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Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Garfias Merlos, Obispo de la Diócesis de Netzahualcóyotl, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

1 de mayo de 2010

Todos los que los vean reconocerán que son raza bendita del Señor. (Is 61, 9).

Muy apreciables hermanos en el presbiterado, hermanos y hermanas religiosos. Estimados seminaristas. Estimados hermanos y hermanas laicos.

Les saludos a todos con cariño y afecto, ese que nace del corazón de Jesús, Buen Pastor que ama hasta la entrega total y da su vida por las ovejas. Les agradezco a todos ustedes, hermanos y hermanas, que hoy en este día nos podemos reconocer como «Pueblo de Dios en camino». Que como creyentes celebremos el gozo de sentimos inmersos en medio de tantos hermanos y hermanas, caminando juntos hacia Dios que hoy nos recibe en esta Basílica, que nos hermana como Iglesia de México.

Nuestra amada Iglesia de Netzahualcóyotl durante esta noche ha tenido la fortuna de hacer la misma experiencia que un día, Cristo nuestro Maestro y Señor realizara: «ser peregrino, y caminar resucitado junto a sus discípulos» instruyendo e infundiendo en ellos, la fe profunda de un encuentro que revitaliza su esperanza y les ayuda a vivir en el amor.

Queridos hijos e hijas, hoy ante la preciosa imagen de la Virgen tenemos un encuentro de amor que simboliza la ternura y la cercanía de Dios, que valiosa oportunidad tenemos de descargar todo el peso de nuestro dolor y cansancio, de nuestros fracasos y equivocaciones, de nuestras desilusiones y pérdidas.

Ante «la Santísima Madre del Dios por quien se vive», elevamos nuestra súplica sincera, que es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, y que reconoce que solo nada puede, mientras que juntos e iluminado por Él Espíritu del Resucitado «lo podemos todo».

«Todos los que los vean reconocerán que son raza bendita de Yavhé» (Is 61,9)

El profeta Isaías de quien hemos escuchado la primera lectura, nos envía al futuro de la restauración del pueblo de Israel obra única y exclusiva de Dios que ama a su pueblo, es decir, Dios promete la construcción de un futuro nuevo, un futuro en el que su pueblo será llamado: «raza bendita», en otras palabras, pueblo privilegiado, pueblo consentido, pueblo favorecido por Dios.

Esta visión llena de esperanza y fe de parte del profeta, es su característica primordial, infundir un sentimiento de esperanza al pueblo que ha experimentado la catástrofe a causa de sus propias decisiones. Surge la necesidad de ese Alguien que restaure al pueblo, que le permita ver la vida de manera diferente, de manera nueva. Isaías comprende que se requiere de otros que perciban que Dios hace nuevas todas las cosas, y que esa novedad es gratuita, y que la gratuidad consiste es que los otros perciban y exclamen que el pueblo de Yavhé - Dios es «raza bendita», pueblo amado, pueblo restaurado, pueblo transformado.  

En estos días la Iglesia celebra el misterio de la Resurrección y vive el gran gozo que deriva de la Buena Nueva del triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte, cumplimiento de la promesa hecha ya en Isaías, esta es «la novedad».

El gozo del cumplimiento de ésta promesa es una alegría que se extiende entre nosotros los cristianos católicos durante cincuenta días hasta Pentecostés.

Observemos como después del llanto y la consternación del viernes santo, y después del silencio cargado de espera del sábado santo como le sucedió a su modo al pueblo de Israel, he aquí que surge el anuncio estupendo: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Le 24,34). En toda la historia del mundo, esta es la «Buena Nueva» por excelencia, es el «Evangelio» anunciado y transmitido a lo largo de los siglos, de generación en generación. Esta es la esperanza de una renovación, de la novedad que Dios en Cristo ha hecho para nuestro mundo.

Sí, queridos hermanos y hermanas, toda nuestra fe se basa en la transmisión constante y fiel de esta "Buena Nueva". Y nosotros, hoy, queremos expresar a Dios nuestra profunda gratitud por las innumerables generaciones de creyentes en Cristo que nos han precedido a lo largo de los siglos, porque cumplieron el mandato fundamental de anunciar el Evangelio que habían recibido, es decir,  nos han transmitido que también nosotros «somos raza bendita de Dios».

La Buena Nueva de la Pascua, por tanto, requiere la labor de testigos entusiastas y valientes. Todo discípulo de Cristo, también cada uno de nosotros, está llamado a ser testigo, es decir, ser transmisor.

