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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVII Domingo Ordinario.
26 de julio de 2009
“Año Jubilar Sacerdotal”

JESÚS Y LAS NECESIDADES MATERIALES DEL HOMBRE

Mis amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús, adoremos al Padre de Nuestro Señor Jesucristo por su inmensa misericordia. Pues, en su Hijo nos ha dado el signo más excelente y eficaz de su amor por nosotros.

A partir de hoy, mis amados hermanos, como ya señalaba al principio de la Santa Misa, y durante cinco domingos, la Iglesia nos va a introducir, a través del Evangelio de san Juan, en el misterio de Cristo como el pan que Dios, su Padre, nos ofrece para comunicarnos su propia vida. Para darnos vida y vida en abundancia, para nuestro mejor aprovechamiento, notemos la importancia que tiene el capítulo sexto de este Evangelio, al que la Iglesia dedica cinco domingos para seguir, paso a paso, la enseñanza de Jesús. Los invito, mis amados hermanos y hermanas, a que juntos emprendamos este camino por el que Jesús nos conduce —tal y como lo hizo en aquella ocasión con la gente que lo seguía— para darnos una enseñanza muy especial y central en la comprensión del misterio que nos salva. Entendamos que el Evangelio de san Juan es el que más exige una interpretación a partir de los símbolos que manejen la transmisión de su mensaje. Los invito, pues, a ver la explicación de este domingo sólo como una introducción a la enseñanza de los domingos siguientes.

La narración de la multiplicación de los panes se encuentra seis veces en los cuatro evangelios, pues, los evangelistas Mateo y Marcos la repiten, y es uno de los pocos relatos en que los coinciden, con algunas diferencias, con el Evangelio de san Juan. El texto comienza con la enumeración de datos que nos invitan a situar el relato en el tiempo (cerca de la pascua de los judíos) y en el espacio, aunque no muy preciso. Nos dice, en efecto, que se fue (no dice de dónde) al otro lado del mar de Galilea, hacia la región de Tiberíades, en su zona montañosa a donde sube para sentarse allí con sus discípulos. Además nos indica que lo seguía mucha gente que ya había visto los ‘signos’, es como llama Juan a los  milagros de Jesús.

Ante la gente que lo sigue, Jesús, generoso y compasivo, como lo vimos el domingo pasado, toma la iniciativa de alimentarlos, poniendo a prueba a Felipe y, en general a los discípulos, de los cuales Andrés le dice, con escepticismo, que un muchacho lleva sólo cinco panes de cebada y dos pececillos. Le evidente provocación estaba servida y ante la desmida en presa de tener que alimentar a tantos con tampoco era lógica aquella reacción de los discípulos. Nos supera, no sabemos que hacer, ni por donde empezar, como dice el evangelista Marcos: vamos nosotros a comprar 200 denarios de pan para darles de comer.

Jesús, mis amados hermanos, hizo ese milagro ante todos y quedo manifiesta la grandeza de Dios, pero a través de la pequeñez humana. Fue realizado por la ayuda humilde del muchacho que encontró Andrés con sus 5 panes y sus 2 peces. Un impresionante testimonio de cómo Jesús no ha querido mostrarnos un rostro de Dios autosuficiente y despectivo respecto de sus hijos, sino que por así decirlo ha querido tener necesidad de nuestra pequeñez, de nuestra pequeña colaboración humana para que nuestra grandeza divina pueda ser manifestada.

Pero este milagro, mis amados hermanos y hermanas, nos sobrepasa, Jesús sabía que no iba a quedarse en el solo milagro de la  multiplicación de los panes, Esto, a pesar de lo impresionante, era algo que ya el profeta Eliseo había realizado, según nos lo hace saber la primera lectura de hoy. De este profeta de los tiempos mesiánicos del Señor Jesús había que esperar algo más, mucho más.

En los domingos siguientes vamos a ver, mis hermanos, que el milagro es sólo una señal de algo más trascendente que Jesús nos da: su Palabra y su persona misma a través de la muerte. Los números: cinco mil personas, frente a 2 peces y 5 panes, que reporte el texto no es necesario entenderlos en sentido simbólico, sino que hay que entenderlos simplemente como la expresión de la desproporción entre aquello de lo que se sirvió Jesús y lo que realmente ofrece al creyente.

