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Homilía
pronunciada por Mons. Domingo Díaz Martínez, IV Obispo de la Diócesis de Tuxpan, Veracruz, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

24 de mayo de 2007

Amados hermanos sacerdotes y amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús Resucitado.

Estamos disfrutando la mañana que esperábamos vivir en presencia de la Santísima Virgen María de Guadalupe; en estos momentos sus ojos nos ven, su corazón nos ama, sus oídos nos escuchan, y su bendición nos alcanza.

Quienes hemos venido hoy para estar con ella, desde nuestra amada Diócesis de Tuxpan: nuestros ojos también la ven, nuestro corazón la ama, nuestra lengua le habla y nuestra voz le canta.

Hoy que estamos en su casa, en la casa de la Santísima Virgen María, disfrutemos, pues, su presencia, veamos su rostro, hablemos con ella y pidamos su intercesión.

En el santo Evangelio hemos escuchado un hermoso diálogo del Señor Jesús con el Dios que nos dio la vida para pedir la unidad de todos nosotros, unidad que tanto necesitamos y también le dice: "Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria".  Petición importante que nos llena de alegría y esperanza, porque nosotros también somos destinatarios de esta petición.

Este diálogo del Señor Jesús es una invitación para que nosotros hagamos lo mismo e invirtamos tiempo para hablar con Dios; por lo tanto; si estas triste, habla con Dios; si estas preocupado, habla con Dios; si vas a decidir, habla con Dios; si estas contento, habla con Dios; si no sabes que hacer, habla con Dios; si te sientes inconforme, habla con Dios; si deseas nueva oportunidad, habla con Dios; si no sabes que decir, habla con Dios y si tienes miedo habla con Dios. Si hablas con Dios obtendrás: sabiduría, claridad, seguridad y ánimo. Por lo tanto hablemos con Dios, como escuchamos que lo hizo el Señor Jesús, hablemos, pues con Dios.

Amados hermanos y hermanas, la Santísima Virgen María es Madre, discípula y misionera, hoy estamos en su presencia y para eso hemos venido; para estar con Ella, para hablar con Ella.

Ella por su fe y obediencia a la voluntad de Dios, así como por su constante meditación de la palabra y de las acciones de Jesús, es la discípula más perfecta del Señor. Tuvo un papel único en la Historia de Salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta su sacrificio definitivo.

En la figura de la Madre junto a la cruz se simboliza la misericordia entrañable de Dios, que vibra en el corazón materno ante el dolor del Hijo y de todos los hijos. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María. Ella, como Madre de tantos hermanos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios.

Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu, cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera. Del mismo modo, así como lo fue al inicio de la Evangelización fundante, sobre todo en el Tepeyac, también hoy es peregrina y misionera en todos nuestros pueblos y comunidades, alentándonos para que hagamos presente a Jesús en todos los ambientes.

Su Hijo Jesucristo, quiere hacerse visible a través de nosotros sus discípulos, Él eso es lo que desea, hacerse visible a través de nosotros sus discípulos, por lo tanto necesitamos ser unos discípulos:

Primero: Que crean, pues la fe nos hace ver lo invisible, apreciar la verdad, saborear la Palabra y mantener la esperanza.

Segundo: Unos discípulos que vean; las causas de la pobreza, los rostros sufrientes de sus hermanos, que vean los avances de la droga, los costos de la democracia, las casas de quienes nos gobiernan, nuestras celebraciones litúrgicas y que vean las obras de misericordia que hacemos.

Tercero: unos discípulos que escuchen; la sabiduría del Maestro, el consejo del sabio, la oración del santo y la corrección de los pastores.

Cuarto: unos discípulos que hablen de Dios, que hablen del Evangelio, que hablen del Señor Jesús para que mucha gente lo busque, lo conozca, lo siga y lo imite.

Quinto: necesita unos discípulos que hagan; que hagan algo bueno aunque sea poquito para que en nuestras parroquias y comunidades exista; menos vicio, menos basura, menos lodo, menos problemas, menos pobreza, menos pereza, más bienestar, más salud, más solidaridad, más cultura, para que existan mejores servicios, mejores celebraciones, mejores cristianos y mejores ciudadanos.

Sexto: unos discípulos que caminen a los lugares donde se necesita estar presente, que caminen dejando huella, sembrando la Palabra, señalando el camino y organizando el caminar.

Séptimo: unos discípulos que razonen y disciernan; la corrupción, la mentira, el robo, la simulación, la división, la dependencia y la opresión.

Amados hermanos y hermanas, por lo tanto y por lo pronto evitemos ser discípulos ciegos a la vida, evitemos ser discípulos ser sordos a la Palabra, evitemos ser discípulos mudos a la verdad, evitemos ser discípulos incómodos al trabajar, o bien evitemos ser discípulos mancos al actuar o cojos al peregrinar, evitemos ser discípulos frágiles al razonar, vacilantes al creer, exigentes para pedir o lentos para dar.

Hermanos y hermanas, demos gracias a Dios porque nos ha dado la vida, nos ha dado su amor y porque nos ha concedido estar una vez más en la presencia de la Santísima Virgen María de Guadalupe. Pidamos de corazón a Dios nos conceda ser discípulos unidos, activos y organizados.  

Y digamos a la Santísima Virgen María de Guadalupe: que bendiga nuestras familias, cuide nuestro seminario y anime a todos y cada uno nuestros sacerdotes. Que así sea.

Amén.

 
 
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