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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José María de la Torre Martín, Obispo de la Diócesis de Aguascalientes, en ocasión de su peregrinación, a la Basílica de Guadalupe.

21 de noviembre de 2010

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

Mis hermanos, amadísimos, todos, fieles de la Diócesis de nuestra Señora de Aguascalientes. Venidos de las parroquias de Zacatecas, de Jalisco y de nuestro querido Estado. Fieles todos amadísimos, hermanos, de esta gran patria, por la cual han luchado muchos antepasados nuestros derramando su sangre, buscando un porvenir mejor para nosotros y las futuras generaciones.

Esta es la promesa de Jesús, quizás el único que públicamente, allá en el Calvario,  supo reconocer públicamente que Jesús verdaderamente era Rey.

Los evangelios nos relatan al igual que Dimas, así dice la tradición que se llamaba, este bandido arrepentido, también el centurión romano, cuando inspiró a Jesús se puso de rodillas y reconoció dándose golpes en el pecho: verdaderamente este es el Hijo de Dios.

Pues, sí, en los tres años de ministerio de Jesús muchos dudaron de que Él efectivamente fuera Rey. Y los cientos que el día Domingo Ramos lo aclamaron, como: bendito Él que viene en el nombre del Señor. El Hijo de David, descendiente directo para poner su reino en el trono de Israel a los poquitos días lo abandonaron. En la escena del Evangelio vemos como autoridades judías, autoridades romanas, curiosos, extranjeros que también se habían arrimado a participar en el espectáculo doloroso del Vía Crucis, hasta el mismo Gestas, que está crucificado justamente con Jesús, todos dudan de su realeza, se burlan de Él. Al verlo indefenso en la cruz sufriendo precisamente este flagelo seleccionado para los maldecidos.

La página del Evangelio recuerda como Dimas después de reprender a Gestas diciéndole: mira tú yo somos culpables, y sufrimos el merecido de nuestros delitos ¿pero Él qué culpa tiene? Déjalo en paz, no lo molestes, Él es inocente, Él no merece este flagelo y tampoco las burlas, ni tus desprecios, cállate. Y volteando hacia Jesús le súplica: acuérdate Señor cuando estés en tu reino. Y es cuando Jesús le dirige esas palabras llenas de consuelo, que sin duda alguna en este día que celebramos la fiesta de Cristo Rey habrán de tener un eco especial en nuestro corazón, porque están también dirigidas a todos nosotros. Están dirigidas a todos aquellos discípulos y misioneros de Jesús, que reconozcan a Jesús como su Rey. Un Rey diferente, sí, un reino de paz, un reino de justicia, un reino de amor, un reino de vida, un reino universal, un reino eterno. Así cantamos con mucho entusiasmo: tu reino es vida, tu reino es verdad, tu reino es gracia, tu reino es amor, venga a nosotros tu reino Señor.

A eso nos convoca la Iglesia en esta fiesta de Cristo Rey a pedirle al Señor: que venga su reino; que todos reconozcamos a Jesús como nuestro Rey, nuestro Rey, nuestro Salvador, nuestro Dios. Venimos a agradecerle al Padre Celestial que haya querido en su Hijo, Jesucristo, incorporarnos por medio del bautismo al misterio de su muerte y resurrección. Y así hacernos participes ya desde esta vida, de esta realeza, que nos asegura la verdadera libertad. Esta realeza que nos abre horizontes de vida plena para siempre. Una vida dichosa, la amistad de Dios en esta vida, la paz, la alegría, el gozo, la gratitud y después, como dice la Sagrada Escritura: lo veremos con nuestros propios ojos tal como Él es y seremos semejantes a Él.

Participaremos para siempre de su reino, sin la zozobra por nuestra debilidad de equivocarnos y apartarnos de su reinado sin el temor de de alejarnos del amor y de la misericordia  del Señor. Por eso le decíamos al principio de la misa: apiádate de nosotros, ten misericordia de de nosotros. Hoy debemos decir, como recitamos todos los días el Padre nuestro, pero con mayor devoción y con mayor convicción: venga tu reino, Señor.

