Homilía
pronunciada por Mons. Rodrigo Aguilar Martínez,
Obispo de la Diócesis de Tehuacán, Puebla,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.
3 de febrero de 2008
Hermanas y hermanos todos en Cristo Jesús:
Al venir como peregrinos a esta colina del Tepeyac y encontramos
con nuestra Madre buena, la siempre Virgen María de Guadalupe, ella
nos acerca a Cristo Jesús para que hagamos lo que Él nos diga (cf.
Jn 2, 5).
Queremos encontrarnos con Jesús para reavivar nuestro espíritu
de discípulos y misioneros, como nos invita el Acontecimiento y
Documento de Aparecida.
Siguiendo el texto del Evangelio de san Mateo que se ha proclamado,
escuchamos y contemplamos a Jesús casi al inicio de su misión. Recordemos
el texto del domingo pasado: Jesús ha invitado a dos pares de hermanos
para que lo sigan, y ellos han respondido con prontitud (cf. Mt
4, 19-22); Jesús ha empezado a recorrer Galilea enseñando en las
sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino, curando toda enfermedad
y dolencia en el pueblo (cf. Mt 4, 23); le sigue una gran muchedumbre,
venida de diversas regiones. Así tenemos, por una parte, que Jesús
enseña, proclama y cura; por otra parte, la gente lo sigue y le
lleva enfermos para que los cure. En aquel momento, nos dice el
texto que se ha proclamado hoy, "cuando Jesús vio a la muchedumbre,
subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos."
(Mt 5, 1). Los discípulos se distinguen entre la muchedumbre,
tienen una actitud diferente, la de imitar un estilo de vida que
brota de la enseñanza de Jesús Maestro, enseñanza muy unida a sus
acciones.
El texto del Evangelio de hoy es el inicio de un largo discurso
que conocemos como el sermón de la montaña, el cual ocupa tres capítulos
completos en el evangelio de san Mateo y es una promulgación de
los principios que han de orientar la vida de los discípulos. La
actitud de Jesús, de subir al monte, es más simbólica que física;
se trata de una indicación que expresará en la enseñanza: para estar
con Jesús y seguido, hay que subir a criterios más elevados de reflexión
y de vida. De modo que también 'nosotros queremos subir y estar
con Jesús, al llegar a esta colina del Tepeyac, para escuchado y
aprender de su enseñanza y de su vida.
La primera palabra de Jesús en el monte es un grito de alegría:
"Dichosos", y la repite 9 veces, pero la aplica
los pobres, los que lloran, los que sufren, los que tienen hambre,
los misericordiosos, los perseguidos, como debían ser muchos de
los ahí presentes entonces y también hoy en esta Eucaristía.
El estilo de vida que Jesús anuncia, resulta sorpresivo y difícil
de aceptar. Nosotros pensamos que es dichoso el rico, el que ríe
y experimenta el placer, el sano y satisfecho, el poderoso, el exitoso.
Tal vez en nuestra peregrinación hasta traemos alguna secreta petición
en ese sentido a la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, el modo de
Jesús de ver y juzgar la realidad, es opuesto al del mundo de entonces
y de ahora. Ser discípulo de Jesús es estar dispuesto a entrar en
esa perspectiva que Él señala. Las bienaventuranzas que Jesús pronuncia
son una presentación de su misma vida, que culminará en la pasión
y la muerte en cruz. Las bienaventuranzas y todo el sermón de la
montaña son un programa de vida chocante e incompatible para los
criterios mundanos, pero el modelo para la comunidad de discípulos
de Jesús.
"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el
Reino de los cielos." (Mt 5, 3). Lo que Jesús expone no significa que el dinero sea malo, o
que sea malo el tener mucho, la riqueza. El "Compendio de
la Doctrina Social de la Iglesia" comenta que "las
riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo debe usar
y hacer circular, de manera que también los necesitados. Puedan
gozar de él; el mal se encuentra en el apego desordenado a las riquezas,
en el deseo de acapararlas." (n. 329).
El ser "pobre de espíritu" tampoco significa
despreciar el valor de los bienes materiales o ser descuidado en
su producción y uso. De hecho el discípulo de Cristo debe estar
atento a ser productivo, de manera que el aumento de bienes se manifieste
en difusión de servicios, por ejemplo que todos tengan acceso a
los servicios básicos, como agua, luz, vivienda, caminos, trabajo.
El pobre de espíritu no está apegado a lo que es y tiene
en todos los aspectos, sea en lo material, en lo intelectual, en
lo afectivo, en habilidades, en títulos y cargos, incluso en la
vida espiritual. No lo tiene para atesorarlo y presumir, vanagloriándose
ante los demás y ante Dios, sino que está agradecido con Dios, (todo
abandonado en Él. y lo comparte con los necesitados, siendo desprendido
y solidario; su riqueza es Cristo Jesús, de quien se convierte en
discípulo convencido porque, como dice san Pablo, Cristo es "nuestra
sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención"
(1 Cor 1, 30), por eso no se gloría de sí mismo - "el que
se gloría, que se gloríe en el Señor" (1 Cor 1, 31); por
eso también de él es "el Reino de los cielos."
Estar centrado no en sí mismo sino en Dios y en el bien de
los demás, cambia las actitudes y la perspectiva de la dicha: Dichosos
los que lloran... los que tienen hambre y sed de justicia... los
misericordiosos... los limpios de corazón... porque su heredad
es el Señor, que -como dice el salmo 145- "proporciona pan
a los hambrientos... libera al cautivo... alivia al agobiado...
sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna los planes del malvado."
