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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Javier Chavolla, Obispo de la Diócesis de Toluca, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

25 de febrero de 2010

¡Vengan a Mí ustedes los que me aman y aliméntense de mis frutos!

Muy querido hermano Don Raúl Gómez González, Obispo de Tenancingo. Muy queridos hermanos míos del sacerdocio ministerial, sacerdotes de Toluca y de Tenancingo. Muy amados hermanos y hermanas en el sacerdocio bautismal de Jesucristo. ¡Bienvenidos a esta su casa, la casa de nuestra Madre, ustedes de la Diócesis de Toluca y de Tenancingo!

El Himno de la Sabiduría que escuchamos en la primera lectura, tomada del Libro del Eclesiástico, en esta celebración, nos hace volvernos a la Madre de Dios y Madre nuestra. Trono de la sabiduría, Madre del amor que nos llama y nos invita: ¡vengan a mí ustedes los que me aman y aliméntense de mis frutos! Bien sabemos quién es el fruto bendito de su vientre. No en vano su imagen de Madre y Reina de México, Señora de Guadalupe se nos presenta como una mujer embarazada, pronta a dar a luz, la Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Que quiere mostrarse Madre nuestra, Madre de todos los que la invoquemos.

Una importante tarea materna es alimentar al Hijo, por eso esta mañana nuestra Madre de Guadalupe nos repite insistentemente: ¡vengan aliméntense de mis frutos! Y por eso continúa ofreciéndonos a Cristo, como alimento de vida eterna.

Disponible y oferente nos muestra dos cualidades muy suyas, muy especificas siempre pronta al cumplimiento de la voluntad de Dios y siempre ofreciendo a Jesucristo, su Hijo. A penas ha dado su respuesta de ofrenda y consagración total: hágase en mí según tu Palabra. Y camina presurosa a ofrecer a su Hijo a casa de Isabel. Ahí la presencia de Cristo manifiesta, también, la presencia del Espíritu siempre unido a la obra de la salvación, por eso Isabel queda llenar del Espíritu Santo y lo manifiesta proféticamente: bendito el fruto de tu vientre.

Mientras el Bautista se mueve en sus entrañas, como señal de ese don del Espíritu. Belén es la primera presentación sensible que hace María a los pastores, quienes van siguiendo confiados el mensaje de los ángeles: hoy les ha nacido el Salvador lo encontrarán envuelto en pañales y recostado en un pesebre. María adelanta la hora del Redentor y en Caná le hace manifestarse en aquel signo milagroso en el que empieza su manifestación, como Hijo de Dios. María le acompaña en el momento definitivo de la Alianza Nueva y Eterna en la inmolación que Jesús realiza en el Calvario, como víctima, sacerdote y altar. Así María queda unida a un elemento esencial de la Liturgia, la acción salvadora de Cristo.

Buscando el querer de Dios en el camino de nuestra iglesia diocesana hemos dedicado el año 2008 a la Pastoral Profética, centrándonos en la Misión Evangelizadora. Esa misión permanente ante todo uniéndonos al anhelo de los obispos de América Latina y a la voluntad expresa del Santo Padre en la Misión Continental. Nos propusimos en el 2009 expresarnos como pueblo comprometido a vivir la fe en el amor solidario y en el servicio a los hermanos; se realizaron distintos programas, experiencias y procesos que dieran eficacia a esta propuesta pastoral y se intentó la formación de agentes en todas las comunidades para que, como evangelizados, discípulos y seguidores de Cristo proclamaran y testimoniaran su fe en la vivencia del amor comprometido con el hermano. Especialmente con el más necesitado y con toda nuestra comunidad humana.

Dimos importancia a la realidad en la que nos encontramos, específicamente a los riesgos, que han surgido del desequilibrio provocado en la naturaleza en el que se ha desbordado en nuestra sociedad a causa de la inseguridad y la incorrupción. Hemos intentado la unión con todos los humanos y como creyentes para salvaguardar los valores, buscar la solidaridad a la realización de nuestra historia hoy, construyendo un mundo más humano, más justo y solidario que viva en la seguridad y la armonía respondiendo fielmente al querer de Dios.

