EL EVANGELIZADOR ANUNCIA LA OBRA
DE DIOS, NO LA SUYA
Mis amados hermanos y hermanas, bendito y alabado
sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido
en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en Cristo y nos ha enviado a todos a darle la
gloria, que sólo Él se merece, mediante el anuncio de la salvación
con el testimonio de una vida de fe y esperanza en el amor.
Pues, por el bautismo estamos todos llamados y enviados para
anunciar la misericordia de Dios en medio de un mundo soberbio
y hostil a su nombre y a su obra.
Al escuchar el Evangelio de hoy, lo primero que se nos viene
a la mente es pensar en unas palabras dirigidas expresa y exclusivamente
a las y los religiosos o a los y las misioneros. Pero no es
así, mis hermanos. Jesús envía de dos en dos a los doce apóstoles,
es cierto; y tal vez la mención de éstos sea la razón de esta
idea restrictiva. Hay que pensar, más bien, queridos hermanos,
que el plan de Dios a realizar en Cristo, como dice san Pablo
en la segunda lectura, es que, todos los que hemos sido incorporados
al cuerpo de Cristo por el bautismo, somos enviado a anunciar
la salvación desde el lugar que cada uno tiene en el mundo.
Esa es nuestra misión con la que el Espíritu Santo nos marcó
y nos capacitó a todos los miembros de la Iglesia. No olvidemos,
mis amados hermanos, que toda la Iglesia es misionera.
Pero vayamos a las lecturas que la Iglesia nos propone para
nuestra consideración, pues, en ellas encontramos la luz que
nos ayuda a entender esta misión y a asumir atinadamente en
la fe esta responsabilidad como profetas, de acuerdo con la
terminología del Antiguo Testamento, o como evangelizadores,
según el Nuevo Testamento.
Así pues, en la primera lectura asistimos al encuentro entre
el profeta Amós, enviado por Dios a denunciar el pecado del
rey y su pueblo, con Amasías, el sacerdote pagano y profeta
oficial de palacio que pretende expulsar a Amós por ser extranjero.
La situación es un encuentro de intereses: los de Dios, representados
por Amós, y los del rey defendidos por un profeta a sueldo.
El profeta judío, que no tenía, tal vez, ni siquiera idea de
este oficio, simplemente obedecía una consigna divina, mientras
que Amasías servía a los interese de un rey infiel a Dios, injusto
y opresor del pueblo. Amós es, entonces, consciente de que no
es profeta de profesión, sino que Dios ha intervenido en su
vida de agricultor y ganadero, para llevar a cabo una misión
para la cual nunca se había preparado. Simplemente sirve a la
causa del único Dios verdadero, sin resistencia alguna y sin
miedo. Pero, ni siquiera conoce la forma de realizar ese encargo.
En el Evangelio según san Marcos, que hoy escuchamos, se nos
presenta al Señor Jesús asociando a su ministerio profético
y a su obra entera a los Doce. Él, que los había llamado para
que estuvieran a su lado, los envía con unas consignas, aunque
pocas muy claras y contundentes que tienen como finalidad hacerles
entender que no es su mensaje lo que anuncian, ni obra de ellos
la que llevan a cabo. Obviamente, mis amados hermanos, no son
robots o simples repetidores, sino mensajeros que dan un mensaje
con el que se han identificado con una asimilación en su vida,
¡qué interesante es esto! Si no hay una identificación con el
mensaje de Jesús, con Jesús mismo expresado en la vida, no se
puede anunciar este mensaje. Para eso han permanecido con Jesús
el tiempo anterior.
Las consignas no son, en primer lugar, una imposición de la
pobreza material, sino una llamada a vivir en total libertad
para que no se ocupen ni se preocupen por nada que los distraiga
para transmitir el mensaje ni sentirse autorizados para añadir
algo de lo propio. Mis hermanos, miren, no necesitan ninguna
otra cosa para llevar el mensaje que su total disposición libre
y alegre, esto es lo indispensable. Su total disposición
libre y alegre. Para satisfacer el mínimo de sus necesidades,
ciertamente lo obtendrán en la medida de su confianza y de su
entrega a su misión.
Hermanos, este envío de los Doce es también para nosotros.
Como Iglesia y como individuos que la formamos somos enviados
a anunciar al mundo la salvación con toda libertad hasta el
grado de ni siquiera tener que esperar siempre buenos resultados.
Esto significa que no podemos esperar ni hacer depender el éxito
de la evangelización de los medios materiales que, por necesarios
que sean, son eso: medios y no fines, como suelen confundirse.
Los medios no pueden suplantar al mensaje como sucede cuando
son excesivos y sólo desvían la atención.
Las consignas de Jesús nos llevan también a revisar nuestras
actitudes como Iglesia y como creyentes individuales en lo que
toca a nuestros planes y proyectos. No podemos negar la necesidad
de planear la acción pastoral, no, pero tal vez convenga, a
la luz de este pasaje evangélico revisar nuestros intereses
y las actitudes con las que usamos los recursos para anunciar
hoy el Evangelio al mundo. No debemos olvidar, según la enseñanza
de Jesús, que lo importante, mis hermanos, es el mensaje, por
más que alguien diga hoy que “en el medio está el mensaje”
(McLuhan).
Esto significa también que en caso de rechazo a nosotros, simplemente
hemos de denunciar el rechazo al Evangelio y deslindarnos de
toda responsabilidad. Porque rechazar al mensajero es rechazar
el mensaje mismo el cual no nos pertenece y por eso no tenemos
autoridad sobre él.
Mis queridos hermanos y hermanas, estamos viviendo, entonces,
estamos viendo, que Dios llama y confía a cada uno una misión
muy especial en la tarea que Él ha querido confiarnos en el
anuncio de la salvación. Lo que no se puede, mis amados hermanos,
lo que se nos revela y enseña, por ejemplo, en la eucaristía,
la Santa Misa en la que participamos asiduamente y con mucha
alegría cada domingo, no es para tenerlo en secreto; más bien
hemos de anunciarlo con la vida misma y en voz alta; gritarlo
con fuerza para que todos lo oigan, se den por aludidos, respondan
y se salven, ya cantábamos al principio: vienen con alegría
Señor, vienen con alegría aquellos que van a sembrar la justicia,
la paz, el amor y la verdad. Por eso estamos aquí, mis hermanos,
para ser sembradores a manos llenas de estos valores del Evangelio
y los vivimos ya en la Santa Misa, en la Eucaristía. Por eso
al salir de la Eucaristía cada domingo hemos de sentirnos impulsados
por el Espíritu a cumplir este encargo que va unido intrínsecamente
a nuestra calidad de bautizados y de miembros de la Iglesia.
Recordemos, mis amados hermanos y hermanas, no es cuestión
que ataña sólo a misioneros, o algunos elegidos, no, es tarea
de todo el Cuerpo de Cristo.
Estamos seguros de que María, modelo de discípulo y misionero,
nuestra Amada Señora del Tepeyac, nuestra Señora de Guadalupe,
sigue siendo la evangelizadora, la catequeta, la dinamizadora
de nuestra fe, además, mis hermanos, nos anima con su vida,
que siempre estuvo pronta a cumplir la misión con el encargo
específico de ser la Madre del Salvador. Ella camina, seguramente
con nosotros como miembro excelso de la Iglesia.
Amén.