30 de enero de 2009
Muy queridos hermanos en el sacerdocio ministerial, muy queridos
hermanos y hermanas en el sacerdocio bautismal. Cada año
es un gusto estar, como parte de la iglesia que peregrina
en México aquí a los pies de nuestra Madre y Señora de Guadalupe,
porque la fe nuestra, la fe de los mexicanos, es una fe
muy enraizada y tiene sus raíces en ese amoroso encuentro
que nuestra Madre ha querido tener con los moradores de
estas tierras. Ya el sólo hecho de ponernos en camino hacia
su casa; hacia ese lugar donde Ella quiere mostrar todo
su amor, compasión, auxilio y consuelo, ya es un crecer
en la fe, es un fortalecernos en el caminar, que todos vamos
haciendo hacia la casa de nuestro Padre de Dios.
La fe, pues, de los mexicanos se expresa y se manifiesta de
una manera especial aquí en la casa de la Madre. En la casa
de aquella que nos ha traído a su Hijo, que nos ha traído
a Jesucristo. Fíjense, con cuanta sencillez nos decía el
Papa Juan Pablo II: “que la verdadera devoción a María
es un camino seguro para llegar a Jesús”. Así que si
nosotros de verdad queremos a nuestra Madre, a nuestra Señora
de Guadalupe, la Madre de todos los mexicanos, Ella nos
llevará de la mano al encuentro con su Hijo, al encuentro
con Jesucristo.
Hace apenas unos días, el 4 de enero, iniciamos en la diócesis
la Misión Diocesana en sintonía con la Iglesia que peregrina
en América y el Caribe. En América se inició en Ecuador
el 17 de agosto del año pasado. Aquí en México se inició
el 10 de noviembre, aquí en la Basílica de Guadalupe. Pues,
que bueno que a unos días de haber iniciado la Misión Diocesana
nosotros estemos aquí a los pies de María para que Ella
nos vaya indicando el camino, que tenemos que recorrer cada
uno de nosotros, cada bautizado, en la tarea de ser discípulos,
misioneros de Jesucristo. Las parábolas del reino, que hoy
hemos escuchado, pues, nos indican como Dios llega a nosotros
a través de los pequeño, como el Reino de Dios ya está en
nosotros y va creciendo y va dando frutos, y frutos de eternidad,
porque realmente los que creemos en Cristo debemos caminar
siempre en la esperanza de la vida eterna, de la vida futura.
No podemos, queridos hermanos y hermanas, instalarnos en
las cosas pasajeras, en las cosas de este mundo. Tenemos
siempre que poner la mirada en la eternidad y si de verdad
somos creyentes iremos construyendo el reino de Dios. El
reino de Dios tiene que llegar a todas las personas, tiene
que llegar a todos los ambientes. ¿Por qué? porque necesitamos
de Dios.
Fíjense, como nos toca vivir situaciones de crisis económica,
la situación de nuestros hermanos migrantes, la situación
de la violencia, la situación de la impunidad, la corrupción,
los problemas del campo, especialmente allá por nuestras
tierras. Como de verdad hay una descomposición del tejido
social y todo lo que le afecta al ser humano nos tiene que
afectar a nosotros como Iglesia, porque Jesucristo nuestro
Señor desde que se hizo hombre asumió la naturaleza humana
y entonces nada de lo que le afecta al hombre le es ajeno
a Dios.
Recuerden, como en la carta pastoral hemos dicho, porque lo
dijimos todos en las diferentes asambleas: que lo que
hagamos por el hombre se lo hacemos a Dios y lo que dejemos
de hacer por el hombre se lo dejamos de hacer a Dios. Entonces,
necesitamos construir en nuestras diócesis una iglesia viva,
una iglesia participativa, una iglesia unida, una iglesia
comunional, que se pone al servicio del Evangelio por eso
la Palabra de Dios tendrá prioridad en nuestras tareas pastorales.
No vamos a predicarnos a nosotros mismos, vamos a predicar
a una persona, vamos a predicar a Jesucristo.
Que bueno que el Papa Benedicto XVI nos recordó en Aparecida:
el cristianismo no es una ideología, es una persona, es
Jesucristo. Y nosotros y todos los bautizados y cada
ser humano para de verdad poder llegar un día a vivir con
dignidad. Tenemos que tener ese encuentro vivo con Jesucristo.
Él nos llevará de la mano para que construyamos la fraternidad,
porque al aceptar a Jesucristo nos hacemos hermanos y entonces
trabajaremos unidos para que en la fraternidad podamos vivir
el mandamiento del amor.
