Muy querido Mons. Joaquín Vázquez Ávila.
Muy querido Mons.
Manuel
Vargas Góngora, Padres Fernando Escobar Fajardo, Francisco
Basto Aguilar, que también han traído desde
hace tiempo mucho entusiasmo las peregrinaciones a esta
Basílica.
Muy queridos hermanos, todos en el presbiterio, hermanos
y hermanas religiosas, hermanas y hermanos, todos, en Cristo
Jesús. Se cumplen hoy 50 años de
haber iniciado esta bellísima costumbre de peregrinar anualmente
hasta el mismísimo lugar de las apariciones de la Santísima
Virgen María, aquí en el Cerro del Tepeyac donde Ella quiso
que se le edificara una capilla.
Fue mi ilustrísimo antecesor el Señor Arzobispo Don Fernando
Ruiz Solórzano quien inició esta práctica y la continuó
con inigualable fervor S.E.
Mons. Manuel Castro Ruiz, ambos que de Dios gocen. Hoy nos
toca a nosotros continuar con la estafeta en las manos,
y sin desfallecer, sobre todo ante la crisis que debilita
muchísimo la economía personal y familiar.
De rodillas, ante la insigne y milagrosa imagen que preside
nuestra celebración, alzamos nuestras súplicas y elevemos nuestras plegarias a nuestra Madre
Santísima,
para
pedirle que continúe bendiciendo a toda la Arquidiócesis
de Yucatán, todos los afanes pastorales, particularmente
el plan de pastoral y la intensión que tenemos de que se
multipliquen las pequeñas comunidades parroquiales muy cohesionadas
en torno a su parroquia y muy fervorosas en su fe.
Primera Lectura
El texto de esta primera lectura habla de la vocación
del profeta Amós. Que sin rodeo, ni diplomacia y su voz
fue como un rugido de Dios, condenó la injusticia social
y la violencia del lujo, de la depravación, del formalismo
y de un culto vacío. Anunció por vez primera el castigo
del llamado "Día de Yahvé", la ruina de la casa real y el exilio del
Reino del Norte. Habló donde era preciso hablar y en el
momento oportuno, que es cuando hablan los profetas y callan
muchas veces los demás. Por eso sus palabras resultaron
insoportables.
Eran aquellos tiempos en que el pueblo de Dios se había
dividido en dos reinos: el norte, Israel, con capital en Samaria y el sur, Judá,
con capital en Jerusalén. Cuando el profeta Amós se atrevió
a profetizar en el santuario nacional de Betel,
sus palabras resultan aparentemente subversivas. No es de
extrañar que le saliera al paso el sumo sacerdote Amasías,
quien creía que Amós era uno de esos profesionales que se
ganan la vida profetizando. No tenía nada en contra de ese
oficio, pero le dijo al profeta que se ganara tranquilamente
el pan en su propia tierra.
Amós le respondió enérgicamente y le dijo que él no era un profeta de oficio,
que no pertenecía a ninguna escuela profética, y que para
vivir le bastaba con cultivar higos y cuidar un rebaño de
cabras. Si él predica la Palabra de Dios no lo hace por
vocación humana o simple interés, sino porque Dios lo ha llamado a profetizar
contra Israel.
La segunda lectura
es un himno de alabanza al Padre
que nos ha elegido y salvado por su Hijo, Jesucristo, en
el Espíritu Santo. El motivo de alabanza al Padre es la
bendición divina de lo que hemos sido objeto: la elección, la filiación adoptiva, la
redención, la manifestación del Misterio de su Voluntad, la reconciliación de todas
las cosas en Cristo. . . . y todo esto sin que antecediera por nuestra parte ningún mérito.
Por eso el himno es una "alabanza de la gloria de Dios".
El texto del Evangelio
nos habla de la "misión" de los Doce. Jesús los envía de dos en dos para que
se ayuden mutuamente, pero también para que su testimonio
sea válido ante el pueblo.
No llevarán consigo otra cosa
que una túnica, un bastón y unas sandalias. Todo lo demás es un estorbo para el que tiene
premura de recorrer su camino.
