Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José de Jesús Martínez
Zepeda, Obispo de la Diócesis de Irapuato,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de
Guadalupe.
Muy queridos hermanos en el sacerdocio ministerial. Me acompañan
el día de hoy un buen grupo del presbiterio de la Diócesis de Irapuato.
Muy queridas hermanas de la Vida Consagrada, hermanas y hermanos,
todos en el Señor, hermanos en el sacerdocio bautismal.
Pues, esta mañana llegan a su culminación diez de caminar tras
una meta. Se cumple el propósito de llegar al Tepeyac para postrarnos
a las plantas de la Virgen María de Guadalupe. Ciertamente, ha sido
un gran esfuerzo para seiscientas cincuenta personas, que han venido
caminando en representación de toda la diócesis. Del grupo de hombres,
mujeres y jóvenes que han venido en apoyo, como maleteros, con la
bocina, en el servicio, en la seguridad, en la atención. Mil cincuenta
personas y un nutrido número de representantes de sacerdotes, de
religiosas, bueno, miembros de la Vida Consagrada. El pueblo de
Dios que se ha sumado esta mañana para participar en la celebración
eucarística. Teníamos un propósito que cada día cobra mayor fuerza
en esta diócesis que tiene poco menos de cinco años, cuatro años
y meses de fundada, pero que desde el primer año puso como una etapa
de su vida diocesana la peregrinación a la Basílica del Tepeyac
para postrarse a las plantas de la Virgen Santa María de Guadalupe,
que es un impulso para nuestros trabajos en la vida pastoral. Así
lo ha sido este año porque queremos venir aquí a sus plantas, escuchar
nuevamente la promesa: quiero un lugar donde yo escuche las necesidades
de mis hijos y pueda consolarlos y dar respuesta a sus inquietudes.
¿por qué? ¿por qué se inquietan? ¿a caso no estoy yo aquí que soy
su Madre? Bueno, pues, este año nosotros hemos querido traer no
solamente rosas, flores, nuevos proyectos. Hemos querido traer unas
ofrendas particulares, que han sido el núcleo y el corazón de nuestro
trabajo pastoral de este año.
Por eso en primer lugar, hemos enviado la peregrinación, pues,
nuestro plan de pastoral, ese compromiso que es el fruto de haberle
preguntado al Señor ¿Señor qué quieres de nosotros? ¿Señor cómo
quieres que cumplamos tu voluntad? Y Él bondadosamente nos ha respondido
en la oración, en el discernimiento, en la valoración. Y hemos podido
plasmarlo en lo que llamamos nuestro plan de pastoral. Y ahí tenemos
el camino espiritual de esta diócesis. Camino de vida cristiana
para todos los miembros de la iglesia local: el obispo, los presbíteros,
los diáconos, la vida consagrada, los laicos, el momento de la responsabilidad
de los laicos para retomar con renovado entusiasmo el compromiso
de anunciar a Cristo Jesús y emprender una audaz y renovado proyecto
de evangelización. Que abierto a las expectativas de la Iglesia
Universal sea nuestra colaboración a la nueva evangelización. Y
sumandos a los esfuerzos de nuestros hermanos obispos de México
y de América Latina sea la forma concreta de vivir nosotros la Misión
Continental. En parte conociendo el plan poniéndolo en práctica,
echando a andar este conjunto de iniciativas principalmente la iniciación
cristina y la formación de agentes, estamos ya en estado de misión,
sumados a la Misión Continental.
Ciertamente, ahora en noviembre habremos de sumarnos a todos
los esfuerzos, que la Conferencia Episcopal hará para que tengamos
un signo común en todo el país y después nos sumaremos a aquellas
iniciativas que nos sirvan de testimonio de que no estamos solos
sino en comunión dando esta respuesta, también, como Iglesia Universal,
continental, iglesia local y principalmente en el compromiso y en
la renovación de la iglesia parroquial de nuestras comunidades parroquiales.
Pues, entonces hemos traído en primer lugar nuestro plan de
pastoral. Pero le hemos dado también gracias por esta conciencia
que tenemos de que sino hay vocaciones en nuestra diócesis, no tenemos
un futuro asegurado por eso hemos de renovar nuestro propósito y
nuestra oración y nuestras prácticas pidiéndole y suplicándole al
Señor: Señor, danos vocaciones, damos muchos y muy santos sacerdotes.
