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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Natividad de la Santísima Virgen María, en la Basílica de Guadalupe.

8 de septiembre de 2009

Hoy, mis amados hermanos y hermanas, es el nacimiento de la gloriosa Virgen María, del linaje de Abraham, nacida la tribu de Judá y de la doble estirpe de David. Y es por eso que la Iglesia nos invita a celebrar su nacimiento con estas palabras: celebremos con júbilo el nacimiento de la Santísima Virgen María de la cual nació Cristo, nuestro Dios y Salvador.

Mis amados hermanos y hermanas, no hay en efecto mejor manera de festejar a María, que prosternarse ante su Hijo, el arraigadísimo Dios por quien se vive, el Creador de la personas, el Dueño del cerca y del junto, el Señor del Cielo y de la Tierra. Y la razón de ello es que el Hijo de María, sin dejar de ser verdadero hombre, es a la vez el Hijo eterno del Padre y por tanto: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

Los que no contemplan así al Hijo de María no pueden cantar los tesoros de gracia y de amor, que encierra en esta fiesta mariana. Desgraciadamente, mis hermanos, en nuestros días algunos cristianos han perdido la fe en la divinidad de Cristo y precisamente por eso no pueden alcanzar a comprender la altísima gracia, que para el mundo significa el nacimiento de la Santísima Virgen María. Que para ellos es una mujer buena, pero no pasa de ahí, una mujer buena, pero no la más santa entre todos los santos.

No habría razón, mis hermanos, según ellos para que el Espíritu Santo por boca de Isabel la hubiera saludado diciendo: “bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Es muy justo, por tanto, mis hermanos, que nosotros cristianos, que amamos, que veneramos, que honramos a la Santísima Virgen María nos alegremos por el nacimiento de Cristo fruto bendito de su vientre, por eso mismo es alegría y se proyecta ese gozo hasta el nacimiento de Aquella que le dio la naturaleza humana para que como perfecto mediador nos salvara de nuestros pecados y nos colmara de gracia, sobre gracia, de felicidad, de plenitud.

Hermosamente nos dice, otro texto de la liturgia de este día, en la liturgia de las horas; cuando nació la Virgen Santísima se lleno de luz el mundo. Fíjense, mis hermanos, Ella es la Madre del Dios Sol, por eso decimos: cuando nació María va anunciando, Ella aurora, luminosa, va anunciando el día pleno. Cuando nació la Virgen Santísima se llenó de luz el mundo, pues, María es de una estirpe bienaventurada, una raíz santa y bendito es su fruto. Gloriosa es la estirpe de María, santa es su raíz, bendito el fruto de su vientre y por eso su nacimiento ilumina al mundo entero.

En efecto, mis hermanos, el nacimiento de María Santísima anuncia al mundo la dicha de la llegada del Redentor de todos y de cada uno de nosotros. Pues, así como el Sol no sólo ilumina toda la Tierra, sino también a cada uno de sus moradores. Así, también, la luz de la redención se anticipa a iluminar a nuestra Niña, nuestra Muchachita, la Virgen María que nació para reverberar sobre el mundo las bendiciones de su redención anticipada. En cuanto Madre del Redentor e intercesora y medianera de todas las gracias.

Hemos escuchado al profeta Miqueas, que vivió en el siglo XIII a.c., que denunció la justicia, la violencia, la corrupción y la opresión de la sociedad de su tiempo. Al interior de ese desolador panorama, miren, el profeta eleva un grito de esperanza, que viene a concretizarse en el fíat de María. Como cumplimiento de la antigua profecía de Natán, anuncia una novedad, que brotará de la insignificante Ciudad de Belén, de la que era originario el rey David.

Miqueas anuncia una intervención salvadora de Dios, desde la perspectiva de la dinastía davídica es decir: una salvación que surge desde dentro de la historia humana con sus luces y sus sombras, por eso esta genealogía que hemos escuchado en el trozo del Evangelio donde hay hombres y mujeres nada santos, ahí está la raíz.

Mis hermanos, desde dentro de la historia humana viene el Señor con sus luces y sus sombras. Nacerá un nuevo jefe de Israel después de una época de sufrimiento, seguirá el regreso de un resto del pueblo y el parto de una madre que dará a luz. Y, miren, de este nacimiento surgirá un nuevo pastor, que pastoreará con la fuerza del Señor. El niño que nacerá destinado a ser un nuevo David traerá la paz y la justicia. Él mismo, dice Miqueas, será nuestra paz.

