13
de septiembre de 2009
SÓLO NEGÁNDONOS PODEMOS AGRADAR
A DIOS
Bendito y alabado sea el Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha dado en la pasión y muerte de su Hijo
la prueba más grande de su amor por nosotros. Pues, Jesús con
su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, nos mereció
la reconciliación con su Padre y fundó entre todos nosotros
una fraternidad que, por nuestra parte, expresamos en la caridad
mutua.
Mis queridos hermanos y hermanas, ser verdadero
cristiano es una tarea muy difícil. No podemos, ni mucho menos,
pretender ignorarlo. Esto no lo deberíamos repetir continuamente,
nos lo deberíamos de repetir y otra vez, no para desalentarnos,
sino para aprender a ser conscientes y reconocer, en la humildad,
que sólo con el poder del que todo lo puede lograremos agradar
a Dios y corresponderle, así, al inmenso amor con que nos ama
en su paciencia y en su infinita misericordia.
Miren, mis queridos hermanos y hermanas, se
trata, entonces, de dejar que su Espíritu actúe entre nosotros
y en nosotros, para alcanzar la salvación que, ante todo, es
obra de Dios y en la cual nosotros cooperamos simplemente con
nuestra respuesta, es decir: con nuestra aceptación humilde
y creyente en la obediencia.
Este es el caso de lo que la Palabra de Dios
nos da como mensaje central en las lecturas que acabamos de
proclamar. Pues, vemos en la primera lectura al siervo sufriente
del Segundo Isaías que la liturgia nos lleva necesariamente
a pensar y relacionar con Cristo que, en el Evangelio de hoy,
anuncia su pasión y su muerte a los apóstoles. En Isaías, el
Siervo de Dios aparece como el que ACEPTA CON DOCILIDAD SU
MISIÓN, no se echa para atrás en las dificultades y soporta
pacientemente los ultrajes de sus enemigos y detractores. La
razón por la que no se arredra es el auxilio de Dios y la firme
confianza con la que afronta la situación. Por eso, aunque es
acusado, tiene la certeza, tiene la seguridad de que saldrá
victorioso.
Igualmente, mis hermanos, sucede en el Evangelio,
donde el Señor Jesús, aceptando su misión y su destino, anuncia
que ha de correr la suerte del Siervo de Isaías. Por eso, una
vez que ha hecho todo lo posible porque sus discípulos dejen
su ceguera espiritual, como lo hizo con la curación del ciego,
les empieza a enseñar que deben aceptar, como Él ya lo hace,
quién es Él en su persona misteriosa como Mesías verdadero,
no según la imagen que ellos tenían: la de un líder político
y guerrero, sabio y enviado de Dios que acabaría con la arrogancia
de Roma y colocaría al pueblo de Dios por encima de todas las
naciones. Se frotaban las manos pensando que esto iba a hacer
Jesús, no, mis hermanos, no, la verdadera identidad de Jesús
como Mesías es la del Siervo de Dios. Así lo ha planeado su
Padre y así va suceder, pues, el pueblo de Israel lo ha rechazado
y no queda para el otro camino que el del sufrimiento y la cruz.
Esto lo anuncia Jesús con toda entereza al iniciar
su camino hacia Jerusalén, ciudad capital y centro de la vida
religiosa y política, donde, lo dice Él: el Hijo del hombre
debía sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, después ser entregado a la muerte
y resucitar finalmente al tercer día.
Este discurso de Jesús con el que deseaba mostrar
su verdadera identidad, no agradó para nada a sus discípulos
que, como decíamos, tenían la imagen triunfalista del Mesías.
Por eso Pedro, que habla siempre en nombre de sus compañeros,
llamando aparte a Jesús trata de persuadirlo de no aceptar ese
destino anunciado por el profeta. Tantas esperanzas, esto se
entiende de alguna manera, mis hermanos, habían albergado en
el pueblo durante muchos siglos, sobre ese personaje misterioso,
que no podían admitir ni de broma que algo le pasara. Miren,
lo de la resurrección parece que por el momento no les interesa
entender.
Pero como suele hacer Jesús, no da entrada a
las sugerencias del mundo y de quienes adoptan su mentalidad,
como Simón Pedro que representa el resto de los apóstoles. Por
eso insiste: DEBE QUEDARLES BIEN CLARO DE QUÉ MESIANISMO
SE TRATA, y va más adelante al pedirles que si quieren seguirlo
deben dejar a un lado todo lo que impida seguirlo; especialmente
las expectativas que se han formado en el contexto del pueblo
judío. Y es todavía más exigente, mis hermanos, y aquí está
la enseñanza central para este domingo: NO HAY SEGUIMIENTO
VERDADERO SI NO SOMOS CAPACES DE RENUNCIAR A NOSOTROS MISMOS.