Necesitamos, entonces, continuar con renovado entusiasmo cerca
de nuestros jóvenes proponiendo esos grandes ideales para descubrir
aquellos que han recibido este llamado del Señor a entregarse a
su servicio de tiempo completo. Y bueno ahí está el proyecto de
nuestra primera piedra de nuestro seminario, que es una realización,
un primer paso y una promesa. Son tiempos económicamente difíciles,
pero no son los primeros, otras tempestades nos han tocado, por
primera vez México puede enfrentar estas crisis con cierta tranquilidad
y con la cabeza levantada. Recordemos allá los años ochenta, ochenta
y dos, desastres terribles, hubo que quitarle hasta tres ceros a
nuestra moneda, ya no valía nada eran centavitos, décimas de centavo
y la última todavía, noventa y cuatro, nuestro peso se hizo polvo
de la noche a la mañana, de tres, a nueve, a doce, a diez, tormentas.
Ahora capoteamos y hemos estado siempre en las manos de la providencia.
Bueno, pues, nosotros seguimos confiados en las manos de la providencia,
somos realistas, pero tenemos esperanza. Entonces renovamos nuestro
lema: confiados en Jesucristo de la mano de María iremos adelante
y realizaremos lo que Dios quiera. Esperemos que podamos ir
adelante con nuestro seminario, pero necesitamos para nuestros seminaristas
y para nuestros laicos unas figuras valientes, deseosas de entregar
la vida, como nuestro santo mártir Bernabé de Jesús, cuya reliquia
desde el día 26 de septiembre está a los pies de la iglesia madre
de la Diócesis de Irapuato en su catedral. Como un testimonio más
invitándonos a todos a ser sus misioneros, sus amigos, sus discípulos,
sus testigos y dar testimonio valiente de Cristo Jesús.
Bueno, también, hemos traído como ofrenda el ofrecerle a la
Virgen María nuestra iglesia catedral ya reconsagrada a su titularidad
original, que aquí limpia Concepción de María que celebramos aquí
en el Tepeyac bajo la advocación de Guadalupe. Bueno, ahí está la
iglesia como un símbolo de una iglesia que se renueva, que quiere
atraer a todos, que quiere cumplir su misión, con audacia, entrega,
valentía en la vivencia del Evangelio. Este año celebramos un aniversario
importante de san Pablo y todos estos acontecimientos, hasta ahora
no nos habían dado la oportunidad de celebrar a san Pablo.
En unos días más, porque ya se lo he pedido al padre canciller,
daré a conocer una carta circular que llegar a toda la diócesis
con una breve semblanza sobre san Pablo y la posibilidad de ganar
la indulgencia plenaria. En los principales pueblos de nuestra diócesis,
desde luego: en Irapuato en la catedral, en Salamanca en el Señor
del Hospital, en Pénjamo en san Francisco, de Pénjamo la parroquia
principal, en Valle de Santiago el Señor Santiago, En Abasolo nuestra
Madre Santísima de la Luz. Con las condiciones propias que la Iglesia
pide para ganar la indulgencia, lo que puedo pedirles ya desde ahora
en consonancia con el Sínodo que se está llevando acabo; es que
durante este tiempo nosotros releamos las cartas de san Pablo. Nuestros
párrocos me han prometido que van a tener en sus parroquias a disposición
biblias a buen precio, de buena edición o al menos el Nuevo Testamento
para poder a disposición de todos las cartas de san Pablo y que
cada uno comenzando con la Carta a los Romanos vayamos leyendo un
trozo cada día. A lo mejor los padres pueden proponerse una lectura
un poquito más larga, quizá un capítulo cada día, algunos ya lo
están haciendo. Pero nuestro propósito este año de san Pablo conocer
sus escritos profundizar su vida en su ejemplo. Y también este año
los padres franciscanos cumplen un aniversario importante, creo
que son ochocientos años de san Francisco y me han pedido un jubileo
particular, que tendrá lugar ahí en la Ciudad de Irapuato en el
convento franciscano de las ordenes de los hermanos menores. En
las principales festividades de la orden de san Francisco.
Bueno, estos son los acontecimientos que nos llenan de alegría
y que el día de hoy han llenado esta Basílica, a mí me alegra que
haya aumentado el número. En cuanto a lo peregrinos de a pie, me
dicen que este año se sumó un buen número de jóvenes, una esperanza,
y eso que el padre Lucho no pone todo su empeño. Yo quiero que sigamos
promoviendo para que no sea principalmente Salamanca la que carga
con el peso, sino toda la diócesis aunque ya pude constatar, ahora
que estuve en el Monumento de Chapa de Mota, que hay representación
de todas las parroquias. Esta mañana nos acompaña también una hermosa
rondalla de Salamanca, que se puso a prepararse, se sumaron varias
animando nuestra liturgia para que podamos orar y cantar. Pero esta
mañana estos acontecimientos se ven iluminados por la Palabra de
Dios, el testimonio de vida de san Pablo. En primer lugar él nos
muestra como: un creyente aislado no tendría sentido; un presbítero
aislado, aún un apóstol no tendría sentido. Por eso él nos cuenta
que fue a Jerusalén y se unió con los apóstoles y nos revela un
poco lo que tuvo lugar en el concilio de Jerusalén en donde se decidieron
grandes cosas, pero principalmente el compromiso evangelizador de
que él iría a los paganos mientras Pedro y otros apóstoles, irían
con los judíos. El compromiso evangelizador, el signo de comunión,
la conducta de un discípulo en comunión de doctrina, de vida, de
fe para dar testimonio, como en las palabras que él dice para que
no resultaran inútiles los trabajos pasados, presentes que había
realizado.
