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Homilía
de su Excelencia Mons. Dominique Mamberti, Secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe con motivo del XV Aniversario del Restablecimiento de las Relaciones Diplomáticas entre el Estado Mexicano y la Santa Sede.

4 de octubre de 2007

Eminentísimo Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera Arzobispo de México

Excelentísimo Señor Obispo Mons. Leopoldo González Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano

Excelentísimo Señor Arzobispo Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México

Estimados hermanos Arzobispos y Obispos

Queridos Sacerdotes

Estimados Superiores Mayores y Representantes de la vida consagrada

Hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

1. Introducción: Cristo brilla en la Iglesia

Celebramos con gozo la fiesta de San Francisco de Asís. De aquel hombre que nacido en Asís (Italia), en el año 1182, luego de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios, abrazando la pobreza y viviendo una vida evangélica predicando a todos el amor de Dios.

Francisco jamás ambicionó el título de reformador; y, sin embargo, a lo largo de los siglos ha logrado cautivar la imaginación de cristianos y de no cristianos al presentarles la pobreza, la castidad y, la obediencia, con la pureza y fuerza de un testimonio radical. Generaciones han admirado y admiran en él, a un héroe incomparable del Espíritu; estatura a la cual efectivamente se elevó a través de la contemplación del Salvador y del esfuerzo perseverante de una imitación que pudo parecer a los superficiales, excesiva. Imitación y seguimiento que lo llevó a compenetrarse en tal manera del espíritu, del amor, de la doctrina, padecimientos y predilecciones de su Maestro, que apareció a los hombres de su generación y sigue apareciendo (y éste es el secreto de su ascendiente incomparable) como otro Jesús.

Manso y humilde de corazón, pobre como los pájaros del cielo, sencillo como un niño, vibrando de gozo en la humillación y el sufrimiento, comentario vivo de las bienaventuranzas, el Pobrecillo de Asís podía efectivamente decir con el apóstol Pablo: "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi". Cristo que es "camino, verdad y vida". Cristo que es ”luz para el mundo entero"

"Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas"[1]

Con esas palabras da inicio la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. En esta breve expresión podemos descubrir un profundo y sencillo mensaje: la Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo, no vive más que de Cristo, su fuerza y su mensaje se concentran únicamente en Él.

¿Qué significa esto? ¿Son acaso meras palabras propias de la retórica eclesiástica? ¿En verdad la Iglesia no vive más que de Cristo y para Cristo? ¿No es la "Iglesia" una abstracción religiosa más o menos ambigua, más o menos sectaria, más o menos ajena a la realidad del mundo? Estas preguntas son punzantes y poseen entre líneas una cierta suspicacia. Tal vez todo el discurso cristiano sean meramente palabras, o ¿será posible' realmente que Jesucristo, que nació y padeció hace más de 2000 años, haya verdaderamente resucitado y permanezca hoy en la historia?

Todo hombre que toma con seriedad su propia vida atraviesa por cuestiones de esta índole en algún momento. La pretensión que posee el cristianismo obliga a la conciencia a preguntarse tarde o temprano si es verdad lo que afirmamos: Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, es luz; que resplandece sobre la Iglesia.

Lo que a muchos nos pasa es que nos resulta difícil pensar la Iglesia según un modelo diverso al de una sociedad que se autogestiona. Resulta difícil pensar la fe como algo diferente de una decisión a favor de lo que corresponde a mis planes, a favor de lo que se me adapta. Es fácil que cada uno de nosotros queramos proponer programas y planes que resulten simpáticos al mayor número posible de personas para de esa manera intentar hacer de la Iglesia un espacio "amigable". Sin embargo, la cuestión en realidad es muy otra.

Si Jesús fuera un profeta o taumaturgo dedicado a la administración, a la planeación o a la mercadotecnia, la Iglesia no sería más que el "partido de Jesús", no sería más que una secta que busca personas afines a ella. Sin embargo, Jesús no ofrece nada de esto ni en su Persona ni con su Palabra.

