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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXXII Domingo Ordinario.

8 de noviembre de 2009
Año Sacerdotal

HA DADO MÁS QUE NADIE

Amados hermanos y hermanas, alabemos a Dios, todopoderoso y eterno que en su infinita grandeza, y desde su profunda ternura y caridad, ama a los más pequeños y a quienes así se hacen voluntariamente a ejemplo de su Hijo amado que, para acercarse a la criatura humana, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo (Flp 2,7). Se anonado, se abajo, se humillo, diría Pablo.

Así nos lo enseñó Jesús, amados hermanos y hermanas, no sólo con sus palabras y su doctrina sino con su propia vida al entregar, sin reticencia alguna, su propia sangre por nuestra salvación. Esta es la enseñanza de este domingo, mis amados hermanos, que para hacernos entender más claramente, Jesús nos da mediante el contraste con que se dan las escenas que Él mismo relaciona inmediatamente en el pasaje del Evangelio de hoy.

La primera parte del texto evangélico cierra la gran controversia de Jesús con los escribas y los fariseos mediante una grave advertencia suya a los discípulos frente a esos que eran vistos por la gente sencilla como autoridad religiosa y moral. Los señalamientos que Jesús hace en esta dura advertencia son muy significativos. Miren, mis amados hermanos, en efecto, los acusa de vanidosos, hipócritas y codiciosos. Habría que leer la acusación más completa que contra ellos pronunció, según nos lo reportan los evangelistas Mateo (23) y Lucas (11,42-57; 20,45-47), ya que Marcos nos da sólo un pequeño resumen.

Encontramos el mismo tema tanto en la primera lectura como en el Evangelio, y los contrastes, se dan dentro de ambas lecturas: en la primera, Jezabel, la impía esposa del rey, que vivía en el lujo y tiene amenazado de muerte a Elías, contrasta con la viuda de Sarepta, que apenas tiene para comer por última vez ella y su hijo y, por órdenes de Dios, en un acto de confianza total en su providencia, comparte eso poco con el profeta; en la narración del Evangelio, hay otra viuda que da todo lo que tiene al templo y se convierte, así, como la de Sarepta, en un modelo de fe y de entrega total a la providencia divina al dejar todas sus seguridades para abandonarse por completo a la misericordia de Dios; en este caso, mis hermanos,  la viuda contrasta fuertemente con las actitudes de los escribas y fariseos vanidosos, hipócritas y codiciosos.

Centremos un poco más nuestra atención en las escenas del Evangelio para captar la enseñanza con que Dios nos instruye: Después de la advertencia a sus discípulos frente a las actitudes escandalosas de los escribas, miren, mis hermanos, Jesús elogia de una manera singular la humilde generosidad, aquella viuda humilde y generosa. Miren, con esto Jesús, por un lado, reprueba una vez más la actitud enfermiza y miserable que podemos tener de buscar seguridades meramente humanas, como son el deseo desmedido y obsesivo reconocimiento de los demás, como son la tendencia a aparentar lo que no se es o no se tiene con tal de ocultar dobles intenciones, o mejor dicho, para ocultar las intenciones y los comportamientos torcidos que la misma conciencia reconoce y no se atrevería a exhibir abiertamente; y finalmente, la codicia con la que nos podemos comportar ante los bienes ajenos para aumentar nuestra seguridad de una manera deshonesta, de una manera violenta.

Por otro lado, Jesús hace un encomio sencillo, pero muy profundo, del desprendimiento total de toda clase de bienes con lo cual el pobre y humilde expresa su total confianza en la misericordia y providencia divinas. Aquellos buscan su propia gloria y de una manera ostentosa, mientras que los pobres dando todo lo que tienen lo hacen de la forma más discreta y, podríamos decir, furtiva y temerosa. Éstos actúan de una manera sencilla y limpia, a la vez que humilde. Mis amados hermanos y hermanas, ES UNA VERDADERA ORACIÓN, UNA AUTÉNTICA PROFESIÓN DE FE Y UN ACTO PROFUNDO DE AMOR. El óbolo de esta pobre viuda es insignificante, pero es muy grande el de su amor y su entrega. Es un acto tanto más auténtico y perfecto cuanto es callado y humilde; un acto hecho con temor y temblor propios de un don humilde de sí mismo, realizado en el temor de que nos sea suficiente.

Mis amados hermanos y hermanas, esta Basílica camina, ha caminado siempre a través de siglos con el óbolo de la pobre viuda, con la ofrenda sencilla y callada de cientos, de miles de ustedes, mis amados hermanos.

Miren, mis hermanos, si somos sencillos y le damos la debida importancia a esta enseñanza divina, podemos aprender de esto, que a Dios cuyo rostro nos revela Jesús en sí mismo, no le importan los objetos ni las cantidades que damos. LO QUE ÉL VE, el Señor, ES EL CORAZÓN, por ahí alguien dice lo esencial es invisible para los ojos; LO QUE EL SEÑOR VE ES LA LIMPIEZA DE INTENCIÓN con que damos o nos damos, nos ofrendamos nosotros. Precisamente a la manera de cómo Dios y su Hijo Jesucristo se nos dan: SIN MEDIDA, SIN REGATEOS, puesto que, en realidad, DIOS no nos da de lo que tiene en abundancia, sino que antes que nada se nos da a sí mismo; nos da su vida misma. Y es esto lo que Él espera de nosotros: darnos como servidores de los pobres y de los pequeños.

¡Qué bello! Hemos escuchado en la Carta a los Hebreos: esta donación y entrega de Jesús hasta el vaciamiento total de sí mismo, para darnos vida, vida en abundancia, para salvarnos. Ahí está la medida de nuestra entrega, mis hermanos. Ahí está en el madero de la cruz, hasta allá debemos llegar, si de verdad somos auténticos seguidores de Jesús.

Es esto, mis hermanos, lo que hoy estamos aprendiendo, en la Eucaristía dominical que fue desde el origen un signo de la caridad fraternal en Cristo que se hace presente en la asamblea PARA DÁRSENOS Y HACER QUE NOSOTROS TAMBIÉN SEAMOS CAPACES DARNOS, DE OFRENDARNOS, DE SER NOSOTROS TAMBIÉN UN PAN QUE SE PARTE, QUE SE REPARTE, QUE SE ENTREGA GENEROSAMENTE A LOS DEMÁS, no sólo de dar y compartir bienes materiales, mis hermanos, no, sino DE DARNOS RECÍPROCAMENTE EN EL SERVICIO FRATERNO, pero también a los que están fuera de nuestro círculo religioso, tenemos que abrirnos. Una comunidad fundada en la fe, el amor y la esperanza nace en la Eucaristía como su fuente, pero se expresa materialmente en la comunicación cristiana de bienes, de toda clase de bienes: espirituales y materiales. Es la manera más segura de crecer como comunidad parroquial, es la manera más segura de crecer como comunidad arquidiocesana, como comunidad universal.

Estoy seguro, mis amados hermanos y hermanas, de que, si nos esforzamos por entender y lograr esto, seremos, y sólo entonces, un signo vivo del Dios que vive en medio de nosotros, como Padre amoroso y providente. Nuestra Muchachita y Celestial Señora y Madre nuestra, Santa María de Guadalupe y nuestro querido santo indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nos acompañarán con su intercesión.

Amén.

 
 
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