16
de enero de 2010
Juan Diego, hijo mío ¿qué te
preocupa? ¿qué te angustia? ¿a caso no estoy yo aquí que soy tu Madre?
Saludo muy fraternalmente a
mis amados sacerdotes deseándoles muchas gracias y bendiciones de
Dios, especialmente en este Año Sacerdotal, lo mismo que a todos los
seminaristas, que se preparan para un día recibir del Señor Jesús,
para que los haga participes del gran don de su sacerdocio a favor
de los fieles. Vaya, también, mi cordial saludo a todos los religiosos
y religiosas, que con su entrega generosa y su abnegado trabajo hacen
presente el Reino de Dios entre nosotros. Mi paternal saludo a todos
ustedes, queridos hermanos y hermanas peregrinos, que con gran fe
y amor a nuestra Madre de Guadalupe han venido de todas las parroquias
de nuestra diócesis, para sentir una vez más la presencia cercana
y la protección amorosa de la Virgen María en sus familias y en cada
uno de ustedes.
Vivimos una situación en la
que los rostros de la crisis que padecemos son dramáticos. Familias
enteras, que no tienen lo necesario para comer, vestir, una vivienda
digna. En nuestra diócesis, sobre todo en las regiones más alejadas
de la sierra, muchos no tienen agua potable, electricidad, piso firme,
sus caminos son de difícil acceso y por lo mismo muchos emigran a
los Estados Unidos, principalmente, y otros a otras ciudades de nuestra
patria buscando empleo. Cada día aumentan los que tienen poco y pocos
lo que tienen mucho, incluso hasta el exceso.
Así está nuestra patria llena
de contrastes, lo cual ha provocado un desanimo generalizado. Sin
embargo, debemos entender que la crisis que realmente enfrentamos
no es sólo de índole económica, ni política es mucho más profunda
y grave, es crisis moral, crisis de valores que afectan los fines
existenciales de las personas y de la sociedad. Por tanto la recuperación
del país tendrá que ser ante todo de orden moral. Debemos rescatar
desde la fe, los principios y valores más entrañables de la convivencia
humana.
Estamos comenzando un nuevo
año y venimos ante las plantas de nuestra Madre del Cielo, nuestra
Señora de Guadalupe, para poner en sus manos nuestros anhelos y esperanzas,
pero también nuestras angustias y tristezas, nuestros proyectos y
nuestros ideales. Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le
ha dado una vida nueva.
Estamos en el Año Sacerdotal
y es una buena ocasión para renovar nuestro compromiso de orar por
los sacerdotes de la diócesis y por las vocaciones. A través del lema:
“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. El Papa Benedicto
XVI nos invita en cada presbiterio a una profunda renovación interior
en nuestra vida de discípulos de Jesús. Así como a un nuevo dinamismo
de nuestro compromiso misionero. El presbítero a imagen del Buen Pastor
está llamado a ser hombre de la misericordia y de la compasión; cercano
a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren
grandes necesidades. La caridad pastoral, fuente de la espiritualidad
sacerdotal anima y unifica su vida, y su ministerio, consciente de
sus limitaciones el sacerdote valora la pastoral orgánica y se inserta
con gusto en el presbiterio. No olvidar que la Santísima Virgen tiene
un tierno amor y también una protección especial para cada sacerdote,
si tan sólo acude a Ella.
En este año en nuestra patria
celebraremos el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de
la Revolución Mexicana. En nuestro estado, como en otras identidades
del país será un año de elecciones. Ojala que desde ahora tomemos
conciencia de participar responsablemente, buscando siempre el bien
común. En nuestra diócesis nos disponemos a hacer la apertura del
Año Jubilar con motivo de los cincuenta años de la diócesis y que
Dios mediante la haremos el 5 de septiembre con toda la solemnidad
que ello merece en cada foranía de nuestra diócesis y con la presencia
de algún obispo invitado, que presidirá la celebración, que simultáneamente
haremos en todas las foranías. Dios mediante, presidirán mis hermanos
obispos, que me han precedido en el Ministerio Episcopal en esta bella
porción de pueblo de Dios que peregrina en Tula y también los obispos
de la provincia eclesiástica de Hidalgo y algunos otros.
Necesitamos recuperar las raíces
de nuestro pasado y redoblar nuestro compromiso de hacer presente
el Reino de Dios en todos los fieles cristianos aún en los más alejados,
preferencialmente en nuestros hermanos indígenas Hñahñu. Ser
agradecidos con el pasado será parte importante de este jubileo, pues,
ni el presente, ni el futuro tendrían sentido sin el largo camino
recorrido entre luces y sombras de los años que nos han precedido.
