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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Morales Reyes, Arzobispo de la Arquidiócesis de San Luis Potosí, en la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

11 de noviembre de 2009

Santa María de Guadalupe, Celestial Señora del Tepeyac, somos tus hijos, tus hijos peregrinos de San Luis Potosí. Venimos a tu casa, nos postramos ante tu imagen desde donde miras a todo México con ojos misericordiosos. Nos postramos ante tu imagen a donde se dirigen todas las miradas de México. Toda nuestra patria es tu casa, nuestro corazón es tu casa. Venimos a pedirte que nos adoptes una vez más como hijos, que nos muestres a tu Hijo Jesucristo, fruto bendito de tu vientre. Traemos ante ti nuestras penas y esperanzas; traemos ante ti los dolores y alegrías del pueblo potosino. Enjuga nuestras lágrimas, escucha nuestras plegarías, acaricia nuestros corazones. Te amamos Señora y Niña nuestra, te necesitamos Celestial Señora del Tepeyac.

Queridos hermanos y hermanas, venimos en esta peregrinación anual en acción de gracias. Estamos en esta Basílica para dar gracias a Santa María de Guadalupe por todo lo que Dios ha realizado en el corazón de cada uno de ustedes. Como en el corazón de María, también grandes cosas ha hecho en tu corazón, en tu familia, en tu parroquia. En sus manos de Madre ponemos todo lo que hemos hecho; todo lo que hemos realizado cada uno y en comunidad; todo lo que hemos hecho para que Ella lo presente a su Hijo: Es nuestro humilde fruto, es nuestra acción de gracias, es nuestra gratitud.

Diocesanamente venimos a darle gracias a la Señora del Tepeyac por su maternal ayuda por el IV Plan Diocesano de Pastoral, para que Ella, perfecta discípula y primera misionera nos ayude a ser discípulos fieles y eficaces misioneros de Jesucristo, que así como Ella guardó en su corazón la Palabra bendita y santa. Así, también, nosotros sepamos guardarla, meditarla y cumplirla. Así como Ella fue la primera misionera en México, la que nos trajo a Jesús el verdadero Dios por quien se vive, también, nos ayude a nosotros a llevarles a los demás, a Jesucristo, sobre todo a tantos niños, jóvenes y adultos que se han alejado de Dios, que se han alejado de la Iglesia, de los sacramentos.

Le damos gracias por el IV Plan Diocesano de Pastoral, para que Ella nos enseñe a recomenzar desde Cristo. Que así como Ella puso en el corazón de toda su vida. Así como Ella tuvo como centro total y absoluto de su vida a Jesucristo, también, nosotros lo pongamos en el centro, que Él sea el origen, Él sea el camino, Él sea el término de todos nuestros trabajos apostólicos pastorales. Te damos gracias por el IV Plan Diocesano de Pastoral para que Ella nos ayude a comunicar vida y esperanza al pueblo potosino.

Ella que es vida, dulzura y esperanza nuestra nos ayude a llevar vida, ahí donde hay signos de muerte, donde haya acontecimientos de muerte, de violencia, de odio. Ella que es vida, dulzura y esperanza nuestra nos ayude a comunicar esperanza, ahí donde hay temores, angustias y serías preocupaciones por el futuro de las familias, por el futuro del trabajo, por el futuro de los hijos. Te damos gracias para que Ella nos dé voluntad y perseverancia para realizar el objetivo general. La gran utopía, el gran ideal de nuestra plan fortalecer un proceso gradual y permanente de evangelización y formación como discípulos y misioneros de Jesucristo, para que con alegría y entrega generosa, comuniquemos vida y esperanza al pueblo potosino.

Venimos a darle gracias por su ayuda maternal, este es un sentimiento muy personal, más bien mío, le invito a compartirlo. Ya lo hemos hecho por la terminación de la segunda visita pastoral a lo largo de 3 años en las 105 parroquias de la arquidiócesis. Le damos gracias a Ella porque nos acompañó en ese acontecimiento de encuentro fraterno. En ese acontecimiento de fortalecimiento nuestra fe de compromiso renovado, que siembra el Evangelio. Ella también con sus manos de Madre nos ayudó a sembrar el Evangelio y le pedimos que con su intercesión haga que esa siembra de Evangelio tenga algún fruto para la vida eterna. Cuántas veces en las parroquias dijimos: Ven Señor a visitarnos, sintiendo la soledad, sintiéndonos huérfanos, sintiendo la orfandad, sintiendo los problemas, las enfermedades, las preocupaciones y convocas. Cuántas veces a lo largo de estos 3 años, le dijimos: ven Señor a visitarnos. Haciendo eco al cantico evangélico, que dice: bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Ha visitado y consolado a su pueblo, ha visitado y fortalecido a su pueblo, ha visitado y alegrado a su pueblo. También de Ella, de la Celestial Señora, recibimos su visita. Su visita maternal y siempre puntual, siempre tierna, siempre alentadora, siempre llena de dulzura: ¡oh clemente! ¡oh piadosa! ¡oh dulce Virgen María! Ella la Virgen clemente, la Virgen piadosa, la Virgen dulce, también, nos visitó.

