CONFIAR
(Mt 14, 22-36)
Queridos hermanos y hermanas, todos: indígenas y mestizos
venimos desde la Sierra Tarahumara en representación de toda nuestra diócesis
a lanzarnos en el regazo maternal de nuestra Reinita y Señora.
Ella nos ayudará a confiarnos plenamente en su Hijo Jesucristo.
Bueno, pues, quiero saludarlos a todos los que vienen de
la diócesis, a los indígenas, las indígenas, a este grupito
de niñas que vienen de Norogachi, a todos los que vienen de las diferentes parroquias, que no
voy a nombrar ahora. A las hermanas religiosas que trabajan
por allá y que están aquí presentes, a todas las demás religiosas
aquí presentes, que le han entregado su vida al Señor para seguirlo
radicalmente, específicamente en los más pobres y necesitados.
A todos los laicos, en gran parte de ustedes depende el futuro
de la Iglesia. Saludo a todas las gentes que vienen de diferentes
partes. A mis hermanos sacerdotes en este año en el que celebramos
el Año Sacerdotal. Al padre Javier, que está ahí aún ladito,
de este lado derecho. Al padre Eliazar, que trabajando en el
SENAMHI nos ha acompañado siempre. Al padre Quico, al padre
Enrique, que apenas se está estrenando como sacerdote en este
año. Al padre Chavita, al padre Rafa, al padre Juan Manuel y
al padre Neftalí, en este su año vamos a darle a ellos también
un aplauso fuerte, con nuestra oración. Saludo también a las
voluntarias y a los voluntarios, que le dan un año más de su
vida y que van a trabajar allá en aquellos lugares, a aportar
su fe y aprender de la fe de aquellas gentes, también.
Nos sentimos, pues, ahora, en casa porque estamos con la
Madre que nos dice: “¡Eres mi hijo, eres mi hija, te amo!”
Esto transforma a cualquiera. María y Jesucristo nos aman
sin condiciones. El único empeño de ellos es
que seamos felices.
Sólo
hay un pecado: no ser feliz.
Nuestra Madre de Guadalupe nos dice las mismas palabras
de su Hijo:
vengan a mí todos ustedes los
sencillos. Miren cómo yo soy sencilla y pequeña de corazón.
Miren cómo mi forma de ser es humilde, alegre y sencilla. Tomen el yugo de mi Hijo que es suave y
su carga ligera. Sólo ahí encontrarán descanso. Confíen, confíen... Por eso venimos aquí llenos
de confianza.
Muy bien nos viene hoy el hecho de celebrar a san Juan María
Vianney, el Cura de Ars, en este Año sacerdotal proclamado por
el Papa Benedicto XVI. Y muy bien nos llegan las lecturas que
hoy nos propone la Iglesia en su liturgia y que hemos querido
respetar. Escuchando, pues, el Evangelio y meditándolo esta
mañana, me pareció que la palabra clave y densa es la palabra
“confiar”. Yo los invito a todos a que digamos
esta palabra, este verbo: “confiar”.
Sí, hermanos, en nuestro mundo, la fe sencilla de muchos
cristianos, tanto laicos como sacerdotes, está siendo violentamente
atacada y cuestionada. Tal
vez ahora,
más que en otros tiempos, es más difícil creer, confiar. Por eso necesitamos volver
la mirada a los santos que han creído, confiado y amado. Entre
ellos, hoy nos fijamos en san Pedro, porque es la lectura que
hoy nos presenta la Iglesia, en la Santísima Virgen y en el
Santo cura de Ars. Sí, hermanos, creo yo que el futuro de la Iglesia será marcado por los
sencillos, por los santos.
Aparecen cada día nubes negras que amenazan fuertes tormentas
para la barca de Pedro. La lluvia es fría, las olas más altas, y las estrellas se van cubriendo. Pedro y los discípulos sólo
piensan en escapar.
Tal vez se preguntarían: ¿por qué se quedó el Maestro en el monte orando? ¿No debería
estar aquí? ... Sin ser adivino, me parece que vienen tiempos
más difíciles para la Iglesia.
Las crisis serán más profundas, y apenas comienzan.
Vivimos una época donde el ser humano ha puesto la técnica
como su dios. La técnica y la ciencia son importantes y necesarias,
pero ¡qué peligrosas cuando todo lo quieren explicar por sí
solas, cuando se olvidan que una ciudad sin Dios es una ciudad
donde los humanos ya no son humanos! Vemos, por ejemplo, a tantos
jóvenes embebidos en la computadora y ¡qué poco seducidos por
Dios!
Vivimos tiempos donde se cuestionan los valores perennes
y se proponen los valores y anti valores como oferta indistinta
para que cada quien elija. El relativismo moral va dejando una
estela de confusión y ambigüedad. Cada quien ahora dice lo que
es bueno y lo que no lo es. ¡Hasta dónde hemos caído!: hasta
ponernos en el lugar de Dios.
