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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXVI Domingo Ordinario.

27 de septiembre de 2009

DEJAR A DIOS SER DIOS 
Carlos G. Vallés

Mis amados hermanos y hermanas, demos gracias a Dios, nuestro gran Padre que, sólo por su inmensa misericordia, ha hecho para Él a todo ser humano de cualquier pueblo, raza o nación; y nos ha revelado este misterio de su amor en la persona de su propio Hijo amado a quien aceptamos en la fe como Camino, Verdad y Vida.

Colocar a Dios y a los otros en el centro de nuestro interés fue una forma de entender lo que Jesús nos mandaba al señalarnos la importancia de ser los últimos, es decir, ser servidores de todos, si queremos ser desde luego los primeros. Dicho de otra manera, veíamos hace ochos días que la auténtica autoridad no puede ser otra cosa que servicio. Entonces, mis amados hermanos, no podemos hoy más que dejar que Dios ocupe el lugar que le corresponde por derecho en nuestro interés y en el de los demás.

Pero comprobamos una vez más, este domingo, QUÉ DIFÍCIL ES SINTONIZAR CON JESÚS Y CON SUS INTERESES. Si acababa de explicar a sus discípulos, y a nosotros, el valor de sentirse cercanos y hermanos de los más necesitados sin pretender sentirnos mejores que los demás, sin buscar honores o reconocimientos por lo que hacemos, vemos este domingo cómo Juan –y con él nosotros se siente hasta dueño de los planes misericordiosos y libres de Dios, pues no le parece que otros, que nos son del grupo de discípulos, actúen en nombre de Jesús.

Este episodio del Evangelio de Marcos que protagoniza Juan es prueba, como decíamos de no comprender y de la incapacidad de recibir las enseñanzas de Jesús con todas sus consecuencias. Juan expresa una actitud celosa de quien no comprende la gran misericordia que manifiesta Jesús hacia todos de parte de Dios. Con frecuencia poseer la Palabra de Dios y estar seguros de nuestra fe nos lleva a creer que somos mejores que los otros, que estamos por encima de los demás que no conocen a Dios. Y hay algo peor, mis amados hermanos y hermanas, nos creemos dueños de Dios y casi le damos indicaciones de cómo actuar ante las diversas circunstancias de la vida. No es que se pierdan los que no creen en a Dios, según nosotros, es que nosotros nos vamos a perder por no atraerlos, por no llevarlos a Dios.

Está bien, mis hermanos que tengamos convicciones firmes y una identidad clara frente a los demás. Pero otra cosa es ser intolerantes, otra cosa es ser engreídos frente a los que no piensan y creen como nosotros. Para superar esta actitud cerrada frente ellos es necesario entender que DIOS ES TOTAL Y SOBERANAMENTE LIBRE DE HACER LO QUE QUIERE Y CON QUIEN QUIERE. PORQUE ES PADRE DE TODOS, Él sabe cómo y cuándo se hace presente en la vida de todos y cada uno. Nosotros los creyentes no tenemos el monopolio de Dios.

Mis amados hermanos y hermanas, no somos propietarios suyos, hemos de entender que Dios actúa fuera de nuestros esquemas religiosos y de nuestros criterios cerrados. Oigamos, entonces, lo que Moisés, en la primera lectura y Jesús en el Evangelio afirman: OJALÁ TODOS FUERAN PROFETAS, dice Moisés; NO SE LO IMPIDAN… El que no está contra nosotros está a favor nuestro, dice Jesús. Esto quiere decir, mis amados hermanos y hermanas, que cualquiera que se conduzca en su vida con la verdad y practique el amor y la justicia, lo hace movido por el Espíritu de Dios aún cuando no lo sepa.

No nos identifiquemos, mis queridos hermanos y hermanas, con la actitud mezquina de quienes se escandalizan de que otros puedan hacer el bien, pues, como no tenemos el monopolio de Dios, tampoco tenemos el de hacer el bien, ni el de actuar en la verdad. Es bueno, como dije, tener una conciencia clara de lo que es nuestra fe y los principios que la sustentan, pero debemos ser tolerantes, debemos ser respetuosos de quienes piensan y viven de diferente forma a nosotros. Más aún, mis queridos hermanos, debemos acogerlos no para hacerlos de los nuestros, sino porque merecen ser apreciados en sus valores propios.

Hoy, en nombre de un auténtico ecumenismo y en diálogo con todas las personas de buena voluntad, hemos de buscar espacios de convivencia, hemos de buscar espacios de convivencia fraterna y de colaboración para alcanzar juntos los bienes de la cultura, de la ciencia, de la economía, en fin, de la justicia, de la libertad y de la paz.

Miren, mis hermanos, así nos lo recomienda hoy y lo práctica el Papa Benedicto XVI, como lo hacían sus antecesores. Tenemos que aprender a unirnos en el esfuerzo común por combatir la pobreza que denigra y humilla a tantos hermanos de la tierra. Hemos, mis hermanos, de luchar juntos porque la justicia sea una realidad en la economía y en la aplicación de la ley. Debemos colaborar más allá de religiones y de corrientes, etc., debemos colaborar en la lucha por que los bienes de la tierra lleguen a más gente por igual. No es posible que unos acaparen  y que la inmensa mayoría no tenga lo necesario para vivir, no tenga oportunidades en el campo de la salud, de la cultura, de la vivienda, del trabajo ¿cuántos hermanos nuestros, casi tres millones hoy, no tienen trabajo?

Amados hermanos TODO ESTO DIOS SEGURAMENTE LO QUIERE Y DESEA QUE LO LOGREMOS JUNTOS, un México mejor, un México que tenga un desarrollo compartido, pero un desarrollo en la paz, en la justicia, en la verdad. TODO ESTO DIOS SEGURAMENTE LO QUIERE Y DESEA QUE LO LOGREMOS JUNTOS los que estamos comprometidos con el Evangelio y con los que buscan a Dios con sincero corazón.

Mis amados hermanos y hermanas, evitemos escandalizar, con actitudes cerradas y arrogantes, a tantos pequeños que no se encuentran bien arraigados en la fe cristiana, así como los que no la comparten con nosotros. No es justo, mis hermanos, que nos quede bien grabado en el corazón hoy: NO ES JUSTO APAGAR LA MECHA QUE AÚN HUMEA. Esto es una grave irresponsabilidad ante los demás, pues, es lugar de dar testimonio hacemos lo contrario obstaculizando el camino de muchos hacia Dios. Repito, mis hermanos, no es que los demás se vayan a perder porque no creen en Dios, nosotros los podemos perder por no llevarlos a Dios, por no dar testimonio de auténticos cristianos, discípulos y seguidores de Jesús.

Miren, mis hermanos, en la Sagrada Eucaristía, en la Santa Misa, celebramos cómo Jesucristo se entregó con entera libertad a su Padre por todos los que habían de salvarse. Ofrezcámonos con Él, también libremente, en cada Eucaristía, cada domingo, a fin de hacerlo en la vida diaria mediante el testimonio de fraternidad y apertura al bien dondequiera que se haga.

Nuestra Niña y Celestial Señora, Nuestra Muchachita, Tonantzin Guadalupe, la siempre fiel a Dios, la siempre atenta a las necesidades de los demás: estoy aquí para escuchar tus quejas, penas, lamentos, para curar tus males. La que desde 477 años nos sigue entregando al arraigadísimo Dios por quien se vive… nos enseña cómo hacerlo.

Amén.

 
 
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