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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José de Jesús Martínez Zepeda, Obispo de la Diócesis de Irapuato, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

8 de octubre de 2008

Muy queridos hermanos en el sacerdocio ministerial. Me acompañan el día de hoy un buen grupo del presbiterio de la Diócesis de Irapuato. Muy queridas hermanas de la Vida Consagrada, hermanas y hermanos, todos en el Señor, hermanos en el sacerdocio bautismal.

Pues, esta mañana llegan a su culminación diez de caminar tras una meta. Se cumple el propósito de llegar al Tepeyac para postrarnos a las plantas de la Virgen María de Guadalupe. Ciertamente, ha sido un gran esfuerzo para seiscientas cincuenta personas, que han venido caminando en representación de toda la diócesis. Del grupo de hombres, mujeres y jóvenes que han venido en apoyo, como maleteros, con la bocina, en el servicio, en la seguridad, en la atención. Mil cincuenta personas y un nutrido número de representantes de sacerdotes, de religiosas, bueno, miembros de la Vida Consagrada. El pueblo de Dios que se ha sumado esta mañana para participar en la celebración eucarística. Teníamos un propósito que cada día cobra mayor fuerza en esta diócesis que tiene poco menos de cinco años, cuatro años y meses de fundada, pero que desde el primer año puso como una etapa de su vida diocesana la peregrinación a la Basílica del Tepeyac para postrarse a las plantas de la Virgen Santa María de Guadalupe, que es un impulso para nuestros trabajos en la vida pastoral. Así lo ha sido este año porque queremos venir aquí a sus plantas, escuchar nuevamente la promesa: quiero un lugar donde yo escuche las necesidades de mis hijos y pueda consolarlos y dar respuesta a sus inquietudes. ¿por qué? ¿por qué se inquietan? ¿a caso no estoy yo aquí que soy su Madre? Bueno, pues, este año nosotros hemos querido traer no solamente rosas, flores, nuevos proyectos. Hemos querido traer unas ofrendas particulares, que han sido el núcleo y el corazón de nuestro trabajo pastoral de este año.

Por eso en primer lugar, hemos enviado la peregrinación, pues, nuestro plan de pastoral, ese compromiso que es el fruto de haberle preguntado al Señor ¿Señor qué quieres de nosotros? ¿Señor cómo quieres que cumplamos tu voluntad? Y Él bondadosamente nos ha respondido en la oración, en el discernimiento, en la valoración. Y hemos podido plasmarlo en lo que llamamos nuestro plan de pastoral. Y ahí tenemos el camino espiritual de esta diócesis. Camino de vida cristiana para todos los miembros de la iglesia local: el obispo, los presbíteros, los diáconos, la vida consagrada, los laicos, el momento de la responsabilidad de los laicos para retomar con renovado entusiasmo el compromiso de anunciar a Cristo Jesús y emprender una audaz y renovado proyecto de evangelización. Que abierto a las expectativas de la Iglesia Universal sea nuestra colaboración a la nueva evangelización. Y sumandos a los esfuerzos de nuestros hermanos obispos de México y de América Latina sea la forma concreta de vivir nosotros la Misión Continental. En parte conociendo el plan poniéndolo en práctica, echando a andar este conjunto de iniciativas principalmente la iniciación cristina y la formación de agentes, estamos ya en estado de misión, sumados a la Misión Continental.

Ciertamente, ahora en noviembre habremos de sumarnos a todos los esfuerzos, que la Conferencia Episcopal hará para que tengamos un signo común en todo el país y después nos sumaremos a aquellas iniciativas que nos sirvan de testimonio de que no estamos solos sino en comunión dando esta respuesta, también, como Iglesia Universal, continental, iglesia local y principalmente en el compromiso y en la renovación de la iglesia parroquial de nuestras comunidades parroquiales.