El mensaje de Jesús no va dirigido a una minoría selecta, a
un grupo de perfectos, sino a la muchedumbre, a quien quiera asumir
la paradójica perspectiva de su estilo de vida: Jesús es el pobre
de espíritu, se ha desposeído de sí mismo, renunciando a sus pretensiones
personales, dispuesto a cumplir con obediencia total la voluntad
del Padre. Jesús ha llorado por la maldad humana, por los que lo
rechazan y no quieren entrar en el misterio de la salvación de Dios:
Jesús ha sufrido y ha asumido el sufrimiento como camino de redención.
Frente a los que siguen presentando la felicidad en el disfrute
del cuerpo, de la mesa, de la cama, de la belleza física, Jesús
presenta una opción contrastante, arriesgada y aparentemente irreal;
pero ya la vive y la irá mostrando a lo largo de su misión; en el
punto culminante, el hecho destructivo de la cruz es iluminado por
la luz de la resurrección. Por otra parte, los dos mil años de historia
de los discípulos perseverantes de Jesús, muestran que es el camino
que da la verdadera dicha, la que nadie les podrá quitar.
Busquemos al Señor, como nos invita el profeta Sofonías. Formemos
parte de ese "puñado de gente pobre y humilde... que no
se guía por la maldad o las mentiras... y pone su confianza en el
Señor".
Como peregrinos, venimos con fe humilde y confiada. No presumimos
de nosotros mismos, sino que nos gloriamos en el Señor, reafirmando
nuestra opción de ser discípulos fieles y ardorosos misioneros de
Cristo Jesús con el programa de vida de las bienaventuranzas y de
todo el sermón de la montaña; programa que anhelamos nos ilumine
en la aplicación del plan diocesano de pastoral -que incluye los
planes respectivos a nivel decanal y parroquial- y que hoy presentamos
a Dios por intercesión de la Virgen María de Guadalupe. Los textos
que se entregarán como ofrenda, representan muchas horas de trabajo,
de diálogo, de oración de buen número de personas. Dios, que conoce
a fondo el corazón humano, tiene los nombres escritos en el Libro
de la Vida; pero más todavía, Dios nos conducirá y sostendrá con
su Espíritu en la aplicación de este plan de pastoral a nivel diocesano,
decanal y parroquial.
También como discípulos iluminados por el programa de vida
de las bienaventuranzas, queremos que la Virgen María de Guadalupe
nos acompañe en la ofrenda de la Visita Pastoral que iremos realizando
a lo largo de este año. Queremos vivir lo que menciona el "Directorio
para el ministerio pastoral de los obispos" acerca de la Visita
Pastoral como "una oportunidad para reanimar las energías
de los agentes evangelizadores, felicitarlos, animarlos y consolarlos;
es también la ocasión para invitar a todos los fieles a la renovación
de la propia vida cristiana y a una acción apostólica más intensa.
La visita nos permite, además, examinar la eficiencia de las
estructuras y de los instrumentos destinados al servicio pastoral,
dándonos cuenta de las circunstancias y dificultades del trabajo
evangelizador, para poder determinar mejor las prioridades y los
medios de la pastoral orgánica.” (n. 220).
No puedo dejar de mencionar, aunque sea brevemente, que el
Tiempo Ordinario en la Liturgia, que apenas hemos iniciado hace
tres semanas precisamente ayer hemos celebrado la fiesta de la Presentación
de Jesús en el templo, que nos une a la Navidad-, dentro de unos
días quedará interrumpido, al dar inicio la Cuaresma con la celebración
del Miércoles de Ceniza. Que este rito y la penitencia cuaresmal-expresada
en la intensificación de la oración, el ayuno y la limosna- nos
ayuden a tener "fijos los ojos en Jesús, consumador de nuestra
fe” (Hb 12, 2), para morir con Él y resucitar con Él, de modo
que en nuestra relación y en nuestro trabajo compartamos la vida
nueva en Cristo Jesús.
Con este propósito, es saludable que leamos detenidamente,
difundamos y vivamos el Mensaje del Papa Benedicto XVI sobre la
Cuaresma de este año, en que a partir del texto de san Pablo en
la segunda carta a los corintios "Jesucristo, siendo rico,
por vosotros se hizo pobre” (8,9) - nos motiva a vivir la limosna
como uno de los ejercicios cuaresmales, para seguir a Cristo Jesús
como discípulos. En efecto, la limosna es un ejercicio penitencial
de purificación y de comunión solidaria. Pero, como dice el Papa,
que el ejercicio de la limosna no se haga por vanagloria, acorde
con las lecturas de este domingo. De hecho la mejor limosna es la
del pobre de espíritu, que la realiza silenciosamente, apareciendo
demasiado poco o nada, gustoso de compartir lo mucho que ha recibido
de Dios. Por otro lado, nos dice también el Papa una verdad muy
fuerte para América Latina, en concreto para nuestra Diócesis: "La
llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los
países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto
que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia
y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es
un deber de justicia aun antes que un acto de caridad”. Mucho
tenemos que hacer al interno de nuestra Diócesis, apoyándonos entre
parroquias y decanatos, y también en ayuda a otras comunidades fuera
de la Diócesis y que están más necesitadas.
Nuestra Madre la siempre Virgen María de Guadalupe, nos acompañe
en este seguimiento perseverante y anuncio apasionado de Cristo
Jesús.