19
de mayo de 2010
Mis
queridos hermanos, todos: paz, la paz de Dios en el corazón de todos
ustedes, paz y bien para todos. A todos queridos sacerdotes, religiosas,
religiosos, diáconos, queridos diáconos. Miren, en San Juan de los
Lagos, pues, tenemos 15 diáconos el sábado fueron ordenados 4 de
15 y en Lázaro tenemos uno. Un aplauso para los diáconos nuevos.
Queridos
seminarista, estimados laicos, gracias por estar aquí todos en casa
de Mamá. Su excelencia Mons. Felipe Salazar gracias por permitir
que compartamos con su diócesis este momento de gracias. Gracias
Don Felipe. A todos los de Lázaro, les damos un aplauso a los de
San Juan de los Lagos.
Estamos
aquí, porque nos trae el amor de la Madre. Escuchamos en el Evangelio,
como María fue presurosa a visitar a Isabel. Hoy somos nosotros,
que venimos con un corazón presuroso a visitar a María, nuestra
Madre.
Somos dos
Diócesis San Juan de los Lagos y Ciudad Lázaro Cárdenas, que caminamos
las dos bajo el manto de la Virgen María en su advocación de nuestra
Señora de la Candelaria y esto es lo que nos une, además de que
nos une nuestra realidad a todos de ser hijos de Dios. Nos une como
le llaman en San Juan de los Lagos “la chaparrita”. Y como le decimos
algunos a la Candelaria en nuestra zona de Lázaro “la estrella de
la sierra y de la costa”. Por esto somos hijos que necesitamos del
calor, de la protección, del consuelo y del ánimo que nos da nuestra
Madre del Cielo, y ya en este caminar hacia Pentecostés, venimos
hoy movidos por el Espíritu Santo, para vivir juntos con María nuestra
Madre un nuevo Pentecostés en esta casa de Mamá, la casa de todos
donde el abrazo de nuestra Madre nos hace renovar hoy nuestro sí
a su Hijo Jesús y renovar nuestra fraternidad solidaria.
Es un peregrinar
de fe; es peregrinar de amor de hijos y hermanos, que le da sentido
a toda nuestra vida personal, familiar, parroquial y diocesana.
El apóstol Pablo nos invita siempre a que estemos alerta en nuestra
fe, para que nadie nos aparte de la verdad. También el apóstol Pablo
nos invita en estos días a trabajar, a vivir con esa actitud de
ascensión, a trabajar, a poner los pies bien en la tierra para no
ser carga para nadie y así poder ayudar a los necesitados, porque
hay más felicidad en dar que en recibir.
Mis queridos
hermanos, estamos aquí contentos, pero no se trata de venir únicamente
en peregrinación año con año, porque gustamos de celebrar a nuestra
Madre del Cielo, sino que estoy seguro que hemos venido también
a aprender de Ella, con ese corazón presuroso para vivir como verdaderos
cristianos que seguimos las huellas del Señor Jesús, su Hijo, que
paso por este mundo haciendo el bien.
Estamos
aquí, porque queremos demostrar al mundo con nuestra vida, con nuestras
buenas obras y construyendo una sociedad fraterna que Cristo es
el centro de nuestras vidas y que María es nuestra Madre. Isabel
le dice a María: dichosa tú que has creído. Y hoy nosotros
de los labios de María, queremos escuchar eso: dichos ustedes
porque creen, dichosos ustedes porque me aman, dichosos ustedes
porque me honran. Y por esto la última frase del Libro del Eclesiástico
decía: los que me horran tendrán vida eterna.
El Señor
Jesús nos invita en estos días previos a la Fiesta de Pentecostés,
cuando se va despidiendo, nos invita a que nosotros seamos uno.
Y hoy estamos aquí en casa de Mamá, porque queremos ser uno, como
Jesús y el Padre son uno. Queremos ser un signo de unidad en medio
de este mundo dividido y es por esto que hemos venido para que en
el corazón de nuestra Madre nosotros hagamos realidad el deseo de
Jesús que le pide al Padre la unidad, que seamos uno.
Estamos,
entonces, en el mundo sin ser del mundo y yo les pregunto ¿de quién
somos nosotros hoy del mundo o de Jesús? Que se nos note que vivimos
en el mundo, pero que nosotros no somos del mundo, somos de Jesús.
El Señor Jesús, recuerden, no gusta de los cristianos mediocres,
que se avergüenzan de Él y que lo horran con los labios, pero que
nuestro corazón está lejos de Él. Y por esto en un pasaje del Evangelio
no dijo: que si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras
ante esta gente idolatra y pecadora también el hijo del hombre se
avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre. Palabras
duras, pero que hoy en casa de Mamá nos pueden ayudar a ser más
decididos por su Hijo Jesús. Palabras fuertes que queremos reflexionar
hoy a los pies de nuestra Madre, pero que hoy hemos venido más allá
de todo, hemos venido a saborear las palabras de Jesús en la cruz:
ahí tienes a tu Madre, es Ella, María de Guadalupe, quien
nos anima a seguir de todo corazón a su Hijo Jesús, ya que sólo
en Él, en Jesús volverá la paz a nuestros corazones, a nuestra sociedad
y tendremos una vida en abundancia, comprometidos todos en la construcción
de la fraternidad.
