21 de
julio de 2010
Hermosísima Señora y Madre
nuestra, Santa María de Guadalupe, aquí está tu amada Diócesis
de Gómez Palacio quienes este día venimos a tu encuentro
para saludarte, manifestarte nuestro, nuestra afiliación,
como hijos y suplicarte que nos sigas protegiendo, bendiciendo
con tu poderosísima intercesión. Están mis amados sacerdotes,
seminaristas, religiosos y religiosas, muy amados fieles,
todos. Saludo con afecto, con amor a todos los aquí presentes,
a todos los peregrinos, que nos encontramos este medio día.
Sin duda alguna nuestra diócesis
a penas naciente de un año cuatro o cinco meses, como la
vocación del profeta, también estuvo en la mente de Dios
desde toda la eternidad. Bien, podríamos decir que nuestra
amada diócesis desde antes que nacieras te consagré, te
he constituido una gran familia, una gran comunidad o gran
pueblo lleno de fe. Podríamos decir, como el profeta, también,
como diócesis: somos una diócesis bebé, que apenas ha nacido;
somos un muchacho.
Sin embargo, hoy, Dios nuestro
Padre y nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe
nos dice con la Palabra de Dios, no digas que eres un muchacho,
yo estoy contigo. Sentimos la presencia del Señor, sentimos
su mano poderosísima, sentimos la protección excelsa de
nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe. Somos una
diócesis guadalupana, consagrada a la Virgen de Guadalupe
y como tal asumimos la vocación de iglesia particular, como
tal nos comprometemos a responder con un “sí” generoso,
con un “sí” fiel al llamado de Dios. A donde yo te envíe
tú irás, lo que yo diga tú dirás.
Aquí estamos ante ti Señora
y Madre nuestra para manifestarte nuestro compromiso, nuestra
fidelidad, nuestro “sí” generoso. Así como tú dijiste un
día: cúmplase en mí lo que me has dicho, he aquí la esclava
del Señor, así nosotros. Este valioso grupo de sacerdotes
valientes de mi diócesis; este grupo de seminaristas generosos,
también valientes, que dan esa opción de seguimiento al
Señor, de seguirlo fielmente, este hermoso pueblo de Gómez
Palacio en nuestra diócesis, gente trabajadora, gente humilde,
gente sencilla, gente hermosa y buena aquí estamos, para
escuchar tu Palabra; aquí estamos para trabajar y para
construir el Reino de Dios en nuestra diócesis.
El Santo Evangelio, que acabamos
escuchar, también se acomoda muy bien a la experiencia que
estamos viviendo, sin duda alguna también nos consideramos
una tierra buena; una tierra hermosa; una tierra fértil
donde el Señor ha sembrado una semilla igualmente hermosa,
igualmente buena. La siembra del obispo en los presbíteros,
en los seminarista, religiosos, religiosas y fieles laicos
su amor, su vida, su Palabra, su semilla. Y Él espera de
todos y de cada uno de nosotros dar el ciento por uno. Por
eso hoy estamos en esta hermosísima Basílica a tus pies
Señora y Madre nuestra para agradecerte tu maternal intercesión.
Confiamos en que tú estés ahí cerquita de tu Hijo intercediendo
por nosotros, intercediendo por nuestra diócesis, intercediendo
por todos y cada uno de los que este medio día nos encontramos
aquí visitándote, amándote, queriéndote mucho.
Vivimos tiempos difíciles,
todo México, pero particularmente nuestra región de la Comarca
Lagunera, esa parte de Durango, los vecinos de Torreón,
a nuestros alrededores sufrimos. Sufrimos como todo nuestro
pueblo; sufrimos la violencia, el secuestro, el narcotráfico,
los asesinatos, los abortos, la agresión contra la vida,
contra el matrimonio, contra la familia, un pueblo que sufre,
la injusticia y la pobreza. Sin embargo, a pesar de esos
restos y dificultades que ahí están confiamos y creemos
en el Señor. Yo estoy contigo, no tengas miedo, nos
dice la lectura primera del profeta, no tengas miedo,
yo estoy contigo. Confiamos en tu Palabra; confiamos
en tu poder; confiamos en que Tú si nos has llamado a formar
una nueva iglesia particular, una nueva comunidad diocesana
sabemos y estamos seguros, que Tú caminas con nosotros,
que Tú nos proteges, que Tú nos auxilias, que Tú estás en
medio de nosotros, porque eres nuestro Padre, eres nuestro
Mesías, nuestro Salvador, tu Señora eres nuestra Madre Santísima.
