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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Fabio Martínez Castilla, Obispo de la Diócesis de Lázaro Cárdenas, en ocasión de la peregrinación de las Diócesis de San Juan de los Lagos y la Diócesis de Lázaro Cárdenas, a la Basílica de Guadalupe.

Celebró Mons. Felipe Salazar Villagrana, Obispo de la Diócesis de San Juan de los Lagos.

19 de mayo de 2010

Mis queridos hermanos, todos: paz, la paz de Dios en el corazón de todos ustedes, paz y bien para todos. A todos queridos sacerdotes, religiosas, religiosos, diáconos, queridos diáconos. Miren, en San Juan de los Lagos, pues, tenemos 15 diáconos el sábado fueron ordenados 4 de 15 y en Lázaro tenemos uno. Un aplauso para los diáconos nuevos.

Queridos seminarista, estimados laicos, gracias por estar aquí todos en casa de Mamá. Su excelencia Mons. Felipe Salazar gracias por permitir que compartamos con su diócesis este momento de gracias. Gracias Don Felipe. A todos los de Lázaro, les damos un aplauso a los de San Juan de los Lagos.

Estamos aquí, porque nos trae el amor de la Madre. Escuchamos en el Evangelio, como María fue presurosa a visitar a Isabel. Hoy somos nosotros, que venimos con un corazón presuroso a visitar a María, nuestra Madre.

Somos dos Diócesis San Juan de los Lagos y Ciudad Lázaro Cárdenas, que caminamos las dos bajo el manto de la Virgen María en su advocación de nuestra Señora de la Candelaria y esto es lo que nos une, además de que nos une nuestra realidad a todos de ser hijos de Dios. Nos une como le llaman en San Juan de los Lagos “la chaparrita”. Y como le decimos algunos a la Candelaria en nuestra zona de Lázaro “la estrella de la sierra y de la costa”. Por esto somos hijos que necesitamos del calor, de la protección, del consuelo y del ánimo que nos da nuestra Madre del Cielo, y ya en este caminar hacia Pentecostés, venimos hoy movidos por el Espíritu Santo, para vivir juntos con María nuestra Madre un nuevo Pentecostés en esta casa de Mamá, la casa de todos donde el abrazo de nuestra Madre nos hace renovar hoy nuestro sí a su Hijo Jesús y renovar nuestra fraternidad solidaria.

Es un peregrinar de fe; es peregrinar de amor de hijos y hermanos, que le da sentido a toda nuestra vida personal, familiar, parroquial y diocesana. El apóstol Pablo nos invita siempre a que estemos alerta en nuestra fe, para que nadie nos aparte de la verdad. También el apóstol Pablo nos invita en estos días a trabajar, a vivir con esa actitud de ascensión, a trabajar, a poner los pies bien en la tierra para no ser carga para nadie y así poder ayudar a los necesitados, porque hay más felicidad en dar que en recibir.

Mis queridos hermanos, estamos aquí contentos, pero no se trata de venir únicamente en peregrinación año con año, porque gustamos de celebrar a nuestra Madre del Cielo, sino que estoy seguro que hemos venido también a aprender de Ella, con ese corazón presuroso para vivir como verdaderos cristianos que seguimos las huellas del Señor Jesús, su Hijo, que paso por este mundo haciendo el bien.

Estamos aquí, porque queremos demostrar al mundo con nuestra vida, con nuestras buenas obras y construyendo una sociedad fraterna que Cristo es el centro de nuestras vidas y que María es nuestra Madre. Isabel le dice a María: dichosa tú que has creído. Y hoy nosotros de los labios de María, queremos escuchar eso: dichos ustedes porque creen, dichosos ustedes porque me aman, dichosos ustedes porque me honran. Y por esto la última frase del Libro del Eclesiástico decía: los que me horran tendrán vida eterna.

El Señor Jesús nos invita en estos días previos a la Fiesta de Pentecostés, cuando se va despidiendo, nos invita a que nosotros seamos uno. Y hoy estamos aquí en casa de Mamá, porque queremos ser uno, como Jesús y el Padre son uno. Queremos ser un signo de unidad en medio de este mundo dividido y es por esto que hemos venido para que en el corazón de nuestra Madre nosotros hagamos realidad el deseo de Jesús que le pide al Padre la unidad, que seamos uno.

Estamos, entonces, en el mundo sin ser del mundo y yo les pregunto ¿de quién somos nosotros hoy del mundo o de Jesús? Que se nos note que vivimos en el mundo, pero que nosotros no somos del mundo, somos de Jesús. El Señor Jesús, recuerden, no gusta de los cristianos mediocres, que se avergüenzan de Él y que lo horran con los labios, pero que nuestro corazón está lejos de Él. Y por esto en un pasaje del Evangelio no dijo: que si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta gente idolatra y pecadora también el hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre. Palabras duras, pero que hoy en casa de Mamá nos pueden ayudar a ser más decididos por su Hijo Jesús. Palabras fuertes que queremos reflexionar hoy a los pies de nuestra Madre, pero que hoy hemos venido más allá de todo, hemos venido a saborear las palabras de Jesús en la cruz: ahí tienes a tu Madre, es Ella, María de Guadalupe, quien nos anima a seguir de todo corazón a su Hijo Jesús, ya que sólo en Él, en Jesús volverá la paz a nuestros corazones, a nuestra sociedad y tendremos una vida en abundancia, comprometidos todos en la construcción de la fraternidad.