Mis amados hermanos y hermanas, ¡así es la generosidad de un Dios que nos ofrece la vida, que nos ofrece la vida verdadera, la vida eterna! En cambio, podríamos ver en sentido simbólico la alusión a la verde hierba sobre la que se tienden los comensales, pues, como buen conocedor de la Escritura, san Juan probablemente piensa en Isaías que dice: ciertamente, como hierba es el pueblo; se seca la hierba, se marchita la flor, pero permanece para siempre la Palabra de nuestro Dios (Is 40,7).

Mis amados hermanos y hermanas, otros panes de otras hambres tiene plateada nuestra querida humanidad, nosotros: la paz, el trabajo, la justicia, el amor, el respecto, la esperanza, la fe, la verdad y un largo encender inmenso, como grande es la humanidad. Son muchas las sangres de los hombres, hoy nuestro mundo esta hambriento y está sediento. Quizás hay quien espere de Dios un milagro sonoro y turbativo, un milagro de Dios de algo divino.

Mientras que Jesús nos seguirá diciendo, como entonces: denles ustedes de comer, busquen el pan adecuado para estas hambres concretas. Entonces, mis amados hermanos, sentiremos el mismo estupor y desbordamiento que sintieron los discípulos en el Lago de Galilea. Jesús sigue haciendo milagros, pero estos pasan por nuestras manos. Jesús sigue haciendo milagros, pero esto pasan por nuestro corazón, por nuestros ojos, por nuestros labios. Él necesita también de nuestros panes y nuestros peces, para dar de comer a las multitudes de tan diversas hambres.

Hermanos, ¿seremos capaces de entregarle a Jesús nuestros 5 panes y nuestros 2 peces? Nuestro país, nuestro México, como todo el orbe atraviesa una de las peores crisis de su historia. La economía familiar está en picada. La pobreza por ingresos sigue siendo elevada. Casi cada uno de dos mexicanos obtiene menos de 1,905 pesos al meses, en áreas urbanas y en zonas rurales, mis hermanos, menos de 1, 282 pesos, por mes. Cada vez más aumenta el número de personas en situaciones de extrema pobreza, sin acceso a la educación, sin acceso a la salud, sin acceso a la vivienda. La mitad de nuestra población mexicana vive en pobreza y 37% en pobre extrema. Ante todo esto, mis amados hermanos, no podemos quedarnos sólo contemplando, ni con un espíritu negativo pesimista, esperando que papá gobierno solucione los problemas o no sé quién.

Mis amados hermanos, ante todo esto el milagro somos nosotros, el milagro somos cada uno de nosotros. Si vivimos la solidaridad evangélica, si ofrecemos nuestra pequeñez. Qué gran encíclica nos ha entregado el Papa Benedicto XVI, a penas hace unos días, que por esa encíclica lo están lanzando ya para premio novel de la paz. Porque los economistas no han tenido la luz que nos arroja estas palabras del Papa Benedicto XVI "Caritas in veritates" La Caridad en la verdad.

Dios, mis amados hermanos, convierte en grandeza, en signo nuestra pequeñez, nuestra nada, cuando la ponemos en sus manos, cuando le decimos: Señor aquí están mis 5 panes y mis 2 pescados. Y también la gente hoy, mis queridos hermanos, quedará zaceada, siempre y cuando pongamos nuestros 5 panes y nuestros dos pescados en las manos del señor Jesús, en las manos de nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe, que desde hace 477 años lleva a nuestra patria , a nuestro país, a nuestra América.

No vemos el hambre, mis hermanos, no nos vemos como el pan que las manos de Jesús reparte, dejémonos tomar, dejemos partir, dejémonos repartir, dejémonos ser milagro para los demás. Ante el silencio de Dios está la voz del hombre que debe convertirse en acciones concretas.

Mis amados hermanos y hermanas, aprendamos de este pasaje del Evangelio de hoy: que no podemos quedarnos ante Jesús, como alguien que está sólo para resolver nuestros propios problemas materiales. Él quiere y está dispuesto a darnos mucho más de lo que nosotros imaginamos.

Quiera nuestra Niña y Muchachita y Celestial Señora Santa María de Guadalupe acompañarnos en estos domingos, en esta escuela dominical, que es la Eucaristía para aprender lo que su Hijo nos va a enseñar.

Amén.

 
 
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