Eminentísimos
Señores Cardenales
Excelentísimo
Señor Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana
Excelentísimos
Señores Arzobispos y Obispos
Monseñores
Reverendos
Padres
Hermanos
y hermanas religiosos
Hermanos
todos en Cristo
1. Deseo expresar mi alegría por este primer encuentro con
la Iglesia de México aquí representada por ustedes, en particular
los pastores elegidos por el Señor para acompañarla y guiarla
hacia Él agradezco a su Excelencia el Señor Carlos Aguiar Retes,
Obispo de Texcoco y Presidente de la Conferencia Episcopal su
gentil invitación a celebrar con todos ustedes el inicio de
mi ministerio de Nuncio Apostólico en su país en esta magnífica
Basílica que es el corazón de la vida cristiana para cada uno
de ustedes y también para mí desde el día de mi nombramiento
por Su Santidad Benedicto XVI, el cual me ha hecho el honor
de llamarme a servir a la Iglesia que se encuentra en este país
como su representante.
Es cierto que llego con una devoción impregnada de profundo
sentido del misterio de este lugar marcado por una presencia
tan fuerte de Nuestra Madre. Como tantos peregrinos estoy llegando
en búsqueda de la paz, del perdón y sobre todo con el deseo
de encontrar aquella que nos muestra a Jesús y nos invita a
ser sus discípulos.
Después de ocho años de servicio en Uganda, llegué hace algunas
semanas a su tierra, y como ya he dicho, me considero un misionero
enviado para servir. Por eso me siento en profunda comunión
con ustedes, Obispos, Sacerdotes, religiosos y religiosas y
laicos. Conociendo su celo apostólico y la inmensa obra de evangelización
que sus predecesores y ustedes han conducido hasta ahora, no
he tenido ningún miedo de tomar también yo mi bastón de peregrino
para unirme a la misión de la Iglesia. Bueno, no escondo que,
como el profeta Jeremías, he pronunciado estas palabras: "Mira
que soy muy corto de palabras, que soy muy joven". Pero
también me he sentido confortado por la Palabra de Dios que
me dice: "Tienes que ir a donde te envíe y decir las
cosas que yo te digo. No tengas miedo que en tus labios Yo hablaré".
Escuché además las Palabras de Cristo en el Evangelio "Quién
reciba a un niño en mi nombre a mí me recibe". “El
que no se haga como niño no entrará en el Reino de los cielos".
Es como un niño que me presento ante ustedes, hijo del mismo
Padre que nos ha creado y que nos ama. En Él somos todos hermanos
y hermanas.
Con profunda alegría he descubierto la frase que, según el
Nican Mopohua, la Virgen ha dicho a Juan Diego: "¿De
que te asustas? ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?".
Esta se encuentra en la fachada de la Basílica y expresa bien
el mensaje de Guadalupe y la esperanza que ya he admirado en
los ojos conmovidos de todos esos peregrinos que no dejan de
llegar. Hoy gracias a ustedes soy uno de ellos.
Como me gustan las palabras de la que se llama "la
perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo
Dios…," hablando a Juan Diego de su templecito: "Allí
estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza,
para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus
penas, sus dolores". En la segunda aparición, la Virgen
confirma a Juan Diego en su misión y le ordena insistir con
el Obispo: "Hijito mío, el más pequeño es indispensable
que sea totalmente por tu intervención que se lleve a cabo mi
deseo".
2. Entrando en este santuario he sentido una grande emoción
pensando en todos los que desde el inicio de la evangelización
han dado testimonio de su fe encarnada en una vida iluminada
por la presencia de Dios. Muchos de ellos se transformaron,
a veces hasta el martirio, en verdaderos testigos de la presencia
de Cristo como su Salvador manifestando concretamente en su
existencia el amor divino. Aceptaron ser inspirados por el Espíritu
que hizo de ellos nuevas criaturas. Todos fueron verdaderos
testimonios de la encarnación del Hijo de Dios en esta tierra
haciendo nacer la Iglesia que hoy brilla como una luz capaz
de indicar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad el
camino hacia Dios.
Como cada uno de ustedes, cristianos de México, he hecho esta
misma experiencia de la mujer de Samaria en el pozo de Jacob.
Primero hubo un encuentro: "Dame de beber".