Tertuliano un antiguo cristiano, defensor con sus palabras y letras de la fe de los primeros discípulos de Jesús, escribe: que tu reino venga lo antes posible, es el deseo de los cristianos, es la confusión de las naciones.  Nosotros sufrimos por ello, porque no entienden las naciones la realeza de Jesús, más aún nosotros rezamos por su llegada. Es un deseo que los cristianos venimos repitiendo a los largo de más de 20 siglos. Que venga a nuestras tierras su paz. Que se acaben las guerras, que haya concierto y fraternidad entre las naciones. Que venga a nuestra tierra su reino de justicia frente a la corrupción invadente; frente a tantas diferencias sociales y económicas; frente a tanta degradación moral. Que venga su reino de amor entre los esposos, los padres y los hijos. Entre los miembros de las distintas razas o religiones. Que venga su reino de amor hacia los niños y hacia los ancianos, hacia los pobres, hacia los enfermos. Que venga su reino a todos los más necesitados de atención, de cariño, de ternura.

Sabemos que el reino de Cristo vive en una situación de tensión permanente, porque lo exige su mismo crecimiento, porque encuentra resistencias a su acción transformadora, con todo cuando llegue ese reino de paz, de justicia y de amor, trabajamos, sufrimos, oramos los cristianos y todos los hombres de buena voluntad: venga tu reino. Sea ese el grito con el que amanezcamos a un nuevo día y con el que cerremos el duro bregar de cada jornada. Para que digamos, como uno también de los santos padres, orgullo de cristiandad antigua, san Cipriano: nosotros que le hemos servido en esta vida, reinemos en la otra con Cristo Rey, como Él mismo nos lo ha prometido.

Cuando siendo seminarista tuve la oportunidad de participar en los cursillos de cristiandad, me llamó mucho la atención el testimonio que un laico nos dio, respecto a Jesucristo. Y nos decía que Francisco de Borja, un duque español a quien le tenía mucha confianza el emperador Calos V. Le confió que formará parte de sequito de la emperatriz, que la acompañará y la defendiera de todos los peligros y la ayudará a sus constantes traslados a lo largo y ancho del imperio, que se extendía desde las Españas hasta las Alemanias, desde los países bajos hasta la Isla de Sicilia. Pues, que se murió la emperatriz y él tuvo que cuidar todos los afanes, todos los trajines para llevarla hasta Toledo donde estaban las tumbas imperiales, duro días y días la jornada. Prepararon el cadáver para que pudiera superar la travesía. Después de los funerales solemnes le pidieron que reconociera que efectivamente era la emperatriz la que iban a enterrar en aquella tumba. La emperatriz tan hermosa, tan distinguida a la que él había servido exquisitamente, con admiración, con gratitud, con cariño, la que se había muerto y él había acompañado hasta enterrarla en Toledo, la ciudad imperial en la Catedral.

Y nos platicaba el rollista, así le decíamos, que cuando abrieron el sarcófago cuál fue la sorpresa, que la encontraron a aquella emperatriz tan hermosa toda descompuesta toda podrida y hedionda. Aunque conservaba sus vestidos imperiales brillantes e impecables, ya estaba todo su rostro deformado. Sintió un asco distintivo, reconoció el cadáver y firmó los documentos distintivos y se hizo un propósito que cambio toda su vida. Y Francisco de Borja dijo: jamás serviré rey que se me muera.

