Eminentísimo Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera Arzobispo
de México
Excelentísimo Señor Obispo Mons. Leopoldo González Secretario
General de la Conferencia del Episcopado Mexicano
Excelentísimo Señor Arzobispo Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México
Estimados hermanos Arzobispos y Obispos
Queridos Sacerdotes
Estimados Superiores Mayores y Representantes de la vida consagrada
Hermanos y hermanas en el Señor Jesús:
1. Introducción: Cristo brilla en la Iglesia
Celebramos con gozo la fiesta de San Francisco de Asís. De
aquel hombre que nacido en Asís (Italia), en el año 1182, luego
de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció
a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios, abrazando la
pobreza y viviendo una vida evangélica predicando a todos el amor
de Dios.
Francisco jamás ambicionó el título de reformador; y, sin embargo,
a lo largo de los siglos ha logrado cautivar la imaginación de cristianos
y de no cristianos al presentarles la pobreza, la castidad y, la
obediencia, con la pureza y fuerza de un testimonio radical. Generaciones
han admirado y admiran en él, a un héroe incomparable del Espíritu;
estatura a la cual efectivamente se elevó a través de la contemplación
del Salvador y del esfuerzo perseverante de una imitación que pudo
parecer a los superficiales, excesiva. Imitación y seguimiento que
lo llevó a compenetrarse en tal manera del espíritu, del amor, de
la doctrina, padecimientos y predilecciones de su Maestro, que apareció
a los hombres de su generación y sigue apareciendo (y éste es el
secreto de su ascendiente incomparable) como otro Jesús.
Manso y humilde de corazón, pobre como los pájaros del cielo,
sencillo como un niño, vibrando de gozo en la humillación y el sufrimiento,
comentario vivo de las bienaventuranzas, el Pobrecillo de Asís
podía efectivamente decir con el apóstol Pablo: "no soy yo
quien vive, es Cristo quien vive en mi". Cristo que es "camino,
verdad y vida". Cristo que es ”luz para el mundo entero"
"Cristo es la luz de los pueblos.
Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea
vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo,
que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio
a todas las criaturas"
Con esas palabras da inicio la Constitución dogmática sobre
la Iglesia del Concilio Vaticano II. En esta breve expresión podemos
descubrir un profundo y sencillo mensaje: la Iglesia no tiene otra
luz que la de Cristo, no vive más que de Cristo, su fuerza y su
mensaje se concentran únicamente en Él.
¿Qué significa esto? ¿Son acaso meras palabras propias de la
retórica eclesiástica? ¿En verdad la Iglesia no vive más que de
Cristo y para Cristo? ¿No es la "Iglesia" una abstracción
religiosa más o menos ambigua, más o menos sectaria, más o menos
ajena a la realidad del mundo? Estas preguntas son punzantes y poseen
entre líneas una cierta suspicacia. Tal vez todo el discurso cristiano
sean meramente palabras, o ¿será posible' realmente que Jesucristo,
que nació y padeció hace más de 2000 años, haya verdaderamente resucitado
y permanezca hoy en la historia?
Todo hombre que toma con seriedad su propia vida atraviesa
por cuestiones de esta índole en algún momento. La pretensión que
posee el cristianismo obliga a la conciencia a preguntarse tarde
o temprano si es verdad lo que afirmamos: Cristo, verdadero Dios
y verdadero Hombre, es luz; que resplandece sobre la Iglesia.
Lo que a muchos nos pasa es que nos resulta difícil pensar
la Iglesia según un modelo diverso al de una sociedad que se autogestiona.
Resulta difícil pensar la fe como algo diferente de una decisión
a favor de lo que corresponde a mis planes, a favor de lo que se
me adapta. Es fácil que cada uno de nosotros queramos proponer programas
y planes que resulten simpáticos al mayor número posible de personas
para de esa manera intentar hacer de la Iglesia un espacio "amigable".
Sin embargo, la cuestión en realidad es muy otra.
Si Jesús fuera un profeta o taumaturgo dedicado a la administración,
a la planeación o a la mercadotecnia, la Iglesia no sería más que
el "partido de Jesús", no sería más que una secta que
busca personas afines a ella. Sin embargo, Jesús no ofrece nada
de esto ni en su Persona ni con su Palabra.
Cristo no es el fundador de un partido, de una secta o de una
élite más o menos aristocrática. No es un hombre en campaña buscando
prosélitos o trabajando por reclutar seguidores. La carta a los
Hebreos describe la irrupción de Cristo en el mundo con las palabras
del salmo 39: "Tú no has querido sacrificios ni holocaustos,
en cambio me has preparado un cuerpo" (Sal 39, 7; Hb 10, 5).