Pues, entonces hemos traído en primer lugar nuestro plan de pastoral. Pero le hemos dado también gracias por esta conciencia que tenemos de que sino hay vocaciones en nuestra diócesis, no tenemos un futuro asegurado por eso hemos de renovar nuestro propósito y nuestra oración y nuestras prácticas pidiéndole y suplicándole al Señor: Señor, danos vocaciones, damos muchos y muy santos sacerdotes. Necesitamos, entonces, continuar con renovado entusiasmo cerca de nuestros jóvenes proponiendo esos grandes ideales para descubrir aquellos que han recibido este llamado del Señor a entregarse a su servicio de tiempo completo. Y bueno ahí está el proyecto de nuestra primera piedra de nuestro seminario, que es una realización, un primer paso y una promesa. Son tiempos económicamente difíciles, pero no son los primeros, otras tempestades nos han tocado, por primera vez México puede enfrentar estas crisis con cierta tranquilidad y con la cabeza levantada. Recordemos allá los años ochenta, ochenta y dos, desastres terribles, hubo que quitarle hasta tres ceros a nuestra moneda, ya no valía nada eran centavitos, décimas de centavo y la última todavía, noventa y cuatro, nuestro peso se hizo polvo de la noche a la mañana, de tres, a nueve, a doce, a diez, tormentas. Ahora capoteamos y hemos estado siempre en las manos de la providencia. Bueno, pues, nosotros seguimos confiados en las manos de la providencia, somos realistas, pero tenemos esperanza. Entonces renovamos nuestro lema: confiados en Jesucristo de la mano de María iremos adelante y realizaremos lo que Dios quiera. Esperemos que podamos ir adelante con nuestro seminario, pero necesitamos para nuestros seminaristas y para nuestros laicos unas figuras valientes, deseosas de entregar la vida, como nuestro santo mártir Bernabé de Jesús, cuya reliquia desde el día 26 de septiembre está a los pies de la iglesia madre de la Diócesis de Irapuato en su catedral. Como un testimonio más invitándonos a todos a ser sus misioneros, sus amigos, sus discípulos, sus testigos y dar testimonio valiente de Cristo Jesús.

Bueno, también, hemos traído como ofrenda el ofrecerle a la Virgen María nuestra iglesia catedral ya reconsagrada a su titularidad original, que aquí limpia Concepción de María que celebramos aquí en el Tepeyac bajo la advocación de Guadalupe. Bueno, ahí está la iglesia como un símbolo de una iglesia que se renueva, que quiere atraer a todos, que quiere cumplir su misión, con audacia, entrega, valentía en la vivencia del Evangelio. Este año celebramos un aniversario importante de san Pablo y todos estos acontecimientos, hasta ahora no nos habían dado la oportunidad de celebrar a san Pablo.

En unos días más, porque ya se lo he pedido al padre canciller, daré a conocer una carta circular que llegar a toda la diócesis con una breve semblanza sobre san Pablo y la posibilidad de ganar la indulgencia plenaria. En los principales pueblos de nuestra diócesis, desde luego: en Irapuato en la catedral, en Salamanca en el Señor del Hospital, en Pénjamo en san Francisco, de Pénjamo la parroquia principal, en Valle de Santiago el Señor Santiago, En Abasolo nuestra Madre Santísima de la Luz. Con las condiciones propias que la Iglesia pide para ganar la indulgencia, lo que puedo pedirles ya desde ahora en consonancia con el Sínodo que se está llevando acabo; es que durante este tiempo nosotros releamos las cartas de san Pablo. Nuestros párrocos me han prometido que van a tener en sus parroquias a disposición biblias a buen precio, de buena edición o al menos el Nuevo Testamento para poder a disposición de todos las cartas de san Pablo y que cada uno comenzando con la Carta a los Romanos vayamos leyendo un trozo cada día. A lo mejor los padres pueden proponerse una lectura un poquito más larga, quizá un capítulo cada día, algunos ya lo están haciendo. Pero nuestro propósito este año de san Pablo conocer sus escritos profundizar su vida en su ejemplo. Y también este año los padres franciscanos cumplen un aniversario importante, creo que son ochocientos años de san Francisco y me han pedido un jubileo particular, que tendrá lugar ahí en la Ciudad de Irapuato en el convento franciscano de las ordenes de los hermanos menores. En las principales festividades de la orden de san Francisco.

Bueno, estos son los acontecimientos que nos llenan de alegría y que el día de hoy han llenado esta Basílica, a mí me alegra que haya aumentado el número. En cuanto a lo peregrinos de a pie, me dicen que este año se sumó un buen número de jóvenes, una esperanza, y eso que el padre Lucho no pone todo su empeño. Yo quiero que sigamos promoviendo para que no sea principalmente Salamanca la que carga con el peso, sino toda la diócesis aunque ya pude constatar, ahora que estuve en el Monumento de Chapa de Mota, que hay representación de todas las parroquias. Esta mañana nos acompaña también una hermosa rondalla de Salamanca, que se puso a prepararse, se sumaron varias animando nuestra liturgia para que podamos orar y cantar. Pero esta mañana estos acontecimientos se ven iluminados por la Palabra de Dios, el testimonio de vida de san Pablo. En primer lugar él nos muestra como: un creyente aislado no tendría sentido; un presbítero aislado, aún un apóstol no tendría sentido. Por eso él nos cuenta que fue a Jerusalén y se unió con los apóstoles y nos revela un poco lo que tuvo lugar en el concilio de Jerusalén en donde se decidieron grandes cosas, pero principalmente el compromiso evangelizador de que él iría a los paganos mientras Pedro y otros apóstoles, irían con los judíos. El compromiso evangelizador, el signo de comunión, la conducta de un discípulo en comunión de doctrina, de vida, de fe para dar testimonio, como en las palabras que él dice para que no resultaran inútiles los trabajos pasados, presentes que había realizado.