Cuando nos preparamos en la Iglesia Universal, hace más de diez años,
para celebrar el jubileo del 2000 había metas y objetivos muy concretos
a alcanzar de la misma manera en nuestra diócesis, ya podríamos decir
que estamos en plena celebración del jubileo dentro del contexto de
la gran Misión Continental. Recordemos que de septiembre de 2009 a
septiembre de 2010, estamos trabajando con el año del Kerigma.
De septiembre de 2010 a 2011 será el Año de la Palabra. Y de
septiembre de 2011 a 2012 será el Año de la Eucaristía.
La Palabra y la Eucaristía,
fuentes de la vida y la espiritualidad cristiana, serán el impulso
fuerte del Espíritu Santo, que como en un nuevo Pentecostés nos conducirán
a mirar el futuro con esperanza y a comenzar una nueva etapa en el
trabajo evangelizador, una vez concluidas las celebraciones del jubileo.
Desde ahora debemos poner la mirada hacia delante, son muchos los
retos que nos esperan: aumento en el número de habitantes, debido
a los grandes proyectos regionales; la nueva refinería; la planta
tratadora de aguas; el puerto seco u otras muchas empresas subsidiarias:
-
La escases de las vocaciones, no sólo sacerdotales,
sino también religiosas y misioneras, lo mismo que al apostolado
laical.
-
La falta de templos y otros espacios, para atender
la evangelización de la gente que llegue.
-
Nuevo plan pastoral que responda a las nuevas exigencias
para hacer frente a los cambios vertiginosos de la historia.
-
La cultura sin Dios y sin sus mandamientos o incluso
contra Dios animada por los ídolos del poder, la riqueza y el
placer efímero, lo cual termina siendo una cultura contra el ser
humano.
-
Continuar la evangelización siempre unida a la promoción
humana y a la autentica liberación humana.
-
Hacer frente desde la fe a un mundo atemorizado por
el futuro y agobiado por la violencia y el odio.
Ante tantos retos no podemos dedicarnos sólo a la oración
y a la contemplación o caer en un activismo estéril y sin transcendencia;
haremos con humildad lo que esté a nuestro alcance y con humildad
confiar el resto al Señor de Él es la obra que realizamos, como los
trabajadores que son llamados a la viña en diversas horas del día.
Lo importante en este caso es no quedarnos con los brazos cruzados.
La Virgen María fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con
que es necesario que estén animados todos aquellos, que en la misión
apostólica de la Iglesia cooperan a la regeneración de los hombres.
¡Qué hermosos somos cuando
llevamos a Dios con nosotros! María llevaba la gracia en Ella y la
esparcía a través de todo su ser, sus palabras, sus gestos, sus acciones.
En esto María nos muestra la fe del discípulo y del apóstol. Ella
es un punto de apoyo, para llevar a cabo con entusiasmo la misión
que se nos confía, para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu
y audacia evangelizadora. Tenemos que ser de nuevo evangelizados y
fieles discípulos ante la indiferencia y olvido de muchos, no hemos
de dar nada por presupuesto o descontado. Todos los bautizados estamos
llamados a recomenzar desde Cristo; a reconocer y seguir su presencia
con la misma realidad y novedad del mismo poder de afecto, persuasión
y esperanza. Que tuvo su encuentro con los primeros discípulos en
las orillas del Jordán hace 2000 años. Y en los Juan Diego del nuevo
mundo.
La Misión Continental es un
afán y esmero misionero, que tiene que pasar de persona a persona,
de casa en casa, de comunidad a comunidad. No podemos quedarnos tranquilos
en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas direcciones,
para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra,
que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por
la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en
la Iglesia y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y
misioneros en la construcción de su reino en nuestro continente.
Debemos ser testigos y misioneros
en las grandes ciudades y campos, en las montañas y en los valles,
en todos los ambientes de la convivencia social en los diversos areópagos
de la vida pública, en las situaciones extremas de la existencia asumiendo
Ad Gentes nuestras solicitud por la misión universal de la
Iglesia. Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de comprensión
y ternura de María Santísima, que nos muestra el fruto bendito de
su vientre y nos enseñe a responder, como Ella lo hizo en el misterio
de anunciación y encarnación.
Que nos enseñe a salir de nosotros
mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la
visitación a su prima Isabel, para que peregrinos en el camino cantemos
las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa.
Con Jesús y con María misioneros
cada día.
Que así sea.