Dejó la corte se hizo jesuita, después precisamente por su rectitud, su honestidad y virtuosidad lo pusieron de maestro de novicios de las primeras generaciones de jesuitas. Que siguiendo las indicaciones de Ignacio de Loyola se pusieron como máxima, para mayor gloria de Dios. Así Francisco cambió, ya dejó de servir a dioses que se descomponen, que se pudren, que se mueren y que se acaban y decidió en la compañía de Jesús consagrar su vida aún Dios que nunca muere: Jesús, nuestro Señor. Y no buscar en su vida, con sus pensamientos, palabras y obras otra gracia sino la de servir fielmente buscando siempre en su gloria. Es la gracia que pedimos al principio de la misa: que libres de toda esclavitud podamos servirlo con un corazón agradecido, con un corazón jubiloso, todos los días de nuestra vida y a lo largo de toda la eternidad.

Ayer celebrábamos el V aniversario de la canonización de varios hermanos nuestros de la región de Occidente del país encabezados por Anacleto González Flores, hermanos nuestros de la acción católica, de la adoración nocturna, de la legión de María, grupos apostólicos florecientes en los años veintes, que también se hicieron ese propósito, no iban a servir a dioses que se mueren, dioses de pies de barro. Anacleto González Flores, el maestro como se le reconoce, era, muchos así lo atestiguan, el líder moral de todos aquellos campesinos, miles y miles que se levantaron en armas para defender su fe, el derecho humano fundamental. Confesar libremente su fe, no pedían otro derecho sino espacios, que les facilitaran vivir libremente su fe en Cristo Jesús, en la Virgen de Guadalupe.

En los años 20 se escribió, posiblemente, la historia más maravillosa del pueblo mexicano, que supo defender su fe con las palabras, con las obras y con su vida. Como fue el caso de Anacleto González y sus compañeros que llevan apellidos nuestros: González, Estrada, Velázquez, Gómez, Loza. Gente de nuestra tierra, gente de nuestros apellidos, que como Francisco de Borja y muchos discípulos de Jesús a lo largo de la vida, que se han encontrado con Él y han visto renacer en su corazón un torrente de vida y de esperanza han tomado la decisión, no van a adorar dioses que se mueren. En ese tiempo eran Obregón, Calles, Gómez Farías. Grandes reformadores que querían cambiar la fisionomía de nuestra patria arrancándoles características más fundamentales: su fe en Cristo, Jesús y su amor a la Virgen de Guadalupe. Querían inventar otra patria, arrancándole al pueblo mexicano de sus labios y de su corazón el bendito nombre de Jesús y de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Los cristeros, como se les llamó, sabían los que peleaban honores, no peleaban tierras, no peleaban salarios, no pedían prestaciones, pedía libertad y era su grito: “viva Cristo Rey” “viva la Virgen de Guadalupe”. Así luchaban y así morían, pues, Anacleto González Flores le llegó su día y llegó su día al círculo más cercano de sus amigos. El que les interesaba era Anacleto y querían hacerlo claudicar, porque para ellos sería un éxito que el maestro moral renegara de su fe, que en el último momento de su vida se acobardara y así lo exhibieran por todo el país como el hazmerreir, como el fracasado, el que de repente reconoció el error y había inducido a otros más por caminos equivocados.

Él nunca aprobó la lucha armada, nuca llevó un arma en su cinto, no disparó ni un balazo, pero le tenían más miedo, que a los batallones que dirigía el General Gorostieta, que cada día eran miles y miles. Y los generales más afamados de ese tiempo Zedillo, Amaro no podían controlar y quedaban en vergüenza ellos con mejor armamento y mejor capacitación derrotados por un grupo de campesinos, que no tenía armas, pero sí tenían una convicción firme en su corazón en la que ellos sabían que tarde que temprano iban a vencer. Y querían incluso con su sangre sembrar libertad auténtica en nuestra patria. Torturaron delante de Anacleto a todos sus compañeros a ver si así le quebrantaban el ánimo. Y él, como nos lo relata el libro de los Macabeos, como aquella madre prudente, valiente, que alentaba a cada uno de sus sietes hijos a nos renegar de sus fe ante Antíoco. Animándolos con sus palabras, avivándoles, fortaleciéndoles, como madre a la que perseveraban en su fe. Así hubo muchas mamás macabeas en esos tiempos difíciles y sigue habiendo muchas mamás macabeas, si no fuera por ellas posiblemente en nuestra patria ya no fuera ni guadalupana, ni cristiana. Porque están duro, continuamente, con sus hijos recordándoles, felicitándolos, amonestándolos, rezando por ellos y bendiciones. Pues, así Anacleto González Flores, como una madre macabea, como un judas macabeo estuvo animando a cada uno de ellos en el momento del martirio. Y cuando le llegó su hora; lo habían martirizaron con navajas de afeitar, habían cortado su cuerpo.

