de la persona, la santidad de la familia, la santidad del pueblo de Dios este es su proyecto, esta es su voluntad, y yo diría; esto es lo único que lleva a plena realización, a los hijos de Dios. Una persona que se descuida así misma, alguien que descuida la familia, alguien desprecie al pueblo no está respetando la voluntad de Dios.

Hoy que estamos, aquí, a los pies de la Santísima Virgen María; vemos por ejemplo: como Jacob, José han llevado un camino de fe, un camino de rectitud, un camino de búsqueda honesta de la voluntad de Dios, vemos como ellos han conservado el sagrado propósito de sus padres, su historia de salvación que se fue llevando a través del sacrificio de sus padres; Abran e Isaac o como dirá José; Abran, Isaac y Jacob.

Queridos hermanos, cuidemos nuestras personas, dignifiquemos nuestras personas, integremos nuestras personas a los caminos históricos. Nosotros pertenecemos a una familia, pertenecemos a unos papás, pertenecemos a unos hermanos, sin ellos o debemos caminar, nadie debe aventurarse a la soledad, de principio a fin lo sabemos; hay del hombre solo, no es bueno que el hombre esté solo, se acaba, se desgasta, se empobrece, se muere.

Veamos nosotros esa lucidez con que el Patriarca Jacob entiende su vida, él les dice a sus hijos: “Ya me voy, mi camino está por terminar y me reuniré con los míos, sepúltenme con mis padres, sepúltenme en el campo de Abraham”.  Con esas palabras tan sencillas, queridos hermanos, nosotros entendemos la misión personal que todos tenemos en la vida, termina con la muerte. Estos conceptos ya muchas personas no los quieren manejar, no los quieren enfrentar y como lo hizo en este caso el Patriarca tanto Jacob como José en medio de los suyos con una paz muy grande. Sólo cuando vivimos en la fe en la familia entendemos las realidades profundas de la vida, las realidades profundas de nuestro propio ser y vocación. Vemos esa lucidez, esa valentía del Patriarca, esa sencillez con que él acepta su destino, su caminar está apunto de llegar a su fin y el Patriarca lo acepta, y el Patriarca lo enfrenta, y el Patriarca acepta que necesita cumplir sólo estando en medio de los suyos, contándose con sus muertos, pero ayudados de sus hijos.

Que sabiduría tan profunda, queridos hermanos, hoy que sólo queremos pensar en los éxitos, hoy que sólo queremos pensar en nosotros mismos, hoy que somos tan individualistas, hoy que nos dejamos llevar por tantos espejismos como destroza las personas el dejar a tras las grandes realidades, como son: la familia, el trabajo, las fuerzas, el destino, el pasado, el futuro, el dolor y la muerte. Estos conceptos no se aprenden en las grandes Universidades, esto sólo nos lo enseña la experiencia del pueblo de Dios convocados por la fe. Vemos enseguida el concepto de la familia, como es hermoso pensar, queridos hermanos, que el Patriarca cuida sus hijos, los llama, Jacob llama, Jacob reúne a sus hijos, los hermanos se juntan para estar con su padre, más adelante José volverá a reunir a sus hermanos, a sus hijos.

Cosas tan sencillas, queridos hermanos, que muchas veces nosotros descuidamos, con estos conceptos tan sencillos se va haciendo la familia, y en la familia se hablan de las cosas que se han vivido, de los problemas que se ha tenido, de las amarguras, de los equívocos y sólo en familia se pueden curar, sólo en familia se pueden enfrentar, sólo en la familia se pueden trascender, si nosotros nos desgajamos de la familia entonces perdemos las supremas oportunidades de completar nuestra vocación y nuestro destino.

Jacob reúne a sus hijos, Jacob les habla, Jacob les da indicaciones; sus hijos lo escuchan y gracias a eso van a poder enfrentar esa pena tan grande de haber traicionado, de haber descuidado, de haber vendido a su hermano de los más pequeños a José y si no hubiera sido por el clima familiar hubiera sido un desastre, un fracaso total, no hubieran tenido salvación, pero gracias a que siguieron viviendo en la familia: los grandes problemas, las angustias y esos errores tan dolorosos se pudieron resolver.

Queridos hermanos, Dios está con nosotros, Dios nos acompaña, Dios nos sostiene, Dios nos purifica a través de las personas, a través de la familia, y porque no, decirlo, a través del pueblo de Dios. Más adelante dice José: “Dios cambió sus malos proyectos en bendiciones”  para que gracias  a que yo los  recibiera y salvara en Egipto se pudiera hacer un gran pueblo, un pueblo numeroso como somos  ahora.  Aquí a los pies de la santísima Virgen María queridos hermanos, yo quisiera animarme junto con ustedes a seguir trabajando en nuestra diócesis el plan de pastoral que ya el señor obispo Don Vicente García nos dejó para que siguiéramos conjuntando las ilusiones y los recursos de la diócesis, ese plan diocesano de pastoral contempla la atención a las personas, contempla el cuidado de la familia, contempla la experiencia del gran pueblo de Dios.

Si alguna de estas realidades se descuida tendremos experiencias, como decía el papa Juan Pablo II de la cultura de la muerte, hagamos un compromiso,  hagamos un  esfuerzo queridos hermanos por seguir trabajando conjuntamente en nuestra diócesis por salvaguardar la voluntad de Dios ser canales efectivos de la providencia de divina, ciertamente Dios cuidará de ustedes, es una enseñanza patriarcal, es algo que hoy venimos a refrescar a los pies, bajo la mirada de la santísima Virgen María: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estoy ayudándole  a nuestro padre Dios, para protegerles para cuidarles?

Hemos de  dar gracias a la santísima Virgen María por que nos reconduce hacia los grandes valores, hacia  lo que verdaderamente nos ayuda, hacia lo que en verdad nos ilumina, hacia lo que tanto necesitamos. Tener cada vez personas más conscientes, más sabias, más dignas, como estos patriarcas.  Tener cada vez mejores familias, bien integradas, familias muy unidas. Familias que se dejan inspirar por la palabra de Dios, y buscar que la gran comunidad  sea un espacio donde, como nos dice el Evangelio, descubrimos que nada se cae sin la voluntad de Dios. A veces tenemos esa dolorosa experiencia de muchas personas, de muchas familias  que caen,  hoy  el Evangelio nos dice no, confíen en Dios,  ni los pajarillos ser caen, ni el pelo se te cae sin la voluntad de Dios.

Pidámosle a nuestro Señor, por intercesión de la santísima Virgen María que no se caiga nuestra fe, que no se caiga nuestra capacidad de amar, que nos caiga nuestra esperanza, que no se caiga el corazón diocesano, que no se caigan las ilusiones de un pueblo nuevo, de familias unidas y de personas dignas.

Así sea.

 
 
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