Desde mi juventud Jesús se ha manifestado a mí de muchas maneras,
dándome poco a poco a entender el sentido de la palabra: "Si
conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber,
serías tú quien le pidiera de beber y el te daría de esa agua
viva". Esta es la razón por la cual he escogido como
mi lema episcopal: "Si conocieras el don de Dios".
Como la samaritana he sido desbordado por la riqueza del don
que Dios me ha dado en Jesús ofreciéndome agua que "brotará
en mí como un manantial de vida eterna".
He sido enviado a misión en medio de ustedes para beber de
esta agua viva que brota en la Iglesia de México y en cada cristiano
desde el día de su bautismo. Invitándonos a esta Eucaristía,
Cristo el Señor de la Iglesia universal y de la Iglesia en México,
quiere que permanezcamos en comunión con Él y entre nosotros.
Desde el día de mi llegada, empecé a familiarizarme con toda
la reflexión hecha durante los últimos años por ustedes, con
el fin de que la Iglesia ayude a todos los cristianos a vivir
su fe en el difícil contexto de la cultura actual. Con mucho
interés he leído en particular la Carta Pastoral de los Obispos
del año 2000 y el reciente documento conclusivo de la V Conferencia
del CELAM en Aparecida.
Varios aspectos son para mí fuente de profunda inspiración.
El primero es la insistencia sobre el encuentro con Jesucristo,
que es la fuente de nuestras diferentes vocaciones y misiones
dentro de la Iglesia, como Obispos y sacerdotes, religiosos
y laicos. Las bellas palabras de su carta pastoral encuentran
un eco en el documento de Aparecida, que me permito citar: El
acontecimiento de Jesucristo es el inicio de ese sujeto nuevo
que surge en la historia y al que llamamos discípulo: No se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran,
o una idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con
una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello,
una orientación decisiva"... La naturaleza misma del cristianismo
consiste por lo tanto en reconocer la presencia de Jesucristo
y seguirlo". ( 6.1.1).
El segundo es la dimensión misionera. Los obispos son calificados
justamente como discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote.
Ellos con fe y esperanza han aceptado la vocación de servir
al pueblo de Dios conforme al Corazón de Cristo Buen Pastor.
Ellos ayudan a todos los miembros del pueblo de Dios a vivir,
en su lugar y conforme a su vocación, esta dimensión misionera.
Yo también he venido para unirme a esa misión.
El tercero es la presentación de la Iglesia como Sacramento
de Cristo y signo vivo de su presencia en la realidad humana
en la cual todos somos llamados a estar y actuar. La Iglesia
es comunión de todos los bautizados viviendo en el mundo como
seres nuevos transformados por su amistad con Cristo Hijo de
Dios, siguiendo su palabra de vida y dejándose animar por su
espíritu. Todos somos la Iglesia, cuerpo vivo de Cristo, haciéndolo
presente en el mundo. Esta es nuestra vocación y misión que
vivimos si nos dejamos transformar por su gracia.
El cuarto es la importancia de la comunión entre nosotros discípulos
misioneros. La Iglesia en el mundo, como nos ha dicho Jesús,
será Luz del mundo y Sal de la tierra, si vivimos en comunión
unos con otros. Los Obispos junto con los sacerdotes, han recibido
esta inmensa responsabilidad de ser ministros de la comunión
dentro de la Iglesia. El Santo Padre también, como Sucesor del
primero de los apóstoles, Pedro, recibió esta misión de unidad
tan importante para nuestra Iglesia. Mi misión de representante
del Santo Padre será de ser un fiel servidor de la unidad dentro
de la Iglesia ayudando, con ustedes, a la Iglesia que se encuentra
en México a mantenerse en comunión con el Santo Padre y a través
de él con la Iglesia universal.
3. Por estas razones quiero alegrarme del modo como ustedes
me recibieron. Desde el día de mi llegada he sentido el vínculo
que me une con los Pastores escogidos por Dios para conducir,
santificar y evangelizar el pueblo mexicano.
Ustedes hermanos Obispos son llamados, escogidos y amados por
Cristo, el cual espera de ustedes ser testigos de su amor ofreciendo
su vida como Él por sus ovejas. Ustedes son llamados con sus
sacerdotes a ser las columnas de la Iglesia sin olvidarse de
que su fuerza no depende de su capacidad humana más de la fe,
de la esperanza y del amor que Dios ha puesto en sus corazones.