Este es el mandato preciso, comprometedor y apasionante del Señor resucitado. La "noticia" de la vida nueva en Cristo debe resplandecer en la vida del cristiano, debe estar viva y activa en quien la comunica, y ha de ser realmente capaz de cambiar el corazón, toda la existencia. Esta noticia está viva, ante todo, porque Cristo mismo es su alma viva y vivificante. Nos lo recuerda san Marcos al final de su Evangelio, donde escribe que los Apóstoles "salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban" (Mc 16,20).

La experiencia de los Apóstoles es también la nuestra y la de todo creyente, de todo discípulo que se hace "anunciador". De hecho, también nosotros estamos seguros de que el Señor, hoy como ayer, actúa junto con sus testigos. Este es un hecho que podemos reconocer cada vez que vemos despuntar los brotes de una paz verdadera y duradera, donde el compromiso y el ejemplo de los cristianos y de los hombres de buena voluntad está animado por el respeto de la justicia, el diálogo paciente, la estima convencida de los demás, el desinterés y el sacrificio personal y comunitario.

Lamentablemente podemos observar el sufrimiento de tantos y tantos hermanos nuestros a causa de la escalada del crimen organizado que también se encuentra presente en los municipios de Netzahualcóyotl, Los Reyes la Paz e Ixtapaluca. Podemos observar como tantos hermanos nuestros sufren a causa de los secuestros, del narcotráfico que envenena a nuestros adolescentes y jóvenes, la trata de personas especialmente de adolescentes en nuestros municipios. Podemos observar como muchos de nuestros hermanos han sido extorsionados mediante los llamados secuestros exprés. La violencia familiar y la desintegración que ella genera al interno de nuestras familias son otra de tantas formas de violencia. De igual magnitud es la pobreza y la desigualdad económica que ha crecido en nuestro país y en nuestros municipios.

Observamos cómo golpea a tantos hermanos y hermanas el desempleo y el subempleo, el porcentaje de jóvenes que, incluso teniendo estudios, no tienen acceso a empleos estables y remunerados.

Hermanos y hermanas, la celebración del Misterio pascual, la contemplación gozosa de la Resurrección de Cristo, que vence al pecado y la muerte con la fuerza del amor de Dios, es ocasión propicia para redescubrir y profesar con más convicción nuestra confianza en el Señor resucitado, que acompaña a los testigos de su palabra obrando prodigios junto con ellos. Seremos verdaderamente y hasta el fondo testigos de Jesús resucitado cuando dejemos que se transparente en nosotros el prodigio de su amor; cuando en nuestras palabras y, más aún, en nuestros gestos, en plena coherencia con el Evangelio, se pueda reconocer la voz y la mano de Jesús que hace nuevas  todas las cosas y nos llama raza bendita de Dios.

Recordemos siempre que no es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la fe de manera individualista sacando del horizonte de la vida y de nuestras preocupaciones cotidianas a los hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro caminar por la historia; por ello, la vocación cristiana incluye el llamado a construir en nuestra diócesis de Netzahualcóyotl comunidades fraternas y justas; el compromiso de servir al hermano y de buscar juntos caminos de justicia y ser así constructores de paz. De esta manera nuestra Iglesia Diocesana será fiel a su esencia misma que es ser sacramento de unidad entre Dios y la persona humana, de los hombres y las mujeres entre sí.

Tú eres sacerdote para la eternidad a semejanza de Melquisedec (Hb 5,5)

"Deseo de corazón que el Año Sacerdotal -ha afirmado Benedicto XVI- constituya para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de firme revigorización en el compromiso de su misión". ¿En qué consiste ser hoy día sacerdote de Jesucristo, en medio de una sociedad pos moderna que tiene como principio de su actuar el subjetivismo hedonista, el individualismo craso y la despersonalización alienante? Jesús resucitado nos enseña hoy lo que es y tiene que ser un sacerdote de Jesucristo. Éste es ante todo su representante y su prolongación como Buen Pastor.  

De este modo, el sacerdote es el que señala el camino, el primero en hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de seguir los demás. Esto significa que, para discernir los caminos de luz, de las cañadas oscuras, debemos vivir de la Palabra de Dios, debemos ser hombres de oración, de perdón, hombres que reciben y celebran los sacramentos como actos de oración y de encuentro con el Señor. Como sacerdotes habremos de ser hombres de caridad vivida y celebrada, que transformemos toda nuestra actividad y ministerio en actos espirituales en comunión con Cristo para la salvación de los demás.

Al igual que Jesús el Buen Pastor, debemos ir también por delante de nuestra grey en la entrega total hasta la cruz. Esta entrega, esta ofrenda de cada uno de nosotros es también participación en la cruz de Cristo, fuente de toda alegría y riqueza. Y sólo desde ella, podemos escuchar, servir, consolar, ayudar e iluminar de manera creíble y fructífera.