Por otra parte, deben confiar en el Señor que les envía
y a cuyo servicio han entrado. No deberán ir de casa en
casa sino permanecer en la que primero los acoja. No deben
buscar su acomodo sino cumplir su misión. No siempre serán bien acogidos;
cuando tropiecen con la obcecación de quienes no quieren
escucharlos, deberán comportarse lo mismo
que Jesús en la región de Gerasa y no insistir en el anuncio
de un mensaje que aquellos no desean recibir. Llegado ese caso, deben ir a otro sitio,
no sin antes sacudirse el polvo de las sandalias. Este gesto
simbólico lo practicaban siempre los judíos cuando
abandonaban la tierra de los gentiles y entraban en tierras
de Israel. Significaba ostensiblemente que se consideraba
impuro el lugar abandonado y que no se quería saber nada
con los que lo habitaban.
La hora de la Misión
Hemos concluido el Año dedicado a la memoria del Apóstol
San Pablo. Su vida y su mensaje nos hablan de la misión
que todos tenemos de "ir por todo el mundo y predicar
el evangelio". A propósito de esta encomienda de Jesús
en el Evangelio, en la reunión continental de Aparecida,
Brasil, los obispos de América Latina expresaron lo siguiente:
"Al terminar la Conferencia de Aparecida,
en
el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas,
para que unidos, con entusiasmo, realicemos la Gran Misión Continental.
Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda
de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen
a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad
de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a
todos, ser permanente y profunda”.
Nosotros vamos siguiendo paso a paso las indicaciones de nuestro Plan Diocesano
de Pastoral, en él aparecen varios de los aspectos que enumera
el documento de Aparecida como, por ejemplo: ir en búsqueda
de los católicos alejados, la formación alegre y testimonial
de pequeñas comunidades.
Año sacerdotal
Ahora bien, desde el mes pasado iniciamos en todo el mundo
el Año Sacerdotal, un tiempo en el que el Papa quiere que
se favorezca "la tensión de los sacerdotes hacia
la perfección espiritual de la que depende la eficacia de
su ministerio".
Esto mismo me hace recordar que un día como ayer, hace 15 años, cinco sacerdotes
perecieron en un lamentable accidente de tránsito, en la
carretera Mérida Cancún: el Señor Canónigo
y Vicario General
José
María Casares Ponce, Antonio Castro Magaña, Adalberto Ruiz
Quintero, Graciliano Rodríguez y Xavier Flota García. A
ellos hay que añadir ahora: los padres Francisco Montañez
Jure y Miguel Basto Brito.
Este debe ser por lo tanto "un año ampliamente celebrado
con toda su grandeza y con la calurosa participación
del pueblo católico,
que
sin duda ama
a
sus sacerdotes y los quiere ver felices, santos
y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico”.
¿Por qué? Porque "la Iglesia, dice muy bonito
el Santo Padre, está orgullosa de sus sacerdotes: los
ama, los venera, los admira y reconoce con
gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida”.
Conclusión
Queridos hermanos: encomiendo a Nuestra Señora de Guadalupe la vida y el ministerio
sacerdotal de todo el clero, el presbiterio de la Arquidiócesis.
Delante de su bendita imagen encomiendo todos los problemas y los afanes de ustedes; le pido por aquellos
fieles que no tienen trabajo; le pido también por aquellos
fieles que están enfermos. Que la Santísima Virgen María
nos guarde y nos proteja siempre y nos conceda a todos la
gracia de la perseverancia final.
Concluyo estas palabras con aquella tan entrañable que solía
repetir constantemente San Juan Bautista María Vianney,
conocido popularmente como el Santo Cura de Ars, que dice
así:
"Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, infinitamente oh amoroso Dios,
y
prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir
al infierno
porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios, si mi lengua no puede decir
cada
instante que te amo, por lo menos quiero
que
mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras
que te amo,
y
de amarte mientras que sufro,
y
el día que me muera
no
solo amarte sino sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca esté
mi hora final aumentes
y
perfecciones mi amor por Ti.
Amén.
El Señor nos bendiga a todos y que caminemos bajo la protección
de Santa María de Guadalupe.
Quer así sea.