Pues, bien, cuando llegó el momento decisivo, dijo que lo sepa toda América, desde América Septentrional hasta América Meridional. Muero yo, pero Dios nunca muere “viva Cristo Rey” “viva la Virgen de Guadalupe”.

Hermanos, esta fiesta de Cristo Rey nos invita a hacernos un planteamiento decisivo en nuestra vida. Debemos consagrarnos a Aquel que derramó su sangre por nosotros en este Santuario maravillo de la Virgen María a dónde venimos a postrarnos y a presentarle nuestra tristezas y alegrías; nuestras esperanzas y nuestro anhelos, porque Ella como Madre nos entiende y nos ayuda y nos ofrece la medicina, nos ofrece el consuelo, nos ofrece la bendición espiritual de su Hijo, Jesucristo. Hoy estamos convocados para refrendar nuestra fe y buscar caminos de paz y de justicia para nuestra patria reafirmando con gozo y gratitud nuestra vocación de discípulos, misioneros de Cristo Jesús.

Los tiempos actuales son difíciles, en aquellos tiempos se sellaba su compromiso como Anacleto con sus palabras, con sus obras, con su sangre. Ahora los discípulos de Jesús se les desprestigia, se les descalifica, se les ridiculiza, se les margina, se les sepulta en vida. Vivimos tiempos marcados por la violencia y por la inseguridad, por la pobreza y la marginación, donde muchos jóvenes no encuentran el sentido a su vida y son presa fácil de las drogas, el relativismo, el hedonismo, el consumismo, el securalismo, que nos arranca símbolos religiosos. De los medios de comunicación, de nuestros propios hogares y finalmente de nuestros propios corazones. Un país donde, también, encontramos mexicanos que quieren un mundo sin Dios y que aprueban sin reflexionar leyes inicuas que van en contra de la ley natural, minando el patrimonio más valioso de la humanidad y de nuestra patria, nuestra familia. Aprobando leyes inicuas de las cuales deberíamos estar todos avergonzados. Un país en el que la Iglesia está sufriendo el abandono de unos, el alejamiento o la contradicción y la vida de muchos más, que se persignan de la mañana y siguen haciendo sus fechorías a lo largo del día. Ante esta adversa realidad hemos de reconocer, también signos de vida en muchos ambientes, esfuerzos sinceros en la sociedad y en la Iglesia para responder al bien integral del hombre. En este peregrinar cotidiano entre luces y sombras siempre nos ha acompañado la Santísima Virgen de Guadalupe, desde los tiempos de san Juan Diego en los albores de la evangelización de este pueblo bendito, el pueblo mexicano desde los inicios de la Independencia, cuando nuestros héroes: Hidalgo y Morelos la invocaron como la Patrona de nuestra libertad. Ella siempre nos ha acompañado.