Cristo es el Verbo de Dios que habita entre nosotros a través de
una carne concreta. Es la segunda Persona de la Trinidad que se
dona, que se ofrece gratuitamente, asumiendo realmente la condición
humana. No es en modo alguno un orquestador o artífice de grandes
proyectos que requieran de nuevos afiliados. No es un mero motivador
que con algunos recursos oratorios estimule a los auditorios. ¡Cristo
es una Persona viva que se hace encuentro y que de manera absolutamente
imprevisible acontece en la historia personal y en la historia de
los pueblos! ¡En la historia de México! Por esto, el Papa Benedicto
XVI, al comienzo de su primera Encíclica nos dice: "No se comienza
a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por
el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
En efecto, si nos adherimos a Él, nosotros no elegimos un conjunto
de ideas geniales de tipo filosófico o de tipo ético sino una vida,
una amistad incondicional, en una palabra, un Pueblo en el que Él
sigue presente. Esto quiere decir que el comienzo de la Iglesia
es precisamente aquel conjunto de discípulos, aquel pequeño grupo
de amigos, que tras la muerte de Cristo sigue estando igualmente
unido porque Él ha resucitado y se ha hecho presente en medio de
ellos.
Los discípulos atestiguan que Jesús está vivo y nos advierten
que Él no se agotó en un cierto momento fugaz de la historia sino
que continúa en la vida del hombre con el rostro histórico de la
comunidad cristiana, de la Iglesia.
Así, Jesús no es alguien que haya que recordar como un vestigio
del pasado sino Alguien de cuya presencia y operatividad se da testimonio,
según las palabras de san Pedro que son recogidas en los Hechos
de los Apóstoles: “A éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió
la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos
que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos
con Él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que
predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está
constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los
profetas dan testimonio de que todo el que cree en el Él alcanza,
por su nombre, el perdón de los pecados" (Hch 10,40-43). La
Iglesia, entonces, no es un club, no es un partido, ni siquiera
un tipo de estado religioso, sino un cuerpo. Su cuerpo. Y por eso
la Iglesia no es hecha por nosotros, es Él mismo quien la construye
purificándonos con la Palabra y el sacramento y haciendo así de
nosotros sus miembros.
La Iglesia, comunión con Dios y comunión fraterna, manifiesta
con su sola presencia que existe respuesta a la necesidad más honda
del ser humano, que aún sin usar palabras sofisticadas, anhela siempre
el encuentro con un gran Amor que no defraude y que siempre acoja
con un abrazo: “la comunión es realmente la Buena Nueva, el remedio
que nos ha dado el Señor contra la soledad, que hoy amenaza a todos;
es el don precioso que nos hace sentimos acogidos y amados en Dios,
en la unidad de su pueblo congregado en nombre de la Trinidad; es
la luz que hace brillar a la Iglesia como estandarte enarbolado
entre los pueblos”.
Si la Iglesia no fuera comunión visible, no habría modo empírico
de encontrarse con Jesús también hoy: “en la Iglesia el Señor permanece
con nosotros, siempre contemporáneo”, siempre
verificable.
2. La Iglesia posee una dimensión internacional
La Iglesia como comunión, verdadero signo sensible de la presencia
de Cristo en la historia, posee diversos aspectos o dimensiones
que explicitan en algún grado su Misterio. Hoy que celebramos el
XV Aniversario del restablecimiento de las relaciones del Estado
mexicano con la Santa Sede es oportuno meditar sobre un aspecto
fundamental que ha marcado la presencia de la Iglesia en la historia
del mundo. Me refiero a su dimensión internacional.
La Iglesia como pueblo de Dios que camina en la historia posee
auténtica personalidad jurídica internacional. Esto quiere decir
que además de ofrecer la salvación a todos los hombres, de hecho
es reconocida aún por los más diversos Estados e instituciones internacionales
como un sujeto de derecho que realiza una misión religiosa en todos
los pueblos.
La determinación de la personalidad jurídica internacional
se atribuye por igual a la Iglesia universal y a la Santa Sede.
La Santa Sede, en el ordenamiento internacional, es el órgano que
actualiza y personaliza a la Iglesia universal en este orden y le
permite a la Iglesia ser un miembro efectivo de la comunidad global.
