27
de septiembre de 2009
DEJAR A DIOS
SER DIOS
Carlos G. Vallés
Mis amados hermanos y hermanas, demos
gracias a Dios, nuestro gran Padre que, sólo por su inmensa
misericordia, ha hecho para Él a todo ser humano de cualquier
pueblo, raza o nación; y nos ha revelado este misterio de su
amor en la persona de su propio Hijo amado a quien aceptamos
en la fe como Camino, Verdad y Vida.
Colocar a Dios y a los otros en el centro
de nuestro interés fue una forma de entender lo que Jesús nos
mandaba al señalarnos la importancia de ser los últimos, es
decir, ser servidores de todos, si queremos ser desde luego
los primeros. Dicho de otra manera, veíamos hace ochos días
que la auténtica autoridad no puede ser otra cosa que servicio.
Entonces, mis amados hermanos, no podemos hoy más que dejar
que Dios ocupe el lugar que le corresponde por derecho en nuestro
interés y en el de los demás.
Pero comprobamos una vez más, este domingo,
QUÉ DIFÍCIL ES SINTONIZAR CON JESÚS Y CON SUS INTERESES.
Si acababa de explicar a sus discípulos, y a nosotros, el valor
de sentirse cercanos y hermanos de los más necesitados sin pretender
sentirnos mejores que los demás, sin buscar honores o reconocimientos
por lo que hacemos, vemos este domingo cómo Juan –y con él nosotros‒ se siente hasta dueño
de los planes misericordiosos y libres de Dios, pues no le parece
que otros, que nos son del grupo de discípulos, actúen en nombre
de Jesús.
Este episodio del Evangelio de Marcos
que protagoniza Juan es prueba, como decíamos de no comprender
y de la incapacidad de recibir las enseñanzas de Jesús con todas
sus consecuencias. Juan expresa una actitud celosa de quien
no comprende la gran misericordia que manifiesta Jesús hacia
todos de parte de Dios. Con frecuencia poseer la Palabra de
Dios y estar seguros de nuestra fe nos lleva a creer que somos
mejores que los otros, que estamos por encima de los demás que
no conocen a Dios. Y hay algo peor, mis amados hermanos y hermanas,
nos creemos dueños de Dios y casi le damos indicaciones de cómo
actuar ante las diversas circunstancias de la vida. No es que
se pierdan los que no creen en a Dios, según nosotros, es que
nosotros nos vamos a perder por no atraerlos, por no llevarlos
a Dios.
Está bien, mis hermanos que tengamos
convicciones firmes y una identidad clara frente a los demás.
Pero otra cosa es ser intolerantes, otra cosa es ser engreídos
frente a los que no piensan y creen como nosotros. Para superar
esta actitud cerrada frente ellos es necesario entender que
DIOS ES TOTAL Y SOBERANAMENTE LIBRE DE HACER LO QUE QUIERE
Y CON QUIEN QUIERE. PORQUE ES PADRE DE TODOS, Él sabe cómo
y cuándo se hace presente en la vida de todos y cada uno. Nosotros
los creyentes no tenemos el monopolio de Dios.
Mis amados hermanos y hermanas, no somos
propietarios suyos, hemos de entender que Dios actúa fuera de
nuestros esquemas religiosos y de nuestros criterios cerrados.
Oigamos, entonces, lo que Moisés, en la primera lectura y Jesús
en el Evangelio afirman: OJALÁ TODOS FUERAN PROFETAS,
dice Moisés; NO SE LO IMPIDAN… El que no está contra
nosotros está a favor nuestro, dice Jesús. Esto quiere decir,
mis amados hermanos y hermanas, que cualquiera que se conduzca
en su vida con la verdad y practique el amor y la justicia,
lo hace movido por el Espíritu de Dios aún cuando no lo sepa.
