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Homilía
pronunciada por
Mons. José Trinidad Zapata Ortiz,  IV Obispo de la Diócesis de San Andrés Tuxtla, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

22 de julio de 2008

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, hermanas religiosas, laicos adultos, jóvenes y adolescentes.

Que alegría encontrarnos en esta casa donde la Santísima Virgen María prometió mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa. Por eso hermanos, hemos venido para que la Santísima Virgen María escuche nuestros lamentos e interceda por nosotros para que su Hijo remedie nuestras miserias, penas y dolores.

Como los Padres del niño Jesús solían ir a Jerusalén para la Fiesta de la Pascua, nosotros venimos año con año, en peregrinación, al santuario de Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Como escuchamos en el Evangelio, el niño Jesús se perdió y a los tres días lo encontraron sus padres en templo, en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Ahora que nosotros hemos venido a este santuario a visitar a la Virgen, también nos encontramos a Cristo en el centro de la celebración eucarística, en ella nos escucha y nos pregunta sobre nuestra fe, sobre nuestro discipulado, sobre el respeto a la vida, sobre nuestro caminar como iglesia diocesana de San Andrés.

Con la respuesta que Jesús da a María y a José nos enseña a ser discípulos que se ocupen de las cosas del Padre y, por el hecho de bajar con ellos y vivir sujeto a su autoridad, nos muestra que la humildad es la puerta para entrar en el camino del discipulado.

El documento de Aparecida nos dice que el discípulo ante todo es llamado por Cristo para seguirlo a Él en intimidad y santidad. El discípulo no es convocado para algo, como para purificarse o aprender la Ley, sino para estar con Jesús y para predicarlo después (Mc 3, 14). Hay que estar con Jesús, hay que ser de Jesús y también hay que formar parte de los discípulos de Jesús y participar de su misión (Cfr. Aparecida No. 131): “Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana” (Aparecida 144).

Por otro lado, el discípulo no puede vivir su vocación, sino en comunión, es decir en iglesia: “No hay discipulado sin comunión” (Aparecida No. 156). Ahora bien: “La comunión se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo cuerpo” (Cf. 1 Cor 10, 17). “Ella es fuente y culmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento en comunión” (Aparecida No 158).

Para la comunión en la Iglesia, la Santísima Virgen María tiene una misión: así como la familia se genera en torno a una Madre, quien confiere “alma” y ternura a la convivencia familiar, así María es el alma de la comunión en la Iglesia (Cfr. Aparecida No. 268).

En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión. En las Iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones especificas, estamos convocados a la santidad, en la comunión y la misión” (Aparecida 163). De manera que tanto el consagrado como el sólo bautizado están llamados a ser discípulos y misioneros.

Para que vivamos esta vocación María es modelo. Es modelo del oyente porque aceptó con fe la palabra del ángel. En ese sentido dijo san Agustín que María, llena de fe concibió a Cristo en su mente antes que en su seno. La Iglesia, siguiendo al modelo que es María, en la Eucaristía, escucha con fe la Palabra, la acoge, la proclama, la venera y la distribuye a los fieles como Pan de Vida (Cfr. Marialis Cultus No. 17).

Como nos dice el Evangelio, la Virgen María conservaba todas aquellas cosas meditándolas en su corazón. Ella, aunque sabía, por el anuncio del Ángel y por propia experiencia, quién era su hijo, tuvo que caminar en la fe, tuvo que meditar una y otra vez en el misterio de la encarnación, en el Dios que se revela y se esconde para provocar que lo busquemos: “Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre” (Aparecida No 266).

La fe es una constante búsqueda. Dice el libro del Eclesiástico a propósito de la sabiduría: “Desde mi adolescencia, antes de que pudiera pervertirme, decidí buscar abiertamente la sabiduría. En el templo se la pedí al Señor y hasta el fin de mis días la seguiré buscando”.

La búsqueda de la sabiduría es la búsqueda de Dios, es la búsqueda de su revelación. En este sentido Jesús se llenaba de gozo porque su Padre revelaba los misterios del Reino a la gente sencilla. Con humildad la Santísima Virgen María buscó a Dios y Dios le reveló sus misterios y se los hizo experimentar y por esto los meditaba en su corazón y se convirtió en la primera y más perfecta discípula del Señor (Cfr. Marialis Cultus No. 35), la primera discípula de su Hijo, la primera discípula de la Palabra encarnada.

Por lo anterior María es llamada dichosa, bienaventurada, porque fue la primera en aceptar la Palabra de Dios y la primera en ponerla en práctica. Por esto cuando le anunciaron a Jesús: “Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte” (Lc 8, 20-21), él pudo decir: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”, porque María fue la primera que oyó la Palabra y la meditó en su corazón, es decir la hizo vida, se hizo discípula de la Palabra: “porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio” (Marialis Cultus No. 35).

También, María es modelo del orante. Así aparece en la visita a Isabel con el canto del “Magnificat”, en Caná con la súplica que hace a su Hijo cuando se acabó el vino, pero sobre todo, cuando acompaña, como discípula humilde y orante, a los apóstoles pidiendo la venida del Espíritu Santo que los fortalezca para la misión (Cfr. Marialis Cultus No. 18).

En América, María es la gran misionera que nos trajo al salvador del mundo y presidió junto al humilde Juan Diego el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús (Cfr. Aparecida 269).

Hoy, cuando en América queremos hacer camino de discipulado y misión, María brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo (Cfr. Aparecida 270): “Ella, que ‘conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón’ (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. El Magnificat está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios… Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios” (Aparecida 271).

Por esta razón, el discípulo y misionero que se precie de tal, no puede prescindir de la lectura creyente de la Palabra de Dios, no puede dejar la meditación, no puede dejar la oración porque dejar la lectura de la palabra de Dios, la meditación y la oración es lo mismo que dejar la búsqueda de Dios y el amor maternal de la Santísima Virgen María.

Hermanos les invito a que le pidamos a la Santísima Virgen María que interceda por nosotros para que, en este año de gracia por las fiestas jubilares de nuestra querida diócesis, el Señor derrame abundantes bendiciones sobre nosotros.

Que por intercesión de María, Dios bendiga nuestra Patria con el don de la paz y la justicia, que tengamos una patria segura, sin violencia y que haya un autentico desarrollo social y que vivamos a favor de la vida: “La vida es el primero de los bienes recibidos de Dios y es el fundamento de todos los demás; garantizar el derecho a la vida a todos y de manera igual para todos es un deber de cuyo cumplimiento depende el futuro de la humanidad” (Benedicto XVI, 24 de febrero 2007).

También pidámosle a María su intercesión para avanzar en un proceso continuo de conversión, discipulado, comunión y misión (Cfr. Aparecida 278) que nos lleve a una conversión pastoral e incluso a abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe (Cfr. Aparecida 365), que pasemos de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera (Cfr. Aparecida 370) para que nuestra diócesis de San Andrés Tuxtla llegue a estar en estado permanente de misión (Cfr. Aparecida 551).

Que así sea.

 
 
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