8
de noviembre de 2009
Año Sacerdotal
HA
DADO MÁS QUE NADIE
Amados hermanos y hermanas, alabemos
a Dios, todopoderoso y eterno que en su infinita grandeza, y
desde su profunda ternura y caridad, ama a los más pequeños
y a quienes así se hacen voluntariamente a ejemplo de su Hijo
amado que, para acercarse a la criatura humana, se despojó de
sí mismo tomando la condición de esclavo (Flp 2,7). Se anonado,
se abajo, se humillo, diría Pablo.
Así nos lo enseñó Jesús, amados hermanos
y hermanas, no sólo con sus palabras y su doctrina sino con
su propia vida al entregar, sin reticencia alguna, su propia
sangre por nuestra salvación. Esta es la enseñanza de este domingo,
mis amados hermanos, que para hacernos entender más claramente,
Jesús nos da mediante el contraste con que se dan las escenas
que Él mismo relaciona inmediatamente en el pasaje del Evangelio
de hoy.
La primera parte del texto evangélico
cierra la gran controversia de Jesús con los escribas y los
fariseos mediante una grave advertencia suya a los discípulos
frente a esos que eran vistos por la gente sencilla como autoridad
religiosa y moral. Los señalamientos que Jesús hace en esta
dura advertencia son muy significativos. Miren, mis amados hermanos,
en efecto, los acusa de vanidosos, hipócritas y codiciosos.
Habría que leer la acusación más completa que contra ellos pronunció,
según nos lo reportan los evangelistas Mateo (23) y Lucas (11,42-57;
20,45-47), ya que Marcos nos da sólo un pequeño resumen.
Encontramos el mismo tema tanto en la
primera lectura como en el Evangelio, y los contrastes, se dan
dentro de ambas lecturas: en la primera, Jezabel, la impía esposa
del rey, que vivía en el lujo y tiene amenazado de muerte a
Elías, contrasta con la viuda de Sarepta, que apenas tiene para
comer por última vez ella y su hijo y, por órdenes de Dios,
en un acto de confianza total en su providencia, comparte eso
poco con el profeta; en la narración del Evangelio, hay otra
viuda que da todo lo que tiene al templo y se convierte, así,
como la de Sarepta, en un modelo de fe y de entrega total a
la providencia divina al dejar todas sus seguridades para abandonarse
por completo a la misericordia de Dios; en este caso, mis hermanos,
la viuda contrasta fuertemente con las actitudes de los escribas
y fariseos vanidosos, hipócritas y codiciosos.
Centremos un poco más nuestra atención
en las escenas del Evangelio para captar la enseñanza con que
Dios nos instruye: Después de la advertencia a sus discípulos
frente a las actitudes escandalosas de los escribas, miren,
mis hermanos, Jesús elogia de una manera singular la humilde
generosidad, aquella viuda humilde y generosa. Miren, con esto
Jesús, por un lado, reprueba una vez más la actitud enfermiza
y miserable que podemos tener de buscar seguridades meramente
humanas, como son el deseo desmedido y obsesivo reconocimiento
de los demás, como son la tendencia a aparentar lo que no se
es o no se tiene con tal de ocultar dobles intenciones, o mejor
dicho, para ocultar las intenciones y los comportamientos torcidos
que la misma conciencia reconoce y no se atrevería a exhibir
abiertamente; y finalmente, la codicia con la que nos podemos
comportar ante los bienes ajenos para aumentar nuestra seguridad
de una manera deshonesta, de una manera violenta.
Por otro lado, Jesús hace un encomio
sencillo, pero muy profundo, del desprendimiento total de toda
clase de bienes con lo cual el pobre y humilde expresa su total
confianza en la misericordia y providencia divinas. Aquellos
buscan su propia gloria y de una manera ostentosa, mientras
que los pobres dando todo lo que tienen lo hacen de la forma
más discreta y, podríamos decir, furtiva y temerosa. Éstos actúan
de una manera sencilla y limpia, a la vez que humilde. Mis amados
hermanos y hermanas, ES UNA VERDADERA ORACIÓN, UNA AUTÉNTICA
PROFESIÓN DE FE Y UN ACTO PROFUNDO DE AMOR. El óbolo de
esta pobre viuda es insignificante, pero es muy grande el de
su amor y su entrega. Es un acto tanto más auténtico y perfecto
cuanto es callado y humilde; un acto hecho con temor y temblor
propios de un don humilde de sí mismo, realizado en el temor
de que nos sea suficiente.
Mis amados hermanos y hermanas, esta
Basílica camina, ha caminado siempre a través de siglos con
el óbolo de la pobre viuda, con la ofrenda sencilla y callada
de cientos, de miles de ustedes, mis amados hermanos.
Miren, mis hermanos, si somos sencillos
y le damos la debida importancia a esta enseñanza divina, podemos
aprender de esto, que a Dios cuyo rostro nos revela Jesús en
sí mismo, no le importan los objetos ni las cantidades que damos.
LO QUE ÉL VE, el Señor, ES EL CORAZÓN, por ahí
alguien dice lo esencial es invisible para los ojos; LO QUE
EL SEÑOR VE ES LA LIMPIEZA DE INTENCIÓN con que damos o
nos damos, nos ofrendamos nosotros. Precisamente a la manera
de cómo Dios y su Hijo Jesucristo se nos dan: SIN MEDIDA,
SIN REGATEOS, puesto que, en realidad, DIOS no nos
da de lo que tiene en abundancia, sino que antes que nada se
nos da a sí mismo; nos da su vida misma. Y es esto lo que Él
espera de nosotros: darnos como servidores de los pobres y de
los pequeños.
¡Qué bello! Hemos escuchado en la Carta
a los Hebreos: esta donación y entrega de Jesús hasta el
vaciamiento total de sí mismo, para darnos vida, vida en abundancia,
para salvarnos. Ahí está la medida de nuestra entrega, mis
hermanos. Ahí está en el madero de la cruz, hasta allá debemos
llegar, si de verdad somos auténticos seguidores de Jesús.
Es esto, mis hermanos, lo que hoy estamos
aprendiendo, en la Eucaristía dominical que fue desde el origen
un signo de la caridad fraternal en Cristo que se hace presente
en la asamblea PARA DÁRSENOS Y HACER QUE NOSOTROS TAMBIÉN
SEAMOS CAPACES DARNOS, DE OFRENDARNOS, DE SER NOSOTROS TAMBIÉN
UN PAN QUE SE PARTE, QUE SE REPARTE, QUE SE ENTREGA GENEROSAMENTE
A LOS DEMÁS, no sólo de dar y compartir bienes materiales,
mis hermanos, no, sino DE DARNOS RECÍPROCAMENTE EN EL SERVICIO
FRATERNO, pero también a los que están fuera de nuestro
círculo religioso, tenemos que abrirnos. Una comunidad fundada
en la fe, el amor y la esperanza nace en la Eucaristía como
su fuente, pero se expresa materialmente en la comunicación
cristiana de bienes, de toda clase de bienes: espirituales y
materiales. Es la manera más segura de crecer como comunidad
parroquial, es la manera más segura de crecer como comunidad
arquidiocesana, como comunidad universal.
Estoy seguro, mis amados hermanos y hermanas,
de que, si nos esforzamos por entender y lograr esto, seremos,
y sólo entonces, un signo vivo del Dios que vive en medio de
nosotros, como Padre amoroso y providente. Nuestra Muchachita
y Celestial Señora y Madre nuestra, Santa María de Guadalupe
y nuestro querido santo indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nos
acompañarán con su intercesión.
Amén.