Homilía
pronunciada por Mons. Felipe Arizmendi
Esquivel, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, en
ocasión de la peregrinación de las Diócesis de Chiapas, Tapachula, Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal
de las Casas, a la Basílica de
Guadalupe.
Concelebraron Mons. Samuel Ruiz, Obispo de la Diócesis de Chiapas.
Mons. Leopoldo González González, Obispo de la Diócesis de Tapachula.
Mons. Mons. Rogelio
Cabrera López, Obispo de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez.
25 de mayo de 2008
Después
de haber concluido, hace quince días, las celebraciones de la Pascua,
estamos gozando las grandes síntesis del amor misericordioso del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en las solemnidades de la Santísima
Trinidad, del Corpus Christi, del Sagrado Corazón de Jesús (próximo
viernes), concluyendo con la fiesta del Corazón Inmaculado de María,
pues Ella es el reflejo más fiel -después de Jesús- del amor de
Dios. Este año, la fiesta del Corazón de María coincide con la Visitación,
signo elocuente de su amor. Hoy retornamos las celebraciones dominicales
del Tiempo Ordinario, que nos ayudan a profundizar el misterio trinitario
y a crecer en nuestra vida cristiana. Estamos en el Domingo VIII.
Venimos
de las tres diócesis de Chiapas, trayendo con nosotros los gozos
y las esperanzas, los dolores y los sufrimientos de los chiapanecos,
creyentes y no creyentes, católicos y de otras denominaciones, y
también de los centroamericanos que pasan por nuestras tierras,
pues Dios es Padre de todos, como dice el Evangelio. Nos unimos
a quienes expresan hoy su rechazo al aborto y seguiremos luchando
por los no nacidos, para que se respete su derecho fundamental a
la vida, como seres humanos que son.
Ante
las situaciones de pobreza y marginación de muchos compatriotas,
en particular de centenares de miles de indígenas y campesinos;
ante la angustia de tantos migrantes, que abandonan su familia y
su tierra, exponiéndose a peligros, a vejaciones y a la muerte;
ante las persistentes injusticias contra los detenidos en las cárceles;
ante la soledad de muchos jóvenes que no le encuentran sentido a
su vida y se suicidan; ante los que caen en las garras del narcotráfico
para intentar salir de su miseria; ante tantas mujeres oprimidas
por los varones y por las costumbres ancestrales; ante los ancianos
que sufren el abandono incluso de los suyos; ante este panorama
desolador, podríamos hacer nuestras las palabras del pueblo israelita,
y que nos transmite el profeta Isaías en la primera lectura: "El
Señor me ha abandonado; el Señor me tiene en el olvido”.
A
primera vista, nos parecen desconcertantes las palabras de Jesús
en el Evangelio de hoy: "No se preocupen por su vida, pensando
qué comerán o con qué se vestirán... ¿Por qué se preocupan del vestido?
... No se inquieten pensando: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o
con qué nos vestiremos? ... No se preocupen por el día de mañana”.
¿No suenan, acaso, estas palabras, a una evasión de la realidad?
¿No se convierte, así, la religión en una enajenación, en una droga
adormecedora? ¿A eso venimos en esta peregrinación: a olvidamos
de los problemas de la vida diaria, a encontrar un consuelo pasajero
en la Virgen de Guadalupe, y que a nuestro regreso la vida siga
igual?
Todo
lo contrario. Nuestra querida Madre, Santa María de Guadalupe, Madre
del verdaderísimo Dios por quien se vive, no se olvida de nuestra
realidad. Nos dice en la persona de Juan Diego: "Es nada
lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa
enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí,
que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud?
¿No estás por ventura en mi regazo?" Estas no son palabras
vacías, ni un consuelo inoperante. Por la intercesión de María,
Dios Padre concede la salud al tío Juan Bernardino y devuelve la
esperanza a un pueblo conquistado, destrozado, a punto de morir
y desaparecer.
Hoy
también esta Madre bendita nos atrae al altar, a la Palabra de Dios,
a Jesús su hijo, para que nuestros pueblos en El tengan vida. Ella
no quiere ser el centro, sino acercamos al "verdaderísimo
Dios por quien se vive, al Creador de las personas, al Dueño de
la cercanía y de la inmediación, al Dueño del cielo y de la tierra".
Ella es ejemplo de fe y de confianza en Dios Padre, quien cuida
no sólo de las aves y de las flores, sino en particular de nosotros,
que somos sus hijos. Ella nos alienta en la certeza de que, aunque
todos nos abandonen, nuestro Padre Dios nunca se olvidará de nosotros.
Sostenidos
en nuestra fe por María, nuestra Madre; en nombre propio, de nuestras
familias y comunidades parroquiales, en nombre de todos los chiapanecos,
hemos dicho el Salmo 61: "Sólo en Dios he puesto mi confianza,
porque de él vendrá el bien que espero. El es mi refugio y mi defensa,
ya nada me inquietará. Sólo Dios es mi esperanza, mi confianza es
el Señor: es mi baluarte y firmeza, es mi Dios y salvador. De Dios
viene mi salvación y mi gloria; él es mi roca firme y mi refugio.
Confía siempre en él, pueblo mío, y desahoga tu corazón en su presencia".
Madre:
tú nos comprendes, pues tus entrañas maternales son un reflejo del
amor entrañable de nuestro Dios. Desahogamos ante ti nuestro corazón,
para que, por tus manos maternales, lleguen nuestras historias hasta
el corazón del Padre Dios. Mira a los que pasan hambre, y que van
a sufrir más por la creciente carestía de los alimentos. Mira a
los migrantes angustiados, a los jóvenes sin esperanza, a los ancianos
sumidos en su tristeza, a las mujeres menospreciadas. Mira a los
que han sido despojados de su dignidad, a los que carecen de servicios
básicos de agua, caminos, luz, salud y escuela. Arrópalos con tu
ternura materna, para que no desesperen y no recurran a la violencia.
Pero ruega también, como lo hiciste antes de Pentecostés, para que
se nos conceda el don del Espíritu Santo, y nos convirtamos al Reino
de Dios y a su justicia; que no esperemos que todo lo resuelvan
el destino y el gobierno, sino que asumamos la responsabilidad que
nos corresponde.
Enséñanos
a estar cerca de los ancianos, de los presos, de los enfermos, de
las personas que viven en las calles, de los migrantes, de los adictos
a las drogas y al alcohol, de los infectados por el VIH y el Sida,
de los que sufren discriminación e intolerancia. Que les hagamos
visible y palpable el Reino de Dios, que es amor y justicia, que
es solidaridad, dándoles nuestro apoyo, como tú lo hiciste con tu
prima Isabel, y como lo expresaste con Juan Diego, indígena que
se sentía hombrecillo, cordel, escalerilla de tablas, cola, hoja,
gente menuda. Que cada quien y nuestras Iglesias vivamos realmente
la opción preferencial por los pobres, como nos lo exige el Espíritu
Santo en el documento de Aparecida. Que volvamos fortalecidos en
fe y amor.
Finalmente,
San Pablo nos dice hoy en la segunda lectura: "Procuren
que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores
de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se busca en un administrador
es que sea fiel". Que el Espíritu Santo, por intercesión
de María, la Virgen fiel, nos ayude a todos a ser fieles servidores
de Cristo, del Reino de Dios, de la Iglesia, de nuestro pueblo.
Que bebamos de esta Eucaristía el amor de Cristo, para que lo hagamos
extensivo a nuestros hermanos, y seamos una encarnación de la providencia
misericordiosa del Padre.
Así sea.