pronunciada
por Mons. Lucas Martínez Lara, Obispo de la Diócesis
de Matehuala, en ocasión de la peregrinación de su diócesis,
a la Basílica de Guadalupe.
4 de noviembre de 2008
Queridísimos hermanos, todos, ante María de Guadalupe nos presentamos
todos nosotros unidos a Cristo Sacerdote por el bautismo, participantes
de su sacerdocio ministerial para alabar a nuestro Dios por quien
se vive. Y nos encontramos en la presencia de esta bendita imagen,
que nos hace sentir la ternura materna de Dios y la fuerza que brota
de la Eucaristía, porque María de Guadalupe es la Mujer Eucarística,
la Mujer que nos da a Jesús desde su propia carne y sangre. La mujer
que nos da a Jesús de quien nosotros nos alimentamos al estar aquí
reunidos en esta celebración.
Hemos venido caminando, como una expresión de vida y traemos
las alegrías de la lluvia que ha empapado un poco más nuestras tierras,
pero sobretodo de la gracia, que a través de la eucaristía celebrada
y de las vigilias donde se le honra nos ha fortalecido en nuestra
condición de caminantes. Venimos agradecer todo aquello que el Señor
nos ha dado en nuestras familias, en nuestras niñas y niños, en
nuestros jóvenes y toda esta inquietud que despierta en nosotros
los pastores para hacer de nuestra iglesia particular de Matehuala
el templo que María encomienda a Juan Diego, que se construya para
nuestro Dios. Que nuestra diócesis sea ese gran templo donde todos
los que tenemos fe, los que vienen para preguntarse en nuestro pensamiento
¿qué es eso? O aquellos que curiosamente con otras intenciones se
acercan a este monumento que es nuestro templo, que así todos se
acerquen para construir la Iglesia, Cuerpo de Cristo, templo de
Dios en nuestra porción de la Diócesis de Matehuala.
Queridos hermanos, hemos venido caminando y traemos la alegría
de nuestras familias, pero también sus pesares, sus inquietudes,
pero tanto los que han quedado en casa, como quienes hemos venido
a este templo, nos encaminamos para indicar que esta vida es proceso,
es un paso a paso y que hoy nos concentramos bajo la mirada de María
para caminar y comer. Para fortalecer nuestra vida aquí en la Eucaristía
y poder caminar, porque nosotros creemos en el Dios de la vida,
porque nosotros buscamos eliminar aquello que en nuestra persona
y en nuestro ambiente contribuya para eliminar lo que sea muerte.
El Dios en el que creemos, es el Dios que por María de Guadalupe
le habló aún indio pobre y que nos invita a nosotros a clarificar
cada vez más esa pobreza que Jesús anuncia con su vida y con su
Palabra y que toma muchos rasgos en nuestra vida diocesana. Pobreza
que es muerte y que nos invita para anunciar al Dios de la vida
¿y cuántos sentimientos se revuelven en nuestro interior? Sí, experimentamos
que no somos pobres. Hermanos, ser pobre es un intento de vivir
como personas. Así se acerca aquel indio pobre, porque se va a personificar
en el encuentro con la Palabra de Dios y a tomar conciencia de su
condición humana y cristiana y en ese caminar la presencia de María.
La presencia de María que le invita para que desde su condición
de pobre anuncié al Dios de la vida. Hermanos, ser pobre es valorar
lo que tenemos. La alegría de sabernos amados por Dios es una vivencia
humana profunda y a ello se opone la tristeza.
Esta peregrinación, no obstante el cansancio que mostramos
en nuestros cuerpos, nuestra alma tiene alegría y esta alegría se
ve enaltecida al culminar aquí en esta mesa; a ella se opone la
tristeza. Lo que se opone a la alegría es la tristeza no el sufrimiento
y venimos para encontrarnos con el rostro sonriente de la Virgen
y recuperar la alegría. La alegría en seguir esforzándonos en vivir
como hermanos; la alegría de amar nuestra tierra y desde ahí construir
el templo que el Señor quiere donde Él se ofrece para salvación
de todos.
Hoy venimos para buscar esa alegría y reencontrarla. La alegría
de saber esforzarnos por tener cada vez más claro el camino evangelizador
en nuestra diócesis. Impulsarnos para alejar de nosotros toda aquella
tristeza que paralice y tener delante ese plan pastoral que buscamos
para que nuestra alegría se completa. Saber vivir la alegría de
nuestra y de nuestra esperanza en medio de sufrimientos, de luchas,
de tensiones, estamos llamados a eliminar cada vez más. A eliminar
sus causas porque, hermanos, nosotros: anunciamos la muerte y
proclamamos la resurrección, y la resurrección, hermanos, es
la muerte de la muerte.
Hemos venido a alejar de nosotros todo aquello que paralice
nuestra condición de cristianos y que nos impulse para seguir caminado
en la unidad de hermanos, sí dar la vida para eso la recibimos.