Nuestra patria no nació con las leyes de Reforma; nuestra patria mexicana no nació el 16 de septiembre de 1810. Nuestra patria nació cuando los primeros misioneros plantaron la cruz en las costas del Golfo de México. Nuestra patria se fortaleció cuando se apareció la Virgen de Guadalupe con esas palabras maravillosas, dirigidas a Juan Diego y a cada uno de nosotros: “¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? No es nada lo que te aflige. No es nada lo que te apena. Aquí estoy contigo, estás en el regazo de mis brazos.” Yo cuido de ti. Ella quiere unidos a los mexicanos y que le abramos el corazón a su divino Hijo Jesucristo. Este es el camino seguro, el único camino seguro para reconstruir y dar vida a las personas, a las familias e instituciones  y para hacer de México un país en donde reine la justicia y se viva la paz.

Así dice un documento que hicimos los obispos mexicanos con motivo de la inseguridad y del crimen organizado. Que Cristo nuestra paz México tenga vida digna. Y ahí se señala que sufrimos lo que sufrimos porque se está deshilvanando el tejido social en nuestras poblaciones, en nuestros estados. Porque hay una cultura de ilegalidad y porque nuestros líderes dan muestra de sinvergüenzadas y de impunidad, porque hay una crisis de inmoralidad desde el seno mismo de los hogares.

Sólo Cristo es el camino seguro que nos lleva por caminos de paz y de prosperidad. En el día en que la Virgen de Guadalupe nos ofrece una vez más a su Hijo, renovemos nuestra esperanza, un mañana mejor para México, haciendo nuestras las palabras del Papa Benedicto XVI: no tengan miedo, abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo, quien deje entrar a Cristo en su vida no pierde nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre y grande. Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y nos libera. No tenga miedo de Cristo, él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran de par en par las puertas de Cristo y encontraran la verdadera vida.

El Papa, también, y el documento de Aparecida recogió sus palabras pronunciadas en Brasil, decía la contraparte: sin Jesús no hay futuro, no hay luz, no hay vida, no hay esperanza. Esto tiene que repercutir en nuestros corazones, hermanos, de todos aquellos que con gratitud y alegría nos reconocemos como discípulos, misioneros de Cristo. Esto es el testimonio, el mensaje propositivo que debemos llevar a nuestros hogares con Jesús, con Jesús, el regalo de María de Guadalupe a nuestro pueblo mexicano. Con Jesús presente en nuestras comunidades eclesiales en su Palabra, en la Eucaristía, en la vida fraternal.

Con Jesús en el crecimiento como hermanos, en la fe, en la esperanza y la caridad que deben caracterizar a nuestras comunidades. Sí habrá, para nuestro país y para el mundo entero futuro, luz, vida y esperanza. ¿Necesitamos más motivos para amar a la Virgen de Guadalupe? Nos sobran razones para disfrutar de esta cita amorosa, que hoy nos congrega, nuestra relación personal y comunitaria con Cristo y María es la verdadera razón de nuestra presencia aquí y ahora.

Venimos a nutrir nuestra fe en Cristo Jesús y nuestro amor filial a la Virgen de Guadalupe. Venimos a pedirle que conserve nuestra fe y que salve nuestra patria. Venimos a pedir que Ella que es hija del Padre ilumine nuestra fe. A Ella que es Madre de Dios, Hijo, fortalezca nuestra esperanza. A Ella que es esposa del Espíritu Santo, que interceda continuamente ante el Padre Celestial, para que nuestra caridad se enardezca. Y así desde las familias, primer núcleo eclesial, hasta las diócesis y toda nuestra patria mexicana crezca y Cristo Jesús con la fuerza del Espíritu en la fe, en la esperanza y la caridad.

María es la primera discípula y misionera del Señor Jesús; es el espejo de la fe; el espejo de la esperanza; el espejo de la caridad en la que tenemos que reflejarnos, porque nosotros como Ella también somos discípulos y Ella es nuestra Maestra, nuestra Madre, nuestro modelo.

Esta peregrinación anual nos fortalece, como discípulos y misioneros de Jesús nuestro Maestro contemplando, imitando a María, queremos conocer, amar y seguir a Jesucristo hasta asemejarnos cada vez más a Él; al tiempo que nos empeñamos en revelar en la vida cotidiana su rostro atractivo, para que muchos le abran su corazón y lo reconozcan como el enviado del Padre. Esta es la misión que tenemos en nuestras diócesis junto con América Latina y el Caribe es lo que llamamos la Misión Continental y Permanente.