No corramos en balde, manteniéndonos aislados y segregados
de la comunidad. Un discípulo está en comunión con la autoridad,
con sus hermanos, en el testimonio de fe. Y luego Jesús nos enseña,
que lo que hagamos sea para mayor gloria de Dios, mayor gloria de
Dios, por eso Él con su ejemplo, con sus actitudes, con práctica
nos muestra el camino. Él vino para dar gloria al Padre: “he
aquí que yo vengo para cumplir tu voluntad”. Y oraba largo tiempo
y cuando sus discípulos se acercan y le dicen: “enséñanos a orar”.
Vean lo que dice: “entonces cuando oren digan: Padre santificado
sea tu nombre, la gloria para Él, que venga tu reino a nosotros,
se haga presente, danos hoy nuestro pan de cada día”. Ahí está
nuestra confianza Él está con nosotros su providencia nos cuida,
pues, “perdona nuestra ofensas, somos pecadores”. Pero estamos
comprometidos a dar testimonio como Cristo Jesús: “así como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden no nos dejes caer en la tentación”.
Pues, bien a la luz de esta palabra de Pablo, que quiso después
de catorce años, dice: “volví de Jerusalén con Bernabé y también
con Tito porque Dios me lo había revelado y ahí en una reunión privada
con los indigentes le expuse el Evangelio que predicó a los paganos
y esto para que mi trabajo, mis trabajos pasados y presentes no
resultaran inútiles”. Y cuando el descubrió de que Pedro no
se comportaba coherentemente lo reprendió y se enfrentó. El amor
no está peleado con la corrección fraterna, con la cercanía. A quien
se le quiere se le corrige, se le apoya, se le ayuda a encontrar
la verdad.
Bueno, una vez que hemos revisado brevemente la vida y los
acontecimientos en que participamos. Hemos escuchado la Palabra
de Dios ¿Qué hemos de hacer? Bueno, pues, hemos venido a encontrarnos
aquí con al Virgen María, pero toda devoción auténtica nos lleva
a Cristo. Hagamos una profunda renovación de nuestra fe en Cristo
Jesús, Hijo de Dios a quien nosotros reconocemos amamos, queremos
servir a quien queremos seguir y ser sus discípulos comprometámonos
con Él en esta tarea de la nueva evangelización, pero de verdad.
Entonces nuestro plan no es algo que está guardado allí en el armario,
unas hojas viejas que podamos fotocopiar de cualquier manera. Es
la Palabra de Dios concreta, la respuesta que hemos recibido para
vivir el Evangelio en nuestros días en esas circunstancias particulares
que nos ha tocado y que son muy distintas y variadas para todos
llenas de grandes retos.
Nuestra diócesis, ya saben que no es una diócesis urbana, es
una diócesis rural y en algunos lugares difíciles. Recientemente
han asaltado a uno de nuestros padres y ha recaído y está sufriendo
y se ve amenazado, pero ahí la cercanía, la fraternidad, el impulso,
y otros se topan con las grandes dificultades pastorales. Nuestros
hermanos laicos tienen también sus propias responsabilidades, ellos
también comparten con nosotros las fatigas de cada día.
Pues, este día a los pies de María que recibió de Cristo en
la cruz el mandato: “Madre ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes
a tu Madre”. Nosotros venimos para encontrarnos con Él y a la
sombra de la Madre escuchar las dulces palabras: “hijo no estoy
yo aquí que soy tu Madre”. Para salir con renovado entusiasmo,
fortalecidos en nuestros proyectos a seguir adelante. Y que el Señor
nos conceda en año próximo volver y llenar más esta Basílica, contagiar
a otros de este espíritu evangelizador, venir para ofrecer nuestra
vida al Señor, como una etapa importante de la vida diocesana.
Que el Señor bendiga todas las familias, que están aquí presentes,
todos los presentes, familiares y amigos pongamos en el altar del
Señor todos nuestros proyectos. Cada uno trae proyectos generales,
familiares, personales, que pondremos en el altar del Señor juntos
por medio de Cristo las ofreceremos al Padre y de la mano de María
le pediremos que bendiga la marcha de nuestra diócesis.
Que así sea.