No nos identifiquemos, mis queridos hermanos
y hermanas, con la actitud mezquina de quienes se escandalizan
de que otros puedan hacer el bien, pues, como no tenemos el
monopolio de Dios, tampoco tenemos el de hacer el bien, ni el
de actuar en la verdad. Es bueno, como dije, tener una conciencia
clara de lo que es nuestra fe y los principios que la sustentan,
pero debemos ser tolerantes, debemos ser respetuosos de quienes
piensan y viven de diferente forma a nosotros. Más aún, mis
queridos hermanos, debemos acogerlos no para hacerlos de los
nuestros, sino porque merecen ser apreciados en sus valores
propios.
Hoy, en nombre de un auténtico ecumenismo
y en diálogo con todas las personas de buena voluntad, hemos
de buscar espacios de convivencia, hemos de buscar espacios
de convivencia fraterna y de colaboración para alcanzar juntos
los bienes de la cultura, de la ciencia, de la economía, en
fin, de la justicia, de la libertad y de la paz.
Miren, mis hermanos, así nos lo recomienda
hoy y lo práctica el Papa Benedicto XVI, como lo hacían sus
antecesores. Tenemos que aprender a unirnos en el esfuerzo común
por combatir la pobreza que denigra y humilla a tantos hermanos
de la tierra. Hemos, mis hermanos, de luchar juntos porque la
justicia sea una realidad en la economía y en la aplicación
de la ley. Debemos colaborar más allá de religiones y de corrientes,
etc., debemos colaborar en la lucha por que los bienes de la
tierra lleguen a más gente por igual. No es posible que unos
acaparen y que la inmensa mayoría no tenga lo necesario para
vivir, no tenga oportunidades en el campo de la salud, de la
cultura, de la vivienda, del trabajo ¿cuántos hermanos nuestros,
casi tres millones hoy, no tienen trabajo?
Amados hermanos TODO ESTO DIOS SEGURAMENTE
LO QUIERE Y DESEA QUE LO LOGREMOS JUNTOS, un México mejor,
un México que tenga un desarrollo compartido, pero un desarrollo
en la paz, en la justicia, en la verdad. TODO ESTO DIOS SEGURAMENTE
LO QUIERE Y DESEA QUE LO LOGREMOS JUNTOS los que estamos
comprometidos con el Evangelio y con los que buscan a Dios con
sincero corazón.
Mis amados hermanos y hermanas, evitemos
escandalizar, con actitudes cerradas y arrogantes, a tantos
pequeños que no se encuentran bien arraigados en la fe cristiana,
así como los que no la comparten con nosotros. No es justo,
mis hermanos, que nos quede bien grabado en el corazón hoy:
NO ES JUSTO APAGAR LA MECHA QUE AÚN HUMEA. Esto es una
grave irresponsabilidad ante los demás, pues, es lugar de dar
testimonio hacemos lo contrario obstaculizando el camino de
muchos hacia Dios. Repito, mis hermanos, no es que los demás
se vayan a perder porque no creen en Dios, nosotros los podemos
perder por no llevarlos a Dios, por no dar testimonio de auténticos
cristianos, discípulos y seguidores de Jesús.
Miren, mis hermanos, en la Sagrada Eucaristía,
en la Santa Misa, celebramos cómo Jesucristo se entregó con
entera libertad a su Padre por todos los que habían de salvarse.
Ofrezcámonos con Él, también libremente, en cada Eucaristía,
cada domingo, a fin de hacerlo en la vida diaria mediante el
testimonio de fraternidad y apertura al bien dondequiera que
se haga.
Nuestra Niña y Celestial Señora, Nuestra
Muchachita, Tonantzin Guadalupe, la siempre fiel a Dios, la
siempre atenta a las necesidades de los demás: estoy aquí
para escuchar tus quejas, penas, lamentos, para curar tus males.
La que desde 477 años nos sigue entregando al arraigadísimo
Dios por quien se vive… nos enseña cómo hacerlo.
Amén.