¡No tengan miedo ustedes valen mucho más, que todos los pájaros del mundo!
Queridos
hermanos, llegar a la casa Dios, llegar a la casa de nuestra
Madre Santísima es una bendición inmensa porque nos llena
el alma; porque se nos llena el corazón de gracias y bendiciones,
de fortaleza y sabiduría. Llegar a la casa de Dios es encontrar
otra vez la ruta correcta de la vida.
Hoy
la Palabra de Señor bajo la mirada de la Santísima Virgen
nos vuelve a recordar dos cosas sumamente importantes para
el ser humano para el pueblo de Dios. En primer lugar que
nosotros caminamos bajo la mirada atenta, cuidadosa de alguien
que preside nuestra vida, de alguien que ha tomado cuidado,
de alguien que está apasionadamente comprometido con la vida,
con cada persona. Y esas palabras tan hermosas del Señor nos
llenan de paz y sólo la fe nos puede ayudar a recogerlas con
un gozo infinito hasta los cabellos de su cabeza, están contados,
están resguardados, hasta sus cabellitos están asegurados.
Yo
he preguntado muchas veces a las mamás que se entretienen
acariciando a sus hijos, sobretodo cuando son pequeños, les
acarician su cabecita con un amor muy grande, lleno de ternura.
Yo le he preguntado si ellas: ¿le han contado sus cabellitos
a sus hijos? todas me han respondido que no. Unas porque no
se les había ocurrido; otras porque no hubieran podido, no
pueden, no podrían. Dios en cambio tiene todo el tiempo del
mundo. Dios en cambio tiene toda la paciencia. Dios en cambio
ha tenido la delicadeza e iniciativa de reguardar, de contar,
de detenerse en cada persona hasta contarle sus propios cabellitos.
Yo creo que esto saberlo de nuevo, recordarlo bajo la mirada
de la Santísima Virgen de Guadalupe nos debe llenar de paz,
nos debe entusiasmar, nos debe hacer llevar un compromiso
profundo en nuestra fe católica, en nuestra Iglesia Católica
de que es la que nos regala, la que nos transmite, la que
nos recuerda estas profundas verdades.
Hoy,
queridos hermanos, sufrimos mucha inseguridad. Hoy se sufren
muchas desilusiones. Hoy nosotros nos hemos visto envueltos
en experiencias sociales, a veces por desgracia familiares,
muy dolorosas y nos sentimos como hojitas agitadas por el
viento, sin rumbo por la vida y sin un valor; sabrá Dios donde
iremos a caer. Escuchar esta Palabra de Dios, queridos hermanos,
da mucha fuerza, da mucha paz, da mucha confianza. Saber que
nosotros caminamos acompañados, protegidos delicadisímamente
por nuestro divino Creador, por nuestro Divino Redentor nos
trae, pues, una energía, nos trae una actitud muy serena,
muy constructiva en nuestra existencia, en nuestras relaciones
humanas.
La
Palabra de Dios, pues, cuando se recoge en la fe embellece,
enriquece a la persona. Como quiero invitar a mis queridos
hermanos de la Diócesis de Ciudad Obregón, que hoy llevemos
esta Palabra, como un tesoro muy grande, como un patrimonio
personal y comunitario. Saber que Dios preside, que Dios cuida
y que Dios siempre acompañará el caminar de cada uno de nosotros.
Queridos
hermanos, y viene también una dimensión que como necesitamos,
la dimensión familiar, otra tan valiosa, tan grande en el
pueblo de Dios, pero muy estropeada, muy golpeada en los tiempos
actuales. Hay muchos movimientos que parece que se preocupan
y se han empeñado en pegar, en destruir, en desfigurar la
esencia y la configuración de la familia. Vemos en el Libro
del Génesis, ya en sus últimos capítulos una imagen hermosa
de lo que es la familia en el pueblo de Dios. Jacob tiene
una conciencia muy profunda de la santidad de su vida. Jacob
tiene una conciencia profunda de la hermosura del corazón
de sus hijos y les habré su alma y confía en que ellos sabrán
respetar tanto su persona, que recogerán su cuerpo y le darán
una digan sepultura. Más adelante José, también, les pide
a sus hermanos que cuando Dios los visite para liberarlos
de la esclavitud de Egipto recojan su cuerpo y le den una
digna sepultura en la tierra prometida.
Queridos
hermanos, ¡cuánta luz nos da esta Palabra! cuando Jacob, pues,
habla de esta manera a sus hijos les está dando un tesoro,
les está dando un patrimonio, de hecho hubo el momento en
que ellos como que no entendieron este patrimonio y pensaron
que con la muerte de su Padre se les vendrían encima muchas
desgracias; que con la muerte de su padre se dividirían; que
con la muerte de su padre aparecería la venganza, por ejemplo:
de su hermano más rico, de su hermano José. Y, queridos hermanos,
la muerte de su padre fue una bendición, la muerte de Jacob
los unió, la muerte de Jacob los hizo sencillos, los llevó
a pedir perdón nuevamente a su hermano José, los llevó a suplicarle,
los llevó a cuidar con mayor empeño su propia historia y su
vocación y futuro. La muerte de su padre se convierte en una
gracia, en una fuerza muy grande para aquella familia.
Queridos
hermanos, cómo necesitamos nosotros, así como dar una lectura
personal a nuestro ser íntimo, dar una lectura profunda y
espiritual a la realidad de la familia. En nuestra familia
Dios ha depositado semillas de eternidad; en nuestras familias
es donde Dios puede depositar mejor la fuerza para resistir
todos los peligros; para resistir todos los ataques que el
pecado, que el ambiente nos será siempre tirando y amenazando.
La familia es un semillero de gracias; en la familia está
la semilla, está el secreto de supervivencia, de gozo, de
unidad para que nosotros triunfemos, sobretodo todo aquello
que nos humilla, sobretodo aquello que nos quiere destrozar.
Vamos
pidiendo, pues, a la Santísima Virgen María, que cada vez
en la Iglesia Católica, en nuestras comunidades, en nuestros
hogares nosotros tengamos personas llenas de Dios, porque
entonces tendremos personas auténticas, entonces tendremos
personas en plenitud; entonces tendremos personas en alegría.
Vamos
a pedirle a nuestro Señor que en esta escucha de la Palabra
ayudados de la imagen de la Santísima Virgen María nosotros
volvamos a valorar enserio, a fondo que volvamos a recoger
a comprometernos con el Evangelio de la familia, esa Buena
Noticia, que nos invita a la santidad, a la grandeza de la
familia.
Así
sea.