Miren, le importaba mucho al evangelista san Mateo, que escribe para judíos probar que Jesús el Mesías era hijo de José y por lo tanto descendiente de David, descendiente de Abraham. La mujer no contaba, aunque lo normal es que fuera de la misma dinastía que el marido, pero lo verdaderamente importante no es la genealogía de la carne, sino la del Espíritu. José y María fueron hijos de Abraham desde luego, hijos de David, pero más por la fe que por la genética. Todo el que cree pertenece, todo el que cree pertenece a la dinastía del Mesías. Y, miren, el señor san  José se fía de Dios, pero Dios se fía de san José. Le encomienda la excelsa misión de ser esposo de María, Madre de Dios y ser padre de Jesús, el Hijo de Dios. Amar a María esponsalmente, pero en virginidad, protegerla, ayudarla, arroparla con sus besos, amar a Jesús maternalmente, defenderlo, educarlo, jugar con Él, darle trabajo, vestirlo de ternura y de respeto.

La Santísima Virgen María, mis amados hermanos, por eso nos llenamos de gozo hoy, de felicidad es profecía de la Iglesia. Lo que fue María debe llegar a ser la Iglesia. Lo que vivió la Santísima Virgen María debe tratar de vivir la Iglesia, debemos de tratar de vivir cada uno de nosotros que somos la Iglesia y que formamos la Iglesia. No hay misterio de la Madre que no tenga que ver con los hijos. Por eso no puede haber verdadera devoción a la Santísima Virgen María que no sea imitativa.

Mis hermanos, pidamos a María para parecernos a Ella, contemplémosla para asemejarnos a Ella. Así si realmente Ella, y lo confesamos y es un dogma, fue inmaculada se nos pide a nosotros un compromiso de luchar contra el mal, de luchar contra el pecado en sus diversas manifestaciones, porque también nosotros hemos sido elegidos, como la Virgen María para que fuésemos santos e irreprochables: por el amor, como dice Pablo.

María es Madre de Iglesia, Madre y protectora, no está lejos de nosotros sus hijos, siempre está cerca y más cercana la sentimos nosotros en esta advocación de Guadalupe, morena, como nosotros. Ella no es protagonista en el misterio de la redención y en la historia de la Salvación, pero no puede dejar de estar presente. Su protagonismo se parece más al del Espíritu Santo con quien María está muy identificada, un protagonismo oculto, un protagonismo silencioso y es ahí donde debemos imitar a la Santísima Virgen María. Mujer del silencio, Mujer de la escucha, Mujer de la esperanza, modelo de todos nosotros creyentes, modelo de discípulo, modelo de misionero, como lo marcan fuertemente nuestros obispos en el Documento de Aparecida, de Brasil.

Y, miren, nada más así nos la pintan los evangelios. Escucha la Palabra, la Palabra con mayúscula y la guarda en el corazón para meditarla. La guarda 9 meses o el tiempo que sea necesario hasta que vaya haciéndose carne y sangre en Ella y después ya no la guarda, nos la transmite hecha carne, hecha vida. Ella nos enseña, pues, Ella nos enseña con su vida.

La Palabra más importante de María, mis hermanos, sin duda alguna es: su mismo Hijo. En su Hijo nos lo da todo y nos lo enseña todo. Si alguien le pregunta Ella contesta siempre, como lo hace siempre desde esta casita del Tepeyac: “hagan lo que mi Hijo les pida, hagan lo que mi Hijo les diga”, como allá en Caná de Galilea. ¿Por qué? porque Él es la Palabra, con mayúscula; Él es la vida; Él es la verdad; Él es el camino que lleva a la plenitud.

Necesitamos, pues, mis amados hermanos, hoy más que nunca del silencio y de la escucha; demasiadas palabras, pero no escuchamos. Vivimos más de la imagen que también es Palabra, pero muy pasajera. Necesitamos silencio para que Dios nos hable, para que le escuchemos. Necesitamos guardar la Palabra para que nos cambie, para que nos transforme desde dentro y María dijo: sí. Y nosotros como Ella ojala que sepamos decir, también, sí. Abran de par en par las puertas de su corazón: sí, sí, mi Señor entra en mi casa, sea lo que Tú digas y haz lo que Tú quieras; sí, sí mi amor, fíat, mi Dios.

Y así fue, mis hermanos, como empezó el mundo nuevo hace dos mil años. Así fue como empezó la historia nueva, el Testamento Nuevo, la era del Espíritu, del Espíritu Santo, la nueva creación.

Celebremos, pues, mis hermanos, con gozo el nacimiento de la dulce Señora del Cielo, Santa María, Madre nuestra y pidámosle que interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

 
 
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