Con esa confianza podemos afrontar nuestros retos, nuestras
dificultades, estamos comenzando a trabajar hacia un Plan
Diocesano de Pastoral donde he convocado a todos: sacerdotes,
religiosos y religiosas, seminarista, fieles laicos a unirnos,
a descubrir ¿qué quiere Dios de nosotros como diócesis?
Estamos abiertos a su plan de salvación; estamos abiertos
a recibir su Palabra, su semilla y quienes necesitamos su
ayuda, su luz, la fuerza de su espíritu para responder y
dar el ciento por uno. Cada quien desde su propia vocación,
pero todos unidos, como familia, como iglesia.
Hemos tenido un primer encuentro
diocesano de agentes de pastoral donde analizamos de alguna
manera algunos rasgos de nuestra realidad nueva, como diócesis.
Queremos ahora empezar a trabajar y dar continuidad a ese
primer paso, profundizar nuestra realidad, para luego ir
iluminándola con la Palabra de Dios, el magisterio dando
un diagnóstico pastoral y descubrir en todo ello el Plan
de Dios y llegar así a nuestro propio Plan Diocesano de
Pastoral.
Por eso a Dios, nuestro Padre,
por intercesión de nuestra Madre Santísima, Santa María
de Guadalupe hoy venimos aquí a su casita, a su Basílica,
para poner y presentarle nuestra diócesis, nuestros sacerdotes,
nuestros seminarios, seminaristas, nuestros fieles laicos,
religiosos y religiosas. Ponerlos ante Ti, Señora mía pedirte,
suplicarte con toda humildad que camines con nosotros, que
intercedas ante tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo para estar
atentos con los oídos bien abiertos, con el corazón palpitante
para escuchar la voz de Dios, nuestro Padre, la voz de tu
Hijo Jesucristo. Y así descubrir su plan de salvación para
nosotros, ponerlo en práctica en un propio plan pastoral
de nosotros, como diócesis.
He escuchado a mis hermanos
fieles laicos, cada vez que los visito en sus parroquias,
el deseo y la disposición para el trabajo. Señor obispo
aquí estamos, cuente con nosotros ¿qué vamos hacer? ¿cuándo
empezamos? En esas palabras ellos me expresan su docilidad,
su generosidad, su disposición al igual que mis sacerdotes
y mis seminaristas. Es hermoso, esto es un don, un regalo,
tan hermoso, tan grande que Dios nos da, porque Él nos ama,
porque Él está en medio de nosotros, porque Él nos protege,
porque Él es bueno y misericordioso. Basta que nosotros,
también seamos igualmente generosos, dispuestos a trabajar
a darlo todo. Yo estoy muy confiado en Dios y muy confiado
en nuestra Madre Santísima de que vamos a dar el ciento
por uno. Vamos a redoblar esfuerzos; vamos a trabajar como
hasta ahora lo hemos hecho muy unidos, todos de la mano,
cada quien con sus cualidades, talentos, potencialidades
dinamismos, para responder con fidelidad a tu plan de salvación
en nuestro propio Plan de Pastoral Diocesano.
Gracias a todos los peregrinos,
tanto de mi diócesis, como a los aquí presentes, también,
tienen sus propios planes, inquietudes, situaciones, problemática,
tengamos la confianza en Dios. Es lo último que podemos
perder, que no perdamos la confianza, que no perdamos la
fe, que no perdamos la esperanza en Dios y en nuestra Madre
Santísima. Él es nuestra fuerza, Ella nuestra poderosísima
intercesora con ellos, con Dios, con su Hijo, con la fuerza
del Espíritu Santo y con Santa María de Guadalupe podremos
salir adelante, podremos construir el reino de Dios cada
quien en su propia diócesis, cada quien en su propia vocación
y ambiente, nosotros como Diócesis de Gómez Palacio.
Santa María de Guadalupe, Reina
nuestra bendícenos, muéstranos siempre tu mirada bondadosa,
que nosotros abrimos nuestro corazón para recibirte y que
te quedes ahí siempre en medio de nosotros.
Así sea.