Que nos encontremos cada día con Jesucristo y así renovemos nuestra vocación de discípulos misioneros suyos. Esta Misión Continental y Permanente nos exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral auténticamente misionera. Exige cambio de mentalidad y de actitud particularmente los obispos, en los presbíteros, en los agentes de pastoral, catequistas, padres de familia. Exige, desde luego, conversión que sólo lo escucha atenta a la Palabra de Dios nos puede dar. Las estructuras no se convierten se transforman, las personas son las que se convierten.

Y porque el problema es de actitud se necesita en nosotros la valentía al estilo de los profetas y de los santos, de los grandes santos: san Francisco de Borja, Anacleto González. No es tarea fácil, dada la inercia de siglos anteriores, pero ciertamente es el camino para responder a los desafíos actuales. Para responder esta Misión Continental a la cual nos convoca el Santo Padre, en el espíritu de Aparecida, es indispensable promover la renovación de nuestras parroquias, para que sean auténticas casas y escuelas de comunión, es decir. Lugar de participación y formación para convertir a los actuales feligreses en discípulos y misioneros capaces de poder transmitir la fe en Cristo a las actuales generaciones, especialmente a los niños a los adolescentes, a los jóvenes, a los padres de familia, profesionistas y líderes sociales.

Me viene a la memoria, que cuando estaba Anacleto González Flores siendo velado en la casa de uno de sus amigos y  admiradores acudieron cientos y cientos de gentes. Su hijo de 3 años parado sobre una mesa contemplaba a su papá y les decía: a mí papá lo mataron, porque quería mucho a Diosito.

Qué maravilloso testimonio, que es un ejemplo. Ojalá que cada niño de México encuentre en su padre a una persona verdaderamente enamorada de Jesucristo. No importa que corra el riesgo de que lo desprestigien y se burlen de él, lo entierren en vida, le causen desgracias, pero que les quede a los niños y a los jóvenes de las futuras generaciones que sus pastores, sus padres, sus maestros eran personas verdaderamente enamoradas de Cristo y de la Virgen de Guadalupe.

Nuestro Plan Diocesano nos marca el camino que hemos de transitar en esta tarea misionera: el encuentro con Cristo, la conversión permanente, el discipulado, la vida comunitaria, la misión permanente. Tenemos caminos para renovarnos: la familia, los jóvenes, la formación de agentes, la renovación de nuestras parroquias.

Nutridos siempre por la Palabra de Dios y la Eucaristía para ir impregnando el Evangelio de vida nueva a los corazones, a los lugares y a los ambientes de nuestra amada Diócesis de Aguascalientes y de todas las del país entero. Qué hermoso llamado hemos recibido de Jesús y que gran lección nos ha confiado.

Ser con María, Evangelizadora de América, evangelizadores nosotros también de las futuras generaciones. En este empeño y poco a poco lograremos ir dando un rostro nuevo a nuestra iglesia diocesana; el rostro de una iglesia auténticamente discípula y misionera de Cristo; una iglesia que de la mano de la Virgen María conoce, ama y sirve cada día mejor a Cristo Jesús.

Como la Virgen María fue dócil al Espíritu de Dios; engendró a Cristo y lo entregó a los hombres. Como la Virgen de Guadalupe vino a estas tierras a sembrar la semilla de la fe en su Hijo amado. Así también nosotros dejémonos conducir por el Espíritu Santo en nuestra experiencia de discípulos misioneros. Y llevemos con fidelidad el anuncio gozoso de Cristo Resucitado a nuestros hermanos.

Santa María de Guadalupe, Reina de México salva nuestra fe, salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!

Qué así sea.

 
 
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