12 de mayo de 2010
¡Alégrate María, el Señor está
contigo!
Un saludo que muchos en Israel,
los hombres y mujeres de fe, recogían desde el Antiguo Testamento:
el Señor está contigo. Un saludo que hacia tomar conciencia
de una misión. Un saludo que de ordinario causaba extrañeza, porque
a quienes solía dirigirse no eran a personas importantes de la sociedad
y preparadas. Así cuando Moisés al encontrarse con Dios en el desierto,
en aquella llama le envía a Egipto de donde huía por miedo. El Señor
le envía para que libere a su pueblo. Moisés se preocupa, se angustia
y el Señor le dirá: Yo estoy contigo, Yavhé está contigo.
Fue también a través de ese
saludo por medio del ángel del Señor, aquel joven que estaba tristeando
debajo de un árbol, desconsolado por la derrota y la vergüenza que
había sufrido su pueblo y el ángel del Señor lo encuentra con ese
saludo: levántate valiente guerrero, el Señor está contigo.
Así Gedeón va a ser consciente que Dios lo elige para liberar a
su pueblo aunque Moisés, aunque Gedeón, y después serán los profetas
los que van a ser consientes de una misión con la garantía de que
el Señor va con ellos, no obtengan miedo: Yo estoy con ustedes.
María al recibir este saludo abre su corazón y pregunta, y cuando
es consciente de la elección y del llamado de Dios, Ella con toda
disponibilidad y con toda la entrega: he aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra.
Hermanos, que oportunidad tenemos
en este encuentro con María, con nuestra Madre aquí en su casa del
Tepeyac, donde miles y millones de hombre y mujeres a través de
estos siglos han reencontrado el entusiasmo; han reencontrado su
identidad, han fortalecido su fe y han descubierto su misión. Son
miles los hombres y mujeres desde niños en quienes el ardor de la
fe se ha acrecentado y han comenzado, precisamente a contagiar con
la experiencia de Dios a sus hermanos. Cuántos matrimonios, cuántos
jóvenes, cuántos adolescentes y cuántos enfermos han descubierto
que aún en esa etapa de la enfermedad es una elección de Dios para
que más unidos a la cruz de Cristo sean la ofrenda, que desde su
cama o desde una silla de ruedas saben convertir en un altar a Dios
y desde ahí realizan una misión importante.
Hoy venimos de estas tierras
montañosas de Oaxaca llenos de fe y como tantas generaciones venimos
seguros de que aquí encontraremos luz, consuelo y fuerza. Para afrontar
los grandes desafíos que tocamos y sufrimos, pero que al mismo tiempo
son semilla de vida nueva. Desde la fe el Señor nos invita a ver
las perspectivas de su plan. María es la que mejor nos puede ayudar
abrir el corazón a este plan de Dios. Este encuentro de María, como
los encuentros de fe con Ella sean un momento muy importante de
nuestra vida. Los encuentros con María siempre vivifican, levantan
y se proyectan, y a través de las personas que se dejan encontrar
y tocar por Ella Dios proyecta y derrama muchas gracias. Así paso
con Juan Diego. Así paso en Lourdes con Bernardita. Así paso en
Fátima con aquellos pastorcitos. Así ha pasado con cientos de misioneros
que en este lugar, aquí ante la Imagen bendita de María en esta
tilma, en el ayate de Juan Diego ¿cuántos desde aquí han sido tocados?
y han ido a distintos países a llevar el mensaje de Cristo, como
misioneros. Es por eso que aquí en la casa de la Madre, en nuestra
casa, esperamos que éste encuentro con la Virgen, con nuestra Madre
fortalezca nuestra fe. Con nuestros antepasados le repetimos y la
saludamos: Dios te salve María Santísima, Hija de Dios Padre,
Virgen purísima antes del parto, en tus manos ponemos nuestra fe,
para que la ilumines.
Es uno de los grandes vacios
que tenemos en Oaxaca, nos urge una fe más cimentada e iluminada,
una fe que dé signos de que esperamos, de que creyendo con fidelidad
y fundamentando esta fe con la catequesis con los sacramentos y
con la vivencia fraterna entorno a las parroquias, en torno a las
comunidades. La esperanza aparecerá y seremos capaces de mostrarla.