Miren, mis queridos hermanos y hermanas, estamos
acostumbrados en todos los ámbitos de la vida personal a planearlo
todo y a luchar por lo que tiene que ver con nosotros, en primer
lugar. Y Jesús nos pide que no seamos ese centro sino Él. Ni
siquiera que pensemos en nuestra propia salvación sino simplemente
en seguirlo, y seguirlo con generosidad, con alegría. “Él pone
en juego su persona y su vida y sale a nuestro encuentro personalmente;
pero pide también de nosotros una opción clara, responsable,
que nos comprometa personalmente” (K. Stock). El Señor, mis
amados hermanos, el Señor Jesús no obliga y por eso dice: si
alguno quiere puede seguirme, dice. El hombre puede acoger
o rechazar. La salvación no se impone. Esta vida que tenemos
se nos dio, es cierto, sin decisión alguna de nuestra parte.
Pero, mis hermanos, la vida eterna se acepta en la liberta y
en el amor.
A la Santa Eucaristía, mis hermanos, venimos
libremente a optar por la vida que se nos ofrece en la Palabra
divina y la comunión Eucarística. La Eucaristía, la Santa Misa,
exige que nos comprometamos con Cristo que se nos da totalmente
y nos invita a seguirlo en LA DONACIÓN DE NOSOTROS MISMOS
AL SERVICIO DE DIOS Y DEL PRÓJIMO, llevando nuestra cruz
desde luego; la de cada día; la de nuestras carencias y trabas,
la de nuestras penas y contrariedades, la de nuestras responsabilidades.
Todavía más, hemos de ayudar a otros a cargar la cruz, porque
no estamos solos; hemos de vivir en comunión con muchos en torno
nuestro. Y esto, mis amados hermanos, en la Eucaristía donde
el Señor nos nutre con su Palabra y su Cuerpo para darnos la
fuerza de la opción por Él.
Seguramente, nuestra Niña y Celestial Señora
nos sirve de ejemplo en el seguimiento de su Hijo. Contemplemos
su obediencia y su disponibilidad para hacer siempre lo que
Dios quiso de Ella. Pongamos en los destinos de nuestra patria
mexicana en donde Ella es un pulso y corazón. Santiago ha dicho:
que demostremos la fe con obras. Diríamos ahora: demostremos
nuestro guadalupanismo con obras, muy guadalupanos, nuestras
obras hablan de nuestro guadalupanismo.
Mis hermanos y hermanas, México sufre, es necesario
replantearnos -como ciudadanos y cristianos- nuestro deber y
responsabilidad con este país, no podemos quedarnos con los
brazos cruzados. Manifestemos nuestro amor a México, a través
de la construcción de una nueva sociedad tal y como nos lo pidiera
la Dulce Señora del Cielo, Santa María de Guadalupe en la persona
del indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin, dice la Señora del
Cielo: “mucho quiero, mucho deseo que en este llano se me
levante mi templecito, para manifestarles al Verdaderísimo Dios
por quien se vive, en todo mi amor personal, porque yo soy vuestra
tierna y compasiva Madre” (N. M. 26-27).
Este templo, mis hermanos y hermanas, es México.
La tierra de nuestros antepasados, el presente de nuestras aspiraciones
y deseos, el futuro prometedor de nuevas generaciones. Que en
Él se respiren –pidámosle a la Señora del Cielo- vientos nuevos,
una nueva alborada que traiga justicia ante tantas desigualdades,
esperanza de una vida mejor frente a tantos signos de muerte
y sobre todo, mis hermanos, en este momento de crisis, solidaridad
con nuestros hermanos que menos tienen, con los desafortunados
con lo que menos oportunidades tienen, como expresión de nuestro
amor, como expresión de nuestra fe, como expresión de nuestro
guadalupanismo. Que venga a nosotros el Reino de Dios, construyámoslo
cada día con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo, con nuestra
dedicación, con nuestra honestidad.
Pidámosle al Señor de la Historia en cuyas manos
están los gozos, los dolores y sufrimientos de los hombres y
los derechos de los pueblos, ilumine a quienes nos gobiernan
para que con su ayuda y la sabiduría que Él mismo concede, promuevan
en todas partes la prosperidad, la justicia y la libertad, el
desarrollo y el progreso compartido.
Mis amados hermanos, continuemos también orando
en este Año sacerdotal, por todos nuestros pastores, por todos
nuestros sacerdotes. Pidamos por intercesión de nuestra Niña
y Señora Santa María de Guadalupe, nos conceda comprender cada
vez más lo que hacemos, imitar lo que celebramos y conformar
vida con el misterio de la cruz del Señor.
Amén.