Ahora que sentimos la tormenta del sensualismo, del materialismo
y del secularismo; ahora que la misma vida está amenazada desde
incluso antes de nacer; hoy que se multiplican los Herodes que
matan diciendo cínicamente que lo hacen "a conciencia limpia";
ahora que se ataca inmisericordemente a la Iglesia... Ahora,
sí ahora, es urgente que descubramos la roca fuerte y firme
de la fe. Ya no podemos ser creyentes acomplejados. Necesitamos
volver a la confianza firme, fuerte y madura.
Sí, hermanos, ahora que nos vienen las crisis de identidad,
los celos de los mismos hermanos de dentro, la calumnia, el
hambre, la pobreza que es fruto de la injusticia, y hasta la
misma persecución; ahora que también nosotros, como Pedro y
los Apóstoles, damos gritos de terror, escuchamos la voz de
Cristo que camina sobre las aguas: "Tranquilícense y
no teman. Soy yo"
Cuando Pedro oyó que Jesús le decía: "Ven", se
lanzó al agua. ¡Seguridad suprema; confianza absoluta! Cuando
Pedro se fijó en el viento y no en Jesús, se empezó a hundir. Pero cuando dejó salir el grito: "¡Señor,
sálvame"!, y puso su mirada en el Señor, entonces se sintió
sobrepasado por la gracia. Sintió una fuerza más grande que
él. El Pedro, que ahora se hace humilde, es
atrapado por Jesús. Es la experiencia de ser sostenido cuando
ya no hay recursos humanos.
Creer significa "me fío de ti", "confío en
ti", "pongo mi confianza en ti". Aquí empieza
la certeza sólida de aquellos que sabemos que la fe no es un
conjunto de doctrinas, ni una mera opinión, sino nuestra adhesión
plena a Dios que se nos muestra en el rostro de su Hijo Jesucristo.
Esa fue la fe de María, nuestra Madre. Ella llenó cada página
de su vida, en medio de oscuridades, dolores, amarguras...;
con una confianza plena en Dios su Salvador.
Ella, la mujer más grande que ha pasado por esta historia,
supo tener esa actitud existencial de confianza. Ella supo amar
apasionadamente a Dios; supo confiar. Por
eso amor y confianza son dos caras de la misma realidad. Quien
ama, confía. Por eso Isabel le dijo: "Feliz tú que has
creído" (Le 1, 45).
¿Y qué decir del Santo cura de Ars? Fue un hombre que creyó
y confío. Aunque sólo veía una hostia blanca, sabía que ahí estaba Él. Aunque sólo veía las mismas caras de la
gente de su pequeño pueblo, ahí veía a Dios...
María es grande porque creyó en el misterio realizado en ella.
Por eso es la primera misionera, la primera portadora del Evangelio
que nos hace saltar de gozo. Ella simplemente comunica lo que
lleva dentro: a Jesucristo. Ella no informa
sino que da Aquél que transforma la vida.
Dichosos nosotros, cristianos, si creemos en el misterio
de ser hijos de Dios. Dichosos nosotros sacerdotes por creer
en el misterio de nuestro sacerdocio.
Si
confiamos, donde quiera que vayamos dejaremos la alegría.
Cuando confiamos, la vida se nos va presentando como nueva.
No con la novedad de la moda, sino de la vida. Desde que Pedro
fue salvado por Jesús, ya la vida será distinta y nueva para
él. Desde que María dio su "Sí",
todo será nuevo para ella. Desde que el Cura de Ars aceptó ser
sacerdote, todo en su vida tuvo significado.
Ojalá que este encuentro con María en esta Basílica nos dé ojos
nuevos y confianza nueva para comunicar la alegría.
Cuando confiamos, el querer de Dios se nos va a ir manifestado
día a día en las circunstancias de la vida. En la fe no hay
seguros ni está todo fabricado. Lo
importante es fiarnos y aventurarnos al igual que el niño que
se lanza como pelotita en el regazo de la madre.
Cuando confiamos, cierto que no sabemos qué pasará en el
futuro. Simplemente nos fiamos con confianza total. Sin confianza todo va al fracaso. Por eso es tan importante
conjugar el verbo confiar: volver
a confiar en Dios, confiar en los demás, confiar en la vida,
confiar en nosotros mismos, confiar...
Al volver a nuestra diócesis, ¿qué nos exige Dios? Simplemente
que nos fiemos. Como María que tuvo que pasar por fríos, heladas,
pobrezas..., y fue de sorpresa en sorpresa. Para ella
todo era nuevo porque amaba y confiaba. Como Pedro que poco a poco se fue desinstalando
v se fue haciendo misionero de Jesucristo. Como el Cura de Ars. Como los santos...
Virgencita, Niña nuestra, en este Año sacerdotal, te consagramos
nuestra diócesis de Tarahumara. Protege a nuestros sacerdotes.
Alienta a los desanimados; da
fuerza a los que llevan en sus hombros la carga de la pastoral;
cura a los que están enfermos; da entusiasmo a los que apenas
comienzan su ministerio. A todos, únenos en la misma fe.
Amén.