Muy
estimados sacerdotes, muy queridos fieles de la Diócesis de Torreón.
Muy estimados peregrinos, que en esta Eucaristía nos unimos como una
sola familia, como un sólo grupo y esa actitud de un peregrino, que
ha iniciado un camino y que llegamos a este lugar sagrado, para encontrarnos
con nuestra Madre Santísima sabiendo bien, que Ella es el camino para
llegar a nuestro Señor Jesucristo.
Tenemos
esa disposición de escucharla como Madre y Maestra, que nos dice:
“hagan lo que mi Hijo les diga”. Así queremos salir de este lugar
sagrado, para regresar a nuestras propias comunidades para cumplir
lo que el Señor no sigue diciendo en su Palabra a través de sus pastores
y también en los signos de los tiempos, que nos toca vivir.
Una
vez más nuestra Diócesis de Torreón, como todas la iglesias particulares
de nuestra nación hemos sido testigos de que hoy por ser día 12 entró
la Arquidiócesis de Monterrey y nosotros, como segundo miércoles de
agosto, también, estamos aquí. Hoy llegamos a esta colina santa para
encontrarnos con la Madre del verdadero Dios por quien se vive. En
Santa María de Guadalupe buscamos el rostro del Señor Jesús, el Hijo
de Dios, en Ella nos encontramos con el resucitado, que vive en medio
de nosotros librándonos de toda esclavitud y llamándonos a vivir en
justicia y fraternidad. Es María quien nos conduce a Jesús, el camino
que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización
de nuestra vida.
Hemos
llegado como peregrinos a este lugar sagrado centro de la devoción
mariana del pueblo mexicano. Llegamos desde nuestras tierras laguneras
a poco más de 1000 kilómetros de distancia. Emprendimos nuestro caminar
dirigiendo nuestra mirada hacía María de Guadalupe, estrella de la
nueva evangelización, con la confianza de que así como ayer Ella sigue
cumpliendo su misión de favorecer el encuentro con su Hijo.
Así
como condujo a los Reyes Magos y aquellos pastores en el nacimiento
de Jesús, el Salvador, así también en esta Eucaristía Ella nos presenta
a su Hijo. Sabemos bien por nuestra historia, como diócesis, después
del Jubileo de Oro seguimos experimentando que María ha caminado siempre
con nosotros de Ella nuestra Diócesis de Torreón ha sabido nutrirse.
Gracias a esta espiritualidad mariana que vivimos en nuestra comarca
lagunera herencia de nuestros mayores.
Las
advocaciones de nuestra Señora de Guadalupe, nuestra Señora del Carmen,
nuestra Señora del Perpetuo Socorro, nuestra Señora del Refugio, nuestra
Señora de san Juan de los Lagos siempre han acompañado a las familias
laguneras en sus cantos, en sus alabanzas, en sus peregrinaciones,
en la devoción que desde nuestro corazón en distintas formas expresamos
hacía la Santísima Virgen María. Desde esta matriz mariana sea ha
ido forjando una comunidad diocesana que siempre ha reconocido a María
como Madre y Maestra. Precisamente sabemos que es Madre porque desde
la cruz Jesucristo confió a sus discípulos representados por Juan,
el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora
pascual de Cristo.
En
palabras de Documento de Aparecida sabemos que perseverando junto
a los apóstoles a la espera del Espíritu Ella cooperó con el nacimiento
de la iglesia misionera imprimiéndole el sello mariano que la identifica
hondamente. Como Madre de tantos fortalece los vínculos fraternos
entre todos; alienta la reconciliación y al perdón; y ayuda a que
los discípulos de Jesucristo se experimenten como la familia de Dios.
En María nos encontramos en Cristo con el Padre y el Espíritu Santo
y con los hermanos.
Hoy
recordamos, también, las tiernas palabras que la Señora del Tepeyac
dirigió a san Juan Diego aquella bella mañana de los primeros días
de diciembre del año 1531: “Juan, Juanito, Juan Dieguito, él más
pequeño de mis hijos”. Pero, María también es maestra; en Ella
la Madre de Dios, toda la humanidad encuentra un modelo de discipulado
entendido como la experiencia de ponerse a la escucha permanente de
la Palabra de Dios para poder hacer todo lo que Él dice. Del Evangelio
emerge su figura de mujer libre y fuerte conscientemente orientada
al verdadero seguimiento de Cristo. Ella por su fe y obediencia a
la voluntad de Dios. Así como por su constante meditación de la Palabra
de Dios y de las acciones de Jesús es la discípula más perfecta del
Señor. De Ella queremos aprender la forma concreta de abandonarnos
con confianza en las manos de Dios Padre y aceptar su voluntad colaborando
con decisión en la realización de su proyecto.