Les pido lleven mi saludo a sus sacerdotes. Mi profundo deseo
es que ellos sean vistos por sus fieles como modelos ejemplares
de vida cristiana y pastores celosos y llenos de amor.
Me siento también muy cerca de los religiosos hombres y mujeres.
Conozco el valor de su vida que es motivada por la palabra del
Padre Nuestro: "Que venga a nosotros tu reino".
Deseo también agradecer a los laicos aquí presentes y a través
de ustedes saludar a todos los cristianos de México. Todos son
llamados a ser discípulos de Jesús cualquiera que sea su ambiente
y su responsabilidad en la comunidad. Todavía quiero dirigirme
a todos los que en cualquier modo sufren en su cuerpo, en su
espíritu y en su alma. Pienso en todos los que les falta un
mínimo para vivir una vida digna de los hijos y de las hijas
de Dios, y que no ven ninguna salida a una situación extrema
de pobreza material o espiritual. Mi profundo deseo es que la
Iglesia sea para todos una señal fuerte de esperanza. Muchos
laicos ocupan a diferentes niveles responsabilidades para el
servicio de sus hermanos y el bien común de la sociedad. El
ejercicio de este cargo es parte también de su misión de cristiano,
en la medida en que trabajen con espíritu de servicio, animados
por los valores del Evangelio. Todos contribuyen así a construir
la civilización del amor, según la magnifica expresión usada
por vez primera por el Papa Paulo VI y muchas veces repetida
por sus sucesores.
Agradezco a esta Iglesia de recibir al representante del Santo
Padre con tanto calor y expresando así su amor y filial adhesión
hacia el sucesor de Pedro. Eso da a la Iglesia local una oportunidad
maravillosa de celebrar su relación con el Papa. La Iglesia
es una porque profesa su fe en un sólo Señor y en un sólo bautismo.
El Papa, junto con los obispos recibió la misión de conservar
a la Iglesia en la unidad.
La catolicidad de la Iglesia es su universalidad. Esto no quiere
decir que la Iglesia no esté enraizada en el corazón de la sociedad
mexicana y de su cultura. Pero la Iglesia no es una secta o
una organización exclusivamente humana. La Iglesia es universal
porque el mensaje de Cristo es para todos y penetra en toda
cultura. Tiene que ser interpretado en cada lenguaje de modo
que pueda ser comprendido. Pero no estará nunca encerrada en
una cultura. Esto es el misterio de Pentecostés: Todos podían
entender el único mensaje de los apóstoles en su propia lengua.
La santidad de la Iglesia y de sus miembros depende principalmente
de su relación con el fundador, es decir Cristo mismo. La Iglesia
tiene que ser el reflejo vivo de la santidad de Dios para el
mundo de hoy. La Iglesia será santa solamente si acoge el Evangelio
con toda su pureza, y es la responsabilidad de los pastores,
en comunión con el Papa, de ayudar a la Iglesia a permanecer
fiel al Evangelio.
En fin cuando hablamos que la Iglesia es apostólica, no sólo
nos referimos al hecho que cada Obispo es un sucesor de un apóstol,
más también que todos los obispos son sucesores de ese grupo
de hombres que Jesús llamó a Él para ser la fundación de su
Iglesia, con Pedro recibiendo la misión específica de confirmar
a sus hermanos en su fe.
4. Hermanos Obispos, Hermanos y Hermanas en Cristo. La persona
que ustedes reciben hoy fraternalmente, tiene sentimientos muy
encontrados. Por estos sentimientos de indignidad, deseo abandonarme
en el Señor, pidiéndole me guié en este ministerio. Y les suplico
por eso la ayuda de su oración. Al mismo tiempo tengo un gran
deseo de ser aquí en medio de ustedes un testimonio del Dios
vivo. Espero ser capaz con ustedes de anunciar el Evangelio
en esta tierra de México. Es nueva para mí, pero les puedo decir
ya que se ha convertido en mi tierra y mi país, gracias a ustedes.
Que el Señor les bendiga y nos ayude a hacer su voluntad. Y
que la mirada de la morenita tan cariñosa hacia cada uno de
nosotros nos ayude a nunca perder de vista la dirección justa. |