Mis hermanos,
la Morenita sale a nuestro encuentro y nos dice hoy, como en las
Bodas de Caná: hagan lo que Él les diga. A todos los que
hemos venido: a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a
los seminaristas, a las religiosas, a todos ustedes mis queridos
laicos, el consejo desde el corazón de la Madre es que centremos
la mirada en Jesús: hagan lo que Él les diga, dejen de hacer
en la vida lo que se les pega la gana y empiecen hacer lo que Jesús,
mi Hijo, les diga. Este es el secreto del vino mejor; el secreto
de una vida nueva y feliz es hacer lo que Jesús nos diga. Este es
el gran consejo de nuestra Madre del Cielo, que siempre debemos
escuchar y cumplir para transformar nuestras vidas y nuestras diócesis.
Venimos,
como ya nos decía Don Felipe, como diócesis hermanas en ese sentido
de Iglesia. A poner nuestro caminar bajo el manto de nuestra Madre.
En este Año Sacerdotal, que estamos ya por terminar, los sacerdotes
queremos renovar ante Mamá nuestro compromiso sacerdotal de ser
bendición de Dios para nuestros pueblos. También hemos venido para
poner nuestro caminar en ese esfuerzo de la Misión Continental,
abrir nuestros corazones y ser testigos del amor de Dios para todos.
Hemos venido,
también, para poner nuestros seminarios en su corazón maternal,
como niños pequeños todos, pongámonos en sus brazos y saboreemos
hoy en la casa: ¿no estoy Yo aquí que soy tu Madre? Estoy
seguro que muchos de nosotros necesitamos hoy escuchar de María
o más bien experimentar su abrazo y que Ella ahí al oído nos dice:
¿a caso no estoy yo aquí que soy tu Madre?
Hoy venimos
con gratitud y alegría, porque de la mano de María hemos experimentado
las gracias de Dios para con cada uno de nosotros y para con nuestras
diócesis. Los obispos de estas dos diócesis hemos venido con humildad,
con alegría y con esperanza a poner en el corazón de nuestra Madre
nuestros sueños y preocupaciones Don Felipe y yo somos dos obispos
que soñamos y ojala nunca dejemos de soñar, para que nuestros sueños
nos mantengan despiertos, buscando siempre lo que Dios quiere para
nuestra diócesis.
Todos, sacerdotes,
religiosas, religiosos, seminaristas y lacios, como san Juan Diego
venimos hoy a encontrarnos con nuestra Madre, a cobijarnos y abandonarnos
en sus brazos para que sigamos viviendo bajo su intercesión el milagro
del vino mejor en nuestro caminar diocesano.
¿Qué nos
toca hacer a cada uno de nosotros? Mis hermanos, en el Evangelio
de Juan está claro después lo que hicieron los servidores. Nos toca
a nosotros continuar llenando las tinajas con el agua de nuestra
conversión personal y de nuestra participación entusiasta en el
caminar diocesano fortaleciendo los espacios del encuentro con Cristo.
Y uniendo esfuerzos en el trabajo, para que por la renovación de
nuestras parroquias seamos diócesis discípulas misioneras abiertas
a las necesidades de la Iglesia Universal no se trata de compartir
porque tenemos mucho o tenemos poco, se trata de compartir porque
somos Iglesia.
Mis queridos
hermanos, queremos ser estas dos diócesis. Diócesis centradas en
Cristo, evangelizadas y evangelizadoras, discípulas misioneras.
Que cada día volvemos el corazón a la Palabra de Dios. Escuchemos
esto hay que volver nuestro corazón a la Palabra de Dios; hay que
volver nuestro corazón a la Eucaristía; hay que volver nuestro corazón
a la comunidad, a los más necesitados y esto será un volver nuestro
corazón a María.
Diócesis
queremos ser que con nuestra Madre gozamos en creer, celebrar y
vivir la Eucaristía Dominical como fuente de nuestra vida, como
fuente de nuestra vida, para así cantar con María: mi alma glorifica
al Señor y mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador.
Madre del
Cielo, Morenita, las Diócesis de San Juan de los Lagos y de Ciudad
Lázaro Cárdenas experimentamos hoy tu sonrisa, tu abrazo, tu mirada,
tu protección y tu intercesión. Queremos ser como niños, que caminan
seguros y alegres, porque van de la mano de su Madre por el camino
de la vida.
Gracias
Señor Jesús por el regalo maravilloso y siempre vivo de tu Madre:
ahí tienes a tu Madre. Estoy seguro, mis queridos hermanos,
que muchos hemos experimentado el amor de nuestra Madre en momentos
difíciles, ese: ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?
Por esto que nuestra actitud hoy sea la del apóstol san Juan y también
la de san Juan Diego, como san Juan queremos llevar de nuevo a María
a nuestra casa. Así como el apóstol Juan ocupó el lugar de Jesús
en el cuidado de María, también, cada uno de nosotros queremos hacer
lo mismo. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Nuestro
corazón es la casa; nuestro corazón es la pequeña Basílica de Guadalupe
donde María vive y reina. La Basílica que Dios quiere no es esta.
Esta es necesaria para que nos reunamos, la Basílica verdadera y
que no muere es esta, la Basilica que no necesita pinturas, que
no necesita pintura, que no necesita ser retocada, sino que sólo
necesita buenas obras, experiencia de fraternidad y amor. Por esto
que nuestro corazón sea la mejor Basílica de nuestra Señora de Guadalupe.
Centrados
en Jesús continuemos nuestro caminar de discípulos misioneros, hijos
de Dios, hijos de María con la confianza del hijo en brazos de su
Madre: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? hagan lo que Él les
diga.
Que esto
resuene en el corazón de todos nosotros, para que saboreemos lo
que Jesús nos dice: ahí tienes a tu Madre.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
¡Viva la Virgen de Guadalupe!
¡Viva la Virgen de Guadalupe!