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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México en la Peregrinación Anual de Enfermos de la Orden de Malta, en la Basílica de Guadalupe

28 de agosto de 2009

Muy queridos hermanos y hermanas, llamados por el Señor a participar de la Cruz de Cristo. Saludo con especial agradecimiento a sui familiares y a todas aquellas personas cercanas a ustedes que los asisten en medio de su enfermedad. Quisiera hacer un reconocimiento especial a mis hermanos sacerdotes que han venido a acompañar a sus enfermos: muy querido señor Obispo, Don Felipe.

Su Santidad Benedicto XVI se hace presente en esta celebración por medio de Mons. Edgar, representando a la Nunciatura Apostólica en México, como una señal de ese cuidado que el santo padre tiene por todos los enfermos.

Una vez más el Señor nos concede encontrarnos en este insigne Santuario para poner ante la presencia de Santa María de Guadalupe esta “Peregrinación Anual de Enfermos” así como a los miembros de la Soberana Orden de Malta que se dedican, como buenos samaritanos, a atender a estos hermanos nuestros que sufren en su cuerpo y en su alma.

La enfermedad y el dolor son realidades que se imponen a todos en algún momento de la vida. Son un misterio que visto desde la fe nos abre al mundo sobrenatural que es iluminado por el mismo Hijo de Dios, quien al asumir la condición humana en todo igual a nosotros excepto en el pecado, dio sentido meritorio y redentor al sufrimiento del enfermo, así como la certeza de saberse y sentirse elegido y unido para la salvación del mundo por su unión vital a la pasión de Cristo.

El Profeta Isaías en la lectura que hemos escuchado describe el poder destructivo del pecado: “No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado por los hombres, varón de dolores habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores... Por sus llagas hemos sido curados... con su sufrimiento justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos.” (ls 53, 1 ss)

Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo 2009, el Santo Padre Benedicto XVI dirigía nuestra atención en particular a los niños enfermos, a los que sufren en su cuerpo las consecuencias de enfermedades que los dejan incapacitados, así como de otros que luchan con males aún incurables a pesar del progreso de la medicina. También recordaba a los niños víctimas de conflictos y guerras, de los privados del calor de una familia, de los abandonados así como de los heridos psicológicamente por diversas causas.

Para todos estos niños y para sus padres y familiares afectados por el dolor, la incomprensión y la falta de solidaridad humana el Santo Padre nos recordaba que ellos tienen derecho a encontrar una respuesta de nuestra parte porque también ellos son hijos de Dios, son hermanos nuestros.

Dentro de la misión universal que reciben los apóstoles, Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio (Mc 16,15), tiene sentido porque el maligno y sus consecuencias afectan a todo el mundo. El Evangelio es luz y vida, es salud para el cuerpo y para el alma, es liberación de las ataduras del pecado; por eso alguno de los signos que acompañan a los que le acogen en su corazón con fe es el quedar sanos. Esto siempre en la dimensión de la vida interior al sanarles del pecado y sus efectos colaterales en lo humano, pero siempre con un velo de misterio en cuanto a la sanación corporal que no siempre acompaña al enfermo.

Ahora, en el contexto de este Año Santo Sacerdotal en el que la Iglesia universal pide por la santificación de los sacerdotes y de los que se preparan en los seminarios para servir al pueblo santo de Dios, quiero volver la mirada sobre todos los sacerdotes que continuamente desgastan su vida en el servicio ministerial, consumidos por el celo de las almas y agotados por las largas jornadas que exigen su presencia en medio de la comunidad, se encuentran muchos hermanos sacerdotes enfermos y necesitados del cariño y atención de sus feligreses y de los hermanos sacerdotes cercanos, de una manera especial de la cercanía del Obispo propio.

Si el sufrimiento de cualquier ser humano tiene un gran valor porque es un hijo amado de Dios, de una manera especial lo es de quien, por el sacramento del orden sacerdotal, ha sido configurado y constituido como otro Cristo, Alter Christus.

San Pablo hace referencia al valor apostólico del sufrimiento de los consagrados, así lo dice en su carta a los Corintios: Llevamos siempre y por todas partes la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que en el mismo cuerpo se manifieste también la vida de Jesús... sabiendo que Aquel que resucitó a Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado... pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso. Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, si no en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno (Cfr. 2 Cor 4, 10-18)

Todos los que trabajan en la pastoral de la salud necesitan la fuerza espiritual para socorrer eficazmente al enfermo y ayudarlo a comprender el valor salvífico de su sufrimiento. La Iglesia ofrece esta gracia por medio de los sacramentos: en la Unción de Enfermos, en la reconciliación y en la Eucaristía.

En los sacramentos, y de manera particular en la Eucaristía, el hombre se une misteriosamente a Cristo, se abandona con amor y docilidad a la voluntad divina y se convierte en ofrenda viva por la salvación del mundo. ¡Cuántos ejemplos encontramos en nuestra Iglesia de la grandeza alcanzada por los más débiles de este mundo, los enfermos! ¡Cuantos sacerdotes enfermos viven intensamente la celebración eucarística y en ella encuentran la alegría interior y fuerza para abrazar la cruz, que el Señor les ha dado! La figura del Santo Cura de Ars, Patrono de los sacerdotes debe ser motivo de esperanza en el poder santificador del sufrimiento unido a la acción de Jesucristo en los sacramentos.

Ante nuestra Madre Santísima de Guadalupe pidamos por todos los enfermos, especialmente por los niños y los sacerdotes, por sus familias y personas que les asisten en los diversos hospitales y centros de atención, por los miembros de la Soberana Orden de Malta que descubren a Cristo en cada uno de los rostros de los hermanos que sufre.

Qué María, a la que imploramos como "Salud de los enfermos" y "Consuelo, de los afligidos", nos haga sentir su maternal presencia e intercesión.

 
 
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