Mis amados hermanos y hermanas en el corazón
de Cristo Jesús. ¡Qué grande y sublime es la ternura y la misericordia
divina! Pues, nos ama tanto que por salvarnos no perdonó a su Hijo
de la muerte en la cruz.
Mis hermanos, en la cuaresma nos preparamos par celebrar un
gran misterio, el más importante de todos los que están relacionados
con Dios: el inmenso amor que dio por nosotros. Cuando contemplamos
la grandeza de nuestro Dios, la mayoría de las veces, nos centramos
en su sabiduría, en su eternidad y en su poder infinito. Pero, pocas
veces lo hacemos deteniéndonos a meditar en su amor. Sin embargo,
toda su grandeza y todo su poder se manifiestan principalmente cuando
es misericordioso y lleno de amor: pronto al perdón y tardo a la
ira, canta el salmista.
Toda la creación, y especialmente la del hombre, es obra de
su amor. Todo lo hizo por amor a sí mismo, porque Él es amor. Las
relaciones de Dios con todo lo que ha creado y, sobre todo, con el
ser humano, se dan nada menos que en el amor y sólo en Él. Nos hiciste
Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que no vuelva
a ti, decía san Agustín.
Por eso, mis hermanos, centrados ya en este tiempo de gracia,
que es la Cuaresma, es importante que no perdamos de vista el sentido
de este periodo de tiempo santo. Nos preparamos para vivir y experimentar
en lo más profundo de nuestro ser el amor de Dios. Dios te ama,
Dios me ama, Dios nos ama. Esa es la gran verdad, la verdad central
de la fe cristiana. Todo gira en torno a este misterio. Si perdemos
de vista esta dimensión cristiana, nos perdemos y nos confundimos
en ritos, en creencias, y en meras formas de conducta sin raíz ni
sustento.
La
Palabra de Dios que hemos proclamado, las lecturas bíblicas de hoy
podemos entenderlas mejor con esta clave de interpretación: La
del amor de Dios. En la primera, por ejemplo, a más de uno le
podrá parecer una broma de mal gusto el que Dios, parece que se divierte
haciendo sufrir a Abraham y su hijo Isaac. No hay explicación lógica
para tal actuación divina. Lo que pasa, mis hermanos, es que el amor
de Dios no se puede medir o apreciar sino hasta que somos y actuamos,
como Él, sin razones de ningún tipo.
Al comenzar la Cuaresma, se nos propone tanto que tenemos que
hacer propósitos o planes para vivirla y que estamos obsesionados
por motivaciones que nos son las del amor, sino las del egoísmo, el
narcisismo y algún interés muy indefinido.
En realidad, lo que se nos pide hoy, como siempre, es que vivamos
la fe en el amor y la esperanza. Que le creamos a Dios y creamos en
Él de tal modo que pueda pedirnos lo que quiera a cambio de nada.
De otra manera actuaremos como solemos decir, de una manera comercial:
damos para que nos dé. El amor tiene sus propias razones que
la inteligencia y los cálculos humanos no conocen.
Hoy, mis queridos hermanos y hermanas, se nos está invitando
a creer que Dios nos quiere hasta el fin, que nos dio a su Hijo, que
nos lo da todo, que está siempre de nuestro lado, de nuestra parte,
que nadie nos podrá condenar, porque Él nos defiende, si consintió
la muerte de su Hijo por nosotros, ¿Qué no será capaz de hacer a favor
nuestro? Como lo dice san Pablo en la segunda lectura: esa era
la fe de Abraham que creyó y esperó a pesar de las experiencias que
estaba viviendo. Como dice la carta a los Hebreos: esperó contra
toda esperanza.
Solemos actuar nosotros de una manera muy distinta. Pensamos
que teniendo fe vamos a conseguir lo que pedimos. Esa, hermanos, es
una actitud comercial: le doy el obsequio de mi fe para que me conceda
lo que anhelo. Pero, cuidado, mis amados hermanos y hermanas, ¡esa
no es la fe cristiana auténtica!
Por eso, mis hermanos, antes que hacer tantos propósitos de
cuaresma, veamos cómo vivimos la fe en el amor que Dios nos tiene.
Todo lo demás vendrá por sí solo. O mejor, vendrá cuando Dios quiera;
y sucederá como a Él le plazca.
La fe tiene, su lado oscuro. Es lo que nos quiere decir Jesús
en su manifestación gloriosa ante sus tres discípulos. El misterio,
el verdadero misterio no es oscuridad sino exceso de luz que, a la
postre resulta lo mismo. No se puede penetrar para comprender en su
totalidad. Ése es el amor de Dios. Con su propia lógica. Una lógica
que sólo se capta con la experiencia; en la vida misma. No es cuestión
de cálculos racionales. Por eso los discípulos no entendían qué
querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”. Luego lo
entendieron, luego lo vivieron, luego lo proclamaron.
Si Jesús quiso que sus tres discípulos más íntimos entraran
dentro de su misterio, de la nube divina, fue para hacerlos testigos
de la Palabra allí escuchada y de la gloria allí manifestada. "estando
con él en el monte santo" (2Pe 1, 17-18). Jesús pretendía
confirmar la fe de sus discípulos, porque no tardaría en vivir días
muy difíciles, días muy críticos y duros abandonados de todos.
El Tabor es como una experiencia anticipada de la Pascua. También,
Jesús necesitaba este consuelo, necesitaba un poco más de iluminación
y confirmación sobre el tema de la muerte. Pero, sólo fue un anticipo.
En seguida habría que bajar a recorrer los duros caminos de la entrega.
No es de extrañar, mis queridos hermanos y hermanas, que también
nosotros necesitemos momentos de Tabor. Este es nuestro Tabor aquí
en América en el corazón, no sólo de la mexicanidad, sino de América
toda, decía el Papa Juan Pablo II. El Tepeyac nuestro Tabor, necesitamos
todos de este Tabor. Por eso vienen cientos, miles, millones de peregrinos
al año a esta casita de la Señora, a esta montaña del Tepeyac.
Hay veces que nos sentimos cansados, desalentados ¿cuántas
veces, mis hermanos, no nos sentimos entristecidos y con cantidad
de dudas, de angustias, de preocupaciones? Hay veces que nos rozan
-o nos alcanzan de lleno- experiencias muy amargas, o se nos piden
exigencias muy radicales. ¡Que bien entonces que podamos disfrutar
un poco de Tabor, un poco de Cielo!
Tabor es el roce de la gloria de Dios en nuestra pequeña historia.
Tabor es luz, es dicha, es fiesta; y es fuego, es energía, es entrar
en el ritmo y en el movimiento de Dios, es entrar en el misterio de
su amor.
Tabor, mis amados hermanos y hermanas, es una experiencia de
Dios. No hace falta subir al monte y estar dentro de una nube resplandeciente.
Tabor: experiencia de Dios, puede ser una presencia lúcida, una palabra
que ilumina y transforma una alegría, una fuerza, una esperanza, una
experiencia de compenetración y unión transformante o puede ser una
experiencia de amor y de servicio hasta el fin.
Mis amados hermanos y hermanas, que la dulce Señora, Madre
y Niña nuestra, Santa María de Guadalupe quien se abrió al amor y
dijo sí en la Anunciación y lo mantuvo en el monte Calvario donde
se consuman todos los sacrificios y todas las transfiguraciones; nos
enseñe a valorar, nos enseñe a agradecer tanta bondad, tanta generosidad
por parte del Dios del amor y de la gloria.
Que así sea, mis hermanos.