Al ejemplo de Jesús el Buen Pastor, debemos llenar nuestra actividad cotidiana de tiempos para los demás y de tiempos para el Señor. Hemos de nutrimos de espacios diarios y concretos para la celebración de la Eucaristía, la oración personal, el rezo y meditación de la Liturgia de las Horas y el rezo del rosario. Estos ejercicios nos piden el diálogo permanente con la Palabra de Dios. Y sólo así podremos crear reservas para responder a las exigencias de la vida pastoral. Para dar el fruto verdadero que el mundo necesita y que nuestra Iglesia está llamada a ofrecer.

Recordemos que el sacerdote no lo es para sí mismo sino para los demás, a través de la Iglesia, de la que es ministro, voz y rostro. Tomemos consciencia que nuestros fieles ven y perciben en el sacerdote a la Iglesia. Y la Iglesia no es una gran superestructura, un cuerpo administrativo o de poder, una organización social. Es un cuerpo espiritual para la salvación del hombre. Por ello, el sacerdote debe estar con el pueblo, rezar con el pueblo, escuchar al pueblo, amar al pueblo, iluminarlo con la Palabra de Dios -muy singularmente mediante la homilía, nacida y crecida en la oración y en la escucha fiel de la Palabra- y con los Sacramentos, signos eficaces del amor de Jesucristo.

Queridos hermanos sacerdotes debemos recordar que nosotros somos los hombres de Dios y que la misión central del sacerdote es portar a Dios a los hombres. Y ciertamente sólo podremos hacerlo si nosotros mismos procedemos de Dios, si vivimos en unidad e intimidad con Dios.

Reconozcamos que «el Señor es Dios, que él nos hizo ya él pertenecemos. Él es el lote de mi heredad». En efecto, el verdadero y único sentido de la vida de nosotros como sacerdotes es el Señor. Dios es el fundamento externo e interno de nuestra vida.

Es verdad, Dios es el centro de la identidad y existencia sacerdotal, este teocentrismo que portamos como sacerdotes es tanto más necesario cuanto más desdibujada está en nuestro mundo la idea de Dios, en medio de una sociedad totalmente funcionalista, donde todo está basado en prestaciones calculables, verificables, puestas siempre bajo el barómetro de la rentabilidad.

Por ello, el sacerdote de hoy y de siempre debe conocer y reconocer a Dios desde dentro y así, como el mayor y el mejor de los servicios que necesitan y demandan, quizás sin saberlo, los hombres y mujeres de su tiempo, llevarles y transmitirle a Dios.

Desde esta centralidad del Señor en la vida del sacerdote, se entiende y se sublima el celibato ministerial, que no es tanto una supuesta conveniencia práctica y funcional, sino que es expresión de amor en consagración a Dios - la parte de mi heredad- y en ofrenda a los hombres. El celibato no significa permanecer privado de amor. Todo lo contrario: es dejarse prender por la pasión por Dios y aprender, gracias a su intimidad con El, cómo servir más y mejor a los demás.

El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios que se concreta y traduce en una forma de vida que sólo, a partir de Dios, tiene sentido para el bien de aquellos a quienes el sacerdote ha sido enviado y quienes esperan de Él que les sirva y transmita a Dios. A un Dios con quien el sacerdote ha de vivir esponsal y fecundamente unidos a través de su ordenación sacramental y de su celibato.

Como todos nos hemos enterado por los medios de comunicación social se ha levantado de diversas maneras un ataque frontal en contra de la Iglesia Católica y una desvaloración del sacerdocio de Cristo en la Iglesia. Este ataque surge a partir de la falla de algunos sacerdotes que han traicionado la confianza depositada en ellos por niños o jóvenes inocentes y por sus padres.

Ante todo esto quiero recordarles, que la Iglesia siempre se ha mantenido dispuesta a aplicar la ley civil y eclesiástica cuando las faltas, delitos y abusos cometidos así lo ameriten. Y esto es lo que nuevamente quiero dejar bien claro: al sacerdote o al fiel que cometa un delito, tendrá que rendir cuentas ante los tribunales debidamente constituidos tanto civiles como eclesiásticos.

Quiero expresarle a toda mi Iglesia Particular de Netzahualcóyotl, tanto a los sacerdotes como a los fieles laicos, en este tiempo de sufrimiento, dolor y vergüenza por los crímenes de algunos sacerdotes, somos llamados hoy más que nunca a discernir los signos de los tiempos, y a escuchar la voz de Dios que nos llama a una renovación plena en nuestras existencias, Jesucristo nos llama a la conversión constante en nuestras vidas para ser fieles a Él en la Iglesia según el Evangelio.

Hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas hoy más que nunca les pido que reafirmen su fe en Cristo y en el ministerio sacerdotal, reafirmen su fe en la Iglesia y su confianza en la promesa evangélica de redención, perdón y renovación interior, que sólo se logrará a través de la perseverancia y la oración y en la confianza plena de la fuerza sanadora de la gracia de Dios.

Queridos fieles les ruego oren por sus sacerdotes, oren por nuestra Iglesia Católica, adhiéranse a nuestra Iglesia Madre y Maestra siguiendo también ustedes con valentía el camino de la conversión, la purificación y la reconciliación.

Entre más seamos perseguidos más tenemos que redoblar el esfuerzo de ser Discípulos y Misioneros según el evangelio predicado por nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos sacerdotes, recordemos las palabras del Santo Cura de Ars: «El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». Siguiendo a Jesús los sacerdotes dan la vida para que los fieles puedan vivir del amor de Cristo.

Hemos sido elegidos para dar vida, para crear la vida, para que con nuestros actos en coherencia con lo que profesamos podamos engendrar la vida, no estamos hechos para destruir y dar muerte a los demás, y menos a seres indefensos. Hagamos vida el llamado que hemos recibido de parte de Jesús, ser fuentes de donde brote la vida.

María, Madre Santísima de Guadalupe, Discípula y Misionera de Jesús del evangelio, emerge la figura de María, mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como Madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó así, a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la alianza.

La Virgen María de Nazaret tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesús confió a sus discípulos a su Madre y desde aquella hora es nuestra madre. Ella fortalece nuestros vínculos de fraternidad, nos alienta a la reconciliación y el perdón, y nos ayuda a experimentamos como la gran familia de Dios.

No olvidemos nunca que ella nos enseña cómo ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo. Que camina junto a nosotros y se hace parte de nuestros gozos y fatigas, entrando en nuestra historia y siendo parte de nuestra Iglesia particular de Netzahualcóyotl.

Disponiéndonos todos para celebrar la Eucaristía quiero dirigir mi pensamiento y mi corazón a Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la primera y de la Nueva Evangelización, Discípula y Misionera de Cristo. A Ella le encomiendo todos los proyectos de nuestra diócesis que buscan fortalecer en la comunión y en el amor a nuestras familias católicas.

Madre de Guadalupe, bajo tu especial intercesión coloco a todos mis sacerdotes para que a semejanza tuya logren discernir cual es la voluntad de Dios y pongan en práctica su enseñanza. Madre cuida, protege y guía a cada sacerdote de mi Iglesia, para que nuestros fieles puedan percibir los rasgos, los sentimientos, la ternura y el amor de Jesús Buen Pastor en medio de cada comunidad parroquial por su testimonio de vida.

Pongo bajo tu especial protección a mí Seminario san José, a los adolescentes y jóvenes, que como tu Madre han escuchado la voz de Dios que les llama a colaborar con Él, para dar al mundo a Jesús, Salvador del género humano.

Bajo tu cuidado maternal pongo a los jóvenes de nuestra diócesis para que no tengan miedo en seguir a Jesús y consagrar su vida a él. Nuestra diócesis requiere hoy más que nunca de ustedes los jóvenes para que renueven con su ímpetu y su fuerza nuestra Iglesia y colaboren en la construcción del hombre y la mujer en la verdad y en el amor.

Bajo tu manto sagrado pongo la vida inocente de los niños. Pido a Dios por intercesión de nuestra madre santísima ilumine las mentes de todos los seres humanos para que nadie se atreva a vulnerar la inocencia de la misma imagen de Jesús vista en un niño.

A tu intercesión encomiendo a los pobres con sus necesidades y anhelos. En tus manos pongo también a los trabajadores, empresarios y a todos los que con sus actividad colaboran en el progreso de nuestra sociedad.

Bajo tu especial protección ponemos a las autoridades civiles, a los políticos y a todos aquellos que tienen responsabilidad de decisión, para que cumplan con su encomienda buscando por sobre todas las cosas el bien común del pueblo y busque una vida digna para todos los mexicanos.

Virgen Santísima te pido que llevemos en nuestro caminar por la vida tu imagen impresa en nuestra existencia y que podamos escuchar tu voz maternal y protectora que nos repite hoy: "Hijo mío, Juan Diego, el más pequeño de mis hijos, ¿qué temes? ¿No estoy aquí que soy tu Madre?".

En Cristo nuestra Paz.

 
 
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