Dar la vida comprende todas las dimensiones humanas, peregrinar,
comunicar el Evangelio: comer, rezar, ser solidarios con las luchas
e intereses de nuestros hermanos. Porque estamos llamados para que
ese Evangelio se torne una manifestación concreta en la vida que
aquellos que nos rodean. Porque es cierto como dice un autor: si
yo tengo hambre es un problema material, pero si otro tiene hambre
ese es un problema espiritual. Y hoy requerimos tener ese corazón
abierto con el que Jesús va trazando el estilo de sus seguidores
en el evangelio de san Mateo. En mi prójimo ahí donde tengo que
resolver ese problema de amor y de solidaridad y de compromiso y
tengo que reafirmar aquello que recibí en el bautismo y que me hizo
como un bebé mostrarme contemplativo ante el don de Dios. Hermanos,
ser contemplativos es la gratuidad del amor de Dios, cuando es
por nuestros méritos lo que hacemos, entonces, desconfiamos del
cariño que se nos tiene, porque pensamos que el día que ya no los
tengamos no seremos amados. El amor tiende a su raíz a ser gratuito
y nosotros, nos revela María de Guadalupe, somos amados gratuitamente
por Dios. Dios nos ama porque existimos, porque nos hizo y aquí
es donde nos fortalece todo otro lenguaje que queramos pronunciar:
el lenguaje de la justicia y el lenguaje de la gratuidad.
Recordemos, aquí en la cercanía de Madre aquello que la escritura
nos presenta en el Libro de Job, un hombre que sufre y que sufre
injustamente, que sufre inocentemente, como muchos en nuestro pueblo
y que vienen unos amigos a consolarlo y le echan unos discursos
teológicos impresionantes y Job se desespera con esta palabrería
teológica, y les dice: “ustedes son unos médicos mata sanos,
ustedes son unos consoladores inoportunos”. ¿Cómo queremos deberás
no recibir ese calificativo? ¿cómo queremos acercarnos a la Madre
para que Ella nos enseñe a tener esa caridad profunda?, sí, usar
un lenguaje que parta del corazón mismo, que parta de una historia
en la que el Señor se encarnó.
San Juan, nos dice: que el Señor puso su carpa en medio de
nosotros; en medio de la historia; en medio del altiplano potosino,
en nuestra Diócesis de Matehuala y nosotros estamos llamados a ser
testigos de esa presencia del Señor, en nuestro pueblo y en nuestro
lugar. Proceso largo, difícil, ¿por qué no decirlo? profundamente
alegre al mismo tiempo.
Hoy pidámosle a la Virgen que nos de esa alegría del corazón.
Esa alegría del corazón para seguir buscándonos unos a otros. Esa
alegría del corazón para seguir mirando hacia delante por encima
de los montes que se atraviesen. Un decirle a María la Mujer Eucarística
que reciba todo lo que hoy traemos como ofrenda: nuestras alegrías,
sí, la alegría de unos nuevos diáconos, la alegría de unos seminaristas,
la alegría de estar buscando cómo fortalecer nuestra condición de
evangelizadores, la alegría de conjuntar nuestro pensamiento con
nuestra acción para realizar lo que el Señor quiere. Él quiere obras
en la extensión de su reino.
Queridos hermanos, hoy le invito para que nos dirijamos a esta
Mujer Eucarística y le pidamos que el dinamismo de nuestra iglesia
particular lleve un rostro eucarístico. Que se apoye en ese llamado
para anunciar a Jesús, porque hemos sido elegidos por el Padre del
Cielo y porque poco a poco se va formando en nosotros la conciencia
de ser pueblo de Dios. Que sepamos caminar animados por una multiplicidad
de agentes. La gran aspiración de Moisés es: “ojala que todo
el pueblo profetice”. Que nuestra gran aspiración Señora sea
que todo nuestro pueblo sea agente de pastoral que anuncie y lleve
a Cristo. Que sepamos salir a festejar la fiesta del Señor y que
nuestra Eucaristía comience con una mentalidad de bautizados, ahí
donde nosotros constituidos en hijos de Dios nos encaminamos para
celebrar litúrgica y vitalmente el sacrifico del Señor.
Hoy venimos ante María de Guadalupe para pedirle que sepamos
construir ese templo donde alegres nos demos la paz y nos nutramos
de su Hijo Jesús, que es comida para dar vida. Somos caminantes
necesitamos comer. Tenemos vida, porque hemos recibido el bautismo.
Buscamos plenificar esa vida en una Eucaristía que desborde ofrenda,
que desborde entrega, que desborde oración, que desborde sacrificio
de amor, que desborde unidad.
Que la Santísima Virgen nos enseñe, como a Juan Diego, a dar
una y otra vuelta, un paso y otro paso para que finalmente aparezca
lo que Ella quiere el mandato del Señor a través de su bendita imagen.
Hermanos, todos, que seamos portadores del mensaje que la Virgen
nos da y que renovemos en nosotros el entusiasmo de caminar, porque
somos gente de vida, de alimentarnos para que esta vida se sostenga
y tener en María de Guadalupe a la Madre, a la Mujer Eucarística.
Así sea.