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Homilía
pronunciada por Mons. Mario Espinosa Contreras, Obispo de la Diócesis de Mazatlán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

9 de agosto de 2009

Muy queridos hermanos presbíteros y diáconos, muy queridas hermanas de la Vida Consagrada, queridos seminaristas. Muy queridos hermanos y hermanas, todos, de manera particular los que vienen de peregrinos de la Diócesis de Mazatlán y todas las personas que nos acompañan en esta Eucaristía.

En esta casa solariega de todos los mexicanos nos encontramos con gozo y alegría los peregrinos de la iglesia particular de Mazatlán, ante la bendita imagen de la Virgen Morena.

En la Palabra de Dios se nos presenta la crisis y el abatimiento del profeta Elías, quién llega a perder incluso el sentido de la vida y anhela que su existencia termine. También, nosotros seres humanos, frágiles y débiles, en ocasiones nos puede acontecer algo similar a lo que experimentó Elías, nos podemos llegar a sentir sumamente cansados, desalentados y con el horizonte perdido o disminuido. Es una situación natural que se puede presentar en todo hombre y mujer, y en esta realidad deprimida sólo en el Señor encontramos nuestra fuerza, como la encontró Elías a través del enviado del Señor y por el pan y el agua que le ofreció.

El día de hoy nuestro Padre providente alienta nuestra fe en Jesucristo y nos motiva a que abramos  de par en par las puertas de nuestro corazón y de nuestra amistad al Salvador, “pues quién deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande… Sólo con esta amistad se abren  realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengamos miedo de Cristo! El no quita nada y lo da todo. Quién se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontraran la verdadera vida”. (Aparecida. 15)

Jesús es el dador de vida, de la misma vida de Dios, vida inacabable  y eterna. Dador de vida, que nos da el don de sí mismo, con su Cuerpo y Sangre, con su mensaje  que nos ilumina, con su Sacramento Eucarístico que nos vivifica, con su persona que se entrega a totalidad para Salvación nuestra, con el Espíritu Consolador que junto al Padre nos ha enviado para alentarnos y fortalecernos.

Y quién come de ese pan que es Cristo, el Cristo total, Palabra, Eucaristía, ofrenda y testimonio, quién se alimenta de él no vuelve a tener sed insaciable, ni abatimiento perdurable, pues su ser  más profundo estará plenamente dimensionado y satisfecho con Cristo, y constantemente estará renovado en sus fuerzas como se vigorizó Elías quién prosiguió su misión y pudo llegar al Horeb, al Monte Santo, así nosotros podremos perseverar en nuestra propia vocación y llegar siendo fieles al termino de nuestra vida, donde encontraremos en Dios Uno y Trino la plenitud de nuestro ser.

Jesús con claridad afirma: “Yo soy el pan de la vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. Lo central de su afirmación y que ha sido su trascendente y maravilloso aporte a la humanidad, es el don de sí mismo. Él no ha venido a dar “cosas”, sino a darse él mismo a la humanidad. Por eso el pan que nos ofrece es su propia entrega.

Y esto mismo él espera de nosotros sus discípulos: El discípulo debe considerarse y ser el mismo como “pan”, y debe repartir su pan como si fuera el mismo quién se reparte. Ha de renunciar a centrarse en sí mismo, ha de renunciar a poseerse egoisticamente, sólo el que no tema perderse encontrará la vida en la medida en que se da, y se posee verdaderamente  en la medida en que se entrega. Hay que hacer que la propia vida sea: “alimento disponible” para los demás, como ha sido la vida de Jesús, y repetir el gesto continuo de la entrega del Señor, en expresión de amor.

Y esta dinámica oblativa y generosa hay que vivirla en la vida cotidiana y alimentarla en la participación de la celebración Eucarística, donde se actualiza y se hace presente la ofrenda del Cordero Inmaculado, la donación de Jesucristo, y donde podemos unir conscientemente la entrega de nuestra propia persona.

Así en la Eucaristía se experimenta el amor divino en el amor de los hermanos y se manifiesta en el compromiso de donarse a los demás como Él se ha entregado. El amor de Dios se ha manifestado espléndidamente en Jesucristo, y ha de seguir manifestándose por medio de los hombres y mujeres, con nuestro esfuerzo y dedicación por el bien de los demás.

Hoy en este entrañable Santuario nos encomendamos a la Perfecta Discípula del Señor para ser nosotros más esmerados discípulos, lo hacemos a María de Nazaret, que con su exquisita participación dispuso todo su ser para que el Verbo eterno se encarnara y fuera a nacer de ella el don supremo para la humanidad. Ella fue también siempre un don para los demás y lo continua siendo en el curso de la historia.

Hoy alabamos a Santa María de Nazaret y de Guadalupe, que con su oración y presencia propició que su bendito Hijo Jesucristo, naciera en el corazón de los mexicanos y le agradecemos que ella siempre ruega para que todos nos alimentemos de Cristo, pan vivo bajado del cielo.

Ante nuestra Madre Santísima del Tepeyac le rogamos por todas las familias del Sur de Sinaloa, para que en ellas prevalezca la educación en la conciencia y en el respeto de la dignidad humana, el amor a Dios y el amor al prójimo y que de esta forma en nuestra sociedad se vivan los bienes de la Justicia y de la Paz.

María Madre de los cristianos y de los Sacerdotes te suplicamos que nuestros Presbíteros cultiven con tu Hijo Jesucristo una relación creciente de amistad y que sean decididos en su solicitud apostólica por favorecer que todos los bautizados sean adoradores del Padre en Espíritu y en Verdad, hermanos solidarios de todos y seres disponibles al Espíritu que hace todas las cosas nuevas.

En el Año Jubilar de los 50 años de nuestro Seminario Diocesano suplicamos a nuestra tierna Madre de Guadalupe para que en nuestra Institución del Seminario se formen  futuros Sacerdotes que tengan madurez humana, equilibrio afectivo, amantes discípulos de Cristo, fervorosos misioneros que busquen ser al estilo de Cristo un don de sí mismos para el bien de los demás.

Santa María de Guadalupe reina y patrona nuestra bendice el Sur de Sinaloa y alcanza gracias abundantes para que nuestra Diócesis de Mazatlán y nuestra querida patria sean cada vez más conformes al plan de Dios.

Santa María de Guadalupe reina y patrona de México, salva a nuestra patria y conserva nuestra fe.

Que así sea.
 
 
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