Entonces, queridos hermanos y hermanas, digámosle hoy a nuestra
Madre y Señora de Guadalupe, que interceda ante su Hijo
para que todos los habitantes de nuestra diócesis; todos
los habitantes de nuestra patria y del mundo, podamos tener
un encuentro vivo con Jesucristo. Que Él vaya haciendo de
cada uno de nosotros, de cada ser humano una nueva creatura,
que de verdad no vivamos en la depresión, en la desconfianza,
sino por el contrario veamos el mundo, el futuro con confianza,
con esperanza, con un anhelo de que Dios está con nosotros
y a pesar de las crisis que estamos viviendo y que vamos
a vivir con mayor intensidad nosotros trabajemos en dar
lo mejor de nosotros mismos para que pronto salgamos de
esa crisis y nuestra patria, como le pedimos hoy a nuestro
Padre pueda caminar hacia el progreso por caminos de justicia
y de paz. Que de verdad anhelemos lo que hoy nos ha dicho
la Carta a los Hebreos de ser hombres justos, hombres que
están abiertos a la voluntad de Dios, pero que están abiertos,
también, al quehacer, a lo que nos toca revisar; como seres
humanos, como personas en este mundo que Dios nos ha confiado.
Entonces, primeramente pidámosle a nuestra Madre, que nos dé
esa oportunidad de tener ese encuentro vivo con Jesucristo
para que el reino de Dios crezca en nosotros y crezca en
la sociedad. En segundo lugar: que la Palabra de Dios sea
nuestra luz. Tercero: que podamos construir la comunidad.
Ningún católico, ningún creyente puede vivir sólo su fe,
tiene que vivirla en comunidad, tiene que vivirla como hermano.
Cuarto: que de verdad los laicos. Fíjense, como el Espíritu
Santo es uno, y lo que nos dijo a nosotros allá, cuando
escribimos la primera Carta Pastoral nos ha dicho lo mismo.
En Aparecida, en Brasil, como nuestras prioridades, verdad,
que son: los jóvenes, las familias, los pobres, los migrantes,
los campesinos, los indígenas. Ahí están plasmados, también,
en nuestra tarea, en nuestro quehacer es lo que vivimos
cada día en nuestra realidad diocesana. Bueno, ahora a trabajar
en esas prioridades. Quinto: bajo esa maternal intercesión
de nuestra Señora de Guadalupe. Contamos con su intercesión
maternal para ir llevando a cabo ese proyecto, esa tarea
de ser misioneros, de ser discípulos hacia dentro en nuestra
Iglesia, pero también hacia fuera. Tenemos que proyectar
nuestra fe, nuestra fe tiene que ser luz en estos problemas
de la economía, de la política, de la cultura, del arte,
ahí tiene que estar nuestra fe. Hay una frase que dijeron
los obispos en Aparecida, que me llamó la atención: si
el Evangelio no se hace cultura, entonces, no es evangelización,
no es compleja. Y la cultura, pues, es una forma de
vida, es una forma de ser. Que toque el Evangelio de Jesucristo,
la cultura de cada uno de nosotros, de cada uno de los habitantes
de nuestra diócesis, de nuestra Iglesia y del mundo.
Pues, todo eso, queridos hermanos y hermanas, lo confiamos
a la intercesión hoy de María y lo que cada uno trae como
encargo, pues, hay que ponerlo en esta mesa del altar; hay
que ponerlo en manos de Jesucristo, Sumo Sacerdote que se
ofrece por nosotros y por la salvación de todos. Yo quiero
recordar hoy especialmente y pedirles que nos unamos en
oración para pedirle por la salud de algunos paisanos nuestros
que viven aquí, que viven en Guadalajara, que viven en otros
lugares de la República, pero que son de Chihuahua. Ayer
hable con el padre Salinas, que es de la Diócesis de Parral,
pero ya tiene muchos años trabajando aquí en Televisa y
tiene cáncer, tiene mucha temperatura y le está afectando
algunos órganos. Otro sacerdote, también de Chihuahua que
está en Guadalajara, Andrés Constantino Aranda Soto. Aquí
está la hermano de nuestra paisana Lucha Villa, está Laura
vamos pedir, también por la salud de Ella, de Jorge Magallón.
Y me acaba de decir uno de los padres que una persona que
murió en la junta. Ahorita lo recordamos en el momento de
los difuntos, me acaban de avisar.
Pues, pedir por todo eso y por las necesidades que tenemos
personal y comunitariamente para que sea Ella la que interceda
ante su Hijo y alcancemos las gracias que necesitamos para
crecer o continuar creciendo en nuestra fe y llegar un día
a ser adultos maduros en la fe, que hemos recibido todos,
como un don, como un regalo de nuestro Padre Dios.