Año Jubilar Paulino
MARÍA, MADRE DE DIOS; REINA DE LA PAZ
Demos gracias, hermanos y hermanas, y alabemos a nuestro Padre
Dios que, al darnos a su Hijo, no desdeñó el vientre de una mujer,
antes al contrario, cuando llegó el momento previsto por Él, eligió
a María por la cual nos ha llegado la salvación. Celebramos hoy la fiesta de la Madre de Dios. Una fiesta mariana.
La más importante de las fiestas de María. Ningún otro título está
por encima de este, que corresponde al fundamento de su grandeza.
Todas las glorias de María, en efecto, se derivan de esta relación,
misteriosa y luminosa a la vez, con el Dios único y verdadero.
Elegida desde la eternidad, María accedió, en la libertad y
en la obediencia de la fe, a cooperar en la obra del Todopoderoso.
Esta decisión de María es en la historia de todos los tiempos, el
acto humano más trascendente. Ninguno como este acto de fe y de obediencia
ha marcado el rumbo de la historia para toda la humanidad. En un tiempo,
mis hermanos, en que no dejamos de sorprendernos por los avances de
la técnica, este misterio de la fe cristiana no puede dejar de maravillarnos
hasta llevarnos a la adoración y la gratitud. Este misterio, mis hermanos, consiste en que Dios, en su infinita
misericordia para con el hombre, con todo y su poder, se dignó valerse
de una mujer a la cual pide permiso para actuar según su proyecto
de salvación. ¡Éste es nuestro Dios! El Dios único y verdadero, que
no actuó sin el consentimiento de la persona humana. No podemos dejar
de admirar tanto respeto divino por la libertad de su criatura el
ser humano. Otro aspecto del misterio del amor de Dios al hombre.
Es importante, queridos hermanos, subrayar todo esto, porque
la maternidad divina de María es sí, una determinación divina, pero
es también la manifestación de la grandeza y de la dignidad humana
tan respetada por Dios su creador. Dios que tiene siempre la iniciativa
de la salvación, porque es también su autor, no hace nada sin la cooperación
humana. Por eso, veneramos a María como la escogida por Dios, pero
también la alabamos y le agradecemos su obediencia y disponibilidad
para colaborar en los proyectos de nuestra salvación. Y para provecho nuestro, hermanos, es conveniente intentar
una breve consideración sobre la causa de esa fe tan extraordinaria
de María que la llevó a desempeñar un papel tan determinante. Así
pues, parece que tenemos que considerar su capacidad de escucha de
la Palabra de Dios como la fuente de una fe tan profunda como la suya.
La meditación asidua y permanente de la Palabra, seguramente la capacitó
para reconocer, en la invitación de Dios a través del ángel, el plan
de Dios y para acogerlo en el amor y la gratitud. ¡No se puede obedecer
a Dios en la fe si no se le conoce! Y no se le conoce si no hay trato
continuo y amoroso con Dios a través de la oración y la meditación
de los misterios del amor de Dios en la historia y en la vida personal.
Esto sólo es posible desde la Palabra y con ella.
Seguro que fue determinante, para poder darnos la Palabra del
Padre, el Verbo de Dios, su Hijo, la forma como Nuestra Señora acogió
la palabra, es decir, de una manera permanente y amorosa en la meditación
y la oración. Igualmente nosotros no podremos llevar a Cristo a los
demás si no contemplamos constantemente su Palabra hecha carne y hecha
libro mediante la oración y la meditación, en primer lugar, pero también
con el estudio. Y mejor aún, con la vida.¡Que la Palabra de Dios sea
nuestro alimento!
En el inicio del año nuevo, dirigimos también nuestra mirada
atenta a María, Madre de Dios y figura de la Iglesia (Max Thurian)
para pedirle a Dios, por su intercesión, que nos conceda la gracia
de su Espíritu para trabajar con perseverancia por la paz. La paz
que, como todos los dones de Dios, es también una tarea. La paz, mis
hermanos, es una obra de todos, pero nunca será sólida sin Dios. La
paz no es sólo ausencia de guerra, aunque la incluye; es sobre todo
trabajo, desarrollo, crecimiento, maduración y armonía con todos y
con el mundo que habitamos; todo según los planes de Dios, Padre de
todos. Por eso la paz es también justicia y respeto por la dignidad
humana en todos sus aspectos. Pero es, sobre todo, respeto por la
vida y por el orden querido por Dios para transmitirla, conservarla
y preservarla. No se puede aducir un supuesto desarrollo científico
para justificar un falso derecho a violarla, inhibirla o manipularla.
Hay que gritarlo: eso es inmoral. ¡Dios no lo quiere! Sólo a Dios
le corresponde el derecho de darla y tomarla. El Dios único y verdadero
sumamente respetuoso de la libertad y de la vida del hombre no está
de acuerdo con esta aberración orgullosa de quienes pretenden producirla
o alterarla al margen de su voluntad y en contra suya.
Rezar y trabajar por la paz no es cosa de un día. En ocasión
de esta jornada el Papa Benedicto XVI en su tradicional mensaje por
la paz, nos dice que para construirla, es indispensable combatir la
pobreza. No habrá un mundo mejor, cuando cada vez es más evidente
la desigualdad entre ricos y pobres, siendo estos últimos los más,
incluso en las naciones más desarrolladas. La globalización, afirma el Papa, vista únicamente por economistas
y sociólogos, no contribuirá en mucho al desarrollo y a la paz de
los pueblos, sobre todo si ésta no abarca también la dimensión espiritual
y moral de los mismos, la cual mira a los pobres desde la perspectiva
de que todos comparten un único proyecto divino, el de la vocación
de construir una sola familia en la que todos –personas, pueblos y
naciones– se comporten siguiendo los principios de fraternidad y responsabilidad.
Así pues, sugiere el Papa contra la pobreza, solidaridad
global. La pobreza disminuirá cuando la globalización tienda a buscar
los intereses de la gran familia humana, pero habrá de ser una fuerte
solidaridad global entre países ricos y pobres. Esta globalidad debe
ser no sólo de acuerdos, sino más bien como fruto de la ley natural
inscrita en el corazón de cada uno de los seres humanos, para ello
la Iglesia se presenta como signo e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano, contribuirá ofreciendo
su aportación para que se superen las injusticias e incomprensiones,
y se llegue a construir un mundo más pacifico y solidario.
Concluye el Papa exhortándonos, recordando a su venerado predecesor
León XIII: a ceñirnos cada cual a la parte que nos corresponde, pues
la globalización por si sola nada puede hacer, requiere de nuestra
caridad y de nuestra opción por los pobres, sólo desde ellos habremos
de alcanzar la paz. María, Muchachita; Niña mía la mas pequeña: Te encomendamos
este año que comienza. Nos ponemos en tus manos para que nos conduzcas
por los caminos de fraternidad, justicia y paz. Líbranos de la soberbia
que ignora, oprime o aniquila a los que apenas comienzan a vivir.
Enséñanos a caminar por los senderos de la concordia y el respeto
a los más débiles. Te pedimos para nuestros gobernantes la sabiduría
de ponerse al servicio y la promoción de la vida, especialmente de
los que menos cuentan para el mundo. Te pedimos por las familias para
que sean verdaderas escuelas de desarrollo integral. Te pedimos por
los pastores, especialmente los obispos, para que cada vez más den
testimonio de servicio humilde y desinteresado a todos, a fin de que
la Iglesia sea un lugar privilegiado de encuentro con tu Hijo, Señor
de la vida.
Amén.