JESÚS MIRA Y LLAMA
Mis amados hermanos y hermanas, los cristianos católicos del
mundo entero nos encontramos celebrando el triunfo de Cristo en la
conversión de san Pablo. Bendigamos y glorifiquemos al Señor Jesús
por Pablo, el maestro insigne que interpretó la fe llevando el Evangelio
más allá de Israel a todas las gentes.
Hoy podemos ganar indulgencia plenaria por la participación
en la Santa Eucaristía, si alguno no se ha confesado, hay seis confesores,
tres de cada lado para que acudan al Sacramento de la Penitencia y
reciban la sagrada comunión y ganen con la bendición de esta misa,
la participación de la misma la indulgencia, las gracias que hoy se
nos ofrece.
Hoy, pues, la Iglesia celebra la conversión de san Pablo, él,
como hemos escuchado en la primera lectura, perseguía a los cristianos
para capturarlos y presentarlos a las autoridades religiosas, más
al acercarse a la ciudad, súbitamente experimentó una total transformación
interior. Con una grande luz, escucha una voz la de Jesús, que le
dice: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” y esto cambia de
golpe su vida, su corazón quedó iluminado por el resplandor divino:
la luz y la voz del cielo penetraron hasta lo más profundo de su alma,
fue una conversión total definitiva.
Este año, mis amados hermanos y hermanas, en que celebramos
el segundo milenio del nacimiento del apóstol, la fiesta de su conversión
cae en domingo, y esto nos permite que podamos celebrarla con toda
la comunidad, para que san Pablo este gran apóstol de la Iglesia nos
estimule a valorar el gran tesoro de la fe. Así esta festividad nos
puede ayudar a reafirmar nuestra vocación cristiana y rescatarnos
de nuestra monotonía, de nuestra rutina y nos puede ayudar a dejarnos
tocar por la presencia de la gracia divina en este mundo nuestro tan
indiferente a la fe. “Sé de quien me he fiado, sé en quien he puesto
mi confianza” esto lo dice, Pablo a su discípulo e hijo espiritual
Timoteo, hijo querido, como dice el mismo.
La conversión, mis hermanos, fue tan absoluta que los atrapó
totalmente. El Espíritu de Jesús le condujo toda la subida, ya no
podía vivir sin sentirse preso por Jesús, por eso hacia esta confidencia
muy emotiva, que brotaba desde el fondo de su corazón a los cristianos
de Filip, para mí la vida es Cristo. Este era el único sentido de
su vida y la fuerza de su actuación. Desde entonces él sabe, que nunca
estará sólo Cristo vive en él. Así lo expresa en la carta a los cristianos
Galaxia: vivo yo, pero no soy yo es Cristo quien vive en mí.
Nosotros podemos, también, tener hoy esta vivencia de Pablo,
no estamos solos. Por el bautismo a tomado posesión de nuestro corazón
con esta alegre y transformadora convicción de nuestra vida, todo
tendrá sentido. Que nos pase cualquier cosa, que venga la crisis que
sea, que vengas las criticas, difamaciones, lo que sea, que pase cualquier
cosa. Cristo vive en mí, Cristo vive en nosotros. Podemos vivir situaciones
complicadas y angustiosas, pero no estamos solos Cristo nos ayuda
y nos acompaña.
Amados hermanos y hermanas, dejémonos conducir por Él, dejémonos
tomar por su amor, dejémonos invadir por su Espíritu, por el Espíritu
Santo. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura.
“Él que crea y se bautice se salvará y él que se resista a creer
será condenado”. Lo hemos escuchado de labios del mismo Señor
Jesús en el breve trozo del Evangelio de san Marcos, que hemos proclamado.
San Pablo es un gran evangelizador, él predicó la Buena Nueva en casi
todos los rincones del mundo greco-romano. San Pablo es un gran apóstol
recordando su pasado dice: que el Señor resucitado se apareció
a los apóstoles y más tarde también se le apareció a él. Por último
se me apareció también a mí porque yo soy el menor de los apóstoles
y no soy digno de llamarme apóstol porque he perseguido a la Iglesia
de Dios, pero por la gracia de Dios soy lo que soy.
Pablo, mis amados hermanos y hermanas, es el gran gigante de
la proclamación de la fe, el Espíritu lo empujó a ir a sus largos
viajes, a muchas poblaciones de diversas nacionalidades para anunciar
la Buena Nueva, superando todos los obstáculos, ataques, persecuciones,
que tanto sufrió Pablo, y creó muchísimas comunidades. Hoy, sin embargo,
la evangelización no es fácil, tampoco lo era en tiempos del apóstol,
él mismo nos lo cuenta en sus cartas. Necesitamos estar llenos del
Espíritu Santo, penetrados, invadidos del Espíritu de Jesús, como
san Pablo y así trabajar con una ilusión renovada para vencer todas
las adversidades sin desanimarlos e ir muchas veces contra corriente
en nuestro trabajo pastoral o en nuestro testimonio cristiano y ser
constantes. La constancia siempre ha sido difícil, pero ahora aún
lo es más.
Pablo, mis hermanos, aquí conocemos bastante bien a través
de sus trece cartas y de los hechos de los apóstoles, pasó por momentos
buenos y por momentos muy difíciles, no muy buenos. El entusiasmo
no se basa en el éxito, sino en el amor apasionado por nuestro Señor
Jesucristo al que había perseguido, pero al que amó más que nadie
después de su conversión. “Después de haberme encontrado con Cristo
todo para mí es una basura, todo, absolutamente todo”, lo confesará
él. Que su figura nos estimule y nos anime a pesar de todas las dificultades,
su personalidad es su mejor antídoto contra la decadencia, la tibieza
y la mediocridad, que a veces parece que se instala en nuestras vidas
y desde luego en nuestras comunidades. Leamos a san Pablo, es todo
un año dedicado a él, nos ha dejado una herencia excepcional, casi
cada domingo. Cada domingo leemos algún fragmento de sus cartas, mis
hermanos y hermanas, son un pozo de enseñanzas y de testimonio de
la fe. Leámosla con cruisión, con entusiasmo, meditémosla para que
nos contagiemos de su celo apostólico.
Pidámosle al Señor en esta Eucaristía por intercesión de nuestra
Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe y desde luego por intercesión
de san Pablo, que sepamos amar a Cristo Salvador, que lo sepamos amar
con alegría, con una confianza total sin medida. Sabiendo que Él cree
en nosotros, que Él nos da crédito, que Él nos llama a ser. El bien
más grande es que Jesús viva en nosotros. El bien más grande es aferrarnos
a Cristo Jesús y que Él viva en nuestro pensamiento, en nuestra voluntad,
en nuestro corazón, en nuestra sensibilidad, en todas las fibras de
nuestro ser.
El gran bien, mis hermanos, es alguien con mayúscula, porque
quien hemos optado, a quien hemos decidido seguir porque Él nos llamó
primero. Alguien a quien hemos de amar, que es el amor de los amores,
alguien que vive en nosotros, que vive en mí. Alguien que confía en
nosotros, que confía en ti, que confía en mí. El gran bien es estar
enamorados de este amor de los amores, que es Jesucristo este mismo
que nos trajo nuestra Niña Santa María de Guadalupe hace 477 años.
Que así sea, mis amados hermanos.