Este año, queridos hermanos, centramos nuestra iglesia diocesana en la Pastoral Litúrgica, creo que también Tenancingo según las indicaciones de Monseñor Raúl va a unirse a continuar este proceso. Por eso ante la Madre de Dios que nos une y nos llama a alimentarnos de su fruto; dándonos al que se ha hecho nuestro pan de vida. A ustedes hermanos sacerdotes y fieles laicos, como pastor de la iglesia de Toluca les invito, como hermano y oriento como obispo a este año como una oportunidad de vivir nuestra vida de fe, centrada en nuestra iglesia, en nuestra liturgia. Específicamente, en la valoración y celebración del domingo, día del Señor; que a su vez tiene su centro primordial en la Eucaristía.

Nuestro propósito se expresa en creer, celebrar y vivir la Eucaristía Dominical, ya el Concilio Vaticano II afirmó con absoluta claridad que toda celebración litúrgica, en cuanto obra de Cristo, sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es decir: todos nosotros. Esa acción sagrada por excelencia y ninguna otra acción de la Iglesia iguala por el mismo título y en el mismo grado su eficacia. Así entendemos, sin duda alguna, que la Liturgia es el culmen al que tiende la acción de la Iglesia y a la vez la fuente de la que dinama toda su fuerza. Por otra parte no podemos desconocer que la Liturgia, toda ella, es encuentro con Dios y manifestación de Dios. Y que la manifestación por excelencia del amor, de su amor a todos los hombres es la Eucaristía. Todas las relaciones de Dios con el hombre y del hombre con Dios tienen su centro vital en la Eucaristía, es decir: todo el amor de Dios al hombre y del hombre a Dios, tiene la expresión más íntima y profunda de comunión en la Eucaristía de ahí que una característica del creyente sea consolidar la Eucaristía, como vinculo esencial, como centro y culmen de su vida, de su pertenencia a Cristo, de su identidad como cristiano.

Además si consideramos las palabras del Señor: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. Hemos de concluir que la vida que promete a quien come su cuerpo y bebe su sangre es unión permanente con Él, el único portador de vida eterna. La unión con Jesús alcanzada por la comunión sacramental tiene como fin único introducir a quien la recibe en el círculo vital de Dios: el Padre que me ha enviado posee la vida y Yo vivo por el Padre. Así, también, él que me come vivirá por Mí.

Queridos hermanos, en la Eucaristía llega su culmen la historia de la salvación y de nuestra salvación personal, ese culmen es el Dios hecho carne. Cristo ha asumido en el vientre de María nuestra carne, nuestra vida, nuestro destino, nuestra existencia cotidiana y nuestra muerte. Nuestra vida ha sido redimida, sanada y ha quedado reconciliada con Dios, por su perdón, ha quedado salvada, vinculada a su Señor, su eternidad, su vida eterna y gloriosa. La Eucaristía es nuestro pan de vida; todos creemos en la revelación personal de Jesús en su identidad y alimento de pan. Él mismo nos dice: Yo soy el pan queda vida, no los confirma cuando toma en sus manos el pan lo fracciona y dice a sus discípulos, y a todos nosotros: tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes. Los judíos habían exclamado horrorizados: ¡cómo puede éste darnos a comer su carne! Jesús lo va a dar sacrificándose en la cruz, cuando su carne y su sangre sean la inmolación, que redime, reconcilia y salva. Quedara patente que su cuerpo entregado es nuestro pan de vida.

La celebración del memorial de la Muerte y Resurrección del Señor, la Eucaristía, tiene desde el principio una importancia especial, ahí, esa importancia es el domingo, día del Señor. La celebración cristiana del domingo tiene su origen en nuestras primeras comunidades, sabemos por los Hechos de los Apóstoles, que la vida de la Iglesia tenía su centro vital en la reunión de los cristianos, para fracción del pan, el primer día de la semana, día de la Resurrección del Señor. Todos encontraban, además, una fuente de esperanza en el progreso glorioso del Señor, que expresaban en la exclamación gloriosa al final de la fracción del pan Maranatha, ven Señor, como nos consta en la Didajé.

Nuestra celebración dominical requiere que continuemos en nuestra vida los carismas de la primera comunidad, la alegría y la sencillez con que los creyentes compartían el pan, los alimentos, los cual nos dice la importancia de la convivencia familiar y de amigos, y el compartir nuestros bienes con los más necesitados, para celebrar auténticamente el día del Señor. En la estructura de nuestra Liturgia Eucarística desde nuestros orígenes se pone énfasis en la oración, que es la personal e íntima comunicación con Dios en la celebración comunitaria. Igualmente incluye la enseñanza de la Escritura, como núcleo de la Liturgia de la Palabra y la comunión que se manifiesta por una parte en las ofrendas que se han de compartir a los pobres y por otra en la relación de amor a la familia, en la fraternidad solidaria con los demás y en el comportamiento por el bien de toda nuestra comunidad humana.

