InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías>Peregrinaciones
   
 
Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ricardo Guizar Díaz, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

7 de febrero de 2009

Muy queridos hermanos, en nuestro Señor Jesucristo, hoy con María que en su cántico quiso glorificar a Dios porque había hecho maravillas en Ella, también, nosotros hoy venimos a glorificar a Dios por María. Nos llena de inmensa alegría hacerlo, postrarnos aquí en su casita, ante su imagen. Nos llena, también, de anhelo de hacernos, también, nosotros como Ella mensajeros del Evangelio. Oímos justamente en la primera lectura al profeta Isaías diciendo: “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia el Evangelio!”

María fue la primera mensajera, que vino presurosa a estos montes, a esta santa colina del Tepeyac a anunciarnos a Jesús, a traérnoslo, a mostrárnoslo. Y esa es la más grande alegría de nuestro pueblo y esa es, también, la dicha y la bendición más grande que hemos tenido. Porque a partir de su presencia la fe y el Evangelio se empezaron a arraigar en la conciencia y en la identidad de toda esta nación suya y nuestra. María Santísima vino a acompañarnos cuando nacíamos como pueblo, pueblo bendecido, pueblo dichoso, pueblo nacido bajo la sombra de Ella como Madre nuestra que así quiso venírsenos a mostrar, pueblo con una identidad que Ella nos dio. La identidad que nos hace mostrarla también nosotros a todo el mundo, como Madre especialísima nuestra de sus hijos más pequeños. Por eso nuestro corazón, también esta inundado de alegría, como lo estuvo santa Isabel cuando recibió la visita de la Virgen María, cuyo relato acabamos de escuchar en el Evangelio. También, ella se sintió trasportada de alegría y expresó esa alegría bendiciendo a María: “bendita tú entre todas las mujeres y bendito de tu vientre Jesús”.

Cuando el corazón prorrumpe en alabanzas y en agradecimiento a Dios, es que se da cuenta de cómo Dios ha intervenido en la historia del mundo lleno de amor y nos ha dado a su Hijo Jesús para nuestra salvación. Y esa salvación empezó desde María, desde el anuncio del ángel, desde aquellas palabras que transformaron toda su vida y la hicieron desde entonces portadora de Jesús, mensajera de su Evangelio. También, aquí Ella vino presurosa trayéndonos a Jesús, como decía hace un momento, trayéndonos su Evangelio, para que nosotros aprendiéramos de Ella hacernos también nosotros mensajeros presurosos de ese mismo Evangelio y a ese mismo Jesús que Ella misma nos trajo y nos mostró, mostrarlo, también, nosotros hacernos mensajeros de su Palabra, de su Evangelio.

Porque precisamente ahora al terminar nuestra asamblea para prepararnos a realizar en nuestra arquidiócesis la Misión Continental hemos entendido que eso significa hacernos nosotros mensajeros del Evangelio, a semejanza de María, para anunciarlo desde nuestro corazón con nuestra vida, con nuestra palabra, con nuestra acción apostólica. Eso también a nosotros nos debe llenar de muchísima alegría, porque ser portadores del Evangelio hace que en nosotros brote un canto semejante al de María: “mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de alegría en Dios mi salvador”.

Nosotros hoy hemos venido a entonar ese canto, aquí a sus plantas, a entonar nuestro magnificat, nuestra alabanza a Dios, porque, también nosotros ahora tenemos nuestra alma llena de gozo en Dios nuestro Salvador, en Jesús nuestro Redentor y ese cántico. Cántico de alabanza a Dios por María debemos seguírselo diciendo, todo el tiempo, toda nuestra vida, debemos seguírselo entonando y convirtiéndolo en cántico de todos los días de nuestras actividades diarias, de nuestro ir en medio del trabajo, en medio de nuestras preocupaciones diarias. Ofreciéndonos a Jesús por María para anunciarlo, también, nosotros desde nuestra vida, con nuestra palabra, con nuestras buenas obras, con nuestro buen ejemplo, con nuestra labor evangelizadora y misionera de discípulos fieles y ortodoxos de Jesús y del Evangelio.

San Pablo, como escuchamos en la segunda lectura, se preguntaba ¿cómo llegará ese mensaje, ese anuncio a tantos que todavía no lo han oído, que no lo conocen? ¿cómo llegaría si no hubiera mensajeros, sino hubiera portadores del mensaje? También, ahora necesitamos preguntárnoslo nosotros ¿cómo llegará el mensaje del Evangelio a tantos hermanos nuestros, específicamente en nuestra arquidiócesis? Que están lejos, que no se han acercado, que no han acertado a conocer a Cristo, a conocer el Evangelio y a otros que ciertamente ya lo han conocido, pero no han transformado su vida porque no le han hecho un espacio para acogerlo, para introducirlo a su corazón, como María que lo llevo en su seno. Porque Jesús necesita y quiere también entrar a nuestra vida. Vivir desde nosotros la misma alegría que vivió María para darlo al mundo, para ir al mundo, para anunciar su Evangelio por medio de nosotros. Esa es la dicha de la misión; esa es la dicha del discípulo de Jesús que quiere hacerse portavoz mensajero, heraldo del Evangelio.

Pidámosle a María Santísima que nos ayude en esta tarea y sigamos entonándole el cántico de nuestra alabanza y que esa alegría sea haga también en nosotros oración, vida vivida bajo sus ojos, a la luz de su mirada, vivida con su presencia que nos anime, que nos sostenga, que nos impulse, que nos lance adelante, sin temor a las dificultades para que muchos otros también se unan a nuestro cántico de alabanza a Dios. Y ese cántico resuene en el cielo con más intensidad, con más fuerza hasta que transforme las vidas de todos aquellos por quienes Jesús ofreció su vida estando ahí María junto a Ella en la cruz.

Así sea.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior