7 de febrero de 2009
Muy queridos hermanos, en nuestro Señor Jesucristo, hoy con
María que en su cántico quiso glorificar a Dios porque había
hecho maravillas en Ella, también, nosotros hoy venimos
a glorificar a Dios por María. Nos llena de inmensa alegría
hacerlo, postrarnos aquí en su casita, ante su imagen. Nos
llena, también, de anhelo de hacernos, también, nosotros
como Ella mensajeros del Evangelio. Oímos justamente en
la primera lectura al profeta Isaías diciendo: “¡Qué
hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que
anuncia el Evangelio!”
María fue la primera mensajera, que vino presurosa a estos
montes, a esta santa colina del Tepeyac a anunciarnos a
Jesús, a traérnoslo, a mostrárnoslo. Y esa es la más grande
alegría de nuestro pueblo y esa es, también, la dicha y
la bendición más grande que hemos tenido. Porque a partir
de su presencia la fe y el Evangelio se empezaron a arraigar
en la conciencia y en la identidad de toda esta nación suya
y nuestra. María Santísima vino a acompañarnos cuando nacíamos
como pueblo, pueblo bendecido, pueblo dichoso, pueblo nacido
bajo la sombra de Ella como Madre nuestra que así quiso
venírsenos a mostrar, pueblo con una identidad que Ella
nos dio. La identidad que nos hace mostrarla también nosotros
a todo el mundo, como Madre especialísima nuestra de sus
hijos más pequeños. Por eso nuestro corazón, también esta
inundado de alegría, como lo estuvo santa Isabel cuando
recibió la visita de la Virgen María, cuyo relato acabamos
de escuchar en el Evangelio. También, ella se sintió trasportada
de alegría y expresó esa alegría bendiciendo a María: “bendita
tú entre todas las mujeres y bendito de tu vientre Jesús”.
Cuando el corazón prorrumpe en alabanzas y en agradecimiento
a Dios, es que se da cuenta de cómo Dios ha intervenido
en la historia del mundo lleno de amor y nos ha dado a su
Hijo Jesús para nuestra salvación. Y esa salvación empezó
desde María, desde el anuncio del ángel, desde aquellas
palabras que transformaron toda su vida y la hicieron desde
entonces portadora de Jesús, mensajera de su Evangelio.
También, aquí Ella vino presurosa trayéndonos a Jesús, como
decía hace un momento, trayéndonos su Evangelio, para que
nosotros aprendiéramos de Ella hacernos también nosotros
mensajeros presurosos de ese mismo Evangelio y a ese mismo
Jesús que Ella misma nos trajo y nos mostró, mostrarlo,
también, nosotros hacernos mensajeros de su Palabra, de
su Evangelio.
Porque precisamente ahora al terminar nuestra asamblea para
prepararnos a realizar en nuestra arquidiócesis la Misión
Continental hemos entendido que eso significa hacernos nosotros
mensajeros del Evangelio, a semejanza de María, para anunciarlo
desde nuestro corazón con nuestra vida, con nuestra palabra,
con nuestra acción apostólica. Eso también a nosotros nos
debe llenar de muchísima alegría, porque ser portadores
del Evangelio hace que en nosotros brote un canto semejante
al de María: “mi alma glorifica al Señor y mi espíritu
se llena de alegría en Dios mi salvador”.
Nosotros hoy hemos venido a entonar ese canto, aquí a sus plantas,
a entonar nuestro magnificat, nuestra alabanza a Dios, porque,
también nosotros ahora tenemos nuestra alma llena de gozo
en Dios nuestro Salvador, en Jesús nuestro Redentor y ese
cántico. Cántico de alabanza a Dios por María debemos seguírselo
diciendo, todo el tiempo, toda nuestra vida, debemos seguírselo
entonando y convirtiéndolo en cántico de todos los días
de nuestras actividades diarias, de nuestro ir en medio
del trabajo, en medio de nuestras preocupaciones diarias.
Ofreciéndonos a Jesús por María para anunciarlo, también,
nosotros desde nuestra vida, con nuestra palabra, con nuestras
buenas obras, con nuestro buen ejemplo, con nuestra labor
evangelizadora y misionera de discípulos fieles y ortodoxos
de Jesús y del Evangelio.
San Pablo, como escuchamos en la segunda lectura, se preguntaba
¿cómo llegará ese mensaje, ese anuncio a tantos que todavía
no lo han oído, que no lo conocen? ¿cómo llegaría si no
hubiera mensajeros, sino hubiera portadores del mensaje?
También, ahora necesitamos preguntárnoslo nosotros ¿cómo
llegará el mensaje del Evangelio a tantos hermanos nuestros,
específicamente en nuestra arquidiócesis? Que están lejos,
que no se han acercado, que no han acertado a conocer a
Cristo, a conocer el Evangelio y a otros que ciertamente
ya lo han conocido, pero no han transformado su vida porque
no le han hecho un espacio para acogerlo, para introducirlo
a su corazón, como María que lo llevo en su seno. Porque
Jesús necesita y quiere también entrar a nuestra vida. Vivir
desde nosotros la misma alegría que vivió María para darlo
al mundo, para ir al mundo, para anunciar su Evangelio por
medio de nosotros. Esa es la dicha de la misión; esa es
la dicha del discípulo de Jesús que quiere hacerse portavoz
mensajero, heraldo del Evangelio.
Pidámosle a María Santísima que nos ayude en esta tarea y sigamos
entonándole el cántico de nuestra alabanza y que esa alegría
sea haga también en nosotros oración, vida vivida bajo sus
ojos, a la luz de su mirada, vivida con su presencia que
nos anime, que nos sostenga, que nos impulse, que nos lance
adelante, sin temor a las dificultades para que muchos otros
también se unan a nuestro cántico de alabanza a Dios. Y
ese cántico resuene en el cielo con más intensidad, con
más fuerza hasta que transforme las vidas de todos aquellos
por quienes Jesús ofreció su vida estando ahí María junto
a Ella en la cruz.
Así sea.