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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez, IV Obispo de la Diócesis de Tula, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

19 de enero de 2008

 

Muy queridos hermanos y hermanas en el sacerdocio común de los fieles por el bautismo; queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; estimados hermanos y hermanas de la vida consagrada; apreciables seminaristas:

Con gran gozo nos hemos congregado a las plantas de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe para ponemos en sus manos y escuchar de sus benditos labios las dulces palabras que le dirigiera a San Juan Diego: "Hijito mío ¿dónde vas? ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”. Palabras llenas de amor y ternura maternas, pero también de una gran profundidad existencial: ¿dónde vas? o sea: ¿cuál es el sentido de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos, tus ideales, tus aspiraciones? Pregunta que también hoy nos dirige a todos como Diócesis que peregrina en Tula, por casi ya 50 años y nos dice: ¿hacia donde van?, ¿cuáles son sus metas, antes, en y después de la celebración del año jubilar?, ¿qué modelo de Iglesia tienen ahora y qué modelo de Iglesia quisieran tener que responda mejor a las exigencias del comienzo del tercer milenio? Preguntas que requieren de todos una respuesta desde lo que cada uno es: sacerdote, religioso, religiosa, seminarista, laico comprometido o no.

Nuestra respuesta, como en toda la Historia de la Salvación, debe ser de fe y de esperanza, pues se trata de nuestro compromiso de construir el Reino de Dios, aquí y ahora.

Respuesta que implica un agradecimiento por el pasado, pues el presente no se comprendería sin todo el arduo y difícil trabajo de quienes antes que nosotros han preparado la tierra, y luego sembraron llenos de esperanza, confiando en que un día la semilla fructifique.

Respuesta que nos compromete en el presente, redoblando esfuerzos para inculturar el evangelio en el contexto de una nueva evangelización: nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión. Nos corresponde vivir el ahora con pasión, es decir: dando lo mejor de nosotros mismos hacia los demás, esforzándonos por ser una Iglesia Discípula y Misionera, que desea responder a los desafíos de este tiempo: al fenómeno de la globalización, al creciente secularismo, a la migración, al desempleo, a la crisis de valores en la familia, al imperialismo de la cultura de la muerte, al impacto que tienen los medios de comunicación social. Desde el punto de vista eclesial: el número cada vez mayor de adolescentes y jóvenes a quienes la fe y la Iglesia no les dice nada, el paso acelerado del avance de las Sectas, las crisis de fe y de identidad de los católicos, el conformismo en evangelizar sólo a los pocos que quedan dentro, nuestras resistencias a una verdadera pastoral de conjunto, nuestras faltas de testimonio y de vivencia de una auténtica espiritualidad de comunión.

Aparecida, nuevo Pentecostés para la Iglesia

Ha concluido la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en el santuario de Ntra. Sra. Aparecida, Brasil, del 13 al 31 de mayo del año 2007. Ya tenemos en nuestras manos el Documento Conclusivo que merece ser estudiado a profundidad y, sobre todo, puesto en práctica.

Pero Aparecida es mucho más que una Conferencia, es mucho más que un Documento, es un acontecimiento eclesial que marcará la historia de la Iglesia en nuestro Continente.

Aparecida es un espíritu que cual nuevo Pentecostés ha traído aire fresco a la Iglesia que peregrina en este amado Continente de la Esperanza, llamado por Benedicto XVI a ser también el Continente del Amor.

Aparecida es amor, es vida, es alegría y esperanza. Aparecida es dinamismo para enfrentar los nuevos desafíos misioneros. Aparecida es conversión pastoral; es dimensión bíblica de la pastoral; es promoción de la dignidad humana; opción preferencial por los pobres y excluidos; rostros sufrientes que nos duelen; Comunidades de Base con espacios privilegiados para la vivencia comunitaria de la fe, manantiales de fraternidad y solidaridad alternativa a la sociedad actual fundada en el egoísmo y en la competencia despiadada; es la Iglesia de este continente que vuelve a estar de pie sin miedos ni temores con la "parresía" de los Apóstoles y dispuesta remar mar adentro para lanzar las redes con renovado entusiasmo.

Aparecida es alegría, es gozo. Es una mirada llena de gratitud de discípulos hacia la compleja realidad socio-económica, política y cultural de América Latina sin amarguras ni lamentos, con sus luces y sombras, con el esplendor de la verdad y la mirada puesta en Jesús resucitado que nos repite el envío misionero: "Vayan por todas partes y prediquen el evangelio". Aparecida es todo el Continente en estado de misión. Aparecida es vida nueva para todos; no la vida a cuenta gotas mendigada o una simple supervivencia sin horizontes ni derroteros. Aparecida es un nuevo proyecto pastoral.