Es
María quien nos sigue enseñando y nos convoca a ser portadores de
una Buena Noticia. Nosotros tenemos que presentar un anuncio. Pero
un anuncio que no ignore las grandes carencias humanas y sociales.
Las grandes necesidades que nos rodean, sabiéndonos miembros de la
gran familia humana sentimos vivamente la responsabilidad de colaborar
activamente en la búsqueda de soluciones eficaces y de raíz, que puedan
ayudarnos a combatir y transformar los escándalos de pobreza y marginación,
de violencia e inseguridad. Realidades dolorosas que son una carga
pesada para tantas personas, familias y comunidades de nuestro México.
Pero principalmente nosotros las vivimos en nuestra comarca lagunera.
Aceptar este reto y afrontarlo desde nuestra fe son nuestras tareas
de una evangelización integral.
Sabemos
bien que esto es una materia obligada ante la compleja y dolorosa
situación actual. En comunión de oración presentamos a la Santísima
Virgen María estas necesidades. Pedimos en forma especial por las
personas, por las familias, por las instituciones que han sido víctimas
o han estado muy cerca de las víctimas que por distintos motivos sufren
la inseguridad en nuestra región. Encomendamos todos a la Santísima
Virgen María, le pedimos que en nosotros infunda mucha esperanza y
que cada unos de nosotros sea sembrador de esperanza. Que cada uno
de nosotros sepamos construirnos en la confianza. Pidámosle al Señor
por manos de María un día mejor.
Tomamos
conciencia, que como Iglesia de discípulos y misioneros estamos respondiendo
al reto que los obispos de América Latina apuntaron en la pasada asamblea
celebrada en Aparecida en Brasil lograr ese proceso de conversión
es un imperativo para toda la Iglesia. Nosotros como iglesia diocesana
así lo definimos, cuando en nuestro Plan Diocesano 2004-2010 señalamos
como aéreas problemáticas y fuente de desafíos pastorales aquellos
aspectos referentes a los ministros ordenados, a la familia, a los
adolescentes, a los jóvenes y sobretodo llegar a todos los alejados.
Venimos
hoy a la casa del Tepeyac con el corazón rebosante de ilusiones y
esperanzas, de anhelos y sueños. El mensaje guadalupano conserva hoy
toda su frescura y firmeza. La dulce Señora del Tepeyac sigue llamándonos
por nuestro nombre; invitándonos a ser colaboradores en la obra de
la vida plena que su Hijo Jesucristo ha venido a traer para la humanidad
toda. Respondiendo a este llamado quienes integramos la Diócesis de
Torreón: pastores y fieles hemos de convertirnos en una iglesia misionera.
Queremos
fortalecer la fe para afrontar los serios retos, que implican el desarrollo
armónico y humano de la sociedad actual. Aquí frente a esta imagen
impresa milagrosamente en la tilma del indio Juan Diego señalamos
la urgencia de recomenzar todo y todos desde Cristo. Lo que significa
reconocer y seguir su presencia con la misma realidad y novedad, el
mismo poder de afecto persuasión y esperanza que tuvo su encuentro
con los primeros discípulos a la orilla del Jordán.
Frente
a esta imagen bendita, estrella de la nueva evangelización, queremos
recobrar y conservar la dulce y confortadora alegría de evangelizar.
Queremos ser misioneros para que el mundo, para que nuestra sociedad
actual pueda recibir la Buena Nueva no a través de evangelizadores
tristes, desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros
del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido
su propia persona la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida
a la tarea de anunciar el Reino de Dios, por eso sus hermanos sacerdotes,
queremos en este Año Jubilar Sacerdotal tomar conciencia de nuestra
misión. Queremos seguir contando con su oración, con su cercanía.
Para que nosotros, como sus pastores también tengamos una profunda
renovación en nuestra vida y así sigamos cumpliendo con nuestra misión
de ser para ustedes sus servidores.
Que
nos ayude la compañía siempre cercana, llena de compresión y ternura
de María Santísima. Que nos muestre el fruto bendito de su vientre
y nos enseñe a responder como Ella lo hizo en el misterio de la Anunciación
y la Encarnación. Que nos ayude a salir de nosotros mismos asumiendo
los retos, que implican los sacrificios, el amor y el servicio.
Que
Santa María de Guadalupe contemple bajo su mirada maternal nuestra
iglesia diocesana de Torreón y nos amine y sostenga para avanzar el
compromiso de ser discípulos y misioneros de la Buena Nueva del Reino.
Que
así sea.