Gracias a ello, en 1957, la Organización de las Naciones Unidas,
reconoció a la Santa Sede como instancia capaz de acreditar representantes
permanentes ante varios organismos de la ONU (como la FAO o la UNESCO
y a nivel regional la OEA). En la actualidad, la Santa Sede mantiene
representación internacional mediante delegados y observadores en
éste ámbito, asistiendo habitualmente a las reuniones internacionales
que se relacionan principalmente con la defensa y promoción de los
derechos inviolables de la persona humana; el fortalecimiento del
auténtico desarrollo en diversos ámbitos; y la promoción de la paz
y la unidad entre los pueblos. Así mismo, desde hace mucho tiempo,
la Iglesia a través de su amplio cuerpo diplomático, distribuido
en casi todos los países del mundo, no sólo actúa para la preservación
de la libertad de ella misma, sino para la defensa y la promoción
de la dignidad humana en el mundo entero.
Es cierto que las finalidades de la Iglesia y del Estado son
de orden diferente. Sin embargo, el sujeto al que atienden es el
mismo: cada ser humano, que merece vivir de acuerdo a su dignidad
y respondiendo a su vocación trascendente. Por ello, la Iglesia
busca siempre establecer relaciones adecuadas con las diversas comunidades
políticas: “el bien de las personas y de las comunidades humanas
resulta favorecido cuando existe un diálogo constructivo y articulado
entre la Iglesia y las autoridades civiles, que se expresa también
mediante las estipulación de acuerdos recíprocos. Este diálogo tiende
a establecer o reforzar relaciones de recíproca comprensión y colaboración,
así como a prevenir o a sanar eventuales tensiones, con el fin de
contribuir al progreso de cada pueblo y de toda la humanidad en
la justicia y en la paz”.
Para comprender la importancia de las relaciones y los acuerdos
entre la Iglesia y los diversos Estados, es importante tomar en
cuenta que al menos desde el siglo VIII, la Santa Sede no ha estado
nunca sometida a los poderes temporales, sino que ha sido titular
de la soberanía de un Estado (los "Estados Pontificios"
hasta 1870) que hoy es la Ciudad del Vaticano, cuyas bases jurídicas
se sentaron en los Pactos de Letrán de 1929.
Así, la conciencia que la Iglesia católica posee en cada uno
de sus obispos, de sus sacerdotes, de sus consagrados y de sus fieles
laicos, respecto a su propia soberanía e independencia con respecto
a los Estados, ha encontrado un sólido apoyo de orden práctico en
el hecho de que el Romano Pontífice no sea súbdito de ningún Estado
y una consecuencia jurídica en la personalidad internacional que
la Santa Sede tiene reconocida, no sólo sobre la base de la simbólica
soberanía territorial del Estado de la Ciudad del Vaticano, sino
también como prerrogativa unida a la función del Papa en cuanto
cabeza de la Iglesia católica y jefe espiritual de los fieles que
están presentes en muchos países del mundo.
3. Celebrar un camino rumbo a la libertad religiosa
A la luz de este contexto: ¿Qué debemos celebrar los católicos
con motivo del XV Aniversario del restablecimiento de las relaciones
entre la Santa Sede y el Estado mexicano?
- Debemos celebrar que un Estado laico como el mexicano
deseó comprender la relevancia del factor religioso en su sociedad.
Ha sido sumamente positivo que con la religiosidad de la sociedad
mexicana, en la que Jesucristo y Santa María de Guadalupe poseen
una centralidad existencial tan importante, se experimente un
diálogo profundo y progresivo entre el Estado y la Iglesia.
- Debemos celebrar que un Estado laico como el mexicano
buscara crear vías para la cooperación bilateral con la Santa
Sede en orden a un mayor conocimiento, relación y trabajo conjunto
en temas y problemas de interés común.
- Debemos celebrar también que en un Estado laico como el
que los mexicanos se han dado a sí mismos, comenzaran a darse
pasos hacia el pleno reconocimiento de la igualdad jurídica ante
la ley de todos los ciudadanos en materia de libertad religiosa.
Este último punto amerita una reflexión particular: las reformas
constitucionales que se implementaron en 1992 son sin dudas un signo
positivo que la Iglesia reconoce y que permite anunciar un nuevo
tiempo para México. El reconocer el derecho a la libertad de culto
y de creencia de todos los mexicanos es una dimensión constitutiva
de un auténtico Estado de derecho que busca servir a la nación mexicana
en uno de sus aspectos más entrañables y esenciales. Este
avance no puede ser soslayado, pero tampoco puede ser considerado
el arribo a un punto límite que no pueda ser madurado y profundizado.