No corramos en balde, manteniéndonos aislados y segregados de la comunidad. Un discípulo está en comunión con la autoridad, con sus hermanos, en el testimonio de fe. Y luego Jesús nos enseña, que lo que hagamos sea para mayor gloria de Dios, mayor gloria de Dios, por eso Él con su ejemplo, con sus actitudes, con práctica nos muestra el camino. Él vino para dar gloria al Padre: “he aquí que yo vengo para cumplir tu voluntad”. Y oraba largo tiempo y cuando sus discípulos se acercan y le dicen: “enséñanos a orar”. Vean lo que dice: “entonces cuando oren digan: Padre santificado sea tu nombre, la gloria para Él, que venga tu reino a nosotros, se haga presente, danos hoy nuestro pan de cada día”. Ahí está nuestra confianza Él está con nosotros su providencia nos cuida, pues, “perdona nuestra ofensas, somos pecadores”. Pero estamos comprometidos a dar testimonio como Cristo Jesús: “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden no nos dejes caer en la tentación”. Pues, bien a la luz de esta palabra de Pablo, que quiso después de catorce años, dice: “volví de Jerusalén con Bernabé y también con Tito porque Dios me lo había revelado y ahí en una reunión privada con los indigentes le expuse el Evangelio que predicó a los paganos y esto para que mi trabajo, mis trabajos pasados y presentes no resultaran inútiles”. Y cuando el descubrió de que Pedro no se comportaba coherentemente lo reprendió y se enfrentó. El amor no está peleado con la corrección fraterna, con la cercanía. A quien se le quiere se le corrige, se le apoya, se le ayuda a encontrar la verdad.

Bueno, una vez que hemos revisado brevemente la vida y los acontecimientos en que participamos. Hemos escuchado la Palabra de Dios ¿Qué hemos de hacer? Bueno, pues, hemos venido a encontrarnos aquí con al Virgen María, pero toda devoción auténtica nos lleva a Cristo. Hagamos una profunda renovación de nuestra fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios a quien nosotros reconocemos amamos, queremos servir a quien queremos seguir y ser sus discípulos comprometámonos con Él en esta tarea de la nueva evangelización, pero de verdad. Entonces nuestro plan no es algo que está guardado allí en el armario, unas hojas viejas que podamos fotocopiar de cualquier manera. Es la Palabra de Dios concreta, la respuesta que hemos recibido para vivir el Evangelio en nuestros días en esas circunstancias particulares que nos ha tocado y que son muy distintas y variadas para todos llenas de grandes retos.

Nuestra diócesis, ya saben que no es una diócesis urbana, es una diócesis rural y en algunos lugares difíciles. Recientemente han asaltado a uno de nuestros padres y ha recaído y está sufriendo y se ve amenazado, pero ahí la cercanía, la fraternidad, el impulso, y otros se topan con las grandes dificultades pastorales. Nuestros hermanos laicos tienen también sus propias responsabilidades, ellos también comparten con nosotros las fatigas de cada día.

Pues, este día a los pies de María que recibió de Cristo en la cruz el mandato: “Madre ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu Madre”. Nosotros venimos para encontrarnos con Él y a la sombra de la Madre escuchar las dulces palabras: “hijo no estoy yo aquí que soy tu Madre”. Para salir con renovado entusiasmo, fortalecidos en nuestros proyectos a seguir adelante. Y que el Señor nos conceda en año próximo volver y llenar más esta Basílica, contagiar a otros de este espíritu evangelizador, venir para ofrecer nuestra vida al Señor, como una etapa importante de la vida diocesana.

Que el Señor bendiga todas las familias, que están aquí presentes, todos los presentes, familiares y amigos pongamos en el altar del Señor todos nuestros proyectos. Cada uno trae proyectos generales, familiares, personales, que pondremos en el altar del Señor juntos por medio de Cristo las ofreceremos al Padre y de la mano de María le pediremos que bendiga la marcha de nuestra diócesis.

Que así sea.

 
 
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