María: modelo de la Iglesia Discípula y Misionera

Ante ello, María santísima nos invita una vez más como lo hizo en las bodas de Caná: "Hagan lo que Él les diga" (Jn 2, 5), que significa ahora: poner nuestra mirada hacia el futuro, con una visión llena de esperanza.

En este nuevo caminar que nos espera, María de Guadalupe, esta cerca de nosotros. Sus dulces y tiernas palabras, que manifiestan su gran amor hacia nosotros siguen resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón: ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?

Con confianza filial en Dios y en la Virgen Maria les invito a mirar hacia adelante, hacia el nuevo modelo de Iglesia que deseamos, una Iglesia que encontrándose con Jesucristo vivo, pueda ser camino seguro de conversión, de comunión, de solidaridad y de misión.

Una Iglesia Discípula y Misionera, a ejemplo de María, preocupada por escuchar y seguir a Jesús, y ocupada en llevar el mensaje de salvación a los alejados, a los indiferentes y a los que no creen.

Iglesia Servidora, que desea ser signo e instrumento de salvación, siendo junto con la familia, el semillero donde puedan surgir y florecer las vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, misionera y al apostolado laical, logrando que nuestras familias sean verdaderamente "patrimonio de la humanidad".

Deseamos ser Iglesia renovada, en donde los adolescentes y jóvenes sean quienes le den a esta Iglesia su rostro joven, y sean esperanza y futuro de la humanidad, construyendo la nueva civilización del amor.

Deseamos ser Iglesia Discípula y Misionera, para que los niños crezcan y se desarrollen en un clima de fe y de amor en el seno "de sus familias y en la sociedad, y que la semilla del evangelio, a través de una catequesis integral e integradora, pueda ser desde su tierna edad, luz y guía para encontrarse con Jesucristo.

Iglesia Discípula y Misionera, para que los pobres y migrantes, puedan experimentar por medio de la acción de la Iglesia, que el Reino de Dios ha llegado a ellos, y que tienen en el corazón de ella, un lugar privilegiado, pues bien sabemos que en cada uno de esos rostros sufrientes se nos manifiesta el mismo Jesús y nos sigue diciendo: "Tuve hambre -y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber..." (Mt 25, 35 ss)

Iglesia Discípula y Misionera en los enfermos y en los que sufren en su alma o en su cuerpo, sabiendo que la pastoral del "Buen Samaritano" hará más creíble y manifiesto el amor de Dios hacia nuestro prójimo. El mundo de hoy creerá en Dios cuando vea nuestra exquisita caridad y solícita solidaridad con el hermano que sufre.

Deseamos ser Iglesia en Misión Permanente, sabiendo que aún está lejos la instauración del Reino de Dios en el corazón de los hombres y de la sociedad. Aunque estamos evangelizando, sin embargo también somos concientes de que la evangelización en muchos casos es superficial, pues no ha llegado a la transformación de las estructuras de graves injusticias y desigualdades que existen en nuestra patria y en nuestras comunidades.

Construcción del nuevo Seminario Mayor

En esta misma línea, pensando en el futuro de nuestra Diócesis, se nos presenta la necesidad de construir un Nuevo Seminario Mayor. El edificio que ahora ocupan los seminaristas será puesto al servicio de la Formación de Agentes evangelizadores, prioridad a la que debemos dar pronta respuesta, pues bien sabemos que en la medida que tengamos agentes mejor formado, será más eficaz el trabajo en nuestras comunidades parroquiales y en nuestra Diócesis.

Si bien el construir el nuevo seminario es una necesidad, debemos verlo como una oportunidad de poner al día todos los elementos que confluyen en una sólida e idónea formación sacerdotal más acorde a los signos de los tiempos y que pueda responder mejor a .los retos y desafío s propios del comienzo del tercer milenio. Hacemos votos para que este proyecto lo podamos presentar ya terminado en el Año Jubilar de la Diócesis. Invito a todos a no desalentamos ante la escasez de vocaciones, pues en la medida que perseveremos en el trabajo de las vocaciones, que pretende vocacionalizar toda nuestra pastoral, tendremos un día vocaciones no solo para nuestra Diócesis sino también para la Iglesia Universal.

Conclusión

Por último quisiera poner en las manos de la Santísima Virgen María de Guadalupe todos los compromisos que han surgido de nuestra pasada Asamblea Diocesana, junto con las programaciones que cada parroquia presentará a finales de febrero y así seguir aplicando nuestro Plan Diocesano de Pastoral Estos trabajos. Serán acompañados por la Vicaría de pastoral y por las Visitas Pastorales que continuaré haciendo a las parroquias durante los próximos tres años.

Que Dios Nuestro Señor nos conceda seguir caminando juntos, hombro con hombro, hasta llegar a la meta que todos deseamos: construir la Iglesia Discípula y Misionera, por medio de una pastoral orgánica y de conjunto.

 
 
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