En efecto, la Iglesia católica hoy, en fidelidad a la verdad
del hombre anunciada en Cristo, afirma que toda persona humana goza
del derecho inalienable a la libertad religiosa, el cual, si bien
comprende la libertad de culto y la libertad de creencia, no se
agota en ellas, sino que además exige un más profundo reconocimiento
de la totalidad de los factores que integran la experiencia religiosa
y aún la experiencia peculiar que el no-creyente posee respecto
de la búsqueda libre del significado definitivo de su existencia.
Dicho de otro modo, la libertad religiosa consiste "en que
todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte
de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier
potestad humana, y ello de tal manera que en materia religiosa ni
se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida
que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado
con otros, dentro de los límites debidos".
Los obispos mexicanos, en este ámbito, con gran sabiduría han
sabido proclamar en su Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo
a la solidaridad con todos: "Entendemos y aceptamos la
"laicidad del Estado" como la a-confesionalidad basada
en el respeto y promoción de la dignidad humana y por lo tanto en
el reconocimiento explícito de los derechos humanos, particularmente
del derecho a la libertad religiosa”.
Así mismo, han dicho con claridad: "El respeto que el Estado
debe a las iglesias, a las asociaciones religiosas y a cada uno
de sus miembros excluye la promoción tácita o explícita de la irreligiosidad
o de la indiferencia como si al pueblo le fuera totalmente ajena
la dimensión religiosa de la existencia”.
4. La responsabilidad de los fieles laicos en materia de libertad
religiosa
En todo este amplio escenario, existe un papel importantísimo
que los fieles laicos han de desempeñar. El derecho humano a la
libertad religiosa no es un derecho que proteja exclusivamente a
los católicos, sino una dimensión esencial y radical de todo ser
humano por el mero hecho de ser persona.
El evangelio, al ser anuncio de Dios hecho hombre, no puede
ni debe suprimir la promoción y la defensa de los derechos de cualquier
ser humano. Por ello, los fieles laicos, que por propia vocación
poseen la misión de santificarse transformando el mundo según Cristo,
han de ingresar en su agenda personal y social todas aquellas medidas
necesarias para que exista la más amplia libertad en materia religiosa
para todos.
El trabajo a favor de los derechos humanos en general, y a
favor del derecho humano a la libertad religiosa, en particular,
exige una especial valentía para lograr de manera efectiva la oportuna
acción que este tipo de temas exige. Si Juan Pablo II ha dicho en
Christifideles Laici que: "los fieles laicos de
ningún modo pueden abdicar de la participación en la política;
es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa,
administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente
el bien común", esto es todavía más urgente cuando el asunto
a madurar y a profundizar versa sobre un derecho tan fundamental
y trascendente.
Estoy seguro que los múltiples movimientos y organizaciones
laicales colaborarán en fidelidad al carácter eclesial y secular
de sus miembros, a la activación de efectivas medidas y proyectos
que permitan que todos en México y en América Latina puedan vivir
su fe integralmente y con la más amplia libertad.
5. Conclusión
Los mexicanos saben por experiencia que existe una dimensión
mariana del encuentro con Cristo y de la pertenencia a la Iglesia
que se manifiesta en la singular relación del Apóstol Juan con Jesús
y María en el Gólgota, del que indudablemente es eco el encuentro
de San Juan Diego con Jesús y María en el Tepeyac, y también con
cada uno de nosotros.
Esta relación única y personal de la Madre con cada hijo, ha
adquirido también tina dimensión comunitaria al establecer con el
pueblo mexicano una relación especial que lo hace ser una nueva
nación en la historia, a la que María ha acompañado siempre con
su amor maternal, conduciendo a todos por el camino de la fe y de
la fidelidad a Cristo y a su Iglesia.
Por ello, no podemos sino encomendar a la Virgen María nuevamente
a esta gran nación. Que Ella supla con sus virtudes las deficiencias
y limitaciones de sus hijos. Que Ella impulse un nuevo vigor en
los esfuerzos por mostrar que Cristo vive y permanece en la historia
ofreciendo una amistad en la que hallamos libertad. Que Ella sea
quien guíe a la Iglesia en México para que todos colaboremos a encontrar
las vías para vivir plenamente el don de la fe y la caridad sin
limitaciones en todo espacio y lugar.
Amén.