Cristo no es el fundador de un partido, de una secta o de una élite más o menos aristocrática. No es un hombre en campaña buscando prosélitos o trabajando por reclutar seguidores. La carta a los Hebreos describe la irrupción de Cristo en el mundo con las palabras del salmo 39: "Tú no has querido sacrificios ni holocaustos, en cambio me has preparado un cuerpo" (Sal 39, 7; Hb 10, 5). Cristo es el Verbo de Dios que habita entre nosotros a través de una carne concreta. Es la segunda Persona de la Trinidad que se dona, que se ofrece gratuitamente, asumiendo realmente la condición humana. No es en modo alguno un orquestador o artífice de grandes proyectos que requieran de nuevos afiliados. No es un mero motivador que con algunos recursos oratorios estimule a los auditorios. ¡Cristo es una Persona viva que se hace encuentro y que de manera absolutamente imprevisible acontece en la historia personal y en la historia de los pueblos! ¡En la historia de México! Por esto, el Papa Benedicto XVI, al comienzo de su primera Encíclica nos dice: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[2].

En efecto, si nos adherimos a Él, nosotros no elegimos un conjunto de ideas geniales de tipo filosófico o de tipo ético sino una vida, una amistad incondicional, en una palabra, un Pueblo en el que Él sigue presente. Esto quiere decir que el comienzo de la Iglesia es precisamente aquel conjunto de discípulos, aquel pequeño grupo de amigos, que tras la muerte de Cristo sigue estando igualmente unido porque Él ha resucitado y se ha hecho presente en medio de ellos.

Los discípulos atestiguan que Jesús está vivo y nos advierten que Él no se agotó en un cierto momento fugaz de la historia sino que continúa en la vida del hombre con el rostro histórico de la comunidad cristiana, de la Iglesia.

Así, Jesús no es alguien que haya que recordar como un vestigio del pasado sino Alguien de cuya presencia y operatividad se da testimonio, según las palabras de san Pedro que son recogidas en los Hechos de los Apóstoles: “A éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en el Él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados" (Hch 10,40-43). La Iglesia, entonces, no es un club, no es un partido, ni siquiera un tipo de estado religioso, sino un cuerpo. Su cuerpo. Y por eso la Iglesia no es hecha por nosotros, es Él mismo quien la construye purificándonos con la Palabra y el sacramento y haciendo así de nosotros sus miembros.

La Iglesia, comunión con Dios y comunión fraterna, manifiesta con su sola presencia que existe respuesta a la necesidad más honda del ser humano, que aún sin usar palabras sofisticadas, anhela siempre el encuentro con un gran Amor que no defraude y que siempre acoja con un abrazo: “la comunión es realmente la Buena Nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad, que hoy amenaza a todos; es el don precioso que nos hace sentimos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su pueblo congregado en nombre de la Trinidad; es la luz que hace brillar a la Iglesia como estandarte enarbolado entre los pueblos”[3].

Si la Iglesia no fuera comunión visible, no habría modo empírico de encontrarse con Jesús también hoy: “en la Iglesia el Señor permanece con nosotros, siempre contemporáneo”[4], siempre verificable.

2. La Iglesia posee una dimensión internacional

La Iglesia como comunión, verdadero signo sensible de la presencia de Cristo en la historia, posee diversos aspectos o dimensiones que explicitan en algún grado su Misterio. Hoy que celebramos el XV Aniversario del restablecimiento de las relaciones del Estado mexicano con la Santa Sede es oportuno meditar sobre un aspecto fundamental que ha marcado la presencia de la Iglesia en la historia del mundo. Me refiero a su dimensión internacional.

La Iglesia como pueblo de Dios que camina en la historia posee auténtica personalidad jurídica internacional. Esto quiere decir que además de ofrecer la salvación a todos los hombres, de hecho es reconocida aún por los más diversos Estados e instituciones internacionales como un sujeto de derecho que realiza una misión religiosa en todos los pueblos.

La determinación de la personalidad jurídica internacional se atribuye por igual a la Iglesia universal y a la Santa Sede[5]. La Santa Sede, en el ordenamiento internacional, es el órgano que actualiza y personaliza a la Iglesia universal en este orden y le permite a la Iglesia ser un miembro efectivo de la comunidad global. Gracias a ello, en 1957, la Organización de las Naciones Unidas, reconoció a la Santa Sede como instancia capaz de acreditar representantes permanentes ante varios organismos de la ONU (como la FAO o la UNESCO y a nivel regional la OEA). En la actualidad, la Santa Sede mantiene representación internacional mediante delegados y observadores en éste ámbito, asistiendo habitualmente a las reuniones internacionales que se relacionan principalmente con la defensa y promoción de los derechos inviolables de la persona humana; el fortalecimiento del auténtico desarrollo en diversos ámbitos; y la promoción de la paz y la unidad entre los pueblos. Así mismo, desde hace mucho tiempo, la Iglesia a través de su amplio cuerpo diplomático, distribuido en casi todos los países del mundo, no sólo actúa para la preservación de la libertad de ella misma, sino para la defensa y la promoción de la dignidad humana en el mundo entero.

