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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo Electo de la Diócesis de Texcoco, anterior Obispo de la Diócesis de Ciudad Obregón, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Ciudad Obregón a la Basílica de Guadalupe.

11 de julio de 2009

¡No tengan miedo ustedes valen mucho más, que todos los pájaros del mundo!

Queridos hermanos, llegar a la casa Dios, llegar a la casa de nuestra Madre Santísima es una bendición inmensa porque nos llena el alma; porque se nos llena el corazón de gracias y bendiciones, de fortaleza y sabiduría. Llegar a la casa de Dios es encontrar otra vez la ruta correcta de la vida.

Hoy la Palabra de Señor bajo la mirada de la Santísima Virgen nos vuelve a recordar dos cosas sumamente importantes para el ser humano para el pueblo de Dios. En primer lugar que nosotros caminamos bajo la mirada atenta, cuidadosa de alguien que preside nuestra vida, de alguien que ha tomado cuidado, de alguien que está apasionadamente comprometido con la vida, con cada persona. Y esas palabras tan hermosas del Señor nos llenan de paz y sólo la fe nos puede ayudar a recogerlas con un gozo infinito hasta los cabellos de su cabeza, están contados, están resguardados, hasta sus cabellitos están asegurados.

Yo he preguntado muchas veces a las mamás que se entretienen acariciando a sus hijos, sobretodo cuando son pequeños, les acarician su cabecita con un amor muy grande, lleno de ternura. Yo le he preguntado si ellas: ¿le han contado sus cabellitos a sus hijos? todas me han respondido que no. Unas porque no se les había ocurrido; otras porque no hubieran podido, no pueden, no podrían. Dios en cambio tiene todo el tiempo del mundo. Dios en cambio tiene toda la paciencia. Dios en cambio ha tenido la delicadeza e iniciativa de reguardar, de contar, de detenerse en cada persona hasta contarle sus propios cabellitos. Yo creo que esto saberlo de nuevo, recordarlo bajo la mirada de la Santísima Virgen de Guadalupe nos debe llenar de paz, nos debe entusiasmar, nos debe hacer llevar un compromiso profundo en nuestra fe católica, en nuestra Iglesia Católica de que es la que nos regala, la que nos transmite, la que nos recuerda estas profundas verdades.

Hoy, queridos hermanos, sufrimos mucha inseguridad. Hoy se sufren muchas desilusiones. Hoy nosotros nos hemos visto envueltos en experiencias sociales, a veces por desgracia familiares, muy dolorosas y nos sentimos como hojitas agitadas por el viento, sin rumbo por la vida y sin un valor; sabrá Dios donde iremos a caer. Escuchar esta Palabra de Dios, queridos hermanos, da mucha fuerza, da mucha paz, da mucha confianza. Saber que nosotros caminamos acompañados, protegidos delicadisímamente por nuestro divino Creador, por nuestro Divino Redentor nos trae, pues, una energía, nos trae una actitud muy serena, muy constructiva en nuestra existencia, en nuestras relaciones humanas.

La Palabra de Dios, pues, cuando se recoge en la fe embellece, enriquece a la persona. Como quiero invitar a mis queridos hermanos de la Diócesis de Ciudad Obregón, que hoy llevemos esta Palabra, como un tesoro muy grande, como un patrimonio personal y comunitario. Saber que Dios preside, que Dios cuida y que Dios siempre acompañará el caminar de cada uno de nosotros.

Queridos hermanos, y viene también una dimensión que como necesitamos, la dimensión familiar, otra tan valiosa, tan grande en el pueblo de Dios, pero muy estropeada, muy golpeada en los tiempos actuales. Hay muchos movimientos que parece que se preocupan y se han empeñado en pegar, en destruir, en desfigurar la esencia y la configuración de la familia. Vemos en el Libro del Génesis, ya en sus últimos capítulos una imagen hermosa de lo que es la familia en el pueblo de Dios. Jacob tiene una conciencia muy profunda de la santidad de su vida. Jacob tiene una conciencia profunda de la hermosura del corazón de sus hijos y les habré su alma y confía en que ellos sabrán respetar tanto su persona, que recogerán su cuerpo y le darán una digan sepultura. Más adelante José, también, les pide a sus hermanos que cuando Dios los visite para liberarlos de la esclavitud de Egipto recojan su cuerpo y le den una digna sepultura en la tierra prometida.

Queridos hermanos, ¡cuánta luz nos da esta Palabra! cuando Jacob, pues, habla de esta manera a sus hijos les está dando un tesoro, les está dando un patrimonio, de hecho hubo el momento en que ellos como que no entendieron este patrimonio y pensaron que con la muerte de su Padre se les vendrían encima muchas desgracias; que con la muerte de su padre se dividirían; que con la muerte de su padre aparecería la venganza, por ejemplo: de su hermano más rico, de su hermano José. Y, queridos hermanos, la muerte de su padre fue una bendición, la muerte de Jacob los unió, la muerte de Jacob los hizo sencillos, los llevó a pedir perdón nuevamente a su hermano José, los llevó a suplicarle, los llevó a cuidar con mayor empeño su propia historia y su vocación y futuro. La muerte de su padre se convierte en una gracia, en una fuerza muy grande para aquella familia.

Queridos hermanos, cómo necesitamos nosotros, así como dar una lectura personal a nuestro ser íntimo, dar una lectura profunda y espiritual a la realidad de la familia. En nuestra familia Dios ha depositado semillas de eternidad; en nuestras familias es donde Dios puede depositar mejor la fuerza para resistir todos los peligros; para resistir todos los ataques que el pecado, que el ambiente nos será siempre tirando y amenazando. La familia es un semillero de gracias; en la familia está la semilla, está el secreto de supervivencia, de gozo, de unidad para que nosotros triunfemos, sobretodo todo aquello que nos humilla, sobretodo aquello que nos quiere destrozar.

Vamos pidiendo, pues, a la Santísima Virgen María, que cada vez en la Iglesia Católica, en nuestras comunidades, en nuestros hogares nosotros tengamos personas llenas de Dios, porque entonces tendremos personas auténticas, entonces tendremos personas en plenitud; entonces tendremos personas en alegría.

Vamos a pedirle a nuestro Señor que en esta escucha de la Palabra ayudados de la imagen de la Santísima Virgen María nosotros volvamos a valorar enserio, a fondo que volvamos a recoger a comprometernos con el Evangelio de la familia, esa Buena Noticia, que nos invita a la santidad, a la grandeza de la familia.

Así sea.

 
 
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