Madre de Dios Hijo, purísima
en el parto, en tus manos ponemos nuestra esperanza para que la
alientes, porque constatamos que no pocos de nuestros hermanos,
la esperanza se está acabando que no pocos de quienes nos dirigen
parecería que ya no hay esperanza. Queremos como tantos misioneros
y jóvenes recuperar ese dinamismo de la fe; ese dinamismo de la
esperanza; ese frescor de aquellos hombres y mujeres, que abriendo
su corazón han no sólo mantenido la fe, sino que la han fortalecido
y la han difundido y la han proyectado en la sociedad.
Virgen purísima después del
parto, en tus manos ponemos nuestra caridad. Vemos que falta de
caridad palpamos en nuestro país no es posible la caridad viva,
cuando hay tanto muerto, cuando hay tanto atropello, cuando hay
tanta corrupción y mentira. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos
y muéstranos a Jesús, si el encuentro con María es capaz de levantar
la fe en la esperanza y proyectar en la caridad y alentar la vocación
que Dios nos ha dado, que no será con Ella dejarnos tocar por el
mismo Cristo porque los encuentros con María y la compañía de María
no tienen la finalidad de dejarnos con Ella. Ella quiere llevarnos
a Jesús; Ella nos lleva a Cristo. Toda devoción auténtica siempre
nos lleva a Cristo, más la devoción mariana, muéstranos a Jesús.
Estamos seguros que si nos
dejamos tocar y encontrar por Cristo o mejor dicho que hagamos todo
lo posible por recomenzar, como nos pide Aparecida, toda la vida
de ese Jesucristo. A través del encuentro con Él, de un encuentro
vivencial, es María la que mejor nos puede enseñar, como lo palpamos
quienes estuvimos en Aparecida en este acontecimiento de la Conferencia
del Episcopado Latinoamericano. Es importante ser conscientes de
que la vida cristiana no consiste en tener y en conocer algunas
doctrinas, ni verdades, es mucho más que todo eso. La vida cristiana
se centra en la experiencia de Jesucristo. No hay cristianos, podríamos
decir: con fe madura sin la experiencia de Cristo, no ideas de Cristo,
no simplemente algunos datos, no sólo devociones, no sólo tradiciones,
sino que en esas tradiciones nos apoyamos para adentrarnos y caminar
hacia la experiencia viva del Señor.
El pilar y columna vertebral
de la vida cristiana está en ese encuentro y seguimiento de Cristo,
nada sin Cristo y Cristo nos ha dejado para dejarse encontrar ha
fundado esa Iglesia, principalmente en ella lo encontramos, en ella
podemos conocerlo bien, en ella podemos seguirlo, en ella podemos
adherirnos y optar por el Señor.
He aquí, hermanos, nuestra
súplica en manos de María ponemos nuestra fe, en manos de María
ponemos nuestra esperanza, en manos de Ella ponemos nuestra débil
caridad para que la aliente y pueda surgir en nuestra diócesis,
en cada una de las parroquias y en cada uno de los hogares católicos.
Un fe más cálida, más ardiente, más dinámica, más misionera si vale
la palabra. Por eso aquí junto a Ella, donde muchos se han reencontrado
consigo mismos y se han reencontrado con Dios. Hoy yo, como cabeza,
como obispo de esta iglesia diocesana quiero suplicarle a la Madre
de Dios, que nos conceda esta gracia, para todos los niños y los
niños que vienen en esta peregrinación, los vi en el caminar, con
qué apertura, con que ilusión. Sean la semilla de los futuros discípulos
de Jesucristo en sus hogares y que a su manera compartan, lo que
hoy han visto, y lo que hoy oyen.
Ponemos en manos de la Virgen
de manera especial en este año a todos nuestros jóvenes. Le suplicamos
por aquellos que ya han sido marcados por el mal, por el vicio,
por el crimen organizado. Dios sabe como limpiar de raíz y enderezar,
pero necesita nuestra disponibilidad y colaboración. Ponemos en
sus manos, especialmente, a todos los padres y madres de familia,
para que puedan rescatarse los hogares, como la cuna de la vida
auténtica y de la fe. Donde puedan volver a ser nuestros hogares
en Oaxaca escuelas de fe, con el testimonio, pero también con la
Palabra, no hasta que tengan uso de razón, desde pequeñitos irles
suscitando y sembrando esas semillas del amor de Dios, de la existencia
de Dios a través de los signos sencillos de marcarlos a ellos con
la cruz de las imágenes y especialmente de la oración frecuente
en familia y que los vean y que los lleven a los templos a que desde
brazos perciban y se vayan abriendo sus ojos y su corazón a este
misterio de Dios. He ahí papás y mamás su misión.