Mis hermanos, la Morenita sale a nuestro encuentro y nos dice hoy, como en las Bodas de Caná: hagan lo que Él les diga. A todos los que hemos venido: a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a los seminaristas, a las religiosas, a todos ustedes mis queridos laicos, el consejo desde el corazón de la Madre es que centremos la mirada en Jesús: hagan lo que Él les diga, dejen de hacer en la vida lo que se les pega la gana y empiecen hacer lo que Jesús, mi Hijo, les diga. Este es el secreto del vino mejor; el secreto de una vida nueva y feliz es hacer lo que Jesús nos diga. Este es el gran consejo de nuestra Madre del Cielo, que siempre debemos escuchar y cumplir para transformar nuestras vidas y nuestras diócesis.

Venimos, como ya nos decía Don Felipe, como diócesis hermanas en ese sentido de Iglesia. A poner nuestro caminar bajo el manto de nuestra Madre. En este Año Sacerdotal, que estamos ya por terminar, los sacerdotes queremos renovar ante Mamá nuestro compromiso sacerdotal de ser bendición de Dios para nuestros pueblos. También hemos venido para poner nuestro caminar en ese esfuerzo de la Misión Continental, abrir nuestros corazones y ser testigos del amor de Dios para todos.

Hemos venido, también, para poner nuestros seminarios en su corazón maternal, como niños pequeños todos, pongámonos en sus brazos y saboreemos hoy en la casa: ¿no estoy Yo aquí que soy tu Madre? Estoy seguro que muchos de nosotros necesitamos hoy escuchar de María o más bien experimentar su abrazo y que Ella ahí al oído nos dice: ¿a caso no estoy yo aquí que soy tu Madre?

Hoy venimos con gratitud y alegría, porque de la mano de María hemos experimentado las gracias de Dios para con cada uno de nosotros y para con nuestras diócesis. Los obispos de estas dos diócesis hemos venido con humildad, con alegría y con esperanza a poner en el corazón de nuestra Madre nuestros sueños y preocupaciones Don Felipe y yo somos dos obispos que soñamos y ojala nunca dejemos de soñar, para que nuestros sueños nos mantengan despiertos, buscando siempre lo que Dios quiere para nuestra diócesis.

Todos, sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas y lacios, como san Juan Diego venimos hoy a encontrarnos con nuestra Madre, a cobijarnos y abandonarnos en sus brazos para que sigamos viviendo bajo su intercesión el milagro del vino mejor en nuestro caminar diocesano.

¿Qué nos toca hacer a cada uno de nosotros? Mis hermanos, en el Evangelio de Juan está claro después lo que hicieron los servidores. Nos toca a nosotros continuar llenando las tinajas con el agua de nuestra conversión personal y de nuestra participación entusiasta en el caminar diocesano fortaleciendo los espacios del encuentro con Cristo. Y uniendo esfuerzos en el trabajo, para que por la renovación de nuestras parroquias seamos diócesis discípulas misioneras abiertas a las necesidades de la Iglesia Universal no se trata de compartir porque tenemos mucho o tenemos poco, se trata de compartir porque somos Iglesia.

Mis queridos hermanos, queremos ser estas dos diócesis. Diócesis centradas en Cristo, evangelizadas y evangelizadoras, discípulas misioneras. Que cada día volvemos el corazón a la Palabra de Dios. Escuchemos esto hay que volver nuestro corazón a la Palabra de Dios; hay que volver nuestro corazón a la Eucaristía; hay que volver nuestro corazón a la comunidad, a los más necesitados y esto será un volver nuestro corazón a María.

Diócesis queremos ser que con nuestra Madre gozamos en creer, celebrar y vivir la Eucaristía Dominical como fuente de nuestra vida, como fuente de nuestra vida, para así cantar con María: mi alma glorifica al Señor y mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador.

Madre del Cielo, Morenita, las Diócesis de San Juan de los Lagos y de Ciudad Lázaro Cárdenas experimentamos hoy tu sonrisa, tu abrazo, tu mirada, tu protección y tu intercesión. Queremos ser como niños, que caminan seguros y alegres, porque van de la mano de su Madre por el camino de la vida.

Gracias Señor Jesús por el regalo maravilloso y siempre vivo de tu Madre: ahí tienes a tu Madre. Estoy seguro, mis queridos hermanos, que muchos hemos experimentado el amor de nuestra Madre en momentos difíciles, ese: ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre? Por esto que nuestra actitud hoy sea la del apóstol san Juan y también la de san Juan Diego, como san Juan queremos llevar de nuevo a María a nuestra casa. Así como el apóstol Juan ocupó el lugar de Jesús en el cuidado de María, también, cada uno de nosotros queremos hacer lo mismo. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Nuestro corazón es la casa; nuestro corazón es la pequeña Basílica de Guadalupe donde María vive y reina. La Basílica que Dios quiere no es esta. Esta es necesaria para que nos reunamos, la Basílica verdadera y que no muere es esta, la Basilica que no necesita pinturas, que no necesita pintura, que no necesita ser retocada, sino que sólo necesita buenas obras, experiencia de fraternidad y amor. Por esto que nuestro corazón sea la mejor Basílica de nuestra Señora de Guadalupe.

Centrados en Jesús continuemos nuestro caminar de discípulos misioneros, hijos de Dios, hijos de María con la confianza del hijo en brazos de su Madre: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? hagan lo que Él les diga.

Que esto resuene en el corazón de todos nosotros, para que saboreemos lo que Jesús nos dice: ahí tienes a tu Madre.

Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.

¡Viva la Virgen de Guadalupe!
¡Viva la Virgen de Guadalupe!

 
 
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