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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo Ordinario.

25 de enero de 2009
JESÚS MIRA Y LLAMA

Mis amados hermanos y hermanas, los cristianos católicos del mundo entero nos encontramos celebrando el triunfo de Cristo en la conversión de san Pablo. Bendigamos y glorifiquemos al Señor Jesús por Pablo, el maestro insigne que interpretó la fe llevando el Evangelio más allá de Israel a todas las gentes.

Hoy podemos ganar indulgencia plenaria por la participación en la Santa Eucaristía, si alguno no se ha confesado, hay seis confesores, tres de cada lado para que acudan al Sacramento de la Penitencia y reciban la sagrada comunión y ganen con la bendición de esta misa, la participación de la misma la indulgencia, las gracias que hoy se nos ofrece.

Hoy, pues, la Iglesia celebra la conversión de san Pablo, él, como hemos escuchado en la primera lectura, perseguía a los cristianos para capturarlos y presentarlos a las autoridades religiosas, más al acercarse a la ciudad, súbitamente experimentó una total transformación interior. Con una grande luz, escucha una voz la de Jesús, que le dice: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” y esto cambia de golpe su vida, su corazón quedó iluminado por el resplandor divino: la luz y la voz del cielo penetraron hasta lo más profundo de su alma, fue una conversión total definitiva.

Este año, mis amados hermanos y hermanas, en que celebramos el segundo milenio del nacimiento del apóstol, la fiesta de su conversión cae en domingo, y esto nos permite que podamos celebrarla con toda la comunidad, para que san Pablo este gran apóstol de la Iglesia nos estimule a valorar el gran tesoro de la fe. Así esta festividad nos puede ayudar a reafirmar nuestra vocación cristiana y rescatarnos de nuestra monotonía, de nuestra rutina y nos puede ayudar a dejarnos tocar por la presencia de la gracia divina en este mundo nuestro tan indiferente a la fe. “Sé de quien me he fiado, sé en quien he puesto mi confianza” esto lo dice, Pablo a su discípulo e hijo espiritual Timoteo, hijo querido, como dice el mismo.

La conversión, mis hermanos, fue tan absoluta que los atrapó totalmente. El Espíritu de Jesús le condujo toda la subida, ya no podía vivir sin sentirse preso por Jesús, por eso hacia esta confidencia muy emotiva, que brotaba desde el fondo de su corazón a los cristianos de Filip, para mí la vida es Cristo. Este era el único sentido de su vida y la fuerza de su actuación. Desde entonces él sabe, que nunca estará sólo Cristo vive en él. Así lo expresa en la carta a los cristianos Galaxia: vivo yo, pero no soy yo es Cristo quien vive en mí.

Nosotros podemos, también, tener hoy esta vivencia de Pablo, no estamos solos. Por el bautismo a tomado posesión de nuestro corazón con esta alegre y transformadora convicción de nuestra vida, todo tendrá sentido. Que nos pase cualquier cosa, que venga la crisis que sea, que vengas las criticas, difamaciones, lo que sea, que pase cualquier cosa. Cristo vive en mí, Cristo vive en nosotros. Podemos vivir situaciones complicadas y angustiosas, pero no estamos solos Cristo nos ayuda y nos acompaña.

Amados hermanos y hermanas, dejémonos conducir por Él, dejémonos tomar por su amor, dejémonos invadir por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. “Él que crea y se bautice se salvará y él que se resista a creer será condenado”. Lo hemos escuchado de labios del mismo Señor Jesús en el breve trozo del Evangelio de san Marcos, que hemos proclamado. San Pablo es un gran evangelizador, él predicó la Buena Nueva en casi todos los rincones del mundo greco-romano. San Pablo es un gran apóstol recordando su pasado dice: que el Señor resucitado se apareció a los apóstoles y más tarde también se le apareció a él. Por último se me apareció también a mí porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios, pero por la gracia de Dios soy lo que soy.

Pablo, mis amados hermanos y hermanas, es el gran gigante de la proclamación de la fe, el Espíritu lo empujó a ir a sus largos viajes, a muchas poblaciones de diversas nacionalidades para anunciar la Buena Nueva, superando todos los obstáculos, ataques, persecuciones, que tanto sufrió Pablo, y creó muchísimas comunidades. Hoy, sin embargo, la evangelización no es fácil, tampoco lo era en tiempos del apóstol, él mismo nos lo cuenta en sus cartas. Necesitamos estar llenos del Espíritu Santo, penetrados, invadidos del Espíritu de Jesús, como san Pablo y así trabajar con una ilusión renovada para vencer todas las adversidades sin desanimarlos e ir muchas veces contra corriente en nuestro trabajo pastoral o en nuestro testimonio cristiano y ser constantes. La constancia siempre ha sido difícil, pero ahora aún lo es más.

Pablo, mis hermanos, aquí conocemos bastante bien a través de sus trece cartas y de los hechos de los apóstoles, pasó por momentos buenos y por momentos muy difíciles, no muy buenos. El entusiasmo no se basa en el éxito, sino en el amor apasionado por nuestro Señor Jesucristo al que había perseguido, pero al que amó más que nadie después de su conversión. “Después de haberme encontrado con Cristo todo para mí es una basura, todo, absolutamente todo”, lo confesará él. Que su figura nos estimule y nos anime a pesar de todas las dificultades, su personalidad es su mejor antídoto contra la decadencia, la tibieza y la mediocridad, que a veces parece que se instala en nuestras vidas y desde luego en nuestras comunidades. Leamos a san Pablo, es todo un año dedicado a él, nos ha dejado una herencia excepcional, casi cada domingo. Cada domingo leemos algún fragmento de sus cartas, mis hermanos y hermanas, son un pozo de enseñanzas y de testimonio de la fe. Leámosla con cruisión, con entusiasmo, meditémosla para que nos contagiemos de su celo apostólico.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía por intercesión de nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe y desde luego por intercesión de san Pablo, que sepamos amar a Cristo Salvador, que lo sepamos amar con alegría, con una confianza total sin medida. Sabiendo que Él cree en nosotros, que Él nos da crédito, que Él nos llama a ser. El bien más grande es que Jesús viva en nosotros. El bien más grande es aferrarnos a Cristo Jesús y que Él viva en nuestro pensamiento, en nuestra voluntad, en nuestro corazón, en nuestra sensibilidad, en todas las fibras de nuestro ser.

El gran bien, mis hermanos, es alguien con mayúscula, porque quien hemos optado, a quien hemos decidido seguir porque Él nos llamó primero. Alguien a quien hemos de amar, que es el amor de los amores, alguien que vive en nosotros, que vive en mí. Alguien que confía en nosotros, que confía en ti, que confía en mí. El gran bien es estar enamorados de este amor de los amores, que es Jesucristo este mismo que nos trajo nuestra Niña Santa María de Guadalupe hace 477 años.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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