Cuántos desde este lugar con
entusiasmo han partido a distintos lugares de África y de Asia,
que todos hoy volvamos a los distintos rincones de nuestro Estado,
de nuestra arquidiócesis, a las distintas comunidades cristianas
a llevar este ardor de María. Y es María la que como a tantos puede
alcanzarnos de Dios estas gracias.
En tus manos Señora ponemos
nuestro Seminario, aquí presente, la esperanza de la iglesia de
Oaxaca en todos estos niños, y jóvenes, en estos seminaristas. La
esperanza de nosotros sacerdotes, más de los mayores, quisiéramos
ver mayor número de jóvenes que decidan seguir a Cristo en el sacerdocio.
Y servir a sus hermanos y gastarse la vida al servicio de los hermanos,
al servicio de la fe. Por eso de manera especial, también, en este
año sacerdotal ponemos en tus manos Señora a todos nuestros sacerdotes.
Que los aquí presentes los representamos a todos y que les llevemos,
con el testimonio y el comentario sencillo este compromiso. Queremos
impulsar una iglesia misionera a unos cuantos días de Pentecostés,
queremos con María intensificar la oración, como en el cenáculo
en espera de ese nuevo Pentecostés para Oaxaca, en espera de toda
una renovación eclesial y de los distintos miembros de este pueblo
de Dios, que peregrina en esa región. Renovar nuestro sacerdocio,
renovar la Vida Consagrada de tantas religiosas, que caminan con
nosotros. Renovar la Vida Cristiana; renovar las buenas costumbres
limpiándolas de todo aquello que las está deteriorando. Purificar
e impulsar la religiosidad, la piedad popular que tanto le debemos
porque a través de la piedad popular se ha mantenido y sostenido
en buena parte la vida cristiana en Oaxaca. Pero es una piedad popular
que por justicia debe de ser y tiene que ser cimentada con una mayor
catequesis, mayor vida de los sacramentos y la experiencia de la
Iglesia.
Nos urge fortalecer la identidad
cristiana, que sólo se tiene y se fortalece teniendo a Cristo por
cimiento. No hay Iglesia sin Cristo; no hay hogar católico sin el
encuentro y el seguimiento de Cristo. Pero, también, la identidad
cristiana se da y se fortalece con el sentido de Iglesia integrándose
de manera concreta en la comunidad eclesial, participando de manera
activa en ella.Y se muestra está identidad cristiana, cuando el
bautizado, cuando el creyente comparte la fe. No hay identidad cristiana
fiel sin la misión. La identidad cristiana, entonces, se finca en
el encuentro y seguimiento de Cristo, en la integración y participación
eclesial y en la misión.
Señora en tus manos ponemos
nuestra fe, para que la ilumines. Nuestra esperanza para que la
aliente, nuestra caridad. Con esta confianza, con esta seguridad
podemos volver seguros de que María, estemos donde estemos, nos
seguirá mirando y seguirá resonando en nosotros y en cada uno de
nuestros hogares y de nuestras comunidades. No te inquiete cosa
alguna ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? No estás en mi regazo
y corres por mi cuenta. Hagan lo que Él les diga.
Volvemos, como Juan Diego,
como Bernardita, como los pastorcitos contagiando a otros con esta
experiencia de habernos encontrado con María y Ella nos lleva con
paso firme al encuentro de Cristo.
Hermanos, que en cada misa
cuando escuchemos ese saludo el Señor esté con ustedes, que
recordemos que ese saludo en su origen era un llamado a sentir que
era una elección de Dios y una misión. Algo nos pide el Señor y
es bueno que no nos pasemos los años sin conocer, ¿qué nos pide
Dios? ¿qué tenemos que hacer?
Continuamos nuestra celebración
aquí, a los pies de María, que sin duda nos contempla y le pedimos,
que nos contemple a todos los que están en este momento en todos
aquellos rincones de nuestra arquidiócesis y sus familiares que
están en otros rincones del país y de otros países.
Que nos mire, nos acompañe
siempre y nos alcance de Dios lo que necesitamos.