Es cierto que las finalidades de la Iglesia y del Estado son de orden diferente. Sin embargo, el sujeto al que atienden es el mismo: cada ser humano, que merece vivir de acuerdo a su dignidad y respondiendo a su vocación trascendente. Por ello, la Iglesia busca siempre establecer relaciones adecuadas con las diversas comunidades políticas: “el bien de las personas y de las comunidades humanas resulta favorecido cuando existe un diálogo constructivo y articulado entre la Iglesia y las autoridades civiles, que se expresa también mediante las estipulación de acuerdos recíprocos. Este diálogo tiende a establecer o reforzar relaciones de recíproca comprensión y colaboración, así como a prevenir o a sanar eventuales tensiones, con el fin de contribuir al progreso de cada pueblo y de toda la humanidad en la justicia y en la paz”[6].

Para comprender la importancia de las relaciones y los acuerdos entre la Iglesia y los diversos Estados, es importante tomar en cuenta que al menos desde el siglo VIII, la Santa Sede no ha estado nunca sometida a los poderes temporales, sino que ha sido titular de la soberanía de un Estado (los "Estados Pontificios" hasta 1870) que hoy es la Ciudad del Vaticano, cuyas bases jurídicas se sentaron en los Pactos de Letrán de 1929.

Así, la conciencia que la Iglesia católica posee en cada uno de sus obispos, de sus sacerdotes, de sus consagrados y de sus fieles laicos, respecto a su propia soberanía e independencia con respecto a los Estados, ha encontrado un sólido apoyo de orden práctico en el hecho de que el Romano Pontífice no sea súbdito de ningún Estado y una consecuencia jurídica en la personalidad internacional que la Santa Sede tiene reconocida, no sólo sobre la base de la simbólica soberanía territorial del Estado de la Ciudad del Vaticano, sino también como prerrogativa unida a la función del Papa en cuanto cabeza de la Iglesia católica y jefe espiritual de los fieles que están presentes en muchos países del mundo.

3. Celebrar un camino rumbo a la libertad religiosa

A la luz de este contexto: ¿Qué debemos celebrar los católicos con motivo del XV Aniversario del restablecimiento de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado mexicano?

  • Debemos celebrar que un Estado laico como el mexicano deseó comprender la relevancia del factor religioso en su sociedad. Ha sido sumamente positivo que con la religiosidad de la sociedad mexicana, en la que Jesucristo y Santa María de Guadalupe poseen una centralidad existencial tan importante, se experimente un diálogo profundo y progresivo entre el Estado y la Iglesia.
  • Debemos celebrar que un Estado laico como el mexicano buscara crear vías para la cooperación bilateral con la Santa Sede en orden a un mayor conocimiento, relación y trabajo conjunto en temas y problemas de interés común.
  • Debemos celebrar también que en un Estado laico como el que los mexicanos se han dado a sí mismos, comenzaran a darse pasos hacia el pleno reconocimiento de la igualdad jurídica ante la ley de todos los ciudadanos en materia de libertad religiosa.

Este último punto amerita una reflexión particular: las reformas constitucionales que se implementaron en 1992 son sin dudas un signo positivo que la Iglesia reconoce y que permite anunciar un nuevo tiempo para México. El reconocer el derecho a la libertad de culto y de creencia de todos los mexicanos es una dimensión constitutiva de un auténtico Estado de derecho que busca servir a la nación mexicana en uno de sus aspectos más entrañables y esenciales[7]. Este avance no puede ser soslayado, pero tampoco puede ser considerado el arribo a un punto límite que no pueda ser madurado y profundizado.