Pero hoy, también, queremos hacer algún compromiso, hermanos, ante Ella que nos mira, que se encuentra con nuestra, que se adelanta a mirarnos. Ante Ella nos comprometemos a ser verdaderos hijos tuyos, ya que Ella se muestra fiel, tierna y amorosa Madre de nosotros. Nosotros queremos comprometernos a ser verdaderos hijos tuyos ¿cómo? descubriendo su presencia maternal. Ella está con nosotros discreta y amorosa, como una buena Madre de familia. Descubrimos su presencia materna y el silencio nos lleva de la mano, en silencio nos estrecha contra su pecho. Queremos ser verdaderos hijos suyos escuchando su Palabra consoladora, no buscar palabras consoladoras en nada y en nadie, que no sea la Palabra consoladora de su Hijo y la Palabra consoladora de la Madre del Tepeyac: hijo mío es poco lo que te aflige ¿no estoy Yo aquí que soy tu Madre? Queremos ser verdaderos hijos suyos obedeciendo sus consejos, que nos ayudan a obedecer a su hijo. Queremos tomarle enserio. Queremos escuchar su consejo fundamental y principal: hagan lo que Él les diga, hagan lo que mi Hijo les diga.

Nos comprometemos además a ser peregrinos, siempre peregrinos, fortaleciendo nuestra fe, teniendo una fe firme, una fe alegre, una fe que ilumine nuestra vida. Una vida que se realice de acuerdo a nuestra fe, que nuestra vida y nuestra fe vayan juntas. Queremos ser peregrinos promoviendo, como todo peregrino, la reconciliación, el perdón, la fraternidad y la paz. En un México herido y lastimado por el odio, la violencia, el narcotráfico, los egoísmos, la corrupción, queremos trabajar, como peregrinos llevando reconciliación, perdón, fraternidad y paz. Queremos levar estos vienes a nuestro querido Estado de San Luis Potosí, después del proceso electoral, necesitamos que vuelva el tejido social, las relaciones sociales a restablecerse, que haya en nuestro querido Estado un clima de reconciliación entre todos, de perdón, de fraternidad, de paz, que secén las riñas, que secén las rivalidades, que nos descubramos hermanos, que nos miremos hermanos, porque somos hijos de un Padre común aunque seamos diferentes. Peregrinos, que proclamemos la reconciliación, el perdón, la fraternidad y la paz. En el hogar, en el pueblo, en la comunidad rural, en el barrio, en la colonia, en la ciudad. Peregrinos animando la conciencia de que somos peregrinos hacia el cielo, pidiendo un corazón de peregrino, un corazón que no se aparte del camino trazado por Dios, como lo hace un peregrino, que no se aparta del camino. Peregrinos que no se dejen distraer, peregrinos con un corazón que renuncia a detenerse y a cansarse. Peregrinos con un corazón que renuncia a detenerse y a cansarse, peregrinos con un corazón que tiene firme determinación de llegar a la meta, es decir: al cielo.

Y permítanme que termine con un canto, canto del peregrino, que escucho aquí, allá en las parroquias que tiene mucho sentido en esta peregrinación, que da la espiritualidad del peregrino, que nos ayuda a levantar la mirada hacia arriba, a la ciudad de eternidad a nuestra patria, a la ciudad del cielo, a tener, como digo frecuentemente peregrinos, que tienen deseos de cielo, deseos del cielo.

Este canto, pues, finalmente puede interpretar los sentimientos de todos, como peregrinos:

Somos un pueblo que camina
y juntos caminando
podremos alcanzar
otra ciudad, que no se acaba,
sin penas, ni tristezas.
Ciudad de eternidad,

Somos un pueblos que camina,
que marcha por el mundo
buscando otra ciudad.
Somos errantes peregrinos
en busca de un destino,
destino de unidad.

Siempre seremos caminantes,
pues, solo caminando
podremos alcanzar
otra ciudad que no se acaba
sin penas, ni tristezas:
Ciudad de eternidad.

Sufren los hombres, mis hermanos,
buscando entre las piedras
la parte de su pan,
sufren los hombres oprimidos,
los hombres que no tienen
ni paz, ni libertad.

Sufren los hombres, mis hermanos,
más Tú Señor tienes con ellos
y en Ti alcanzarán
otra ciudad, que no se acaba
sin penas, ni tristezas.
Ciudad de eternidad.

Así sea.

 
 
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