Hermanos, todos, ante esta necesidad vital de nuestra vida, como creyentes de centrar nuestra vida en la Eucaristía y hacerla el centro y culmen de nuestra vida particularmente por su celebración dominical. Los invito a responder con prontitud y generosidad a la invitación de nuestra Madre de Guadalupe con las palabras del Himno a la Sabiduría: ¡vengan aliméntense de mis frutos, del fruto bendito de su vientre hecho Eucaristía, cuerpo entregado, sangre derramada, pan de vida eterna! Sabemos que el Padre recibirá así nuestra Liturgia Eucarística dominical, como el supremo culto de adoración, de reconciliación, de gratitud y de amor que podemos ofrecerle. Él recibirá y nos responderá con su amor y misericordia prodigándonos sus dones, sus gracias según cada uno de nosotros lo necesite.

Hermanos presbíteros, hermanos en el Sacerdocio Ministerial, con ustedes soy sacerdote y creyente, para ustedes soy su obispo, por eso considero una seria responsabilidad mía llamarles, como hermano, como pastor y amigo a que este providencial Año Sacerdotal, que celebramos a un tiempo, el de Pastoral Litúrgica, que he considerado querer de Dios para nuestra comunidad diocesana; nos esforcemos unidos por centrar nuestra vida y acción en la Eucaristía y vivirla más intensamente con nuestro pueblo, sobretodo el domingo, día del Señor. Recordemos, la Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia que Cristo mismo nos ha confiado, como a sus más íntimos amigos. De la diaria y devota celebración de la misa depende en gran medida nuestro ministerio y ante todo nuestra santificación, pues, cuando no se celebra o cuando se celebra sin amor, sin cuidado y atención, nuestra vida sacerdotal comienza a carecer de sentido.

La exhortación de nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, a los presbíteros en Albano, nos indica: la celebración, queridos hermanos sacerdotes, es coloquio con Dios, de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto la primera condición para una buena celebración, es que el sacerdote entable realmente este coloquio. Al anunciar la Palabra el mismo se siente en coloquio con Dios, es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra en el sentido en que se hace instrumento del Señor y trata de comprender esta Palabra de Dios, que luego debe de transmitir al pueblo. Esta en coloquio con Dios, porque los textos de la Santa Misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias gracias a las cuales juntamente con la asamblea, hablamos con Dios. Por medio de la Liturgia Eucarística estamos puestos en el lugar de la evangelización y debidamente habilitados para ella. Por este ministerio renovamos la comunidad y le ayudamos a crecer en gracia y santidad. La Eucaristía transforma la vida únicamente, cuando se celebra con fe auténtica y renovada. Entonces, da forma y plasma la vida del presbítero, ya que precisamente en la presidencia de la celebración Eucarística encuentra su fundamento el ministerio de presidencia de la comunidad. Por eso el presbítero es esencialmente de la Eucaristía y para la Eucaristía, en ella el Espíritu santifica la Iglesia y santifica también al presbítero. Y recordemos: no hay Eucaristía sin sacerdote, ni sacerdote sin Eucaristía.

Queridos hermanos y hermanas entendamos a María, alimentémonos de sus frutos, de Jesús Eucaristía y vayamos todos a nuestras comunidades a participar con fe y amor en el gran misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y conseguir así una vida fiel al Señor que nos llama a la fe de su sacerdocio ministerial o a su sacerdocio bautismal, que por naturaleza nos relaciona con la liturgia.

Madre de Dios y Madre nuestra, María de Guadalupe acógenos en tu corazón amante, ayúdanos a vivir fielmente este Año Sacerdotal y Año de la Pastoral Litúrgica en el proceso de la misión evangelizadora permanente y de la Misión Continental. Alcánzanos Madre nuestra la gracia de centrar permanentemente nuestros pensamientos, actitudes y comportamientos en el sacrificio eucarístico. Pide para nosotros la luz santificadora del Espíritu Santo, para vivir la Eucaristía, santificar nuestro día del Señor, con ella, fortalecer nuestra íntima amistad en la oración, nuestra fraternidad sacerdotal y pastoral, comunitaria y laical. Y manifestarla, como discípulos y seguidores de tu Hijo en la solidaridad con el hermano más necesitado.

Madre que sepamos buscar constantemente el fruto bendito de tu vientre, para alimentarnos de Él y seguir teniendo siempre hambre de Él.

Que así sea.

 
 
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