En efecto, la Iglesia católica hoy, en fidelidad a la verdad del hombre anunciada en Cristo, afirma que toda persona humana goza del derecho inalienable a la libertad religiosa, el cual, si bien comprende la libertad de culto y la libertad de creencia, no se agota en ellas, sino que además exige un más profundo reconocimiento de la totalidad de los factores que integran la experiencia religiosa y aún la experiencia peculiar que el no-creyente posee respecto de la búsqueda libre del significado definitivo de su existencia. Dicho de otro modo, la libertad religiosa consiste "en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos"[8].

Los obispos mexicanos, en este ámbito, con gran sabiduría han sabido proclamar en su Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos: "Entendemos y aceptamos la "laicidad del Estado" como la a-confesionalidad basada en el respeto y promoción de la dignidad humana y por lo tanto en el reconocimiento explícito de los derechos humanos, particularmente del derecho a la libertad religiosa”[9]. Así mismo, han dicho con claridad: "El respeto que el Estado debe a las iglesias, a las asociaciones religiosas y a cada uno de sus miembros excluye la promoción tácita o explícita de la irreligiosidad o de la indiferencia como si al pueblo le fuera totalmente ajena la dimensión religiosa de la existencia”[10].

4. La responsabilidad de los fieles laicos en materia de libertad religiosa

En todo este amplio escenario, existe un papel importantísimo que los fieles laicos han de desempeñar. El derecho humano a la libertad religiosa no es un derecho que proteja exclusivamente a los católicos, sino una dimensión esencial y radical de todo ser humano por el mero hecho de ser persona.

El evangelio, al ser anuncio de Dios hecho hombre, no puede ni debe suprimir la promoción y la defensa de los derechos de cualquier ser humano. Por ello, los fieles laicos, que por propia vocación poseen la misión de santificarse transformando el mundo según Cristo, han de ingresar en su agenda personal y social todas aquellas medidas necesarias para que exista la más amplia libertad en materia religiosa para todos.

El trabajo a favor de los derechos humanos en general, y a favor del derecho humano a la libertad religiosa, en particular, exige una especial valentía para lograr de manera efectiva la oportuna acción que este tipo de temas exige. Si Juan Pablo II ha dicho en Christifideles Laici que: "los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común", esto es todavía más urgente cuando el asunto a madurar y a profundizar versa sobre un derecho tan fundamental y trascendente.

Estoy seguro que los múltiples movimientos y organizaciones laicales colaborarán en fidelidad al carácter eclesial y secular de sus miembros, a la activación de efectivas medidas y proyectos que permitan que todos en México y en América Latina puedan vivir su fe integralmente y con la más amplia libertad.

5. Conclusión

Los mexicanos saben por experiencia que existe una dimensión mariana del encuentro con Cristo y de la pertenencia a la Iglesia que se manifiesta en la singular relación del Apóstol Juan con Jesús y María en el Gólgota, del que indudablemente es eco el encuentro de San Juan Diego con Jesús y María en el Tepeyac, y también con cada uno de nosotros.

Esta relación única y personal de la Madre con cada hijo, ha adquirido también tina dimensión comunitaria al establecer con el pueblo mexicano una relación especial que lo hace ser una nueva nación en la historia, a la que María ha acompañado siempre con su amor maternal, conduciendo a todos por el camino de la fe y de la fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

Por ello, no podemos sino encomendar a la Virgen María nuevamente a esta gran nación. Que Ella supla con sus virtudes las deficiencias y limitaciones de sus hijos. Que Ella impulse un nuevo vigor en los esfuerzos por mostrar que Cristo vive y permanece en la historia ofreciendo una amistad en la que hallamos libertad. Que Ella sea quien guíe a la Iglesia en México para que todos colaboremos a encontrar las vías para vivir plenamente el don de la fe y la caridad sin limitaciones en todo espacio y lugar.

Amén.  


Notas

[1] CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia, n. 1.
[2] BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, n. 1.
[3] BENEDICTO XVI, “EI don de la comunión”, en Los orígenes de la Iglesia. Catequesis del Papa Benedicto XVI, Buena Prensa, México 2007, p. 15.
[4] Ibid.
[5] Cf. CIC, canón 113, 1.
[6] Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 445.
[7] Cf. Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, art. 24. Las reformas constitucionales de 1992 también afectaron el contenido de los artículos 3°, 5°, 27 y 130.
[8] CONCILIO VATICANO II, Declaración sobre la libertad religiosa, n. 2.
[9] CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO, Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, CEM, México 2000, n. 279.
[10] Ibidem, n. 281.
 
 
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